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LA SEMANA DE
LARRY II

Wynton Marsalis (Marciac 2008)
© www.wyntonmarsalis.org |
Qué iluso fui cuando hace un par de semanas
titulé como
“La semana de Larry” mi artículo/reflexión
sobre
la anécdota que tuvo lugar durante la quinta
edición del Festival de Jazz de Sigüenza. No
fui capaz de prever que lo que había sido una
nota exótica, dentro de un festival que incluso
muchos aficionados al Jazz desconocíamos hasta
el pasado día 9 de diciembre (día de la
publicación en “El País” de lo sucedido),
iba a superar la barrera de las 24 horas de
vigencia mediática que hoy se suele permitir a
los sucesos llamativos, a no ser que estos se
sigan produciendo en días sucesivos (el
“caso Haidar”- la situación de la saharaui
Aminatou Haidar y su lectura histórica y
política - es un ejemplo de permanencia
informativa y de olvido inmediato una vez
resuelto lo acuciante). La lógica mediática
habría dejado constancia de la anécdota, reído
la gracia y a otra cosa. Los posibles debates
que suscitaba el ya conocido como “Caso
Sigüenza” (y a los que traté de dar mi propia
perspectiva en “La semana de Larry”) hubieran
quedado circunscritos a los minoritarios blogs,
páginas y rincones varios de los aficionados a
la música (Jazz en particular) y en los de
aficionados a las anécdotas (lamentablemente
cada vez más predominantes en la creación y
desarrollo superficial de contenidos de los
medios de comunicación). Y, sin embargo, el
“Caso Sigüenza” se ha prolongado. La “semana” se
ha convertido en “mes” y ha adquirido una doble
perspectiva: internacional y nacional. Una y
otra comparten en su narración la aparición del
poderoso
neocón del Jazz Wynton Marsalis que,
habiendo leído la historia en el diario
británico
The Guardian, ofreció una recompensa por
la salida del anonimato del espectador
denunciante. Estimulado sin duda por lo que
debía de considerar un alma gemela en su cruzada
por la pureza (¿?) del Jazz, el trompetista
ofrecía su discografía completa firmada y
regalada a su media naranja española.
Nadie puede discutir al técnicamente genial
Marsalis la libertad para opinar sobre qué es el
Jazz y para que guíe su carrera profesional como
él mismo considere oportuno. Lo que ya es más
discutible es que desde la atalaya de su poder
(no está de más recordar que la importante
revista “Time” le dedicó su portada del 22 de
octubre de 1990 y
le llegó a considerar una de las 25
personalidades más influyentes en Estados Unidos
en su número del 17 de junio de 1996)
determine, cierre y abra puertas, con un
discurso siempre revestido de buenas y educadas
palabras, a los artistas que, según él, son o no
son Jazz.
No es un músico más en el panorama jazzístico.
Tiene voz en los medios, define programaciones
(directamente la del Lincoln Center neoyorquino;
indirectamente…), dirige programas educativos o
influye notablemente en el relato de la historia
del Jazz en uno de los documentales más afamados
de los últimos tiempos:
Jazz
de Ken Burns. Por todo ello se ha convertido en
algo más que un músico, en una figura política
del Jazz que hace y deshace. Sería exagerado
pensar que la evolución de la música depende de
su voluntad pero sí que tiene poder y medios
para, al menos, dejar una huella profunda en el
desarrollo y percepción de esta música en estas
dos o tres últimas décadas y en alguna de las
venideras. Y ahí es donde su anecdótica
intervención en el “Caso Sigüenza” resulta
desvergonzada e insultante. “The Guardian”, que
informó de la búsqueda de Marsalis y de su
recompensa,
refleja en su edición del 21 de diciembre de
2009 unas palabras de uno de sus asistentes,
Jono Gasparro:
Wynton
nunca pretendió que esto se hiciera público.
