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Pedro
J. García es licenciado en Filología
Española y doctorando en el área
de Teoría de la Literatura y Literatura
comparada de la Universidad de Zaragoza. Víctima
de dos pasiones, el jazz y la literatura, dirige
últimamente sus vectores hacia el comparatismo
entre los lenguajes literario y musical. Este
texto fue leído como contribución
al curso de doctorado "Itinerarios actuales
de la crítica cultural" en la Universidad
de Zaragoza en Mayo de 2003.
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YOU DON´T KNOW WHAT MUSIC IS
ALGUNAS
NOTAS SOBRE SEMIOSIS MUSICAL Y AFINIDADES VARIAS
No nos resulta fácil
hablar de música. En la mayoría de las
ocasiones nuestras opiniones quedan reducidas a balbuceos
valorativos que sirven más para situarnos entre
adeptos o detractores de uno u otro estilo que para
predicar algo trascendente sobre el objeto musical.
Incluso los comentaristas adolecen de precisión,
y hasta de lenguaje, en sus juicios estéticos
cuando sacan los pies del tiesto del historicismo, la
sociología o la simple catalogación, y
se sumergen en las profundidades del sentido, de los
“por qué” receptivos, de la esencia...
La queja es compartida. En
un artículo escrito para Musique en jeu y recogido
en Lo obvio y lo obtuso Roland Barthes se pregunta:
¿Cómo se las arregla la lengua cuando
tiene que interpretar la música? Parece ser que
muy mal. Si examinamos la práctica común
de la crítica musical (o de las conversaciones
sobre música: a menudo se trata de lo mismo)
es evidente que la obra (o su ejecución) se traduce
exclusivamente por la categoría lingüística
más pobre: el adjetivo. [...] Para averiguar
si hay algún modo (verbal) de hablar de la música
sin adjetivos habría que examinar de cerca toda
la crítica musical...
La propuesta de Barthes podría
ser recogida en otro lugar y quizás tan sólo
serviría para dar autoridad a la afirmación.
Pero la curiosidad nos ha llevado a hacer una cata en
dos corpus críticos de géneros completamente
distintos: por un lado el comentario que del disco People
time, un dúo entre el pianista Kenny Barron y
el saxo tenor Stan Getz, escribe José Luis Salinas
para Cuadernos del Jazz. Leemos (y selecciono sin mala
intención): “People time” es uno de los álbumes
más hipnóticos que haya escuchado: Getz
y Barron tejen una tela de araña que atrapa irremisiblemente.
La música transciende de una sintaxis concreta,
el jazz, para verter en el oyente toda la capacidad
de seducción que encierra como lenguaje.
Veamos; imágenes y
adjetivos tópicos, arrebatado entusiasmo personal
(que no es criticable habida cuenta del género
y de los fines del texto: estamos ante la selección
de los 10 mejores discos de jazz de la década)
y absoluta indeterminación: ¿qué
lenguaje y qué sintaxis? El comentarista es hábil
y juega con el guiño de ojo y la marca identificadora
de grupo (autosatisfacción tribal habitual en
el mundillo del jazz) para halagar al lector identificado
y más que probable “oyente fetichista” por usar
el feliz sintagma de Adorno: “él ya sabrá
qué lenguaje y qué sintaxis y si no conoce
la contraseña es que no es de los nuestros”,
parece que dice. El resto de la reseña vagará
entre lo anecdótico, lo técnico (toma
de sonido, elección de temas, adscripción
a uno u otro ritmo...) y de nuevo la alabanza sin ninguna
precisión (aunque el oyente la juzgue como justa):
“Sus notas precisas (incluso cuando las adorna con efectos
de lengüeta), elevándose como burbujas o
fluyendo en cascadas, están emitidas con la fuerza
de un principiante y el control de un maestro...”. En
fin, el recurso a la metáfora para huir del “horror
vacui”, de la ausencia de herramienta que permita dilucidar
qué es aquello que ahora pasa (y por qué
pasa, si es que pasa) por nuestra sensibilidad, por
nuestra epidermis o por donde quiera que pase mientras
suena First song for Ruth de Charlie Haden (hemos puesto
el disco de marras mientras leía y escribía
esto). No somos mejores exegetas que el autor, nuestras
palabras entrarían de seguro dentro de lo cursi
y de lo melifluo (qué bonito..., os lo grabo
si queréis...., ¡lo de siempre!).
