Club de Jazz 21/11/2022
Gonzalo del Val

Conciertos

Albert Cirera y la honestidad brutal
Arts Santa Mònica de Barcelona, 2 de noviembre de 2022
Músicos: Albert Cirera (saxo tenor y soprano)

Albert Cirera


En las memorables notas del libreto del disco Torturing the Saxophone del sueco Mats Gustafsson, el viñetista estadounidense Robert Crumb admite con franqueza que no encuentra “nada agradable” en esa grabación, a la vez que se pregunta “qué tiene que ver esto con la música tal y como la entiendo”. Son notas disuasorias, las anti-notas si se quiere, una advertencia, alerta roja para el incauto que se cruce con ella. “¿Qué diablos pasa por tu cabeza para que quieras hacer semejantes ruidos con un instrumento musical?”, le pregunta con obvio desconcierto Crumb.

Me venía a la cabeza el texto mientras escuchaba en el Arts Santa Mònica de Barcelona a Albert Cirera hacerle a su saxo tenor algo muy parecido a lo que hizo el sueco en aquella grabación. Parecido, estoy seguro, a oídos de Robert Crumb, al que el saxofonista hizo llegar una serie de grabaciones que recibieron como respuesta una carta que Mats Gustafsson convirtió en notas del disco. “De hecho vas de GIRA con estas cosas”, se asombra Crumb con brutal honestidad. “La gente de hecho... se sienta... y... ESCUCHA... eso”, redobla su asombro. El veterano artista estadounidense, eso sí, dejaba abierta una ventana a la curiosidad antropológica: “Debería ir yo mismo alguna vez y verlo. Ser testigo con mis propios ojos”.

Es lo que hicimos un puñado de insensatos la noche del miércoles en Barcelona: ir y ver, sí, pero sobre todo escuchar. Permitir que el oído sea el órgano que tome el mando (casi) exclusivo durante el tiempo que dura la música. Hacer de ella el centro en torno al cual orbitar con la misma circularidad que parece conducir el discurso sonoro de Albert Cirera, que se somete durante tres cuartos de hora a un extenuante ejercicio de imaginación tímbrica, de exploración en el momento de una aleatoriedad que lo es menos si uno adivina las horas de soledad con el instrumento invertidas por el barcelonés. Tozudez, curiosidad e imaginación para torturar los límites de lo establecido. Para crear belleza en bruto, modelarla, transformarla y compartirla con alguien más que con “los otros tipos que tocan esta música y quizá con sus mujeres, que deben soportarla pacientemente”, que diría Crumb.

Puedo entender que a oídos del viñetista los sonidos que emanan de un saxofón “torturado” resulten desagradables. Al fin y al cabo, sus timbres y volúmenes pueden ser extremos, la fricción máxima. Pero, como todo, al final depende del contexto. Situados en él, los que emite el saxo de Cirera pueden resultar tan emotivos como la nana que se le canta a un bebé. Son de una pureza y una honestidad tan brutal como las palabras de Robert Crumb. Vienen de tan adentro que resultan tan naturales e incorruptos como el agua en el nacimiento de un río. A partir de ahí, al igual que el agua, el recorrido puede incluir pendientes que la aceleran, pero también espacios en los que se estanca, corrompe y, dependiendo de la luz, llegar a adquirir matices sorprendentes.

El saxo aquí amplifica el alma; su campana es la olla en la que se van cociendo los ingredientes del sonido, a los que Albert Cirera añade o quita sal en función del gusto y la textura. Alma que encuentra su lugar de reposo espiritual en esa “iglesia portátil” que el barcelonés se ha ingeniado con latas cilíndricas unidas por un cable metálico con el que logra una insólita reverberación de templo, uno de los recursos que le permiten transformar y expandir los límites racionales de su instrumento y con los que articula su narrativa. Porque la hay. Es un diálogo interior, pero también contiene sus preguntas y respuestas, que generan más preguntas. De ahí que Cirera acumule ya más de una veintena de solos este año con los que va tirando del hilo del disco Âmago, su particular cabecera del río.

“Que este ruido pueda proporcionarle a alguien algún tipo de placer estético se escapa a mi comprensión”, admitía Robert Crumb. Pero es precisamente más allá de ella donde todo comienza a tener sentido y se extrema el placer. Fuera de los límites que nos han fijado.

Texto y foto: Carlos Pérez Cruz

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