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ROBERTO ECHETO

Roberto Echeto nació en Caracas, Venezuela, en 1970; es Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, productor de espacios radiales, dibujante y escritor. Ha publicado una novela (No habrá final) y tres libros de relatos (Cuentos líquidos, Breviario galante y La máquina clásica). Mantiene en línea el blog Roberto Echeto presenta… y cree que no hay como un capítulo de Combate para reconciliarse con la humanidad.

Esta página acoge dos textos que el autor dedica a John Coltrane y Miles Davis cedidos gentilmente a www.elclubdejazz.com

La luz de John Coltrane

Cada disco de John Coltrane es una avalancha.

Ballads
, Giant steps, My favorite thingsPuro magma sonoro que abrasa y retuerce.

Llegar a Coltrane es inevitable. Cualquier puerta que abras para entrar al jazz, te llevará a este gigante en cuyo saxo se condensan los estilos de otros gigantes, valga decir: Lester Young, Coleman Hawkins, Dexter Gordon y Sonny Rollins. John Coltrane sonaba como ellos y como él mismo a la vez, un milagro que sólo se explica porque hablamos de un titán que forjó su estilo estudiando los estilos de sus predecesores y de sus contemporáneos, retando además su propio talento.

John tocó junto a Duke Ellington, Thelonious Monk, Miles Davis, Bill Evans, Freddie Hubbard, Eric Dolphy, Stan Getz…
Podríamos continuar nombrando monstruos, pero sería injusto ignorar que lo mejor de su obra lo produjo junto a su cuarteto clásico, ése que formaron el propio Coltrane, McCoy Tyner, Jimmy Garrison y Elvin Jones. ¡Dios! Ese pequeño grupo produjo obras maestras y, entre ellas, una: A love supreme.

Estás en tu casa y nadie te molesta. Sacas A love supreme y lo pones a todo volumen. Sigues el primer movimiento de esa suite grabada en 1964, coreas el mantra y le pones atención al larguísimo solo que cruza buena parte del segundo movimiento. No hallas qué decir. Miras a la pared y piensas que quizás haya una conexión secreta entre la música de Coltrane y las pinturas de Jackson Pollock. Mientras el sonido del saxo hace giros y avanza sobre los demás instrumentos, tú recuerdas los chorretes de colores que abundan en las pinturas del maestro del dripping. Tanto las manchas de los cuadros como los ribetes que adquiere el solo del saxo tenor son muestras de una violencia contenida, un asomo al caos o, más bien, a la belleza del caos.

Piensas en todo eso y sonríes. Te dices que estás loco, que mejor destapas una cerveza y te buscas a alguien con quien compartir esa audición porque si no, terminarás aullando por la ventana. Te calmas. Sigues oyendo el disco. Recuerdas lo que dicen las liner notes de Olé Coltrane. Ahí se cuenta que un tal Franzo King y su esposa Marina llegaron a Nueva York en 1971 y fundaron una iglesia en honor al gran saxofonista. Te ríes. No eres ni de lejos como ese par de locos que exageraron y malentendieron el misticismo de John Coltrane. Quizás él fuera un hombre de fe sincera que buscó y entrevió algo de la luz divina en la música. Pero los locos (los locos que nunca faltan) cargaron las tintas y fundaron la «Church of Saint John Will I Am Coltrane», canonizando de paso a ese músico extraordinario que llevó al jazz hasta lugares donde nadie lo había llevado.

Sigues sentado y la música continúa. Tienes en tus manos el libro de Ashley Kahn sobre A love supreme, pero no lo lees. De pronto te dio por imaginarte el funeral de John Coltrane. No sabes cómo ni por qué ves ante ti a Ornette Coleman y a Albert Ayler tocando durante el servicio fúnebre. Es 21 de julio de 1967. St. Peter’s Lutheran Church, en Manhattan, está llena de gente. Hay músicos, Panteras Negras, periodistas, niños, mujeres, ancianos, hombres normales y corrientes que fueron a rendirle homenaje a un genio.

Tal vez la música de ese disco extraordinario sea un réquiem y sólo ahora nos damos cuenta.

