Club de Jazz 30/01/2023
Multifónicos

Artículos, entrevistas, opinión...

Spotifood
por Carlos Pérez Cruz

Comencemos por una perogrullada: todos nuestros actos tienen consecuencias. Obvio, pero conviene recordarlo de vez en cuando. Por ejemplo, si uno decide comprar en Amazon algo porque le sale más barato que yendo a la tienda de toda la vida, acabará contribuyendo a la transformación del paisaje urbano, a la pérdida de condiciones laborales y a la degradación del medio ambiente. Lo barato sale caro. De perogrullo.

Con el consumo de música no es muy diferente. Sustituye Amazon por Spotify y el análisis se parece bastante. Acceder a la música sale baratísimo, incluso gratis. Pero las consecuencias son nefastas, se mire por donde se mire. Sobre el paisaje urbano ya no digamos. “Aquí había un cine” y “aquí había una tienda de discos” donde “ahora hay un Zara” son frases bastante frecuentes entre quienes tienen un poco de memoria de su ciudad. No conozco a nadie que lo celebre.

Hablando de ropa de usar y tirar. Sobre las consecuencias económicas para los músicos de plataformas como Spotify, una de las mejores reflexiones la aportó Moisés P. Sánchez en Club de Jazz: “Esto es como creer que la dependienta cobra porque tú vas a ver la ropa”. Matizaré al madrileño. Si vas a ver su ropa a Spotify, algo se llevará. Ya explicó su colega Marco Mezquida que por 10.000 reproducciones de su música le llegan 30€ mensuales. “Solo con que 3 personas compren el CD físico ya supera lo que Spotify remunera por 10mil”, añadió. O sea, la dependienta vive en estado de explotación. Los ejecutantes de la ropa, me atrevería a decir, de esclavitud.

Solo el 0.09% de los alrededor de ocho millones de creadores que alimentan la plataforma ganan 100.000 dólares anuales o más en Spotify. Entre ellos, imagino, los conocidos como “fake artists”. Es decir, aquellos que bajo seudónimo crean música a un coste inferior al de la mayoría de artistas que trabajan con sellos discográficos. Aparecen, oh sorpresa, en posición privilegiada en listas de reproducción de la plataforma de streaming. No los verás en concierto ni podrás comprar un disco de ellos. Una veintena de personas está detrás de 500 nombres de “artistas” y, cosas de la casualidad, son como Spotify. Es decir, suecos. ¡Qué nórdicos los algoritmos!

No descubro nada nuevo. Lo de Spotify está más que explicado, pero también lo de Amazon y no dejan de repartir paquetes. La inercia está tan consolidada que poquísimos son los artistas que deciden no estar y muchos los que están por razones que se resumen en una elevación de los hombros acompañada de cara de circunstancias. Se dan diferentes motivos pero, salvo contadas excepciones, la mayoría son un brindis al sol, presión gregaria.

Por un lado los artistas; por otro, los oyentes. Cada vez que veo que alguien comparte en sus redes enlaces a Spotify me entra un desgarrador ataque de fado. Está la música tan disponible, tan al alcance de la mano, que se da por descontada. Abrimos el grifo y sale agua (ya veremos hasta cuándo). Hacemos clic y cae música. Al hacerlo la desvalorizamos. Hablo, claro, de músicas que difícilmente obtendrán las suficientes reproducciones no ya para conseguir ingresos, sino para recuperar la inversión. O sea, las que escuchas tú.

La tentación de escucharlo todo conlleva la penitencia de no escuchar (casi) nada. Como con la información: picamos mucha, sin entrar a fondo, despreciando el contexto. Y la saturación de picoteo, lo estamos viendo, produce apatía democrática y (re)produce monstruos. La de música, pérdida de la calidad de escucha. Ya no nos bañamos, metemos la punta del meñique. Mantenemos con ella una relación epidérmica, utilitaria, cuando la música fue siempre maravillosamente inútil.

Las grabaciones no se escuchan, se usan. No centran nuestra atención, ambientan otras acciones simultáneas. Y el día en que nos proponemos escuchar, nos enfrentamos a un combate titánico: nuestro yo aspiracional contra el yo(nqui) con mono de estímulos. El segundo se nutre de algoritmos. Si logra superarse el síndrome de abstinencia, la satisfacción es, a la vez, relajante y estimulante. Un regreso a los principios de la escucha. La recuperación de nuestro centro. Un favor a la música.

Texto: Carlos Pérez Cruz

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