Extraigo de la estantería
50 años de periodismo a ratos y otras prosas
de Ángel González porque recordamos que
en ese volumen se incluyen algunas críticas musicales
de juventud y porque esperamos que un poeta (con el
“conocimiento sensible” que se le supone) apunte mejor
en sus apreciaciones. De Presentación del violinista
Jean Fournier en la Sociedad Filarmónica cito:
La Sonata para violín, de César Frank,
obra desprovista de todo lo accesorio, bella en su simplicidad,
encontró acertada expresión en Jean Fournier,
sobre todo en los dos últimos tiempos [...].
La Partita número 3 en mi bemol mayor de Juan
Sebastián Bach es una obra para violín
solo. Esto, en sí mismo, dice bastante. En primer
lugar, dice dificultad; pero no la dificultad estéril
que únicamente conduce al exhibicionismo del
ejecutante, sino la dificultad fundamentada y trascendente
[...] esta Partita (es) difícil no sólo
para el intérprete, sino también para
el público, ya que la alta moral artística
que representa Bach no está al alcance de todos.
De nuevo, si nos fijamos,
el oculto halago al auditorio, para que se quede satisfecho.
Lo peor es que el diletante cree entender qué
está intentando decir A. González con
eso de: “alta moral artística, bella en su simplicidad”,
etc... ¿Pero realmente logra decirlo?
Un último ejemplo
para ilustrar esa inefabilidad de la que no se salvan
ni los músicos. A un pianista de jazz (creo haber
escuchado y leído la misma anécdota para
varios: Fats Waller y John Lewis...,) le preguntaron
acerca de una pieza que acababa de tocar: el inquirido
se encogió de hombros y volvió a sentarse
en el taburete para tocar de nuevo la pieza.
La música (sospechamos
que precisamente por su inefabilidad, entre otros factores)
es la mejor aliada en esa “apuesta por la trascendencia”,
y por la “presuposición” casi teológica
“de presencia en el acto de arte y en su recepción”
que es Presencias reales de George Steiner (de paso
también pretende con ese libro deslegitimar,
de manera inteligente creo, cierta posturas postestructuralistas
que pueden ser consideradas amenazantes tanto por suponer
una cierta “deshumanización”, como por augurar
un futuro de oficina de empleo para los hermeneutas
más clásicos). Creemos que, pese a confesar
su derrota, las apreciaciones de Steiner en este libro
son en extremo valiosas. Permitidme leer aunque sean
citas un poco largas que sin embargo no dejan de ser
insuficientes (es un acto de justicia además,
porque son en parte el disparadero de esta de nuestra
preocupación): Cuando intentamos hablar de música,
hablar la música, el lenguaje nos tiene cogidos,
con resentimiento, por el cuello. Este, creo, es el
significado oculto de la fábula de las Sirenas.
[...] Las sirenas prometen órdenes de comprensión,
de paz (armonías) que trascienden el lenguaje.
El animal de lenguaje, el hombre, acorazado en su voluntad
de poder que es la gramática y la lógica,
debe resistir. [más adelante...] Para la pregunta
del cómo nos posee la música no tenemos
una respuesta creíble y, menos aún, que
pueda examinarse de modo material. Todo lo que tenemos
son más imágenes. Y la desafiante evidencia
de la experiencia humana. Hay aquí presa fácil
tanto para el positivismo como para la deconstrucción.