Te quedas perplejo. Una vez más la música te ha llevado a lugares insondables, a sitios que no sabes si existen o no, a momentos que no pudiste vivir, pero que vives porque la música tiene el poder de hacerte recordar aquello que no has vivido y de forjar en tu imaginación lo inimaginable.

De pronto tu mente se calla y acepta una sola verdad: la música es como la luz.

Y la de John Coltrane más.

El genio del cuadrilátero

Una sombra pelea contra su sombra bajo la blancura del gimnasio. El silencio acompaña las ráfagas de golpes que remueven el aire. Un cuerpo envarado que se aduja y se estira, le da mil vueltas al ring. Es Miles Davis y lleva guantes verdes.

Los héroes de Miles fueron Sugar Ray Robinson, Johnny Bratton y Jack Johnson. Ese trío le sirvió de inspiración cada vez que decidía salirse de los tremedales de la vida. El boxeo fue para él un espacio al cual asomarse y encontrar sosiego. ¿De dónde creen Uds. que sacó fuerzas para liderar tantas bandas exitosas, para ser, literalmente, el jefe de tantos monstruos del jazz? Miles Davis, por si no lo saben, lideró conjuntos en los que no solo tocaron gigantes, sino que esos gigantes descubrieron que podían ser tales sólo cuando tocaron bajo sus órdenes. Que lo digan Bill Evans, John Coltrane, Chick Corea, Wayne Shorter y un largo etcétera de músicos monumentales.

Miles fue una persona compleja que tuvo que forjarse su propio caparazón indestructible para permanecer incólume ante los desafueros de su época. Estamos hablando de un hombre tímido que se escondía detrás de un muro de palabras obscenas para que los pervertidos de su mundo se las vieran negras, si pensaban joderlo. Hablamos de alguien que le daba la espalda al público en sus conciertos; de alguien que no le pasaba una a nadie, ni siquiera a sus mejores amigos.

(Una noche en que la luna le sentó mal a Max Roach, Miles lo sentó de culo con un soberbio derechazo a la barbilla. Así sería el golpe, que a Max se le evaporaron los efectos de su borrasca química y continuó tocando su batería como si nada hubiese pasado).

Quien observe con atención la vida de este visionario nacido en Alton, Illinois, en 1926, se dará cuenta de que la música y el boxeo le dieron estructura a ese impulso de supervivencia al que muchos confundieron con misantropía. Aunque no fuera evidente, Miles Davis siempre se ganó la vida a golpes. Que apareciera de vez en cuando en un gimnasio, pegándole a un saco de arena o a una pera de cuero, no tiene nada de raro, sobre todo si ese hombre tenía que lidiar con sus propias adicciones, con el racismo que gobernaba su entorno y con su propia capacidad para adelantarse a sus contemporáneos.

A lo largo de su vida, Miles vislumbró el futuro de la música varias veces. Si te pones a pensarlo con cabeza fría, te darás cuenta de que no debe ser fácil crear formas nuevas y saber que esas formas preludian el porvenir. Este trompetista-boxeador, este músico y maestro, le abrió las puertas al cool jazz, al jazz modal, a la fusión eléctrica y al mismísimo hip hop. ¿Cómo no habría de buscar refugio en un gimnasio, si la creación del futuro produce desequilibrios en cualquier época?

El secreto de Miles radicaba en enfocar la música desde distintos puntos de vista, en saber dónde debía alargar las frases y dónde debía poner los acentos. Nada de circos de solfeo ni de chorros de notas… De ahí que los silencios de su trompeta se nos asemejen a la actitud del boxeador que observa con paciencia a su contrincante, le haga algunas fintas y logre que su cabeza se mueva hacia donde él ha lanzado a toda velocidad una mano demoledora, lista para el impacto certero. Eso, damas y caballeros, es pura y simple perfección; puro arte en el que se conjugan la música y el boxeo.

Esté donde esté, Miles debe vendarse las manos y subirse a un ring todos los días a lanzar golpes y a pelear con su sombra. Desde ahí nos hace recordar que la buena música siempre viene del futuro.

Y por eso le estaremos agradecidos siempre.

Roberto Echeto