Club de Jazz 8/08/2022
Un soplo de aire

Artículos, entrevistas, opinión...

Estilos
por Carlos Pérez Cruz

Meninas, Picasso

Acudí al bolo con la convicción de que la única forma de combatir los posibles prejuicios es enfrentándose cara a cara con ellos. Como si estuvieran recién salidos de una sauna, intenté que mis sentidos fueran poros abiertos, dispuestos y sensibles a la música.

No les voy a mantener en vilo: duré allí apenas media hora. Ya no es porque la actuación empezara 45 minutos tarde (algunos creen que esa es una de las características del jazz… o sea, la dejadez como esencia de la improvisación), sino porque simplemente me estaba aburriendo al nivel que dicen que sólo se aburren las ostras (y no está la cosa como para el bostezo voluntario). El nombre de los músicos no tiene importancia, sí que anunciaran un repertorio con temas del hard bop. De vuelta a casa, una única pregunta en la cabeza: ¿Tiene sentido, en pleno siglo XXI, año 2014, seguir tocando temas de hard bop con solistas haciendo solos de 87 vueltas? (el número es una exageración, claro, sólo fueron 86 por solista).

En una reciente entrevista, el saxofonista Ken Vandermark se preguntaba: “¿Quién necesita un espectáculo de música improvisada donde todo el mundo sepa qué va a pasar?”. Yo no, desde luego. Cuando el jazz se convierte en un ejercicio tan previsible como los aplausos después de la vuelta 87 de solo, pierde sentido, se convierte en un ejercicio de estilo. Te puede gustar pintar un Picasso, pero no será El Picasso, será una mera reproducción de algo que en origen fue original. Como la experiencia de la lluvia en un museo.

En el mundo de la canción pop hay fans que incluso se ofenden si lo que les ofrece su grupo en concierto no son las canciones que ellos ansiaban corear de memoria, pero el jazz es (¿era?) otra cosa. Si el músico de jazz se dedica a superar por enésima vez las mismas (o similares) ruedas de acordes, con más o menos gracia, con más o menos trucos, la música deviene en un ejercicio gimnástico no muy diferente del ejercicio de técnica de un pianista que toca escalas por la mañana para desperezar sus dedos. Se aplaude porque toca aplaudir, se habla porque la música no es capaz de dejar sin palabras, todos conocemos los códigos, el orden de los solos, la imitación del final del solo del otro para iniciar el propio, los cuatros y los ochos para volver al tema. Pura rutina para la que se cuenta con mejores o peores herramientas.

Confesaba la fotógrafa María Sánchez en una entrevista en ‘El Asombrario & Co.’: “Haberme desligado de lo estético me ha dado mucha libertad. Entras en el bucle de lo técnico, de la perfección formal… Eso a mí me dio muchas tablas, tengo muchas armas para diferenciar técnicamente lo que puede estar bien y lo que puede estar mal, pero también me ató a una concepción formal que he tardado mucho en quitarme”. Poco que añadir. Cuando sobre la voluntad de moldear se privilegia el molde, el arte, si todavía es tal, queda vacío.

Antes de empezar el bolo, un músico me comentó que iba a tocar un concierto en el que se iba a recrear, de forma exacta, no sé qué disco de no sé qué grupo de rock. Lo contaba admirado, y sin duda es admirable el trabajo de transcripción pero, ¿qué sentido tiene copiar en escena lo que otros hicieron como propio sin proponerse más diferencias que las lógicas de la imposible exactitud en la reproducción? El músico como aparato reproductor, uno más en la cadena de la fábrica.

Con tantos discos que lo documentaron, con el sesudo estudio académico para la solución a los retos de la armonía, con el análisis y emulación que los alumnos hacen del fraseo de quienes pasaron por allí hace ya medio siglo, etcétera, tocar hoy un tema de hard bop, casi tal y como fue concebido originalmente, no queda muy lejos de la mera reproducción. Se podrá aducir que hay improvisación, pero en realidad no va mucho más allá del tema y variaciones a partir de las soluciones que habitan en uno consciente o inconscientemente, de la experiencia previa de haber resuelto ya miles de veces los mismos retos en noches que se confunden unas con otras, como los lunes entre sí, hasta resultar indistinguibles. Lo insólito sería seguir haciendo lo mismo y resultar original.

Cuando al jazz lo consideramos un estilo, le robamos el alma. Como nos dijo Bill Frisell, el jazz que él descubrió “¡no era un estilo! Era una forma de procesar la música a través de tu propia vida”. No sé cuándo empezaron las palabras a tratar de nombrar la música, pero parece que ahora sea la música la que muchas veces se ponga al servicio de las palabras. Bop, hard bop, free jazz, jazz-rock… fueron palabras que denominaron a posteriori, que apuntaron con más o menos acierto lingüístico las formas surgidas de una necesidad expresiva, de un impulso creativo que rompió unas reglas y creó nuevas, o directamente se las inventó. La actitud dio forma al molde, no fue el molde el que determinó la actitud. Y como sucede con las revoluciones, cuando se consuman comienzan su declive. Vivir en el 2014 como si fueran los años 50 del siglo pasado es un inútil ejercicio de nostalgia. Hablar como lo hacían ellos, puro anacronismo.

Carlos Pérez Cruz

Nota: publicado originalmente en la revista 'Cuadernos de Jazz'.

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