¿Resulta creíble pensar que el más poderoso de
los políticos del Jazz, puesto en contacto con
un periodista a través de Gasparro y con una
historia tan golosa entre manos para el
periodista, buscaba privacidad en su gesto? Yo
no lo creo, aunque quizá no calcularon la
dimensión de la reacción visceral de defensores
y detractores (concentrada sobre todo en
Internet), de quienes ven en Marsalis el
paradigma de las esencias del Jazz y de quienes
ven en él el diablo que impide el natural
desarrollo de esta música. Entre las reacciones
contrarias al trompetista la de una voz mucho
más autorizada que la mía para responder su
gesto: la del baterista del proyecto Drumming
Core de Larry Ochs cuya música fue la detonante
de la denuncia, Scott Amendola. El baterista,
según “The Guardian”, acusa a Marsalis de buscar
“publicidad barata” y sugiere al periodista
Giles Tremlett (firmante de las informaciones en
“The Guardian”) que escriba algo sobre todos
aquellos que no están de acuerdo con el punto de
vista sobre el Jazz de Marsalis y sobre cómo el
trompetista perjudica a otros miles de músicos
de Jazz en el mundo.
El gesto de Marsalis, más allá del sarcasmo,
interfiere en ámbitos que no son de su
competencia. Su gesto no responde a una pregunta
directa sobre el tema de alguien interesado en
su opinión (que vaya si es conocida sin
preguntársela), nace de una iniciativa personal
que como tal infiere desconsideración para
quienes, sean o no jazzistas según su parecer,
son, cuando menos, compañeros de la profesión
musical, músicos con muchas menos posibilidades
de acceder a un escenario que las del
trompetista (en el número de junio de 1996 la
revista “Time” recogía unas palabras suyas en
las que presumía de haber tocado
150 conciertos al año durante 15 años y de haber
ayudado a
recuperar la audiencia del Jazz). Es una
desconsideración hacia un pequeño festival, el
de Sigüenza, que, sean cuales sean las razones,
apuesta por nombres que se alejan de la
ortodoxia que Wynton defiende pero que, desde su
insignificancia global, en nada afecta a su
cruzada por la pureza. A no ser que Wynton
procure una operación de limpieza “etno-jazzística”
global que deje el paisaje desierto de
“insurgentes”. Sin embargo habrá que agradecer
al “empresario” Marsalis (así lo presentaba
“Time” en ese número de junio de 1996) que haya
reabierto un debate que a todo pequeño dictador
le gustaría adormecido: ¿Qué es el Jazz?,
debaten furiosamente “opinadores” virtuales en
el anonimato de la red. Las respuestas, más o
menos razonadas, más o menos razonables, carecen
de verdad absoluta (al fin y al cabo hablamos de
Arte). Sobre ellas sobrevuela el gesto soberbio
de Marsalis quien tiene declarado (de nuevo en
declaraciones recogidas en el “Time” de junio de
1996):
Queremos llevar el Jazz a la gente en toda su
grandeza y gloria. Y no creemos que la música
esté por encima de la gente. Quien se ha
puesto por encima de todos con su “wanted and
reward” no es otro que él. Por cierto que el
denunciante apareció y reclamó (tal y como
recogió “El País”
en su edición del 22 de diciembre de 2009)
la recompensa de Marsalis (toda su discografía
firmada).
La aparición de este señor de nombre Rafael
Gilbert, de cuarenta y dos años, ha subido un
grado más el termómetro del absurdo público que
generó su denuncia. Gilbert tiene derecho a
escuchar lo que le plazca y a opinar lo que le
parezca sobre la música que escuche en una u
otra circunstancia. Su problema es haber
reclamado “el dinero de la entrada” por
considerarse estafado con lo que Larry Ochs y
Drumming Core ofrecían sobre el escenario de un
Festival de Jazz. Cuando el debate estrictamente
musical discutía sobre si esa música era
“Contemporánea” o “Jazz” - a partir de lo
relatado en su denuncia en la que indicaba que
tenía “contraindicado psicológicamente” el
primero de los géneros (¿?) - de pronto el señor
Gilbert nos sorprende con las siguientes
palabras:
El Free Jazz es una música que si no te avisan
puede irritarte mucho, te pone mal cuerpo. Como
no podía más me levanté y fui a reclamar el
dinero de la entrada. Consten estas palabras
en caso de juicio. El denunciante ha declarado
que aquello era “Free Jazz”. O sea, una
manifestación puramente jazzística. En caso de
juicio que el Ayuntamiento de Sigüenza quede
tranquilo. El acusador ha caído en flagrante
contradicción. Remata:
Yo lo que
reclamo es que en los carteles aclaren si es
jazz o no, y ya está.