Más cerca de la tesis
última del libro, la intuición de “Presencias
reales” como causa y fin últimos del hecho artístico
y su aprehensión, están estas palabras
que llegan a veces a cotas esotéricas: La música
y lo metafísico, en el sentido etimológico
del término, la música y el sentimiento
religioso, han sido virtualmente inseparables. En la
música y por medio de ella, nos hallamos de la
forma más inmediata en presencia de la energía
en el ser, manifiesta aunque inexpresable lógica
y verbalmente, que comunica a nuestros sentidos y a
nuestra reflexión lo poco que podemos atrapar
de la desnuda maravilla de la vida. Considero que la
música es la nominación de la nominación
de la vida. Se trata, más allá de cualquier
especificidad litúrgica o teológica, de
un gesto sacramental. O, como dijo Leibniz: “La música
es una aritmética secreta del alma ignorante
del hecho de que está calculando”.
Sorprende que pensadores
tan disímiles en esencia como son Steiner y Barthes
converjan en ideas e incluso en palabras cuando se enfrentan
al fenómeno musical. Pero la diferencia radica
en que Barthes es un lúcido detector de un problema,
de una incapacidad del lenguaje que en absoluto le frena
para intentar él mismo subsanarla en el mismo
artículo “El grano de la voz"* y en otros
(quizás también en títulos que
no conocemos). Sin embargo Steiner, por más que
sus afirmaciones seduzcan y consuelen al hacernos sentir
acompañados en el espacio, no deja de dar la
impresión de que tira la toalla y de que desconfía
de los avances que puede deparar la semiología,
el comparatismo o la Estética de la Recepción
por citar sólo tres de los ámbitos donde
se dirimen estas cuestiones. Sus opiniones son bellas
como ideas pero meramente contemplativas (y esto en
sentido casi etimologico, cum templum) y, por lo tanto,
castradoras.
Afortunadamente la teoría
parece que se está preocupando últimamente
(aunque sea de una manera tímida) tanto por dotarse
de un metalenguaje que permita acercamientos comparatistas
con la música, como por la dilucidación
del significado musical y de qué es lo que determina
los posibles valores sémicos de este. Desde la
teoría de la literatura (al menos por la bibliografía
que vamos consultando) parece que se pretende en última
instancia el estudio de los textos artísticos
(y asumimos texto en el sentido general que le da semiótica
de la Escuela de Tartu y en concreto de Iuri Lotman**)
denominados heterosemióticos, es decir, aquellos
discursos que integran música y literatura, música
e imagen, etc... (los españoles Silvia Alonso
de la Univ. de Santiago de Compostela y Juan Miguel
González Martínez de la Univ. de Murcia
se centran en los textos músico-verbales de la
tradición occidental).
Una teoría que pretenda
hacerse sólida en el ámbito de lo musical
no podrá evitar preguntarse sobre la naturaleza
del signo musical, sobre la relación entre significado
/ significante, fondo y forma (decía Oscar Wilde
que la música es en el único arte donde
fondo y forma confluyen o son la misma cosa –recuerdo,
no tengo la cita exacta-) y de ahí al espinoso
asunto de la referencialidad.
El problema que se cierne
sobre el signo musical es el de su “indeterminación”,
esta indeterminación nos parece análoga
a “la insoportable arbitrariedad del signo lingüístico”
(feliz expresión del poeta Javier Járboles).
Para González Martínez la indeterminación
del sentido musical tiene derecho a ser considerada
“como una manifestación más del carácter
esencialmente ambiguo y plurisignificante que caracteriza
a cualquier manifestación artística”.
Esta ambigüedad, lejos de considerarse como un
problema comunicativo ha de procurar que la indeterminación
significante se entienda más bien como virtualidad
significativa. A este respecto concluye que “no se puede
exigir a la música algo que ni el propio lenguaje
aporta, esto es, una relación unívoca
y constante entre signans y signatum (significante y
significado)”.
