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MÚSICA GRIS
(La Cultura musical en tiempos de crisis)
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Ya sé que está mal visto defender la Cultura en
tiempos de crisis (por expolio de la
organización pública de la cosa). Por eso lo voy
a hacer. También por mi propio interés, claro
está. Aunque he de aclarar que no es un interés
económico, no me va en ello la economía, más
bien todo lo contrario. Es la Cultura en la que
invierto y la actividad profesional cultural la
que me mantiene.
No sólo estamos precipitándonos hacia un mundo
esclavizado por el dios Productividad – lo cual
ya es terrible – sino que además corremos el
riesgo de vivir en un mundo monocromo. Mi
admirado ‘El Roto’ ya lo advirtió en una de sus
muy luminosas oscuras viñetas: En todas las
emisoras sonaba la misma música, pero la
variedad de receptores era infinita…. Así,
ahora que tenemos auditorios, centros cívicos,
casas de cultura y demás artilugios
arquitectónicos de admirable requiebro (ohhhh),
resulta que se imponen dos ofertas musicales: el
silencio o la música que le gusta a la gente (¡!).
La primera oferta - más allá de un extraño
y poético homenaje a John Cage - es la terrible
consecuencia de la priorización del ansia
constructora y especuladora sobre la lógica
racional basada en un estudio a partir de la
densidad de población de la región X, ofertas ya
existentes, distancias kilométricas y
comunicación con las más próximas, etcétera. En
fin, aquello de la fiesta sin fin del ladrillo.
La segunda de las ofertas es, en realidad, la
consolidación de una tendencia sólida como un
buen bloque de cemento, la que lleva a
considerar que aquello que atrae más público es
aquello que hay que programar.
¡Alarma! Vienen tiempos duros para el oído.
Siempre lo han sido, de acuerdo, pero como los
billetes de quinientos desbordaban algunos
bolsillos con poder, siempre dejaban caer
algunos como migaja de felicidad para oídos
descarriados como los míos. Pero ahora que los
billetes se han esfumado (¿dónde está el
billete, matarile rile rile?) vete tú al gestor
público de turno (sí, el lenguaje económico todo
lo contamina) y pregúntale que por qué no
programa conciertos de música Contemporánea,
Improvisación, Jazz, o de cualquier cosa que con
sólo pronunciarla al gestor haga que le entre
una risita floja… Bueno, eso era antes, cuando
lo de los billetes, ahora se conocen casos de
ahogamiento por ataque de risa. Más allá de la
risa, hemos llegado a un punto interesante y
debatido por los siglos de los siglos sin
llegar, por supuesto, a acuerdo alguno: la cosa
de lo público. ¿Qué debe financiar el dinero
público si de música o cultura hablamos?
- Nada. Ahora nada. Lo público
se ha acabado señores. ¡Viva la empresa privada!
Bien, gracias por su aportación pero pongamos
que todavía le quede un hilillo de
- ¡Plastilina!
Venga hombre, no sea malvado, que no estoy
hablando de Rajoy. Hablo de ese hilillo de vida
que todavía palpita en el cuerpo enfermo de la
cosa de lo público. Aunque resiste a duras
penas, sugirámosle por si se restablece o queda
algo de él en pie. Volviendo a la pregunta sobre
qué debe financiar el dinero público
-
¡Lo que la gente
quiere!
Ahí estamos, el argumento tradicional. Pero
permítame ser un poco más transgresor.
Propongamos a la gente desde lo público,
trabajemos con la gente desde lo público,
eduquemos a la gente desde lo público,
-
¡Doctrina! ¡Usted
lo que quiere es adoctrinar! ¡¡Comunista!!
En fin, sigamos. Hagamos que, en definitiva, de
esa variedad de receptores de las que hablaba
‘El Roto’ surjan músicas tan diferentes que uno
tenga que incluso dudar para escoger. La duda,
ese gran amigo de la inteligencia. Porque si la
oferta es aquello que a la gente gusta, ¿cuántas
dudas me surgirían? No hay que recibir clases de
Aznar en Georgetown para llegar a la conclusión
de que pocas o ninguna. No es menosprecio del
humano, es constatación del primitivismo que nos
define como especie colectiva. Es así, no hay
que darle más vueltas. Somos colectivamente
vulgares y zafios. Y por eso se puede apostar
por apuntalar ese primitivismo zafio o por dar
opciones, abrir puertas, crecer como colectivo a
partir de las múltiples opciones para el
individuo. Sin variedad no dejamos de ser meras
piezas en serie dentro de una maquinaria
uniforme. Y bien conocemos los riesgos de la
uniformidad.
Aunque como argumento es simplista y reiterado
no es incierto que al sector privado lo mueve el
beneficio económico y al público… al público…
¡el déficit cero! Que no me salía. Y claro, uno
ante quien crea por iniciativa propia un
tinglado donde se juega los cuartos se siente
poco legitimado para decirle que lo que programa
usted me parece un asco (pero se lo digo
igualmente, ¡un asco!). Le aseguro que si
programa lo que yo propongo es probable que de
aquí a un tiempo me persiga con escopeta de caza
porque, insisto, la gente (ese ente) es vulgar
pero es gente (que implica un plural), y es la
gente la que genera beneficios; los individuos,
como mucho, generamos quebraderos de cabeza con
nuestras impertinencias y desvíos del camino
marcado.