Otra circunstancia que nunca hubiera imaginado
cuando reflexionaba en “La semana de Larry” es
la reacción que se iba a producir no sobre la
situación que relataba el artículo de Chema
García Martínez en “El País” del día 9 de
diciembre sino sobre la credibilidad del propio
periodista. Conforme pasaron las horas y los
días fueron surgiendo voces contrarias a García
que llegaban a insinuar que todo era una
exageración del periodista, una crónica llena de
inventiva. Así el Jazz entró en la descarnada
lucha de grupos mediáticos cuando el crítico
Javier de Cambra
publicaba en el diario “La Razón” (14 de
diciembre de 2009) un artículo titulado “La
verdad sobre el caso Sigüenza” en la que
desmentía la historia narrada por Chema García e
incluso hacía crítica de su estilo como
cronista. Cambra decía desmentir a García con el
siguiente relato: (…)
Vayamos a los hechos. La ermita cuenta con una pequeña estancia
donde está el control de entradas. Luego, otra
gran puerta, la ermita. Pues a ese
vestíbulo se dirigió un asistente, reclamando el
importe de su entrada, afirmando que lo que se
oía no era jazz sino música contemporánea, lo
que tenía desaconsejado psicológicamente. Al no
ser satisfecho de inmediato, llamó a la Guardia
Civil, compareciendo dos agentes del cuerpo. En
un momento y urgidos por el reclamante entraron
a la ermita, donde al cabo de un minuto salieron
con el alcalde, que se levantó al verlos.
Preguntado al respecto por el reclamante, uno de
los agentes expresó: «Esto no es jazz». El
concierto no fue interrumpido, los músicos se
enteraron del leve asunto al término de su
actuación y apenas en las últimas filas pudo
verse algo de este movimiento (…). ¿No es lo
que Chema García nos había contado? ¿Había
mentido? ¿Tergiversado los hechos? Seguía el
crítico de “La Razón”: (…)
Un diario
madrileño publicaba una crónica con escaso
relato puntual de los hechos y vocabulario de
grueso calibre y en nada ajustado a realidad
(…). Y más adelante añadía: (…)
Chascarrillos que aquí han dado a todo tipo de
malentendidos que vienen de mal explicados y que
el diario británico «The Guardian» reproducía al
día siguiente (…). ¿Y
qué reproducía “The Guardian” al día siguiente?
(…) La
policía decidió investigar después de que un
furioso aficionado al Jazz se quejara de que el
grupo Drumming Core del saxofonista Larry Ochs
estaba en el lado equivocado de la línea que
divide Jazz de Música Contemporánea. El purista
del Jazz afirmó que su médico le había advertido
de que no era “recomendable psicológicamente”
que escuchara cualquier cosa que pudiera ser
confundida con mera música contemporánea. De
acuerdo con el reportaje de El País de ayer
miércoles, los policías escucharon la
interpretación del saxofonista y las percusiones
que procedían del escenario del festival antes
de convenir que el purista podía tener de verdad
un caso. Su queja contra los organizadores, que
rechazaron devolverle el dinero, fue debidamente
registrada y pasará a juicio (…). ¿Dónde
está la diferencia? ¿Qué elemento diferencial
convierte a un relato en verdadero – “La verdad
sobre el caso Sigüenza” titulaba – y al otro en
erróneo? El relato de Javier de Cambra se ciñe a
una descripción más escrupulosa de los hechos
que la que ofrece Chema García (y de la que
después se hace eco “The Guardian”). El problema
es que la ofrece una semana después de lo
sucedido y desacreditando a un compañero. (…)
De allí a
la red y la rechifla universal del Guardia Civil
que acude para dar juicios sobre jazz. En fin,
tricornio para acabar con tanta charanga y
pandereta. Eso podía desprenderse de una crónica
que ha conducido a todo equívoco (…),
sentenciaba De Cambra. ¿No hubiera generado
“rechifla universal” la misma crónica de “La
Razón” de haber sido la primera en publicarse?