El problema de “la referencia”
viene enfrentando a “referencialistas”, es decir aquellos
que defienden la capacidad semántica de la música
bien gracias a mecanismos imitativos o de la expresión
emotiva, bien gracias a asociaciones culturalmente determinadas;
con los “absolutistas” que rechazan que el significado
musical deba cifrarse en lo extramusical (no sé
porqué me recuerda esto a las viejas disputas
entre poesía pura e impura, o a aquel texto de
Barral sobre si la poesía era o no comunicación).
Silvia Alonso (y también los autores que compila:
Dalmonte, Ruwet, Nattiez...) parece decantarse por la
postura que niega al referente, y aboga por una más
fértil e inmanente semiosis interna (recuérdense
problemas ya clásicos de la teoría literaria;
la misma autora pone en relación, por ejemplo,
la negación de la referencialidad con la narrativa
de la Nouveau Roman). Creemos que Alonso, aunque estreche
mucho el ámbito genérico, acierta al vincular
el recurso al referente con unos “determinantes culturales
concretos” y una localización cronológica
precisa. Nuestro problema, apunto yo, es que no sabemos
si el oyente estándar puede evitar estar inmerso
en un determinado tiempo y cultura, ni si es necesario
que se substraiga a los condicionantes culturales, sociológicos
e históricos de la obra musical (eso se nos antoja
parejo al recurso al “hablante-oyente ideal” del que
se sirve la lingüística generativa). Permítaseme
recordar aquí (y así aportamos algo al
debate) la existencia de músicas con unos claros
componentes narrativos y descriptivos (en algunos casos
hasta llegar a perder toda sutileza). Woody Allen sale
de la ópera en Misterioso asesinato en Manhattan
y confiesa que “cada vez que escucha a Wagner le entran
unos irresistibles deseos de invadir Polonia”. Más
allá del chiste político o incluso racial,
está la evidencia de que la música de
Wagner es profundamente narrativa. Incluso se le ha
tildado de ser el inspirador primero y máximo
de la música cinematográfica.
El problema de la referencialidad
nos parece importante en otro de los ámbitos
sobre el que estamos trabajando. Creemos que en jazz
la referencia es ineludible y necesaria. El jazz nos
habla siempre “de lo mismo” (según confiesa un
músico amigo): con melancolías o alegrías
más o menos presentes nos sitúa en un
escenario urbano, nocturno y ajeno a imperativos morales.
En un momento de la novela de Rafi Zabor El oso llega
a casa el protagonista se aísla en el campo y
decide sustituir el jazz por la música barroca
en sus ensayos con el saxofón, para así
huir aún más de la ciudad. Además
creemos que el género ha generado una mitología
y alcanzado con sus vectores a otras artes (artes plásticas,
literatura, cine...: ejemplos tenemos todos en mente)
que se alimentan del jazz y alimentan a este. Es por
esto que postulamos la existencia de una “estética”
de lo jazzístico que merece una dedicación
y un tiempo que no podemos desarrollar aquí,
pero que promete ser una dedicación y un tiempo
apasionantes ( y no estamos solos: se ofrece un Máster
de investigación e Historia del Jazz en la Universidad
de Rutgers en Nueva Jersey y hace poco la Universidad
de Columbia creó un centro para estudios jazzísticos).
Pero la semiosis musical
presenta más problemas que no quiero dejar de
apuntar, aunque sea de manera exigua.
El problema de la referencia
está en estrecha relación con el del significado,
y la dificultad de nuevo va a residir en que la “noción”
de significado es para nosotros fundamentalmente de
carácter “verbal”. Las posibles soluciones que
se apuntan van desde la asunción, en efecto,
de que todo significado musical está asociado
a lo verbal (en algún momento Barthes, Célis...)
hasta los que relacionan lo emocional dentro del ámbito
de lo corporal en una teoría del significado
musical que concibe lo semántico en relación
con lo somático (Lidov...), danzas tribales,
cultura de club, etc...