-
¡Acabemos con el
individuo! ¡¡Viva la masa!!
Gracias Hulk. Sin duda tus deseos van por buen
camino. Al fin y al cabo, ¿quién va a poder ser
individuo en este mundo venidero? Leyes ad hoc
para nuestro apaciguamiento colectivo al
servicio del crecimiento permanente de la
economía y a costa del crecimiento personal. La
diferencia, penalizada. Todos al ritmo de los
timbales en las galeras. ¿Qué mejor sintonía que
la de los gustos de la gente? Aquello que nos
uniforma, aquello que nos hace iguales. Un mundo
pop, un mundo de zarzuela y pasodoble
permanente, un mundo de ‘realities’ Operación
Triunfo, un mundo Huecco. La gente manda,
amigos.
Mis orejas son mi corazón. Mis orejas inoculan
el oxígeno que necesito para seguir vivo. Como
quien se deleita con el olor y sus embriagadoras
diferencias, mi alma necesita la diversidad para
seguir presente en mi cuerpo. ¡¡Necesito oler
músicas!! Necesito saber que mi mundo no se va a
limitar a escuchar siempre la misma ópera, la
misma zarzuela, el mismo pasodoble, el mismo
Bisbal, la misma Shakira (¿todavía no le ha
demandado Sudáfrica por su bochornoso Waka Waka…?
¿De verdad esto es África?). Necesito personas
valientes que den el paso de no caer en la
tentación de agarrarse permanentemente al
argumento de ‘la gente’ en detrimento de sus
propias ideas. Todos callados, todos con el alma
sellada para no poner en riesgo el statu quo,
para no cuestionar el saqueo impune (hasta hoy)
de nuestra alma colectiva que pronto puede ser
privatizada, como bienes de consumo en el que
nos estamos convirtiendo (somos). Necesito
músicas que me hieran, que me sanen, que me
inquieten, que me deslumbren y me apaguen, que
me hagan arder en el infierno para encontrar con
ellas la paz.
Sí, necesito todo eso y eso está hoy más en
riesgo que nunca. ¿Qué músicos van a poder
clavarme una
puñalá
emocional o a sorprenderme si todos ofrecen lo
mismo y lo mismo es lo que ‘la gente’ quiere?
Recuerdo cómo al acabar de tocar el típico
concierto de coros de ópera y zarzuela (sí,
todas esas que ustedes se imaginan) alguien me
dijo que por qué no se hacía eso más a menudo.
¡¿Más?! ¡¿Siempre lo mismo?! Claro, si al final
nuestros
días son una clonación los unos de los
otros (sí amigos, la temida y, sin embargo, tan
narcotizante rutina), ¿por qué no la misma
música? Resulta fácil sentirse confortado en el
(aparente) control de las cosas. O las palabras
del director de una banda de música (cuyo
presupuesto procede de las arcas públicas)
proponiendo a la misma como “alternativa
cultural” (sic) en estos tiempos, después de
llenar un teatro con un concierto de zarzuelas
(sí, esas que se imaginan). ¿Alternativa
cultural? ¿Son en España las bandas de música
alternativa cultural? ¿A qué? ¿A sí mismas? ¿La
zarzuela como contracultura?
Las cosas sin importancia, lo aparentemente
inofensivo, nos ofrecen una jugosa lectura entre
líneas. Escuché una cuña radiofónica
que anunciaba una “ópera para todos los
públicos”.
-
¿También eso te
molesta? De hecho, ¿qué te molesta?
¿Qué me molesta? ¡Demonios! ¿Qué es una
‘ópera para todos los públicos’? ¿Existe algo
‘para todos los públicos’?
-
A ver chico, pues
eso, que es para toda la familia.
¡¿Para toda?! ¿Qué existe que pueda ser
disfrutado por toda la familia? Espera, ¡ya lo
tengo! Se refiere a que es una ópera ‘amable’.
Que la ‘amabilidad’ es algo a lo que todos
podemos acceder y disfrutar. Y como lo que el
gestor pretende es llenar auditorios para
contentar a ‘la gente’, pues ¡viva la gente! Que
la hay donde quiera que vas y es lo que nos
gusta más, que decía la canción (¡con qué
acierto político!). Y así, a base de edulcorar
las realidades, de hacerlas accesibles a ‘la
gente’ para que todo el mundo aplauda al
unísono, nos olvidamos de que la Cultura, de que
la Música, es un reto, y que como tal o estamos
dispuestos a enfrentarlo o nos quedamos en un
nivel superficial, insustancial, tan inocuo como
intercambiable. Señores, ahí está el reto, ganar
afectos con la verdad, no con trucos de luces y
sonido.
Mi capacidad de estupefacción ante el
conformismo y la automutilación ideológica de
‘la gente’ sigue siendo regada a diario por los
cadáveres animados de quienes un día fueron
seres vivos e inteligentes. Se impone como una
peligrosa mordaza a la libertad de elección la
ruina moral, ética y estética de quienes marcan
el ritmo de esos timbales. Es un ritmo tan
hipnótico que parece cautivar incluso a los
díscolos. Y es que es ver las orejas al lobo de
los recortes y todos lobos. Unos muerden el
presupuesto, otros su criterio. Y mientras tanto
el sonido
home cinema de la vida no es
sino un efecto auditivo del mono más primitivo.
Envuelve, sí, pero por sincronía.
Carlos
Pérez Cruz
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