Club de Jazz 4/12/2019
La Fe según Duot

Reseñas de discos

E.S.T. (Esbjörn Svensson Trio) - Leucocyte
ACT - 2008
Año: 2008
Sello: ACT
Músicos: Esbjörn Svensson (piano, electrónicas y transistor de radio), Dan Berglund (contrabajo y electrónicas), Magnus Öström (percusión, electrónicas y voces)

E.S.T. - Leucocyte

Punto y final. Con el lanzamiento de Leucocyte (Leucocito) el trío sueco E.S.T. dice adiós a sus seguidores, repartidos por medio mundo. La muerte en junio de 2008 de Esbjörn Svensson nos ha birlado la posibilidad de seguir acompañando a este trío que culmina con un disco póstumo una fascinante biografía de quince años que, a excepción del inicial When everyone has gone (Dragon Records) de 1993, está documentada por completo en el sello alemán ACT.

Doce discos y un DVD nos han permitido asistir a la evolución estética del trío que siempre, salvo su disco dedicado a la música de Thelonius Monk (Plays Monk – ACT 1996) y de una versión de Stella by Starlight en el primero, ha trabajado con material propio. Y ya desde sus primeros pasos se ha expresado en su propio idioma, obviamente dialecto de otros muchos, siempre reconocible e inconfundible, que les ha abierto puertas internacionales poco conocidas para los músicos de jazz del viejo continente. Y eso, aparte de por cuestiones de mercadotecnia que se me escapan, es lo que les ha hecho trascender las fronteras de su país, de Europa y de los oídos de los aficionados a la música. Entre sus seguidores figuran amantes del jazz, la música electrónica, el rock, la “clásica”, e incluso aficionados a la música en general (aquellos que así se definen – “me gusta de todo” - y apenas conocen más allá de lo que programan las radiofórmulas pop). Aun así conviene no perder la perspectiva del tipo de difusión y número de aficionados del que hablo; masivos para lo acostumbrado en el gremio.

Desde el momento mismo de la muerte de Esbjörn Svensson en accidente de submarinismo en una isla cercana a Estocolmo (el 14 de junio), se nos hizo saber que en septiembre iba a aparecer el que se convertía de manera irremediable en disco póstumo del grupo. Golpeados por la muerte de un icono de los tiempos que corren, se despertó una curiosidad dolorida por conocer el contenido de esa última grabación, del This is the end (que cantaban los Doors). La espera (que casi siempre tiene un final, pero sigue siendo espera en todo caso) ha sido acompañada de opiniones que reflejan un amplio consenso sobre las virtudes y defectos de E.S.T., sobre su estética definida por una querencia roquera con ciertos toques electrónicos (siempre presentes pero nunca excesivos), atmósfera plenamente jazzística y etérea (su música parecía a veces flotar en el cosmos) además de un acentuado sentido melódico. ¿Había dado la “fórmula” todo lo que podía dar de sí?

Esa pregunta no tendrá nunca respuesta, aunque no dudo de que surgirán todo tipo de especulaciones y, sobre todo, intentos de retomar el camino por parte de músicos que han crecido escuchándoles. Sin embargo este epílogo que es Leucocyte nos envía un mensaje que todos deberíamos tener en cuenta cuando hablemos del trío: creían en el más allá. Porque ese es el resultado final de este disco con nombre de glóbulo blanco; que E.S.T. no se conformaba y buscaba y se preguntaba qué más podemos decir juntos; porque ese es también un riesgo de quienes permanecen invariablemente juntos, que puede llegar un día en el que no haya más que decir o, al menos, que no se sepa cómo.

Dice la historia del grupo que cuando estaban de gira a menudo alquilaban una sala de grabación para encerrarse y tocar por el placer de tocar, sin material previamente establecido, es decir, para libre improvisar. Y que de esos ejercicios de libre improvisación surgían ideas y nuevos caminos para la música de E.S.T.. Leucocyte es el resultado de una de esas sesiones, en esta ocasión durante una gira por Australia en 2007, mezclada posteriormente en unos estudios de grabación en Suecia. Por experiencia propia sé que estas sesiones pueden ser purgantes, catárticas; de ellas llegan a surgir momentos de una intensidad incomparable a la de cualquier otra manifestación musical; son posiblemente una de las maneras más sinceras de expresión del alma del músico y una de las mejores vías para conocer a los compañeros. Estas sesiones tienen también una contrapartida: lo que de ellas surge no siempre es válido (aunque la validez o no es algo tremendamente discutible). Suelen tener más valor para el que las practica que para el oyente y en la mayoría de las veces prevalece la necesidad de la búsqueda que el logro de una meta.

En el caso de Leucocyte hay un trabajo de mezclas y producción posterior que es probable que contamine el espíritu natural de un ejercicio así, aunque como oyentes nos sirve para indagar en las entrañas creativas de los tres. Sirve para comprobar cómo a pesar de que se libre improvise, el músico tiende a expresarse a través de aquello que conoce y domina; intangibles que proporcionan seguridad y de los que cuesta desprenderse. Por eso el material que nos presentan en este disco no supone una ruptura respecto al resto de la trayectoria de E.S.T., pero sí es diferente. Diferente porque el sonido se recrudece, la arquitectura de la música es menos estricta y, finalmente, el resultado es de una crudeza inusual en su discografía. Y no me refiero a la contundencia roquera, ni a las distorsiones y efectos electrónicos (más presentes que nunca), sino a la crudeza de una música desprovista en muchos momentos de la amabilidad melódica o de las armonías consonantes de otros trabajos. Hay minutos muy próximos a toda esa estética que nos deja en el imaginario el trío sueco pero también largos minutos de absoluto desgarro que, en mi experiencia durante la escucha, no son los más potentes en volumen y energía (por ejemplo los de la suite Premonition, con una contundencia percusiva bélica), sino aquellos en los que más de manifiesto se pone el ánimo de experimentación nada concesivo que, en el caso del tercer y cuarto movimiento de la suite que da título al disco, Ad Mortem y Ad Infinitum, son de una belleza hiriente (al menos algo cruje en mi interior cada vez que los escucho, y van unas cuantas veces).

Puede que con el tiempo vayan surgiendo nuevas ediciones con material de conciertos o inéditos de estudio pero hasta aquí lo que se daba. Como cierre de su carrera este disco puede desconcertar a algunos (si bien en algunas de las pistas fantasmas de sus discos más afamados habían destilado querencia por estas sonoridades más experimentales), pero también confortar a quienes disfrutamos con ellos y creíamos en su capacidad para seguir reinventando el estilo E.S.T.. Un estilo con copyright de Esbjörn Svensson, Magnus Öström y Dan Berglund. Y al escribir los nombres de Dan y Magnus me surge una pregunta: ¿Y ahora qué? Ojalá tengan una prolongada y fructífera vida musical en esta nueva (y forzosa) singladura porque, de momento, la de E.S.T. ha llegado a su punto y final.

Carlos Pérez Cruz

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