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¿Por qué desapareció JOHN LURIE?
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¿Por qué despareció John Lurie? Esa es la pregunta
que se hacía el periodista Tad Friend en un artículo
publicado el pasado 16 de agosto en
The New Yorker
titulado Sleeping
with weapons (Durmiendo
con armas). Parece ser que, en efecto, John Lurie
hace uso de la segunda enmienda de la Constitución
USAmericana y posee un arsenal doméstico de primer orden
que incluye botes de pimienta, bates de beisbol, catanas
ninja y otros artilugios que, con un poco de
imaginación, pueden servir para algo más que para su uso
original. Según el baterista Calvin Weston: tiene
armas cada pocos pasos.
¿De qué o quién se protege John Lurie? Es una pregunta
legítima si uno tiene previsto visitar un domicilio con
semejante despliegue armado. Claro que, dado que es
bastante improbable que eso suceda, la primera que se le
vendrá a la cabeza a unos cuantos lectores es: ¿Quién es
John Lurie? Para empezar Lurie es un tipo nacido en
Minneapolis en 1952 y que creció en Worcester.
Me siento
agradecido por mi esqueleto, mi cerebro y por el sol,
escribió en un ejercicio escolar. Más tarde se dedicó a
colorear las respuestas del test de aptitud (fundamental
para el acceso a los estudios superiores) y se decantó
por la música. Tocaba el saxo hasta que le sangraban los
labios (lo cual imagino que no es ni envidiable, ni
saludable, ni, por otro lado, necesario para manejar el
instrumento pero…). En 1978 se instaló en un apartamento
en Manhattan; vivía gracias a la ayuda económica del
gobierno por una supuesta invalidez psicológica (decía
oír voces que lo llamaban por su nombre). Ese
apartamento lo frecuentaban especímenes del Nueva York
más variopinto, desde
drag queens
hasta tipos con
cuchillos entre los dientes (según declara su vecina
entonces Rebecca Wright) y Lurie se bañaba en su cocina
(sic) y tocaba el saxo en calzoncillos (de ahí, imagino,
la desnuda sonoridad de su saxo). Tan sólo un año
después de su llegada a Nueva York formó el grupo que le
dio fama musical: The Lounge Lizards.
The Lounge Lizards (de
primeras un quinteto) fue un grupo que parodiaba
los usos y maneras del Jazz (vestían trajes de
segunda mano como parte de una pose irónica),
con maneras Punk, transgresoras, pero, a pesar
de lo paródico, de un Jazz muy serio a la par
que festivo. En 1981 publicaron el primer disco,
un trabajo de título homónimo en el que a los
originales de Lurie sumaron dos versiones
descacharrantes de música de Monk además del
clásico
Harlem Nocturne de Earle Hagen. Su
discografía la conforman nueve grabaciones entre
1981 y 1998, cuatro de estudio y cinco directos.
En el sonido Lounge Lizards confluyen, a través
del Jazz, Rock, Punk, Blues, Música africana,
circense, cabaretera… A él han contribuido con
los años músicos como los guitarristas Marc
Ribot y Arto Lindsay, los MMW John Medeski
(teclados) y Billy Martin (batería) o el
trompetista Steven Bernstein de entre la
treintena aproximadamente de instrumentistas que
han pasado en uno u otro momento por la banda.
Sólo con artistas irreverentes como estos,
muchos de ellos primeras figuras del
avant
garde neoyorquino, es concebible una
formación tan alocada con, además, una evidente
solidez musical detrás. El grupo tuvo una buena
acogida, especialmente en Europa y Japón, aunque
no se puede perder de perspectiva que, al hablar
de la música que hablamos, apenas vendían unos
miles de discos. Evan Lurie - hermano de John y
miembro fundador de los Lizards – sospecha que
John nunca entendió por qué el grupo no tenía
muchos más seguidores:
No creo
que John entienda incluso esto, que la música de
The Lounge Lizards nunca iba a sonar en la
radio. Es demasiado cacofónica, demasiado
exigente, demasiado etérea, demasiado… cientos
de cosas. Pero, como era tan sincera, John nunca
pudo entender por qué no todo el mundo la
abrazaba. Aun así, ¿disfrutaba John Lurie
con su banda? En el escenario sus compañeros
lo describen feliz
pero después de los conciertos, relata su amigo
Stephen Torton, se encerraba en la habitación
para revisar algún arreglo, se lamentaba
(incluso antes de que hubiera algún motivo para
ello) mientras bajo el balcón del hotel de
cualquier lugar del mundo en el que tocaran las
chicas
gritaban (según Torton, claro). El alocado
Lurie era, a su vez, un obseso de la perfección.
Tad Friend – autor del artículo para
The New
Yorker – asegura que entre 1984 y 1989 todo
el mundo en el
downtown
de Nueva York quería ser John Lurie,
acostarse con él o golpearle la cara. A su éxito
con los Lounge Lizards hay que sumar sus
frecuentes colaboraciones con el cineasta Jim
Jarmusch (actor en
Stranger
than Paradise en 1983 o en
Down by
law en 1986) además de sus primeros pinitos
como pintor (de él son algunas portadas de
discos). Y, sobre todo, son los años de su
“reino” que abarcaba entre la calle 14 y Canal.
Él era el
hombre, dice Friend. Años de drogas, mujeres
y una vida bohemia que continuó en los noventa
con otra de sus grandes (y excéntricas)
creaciones: la serie
Fishing
with John, seis programas televisivos en los
que se fue de pesca con Jim Jarmusch, Tom Waits,
Matt Dillon, Willem Dafoe y Dennis Hopper. Las
experiencias vividas o el tratamiento dado en el
programa a alguno de los invitados hizo que se
ganara su enemistad (aparentemente se rompió su
relación con Tom Waits y Matt Dillon).