¿No sigue siendo de “rechifla” lo que el mismo
De Cambra certifica, que uno de los guardias
civiles expresara que “esto no es jazz”? No
convendría perder de vista que lo que hace
singular la historia es la presencia de dos
miembros de la Guardia Civil atendiendo la
denuncia de un espectador sobre los contenidos
de un concierto y que lo que la sitúa dentro de
los márgenes del surrealismo es que uno de ellos
opine sobre estética musical dando la razón al
demandante. Con una protesta sin Guardia Civil
no hubiera habido historia.
He leído la crónica de Chema García Martínez en
varias ocasiones (¿diez, quince, ocho?) y lo
único que encuentro en esa narración (que García
contó
en una entrevista con servidor en el programa
“Club de Jazz”, grabada la misma mañana de
la publicación del artículo, que había sido
“redactada” por teléfono desde un tren de vuelta
de Sigüenza) es una crónica que contaba lo
sustancial de lo sucedido (la denuncia, los
motivos de la denuncia, la presencia de la
Guardia Civil, la opinión expresada por uno de
ellos según informó al periodista el alcalde de
Sigüenza, la reacción atónita de los músicos) y
que adornaba lo relatado con una prosa irónica
que excedía la mera descripción aséptica. Se
acusa a García en foros y artículos de haber
dado a entender que el concierto hubiera estado
a punto de ser suspendido. Se entresaca una
frase del artículo de García – “a punto estuvo
de ser cancelado manu militari por la
autoridad competente” – y se descontextualiza
para demostrar la “mentira” y contraponerla a
“la verdad”. García no había escrito una “nota
de agencia”; su artículo podría abrir por
enésima vez el debate entre la objetividad y
subjetividad de la profesión periodística, entre
la aportación literaria o no en la redacción de
la información, pero no sobre si mentía o decía
la verdad. Incluso aunque pudiera haber
inexactitud en su relato no había mentira. Al
leer la crónica de arriba abajo se puede
percibir la ironía y un cierto tono hiperbólico
con el que García subraya el absurdo de lo
sucedido. La reacción posterior de algunos
nombres propios (y anónimos) en todo tipo de
foros excede la crítica periodística que se
pueda realizar sobre un artículo que contó algo
que pasó. Y como tal era una anécdota noticiable
que ponía de manifiesto miserias y bondades muy
apetitosas para quien estuviera dispuesto a
reflexionar. Se podía uno quedar con la anécdota
y fantasear con ella o se podía analizar aquello
que subyace bajo la anécdota. Lo que no
imaginaba yo es que la anécdota relatada para
“El País” por Chema García pudiera despertar
tantos recelos entre compañeros de profesión y
alrededores del periodismo jazzístico hacia uno
de sus más veteranos compañeros.
Menos mal
que Wynton Marsalis ha aparecido para situar de
nuevo en primer plano una de las posibles e
interesantes vías de análisis que sugería el
“Caso Sigüenza”: ¿Qué es el Jazz?
El denunciante Gilbert dice que
sólo se
quedaron los viejillos en el concierto de
Larry Ochs y que con él se fueron una veintena
de personas. Sé de algunos “viejillos” que
estuvieron presentes y que no se reconocerían
tan ancianos. Eso sí, habrá que reconocerle a
Gilbert la educación que otros espectadores no
han tenido en otras ocasiones. La historia de la
Música está llena de anécdotas sobre ruidosas
protestas del personal, desde luego mucho menos
civilizadas. Una de ellas está
filmada en el Théâtre des Champs-Élysées de
París en la película de cine mudo
L´inhumaine dirigida en 1924 por Marcel
L´Herbier. Un documento excepcional sobre la
evolución cívica de la queja musical.
Carlos
Pérez Cruz (26/12/2009)
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