Por su parte el problema
del signo musical está en función de las
soluciones que se apuntan para el signo lingüístico.
En palabras de S. Alonso existe la necesidad del “establecimiento
de un modelo sígnico que no se sienta deficitario
respecto al modelo del signo lingüístico”.
Así que, como se puede imaginar, las aportaciones
van a mirarse en el espejo de las varias dicotomías
de Saussure, los “interpretantes” de Peirce, los paradigmas
de Frege, etc...
Y cómo no, de esta
gradación se presupone también un interés
hacia el “texto musical” como un todo, que tomará
prestados avances de “la ciencia del texto” (Van Dijk),
de La estructura del texto artístico de Lotman,
etc...
Para terminar apuntamos también
que las nociones anunciadas desde la Estética
de la Recepción tales como la de horizonte de
expectativas nos parecen especialmente fértiles
en el ámbito de lo musical (desde aquí
sí que intuimos que se pueden hacer aportaciones
para el problema de los “pelillos de punta” y esas cosas).
No hemos encontrado referencia alguna en la bibliografía
consultada pero nos parece obvio, por ejemplo, que el
fenómeno de generación y rotura de expectativas
es esencial en el disfrute del ritmo musical, como en
el disfrute de cualquier arte “temporal”, es decir,
que tenga al tiempo como lienzo: la poesía, la
narración***, el cine...
(Escribo esto último
mientras soporto el “bacalao” del vecino de abajo y
pienso en qué horizonte de expectativas puede
haber en los machacones ritmos binarios de la música
de baile de hoy en día; pienso en los “arrebatos
báquicos” de los que habla Adorno en Sobre el
carácter fetichista en la música y la
regresión del escuchar; y pienso en que creo
que me estoy poniendo prolijo y en que estoy ocupando
demasiado tiempo del respetable, precisamente cuando
hablábamos del tiempo. Muchas gracias.).
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*En ese artículo Barthes
propone un interesante binomio para la apreciación
del arte vocal que toma prestado de la dicotomía
de Kristeva entre genotexto y fenotexto; Barthes lo
transpone a fenocanto y genocanto pero intuimos una
más amplia utilización: la posibilidad
de unas más generales fenointerpretaciónes
y genointerpretaciones. Aventuramos una hipótesis
(si es que entendemos a Kristeva parafraseada por Asensi):
un solo de un estándar de jazz (el de Body and
Soul de Coleman Hawkins de 1939, por ir al tópico)
entraría dentro de las genointerpretaciones,
o bien su “diferencial significante” sería mayor
que el de una correctísima interpretación
(o mera exposición) de una sonata de Beethoven
(o simplemente sería). Quede apuntado.
**Un texto se define como
una expresión (se encarna en determinados tipos
de signo, la literatura en los signos base de la lengua
natural, la música en los sonidos, etc), como
una delimitación (todo texto tiene un principio
y un final, unos blancos, un marco, unas candilejas,
que lo señalan como objeto individual frente
a otros objetos), y como una estructura (ya se sabe:
el texto no es una simple sucesión de signos,
sino un todo organizado cuyos elementos se interrelacionan)
[...] se desprende que un texto tiene la propiedad de
ser descomponible en unidades menores o subtextos, característica
esta de toda aproximación estructural al lenguaje
(cito de Asensi).
***Dice Cortázar a
propósito de sus cuentos en La fascinación
de las palabras, libro de conversaciones con Omar Prego:
“...el ritmo que hay en la construcción del cuento
(y esa es la parte musical), entra en el lector por
una vía más subliminal, de la que él
no se da cuenta. [...] ...en el final de mis cuentos
no puede haber ni una palabra, ni un punto, ni una frase
de más. El cuento tiene que llegar fatalmente
a su fin como llega a su fin una gran improvisación
de jazz...
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