Lurie culminó la década de
los noventa con un nuevo golpe de genialidad y
travesura: Marvin Pontiac. O lo que es lo mismo,
se inventó un músico que jamás existió. Pontiac
tenía incluso una biografía que situaba su
nacimiento en Detroit en 1932, hijo de un
maliense y una neoyorquina. Tras unos años en
Bamako volvió a Chicago donde recibió una paliza
del
bluesman Little Walter que lo acusó de
copiar su estilo como armonicista y… En fin, una
larga historia que culminó con su muerte en
junio de 1977 atropellado por un autobús después
de pasar por el psiquiátrico, haber sido
secuestrado por alienígenas y contar con fieles
e ilustres seguidores como el pintor Jackson
Pollack o los cantantes David Bowie, Leonard
Cohen o Iggy Pop. Lurie “recuperó” grabaciones
de Pontiac de los años cincuenta y sesenta para
su propio sello discográfico:
Strange
and Beautiful.
Y después, ¿qué? Después de
la publicación de
The
legendary Marvin Pontiac nada más en su
carrera musical. En 2001 dejó de tocar el saxo y
entró en su década terrible. Esos son los años
que centran el artículo de Tad Friend en
The New
Yorker, los que nos muestran a un Lurie
enfermo, recluido, paranoico y en fuga que, sin
embargo, comienza a triunfar en la pintura. La
pintura como salvación para un hombre enfermo
cuyo primer episodio de enfermedad manifiesta
tuvo lugar en 2002 en un restaurante – acababa
de rodar unas escenas para la serie
Oz de
la HBO – cuando, de pronto, el mundo empezó a
darle vueltas y perdió la movilidad. En días
sucesivos los síntomas fueron de intolerancia a
la luz y molestias ocasionadas por el ruido,
reacción de la piel a los limpiadores y falta de
fuerza en su mano izquierda. Fue diagnosticado,
entre otras cosas, de esclerosis múltiple,
epilepsia y de Síndrome de taquicardia
ortostática. Lurie creyó padecer la
enfermedad de Lyme, una enfermedad crónica
discutida entre la propia comunidad médica
(según refleja Friend). Como consecuencia de
ello dejó de tocar el instrumento y durante años
apenas salió de su apartamento. Se concentró en
pintar y en escribir sus memorias (de las que,
de momento, no hay noticia) y empezó a ganar un
buen dinero con sus pinturas. Eso sí, la mayor
parte de su tiempo lo pasaba tumbado en el sofá,
fumando y quejándose al menor ruido. Perdidas
muchas de sus amistades (según él sólo le
quedaban Flea – bajista de Red Hot Chili Peppers
– y el actor Steve Buscemi de entre sus amigos
artistas) otro pintor, John Perry, se convirtió
en su amigo más íntimo.
La relación con John Perry
- un pintor de retratos y naturalezas muertas
que trabajaba de ayudante de obra o profesor
sustituto cuando las necesidades económicas
apremiaban -
se
convirtió en un pilar para Lurie. Se conocían de
principios de los años noventa, cuando
compartían partidas de póker y nocturnos
partidos de baloncesto con lo mejor de cada casa
(porteros y mánagers de clubes, traficantes de
droga…). Perry pasaba horas y horas en casa de
Lurie, le enseñó algunas técnicas pictóricas con
óleo, le ayudó con su nuevo ordenador Apple, le
cortaba el pelo, jugaban partidas de cartas…
Pero Perry tenía también un lado violento, de
reacciones impulsivas, y fue detenido en varias
ocasiones (por trifulcas relacionadas con las
drogas o, en 2008, por impedir, esgrimiendo un
bate de béisbol, que dos policías fuera de
servicio pudieran ver un apartamento vacío en su
edificio). Por mucho que conozca ese lado
violento, la acumulación de “armas” defensivas
(como los anteriormente citados bote de pimienta
o bate de béisbol) y su fuga de Nueva York con
temporadas en la isla de Granada, en el Big Sur
de California, en una población del oeste de
Turquía o, más recientemente, en Palm Springs
(California) nos muestran a un Lurie un tanto
paranoico. ¿Qué sucedió entre Perry y Lurie?
El retrato que Tad Friend hace de los avatares
de la relación entre ambos en su extenso
artículo está lleno de capítulos íntimos que
transmiten una considerable inestabilidad
y
adolescencia emocional en ambos; de dependencia
a la vez que de repelencia, de genialidad
creativa en contraste con la fragilidad obsesiva
de sus personalidades y, sobre todo, la
descripción de una relación que bien podría ser
la de una mal avenida y celosa pareja de
amantes. Es un retrato lleno de datos que, en
opinión de quien esto escribe, traspasan en
ocasiones los límites de la necesaria privacidad
de la vida de cualquiera (aunque entiendo que
tanto Perry como Lurie son partícipes y
conocedores del artículo). No es mi propósito
enumerar cada batalla, insulto, petición de
perdón, llamada a deshoras o mensaje público de
Internet subido de tono entre ellos pero sí
reflejar el que parece ser uno de los capítulos
fundamentales para entender la ruptura de su
relación y el nacimiento de la paranoia
de John Lurie. Y es que, al igual que Lurie
había rodado su particular
Fishing
with John con el “sólido” argumento de unas
jornadas de pesca compartidas con las
celebridades antes mencionadas, Perry tenía
también su idea de serie televisiva con el
título de
The drawing show (El
show del dibujo) cuyo propósito básico era
que el espectador viera el proceso de creación
de un retrato y la reacción posterior del
retratado. El primero, quien se prestó para el
programa piloto, fue John Lurie. Cuando estaban
en ello – rodando en el apartamento que un amigo
de Perry le había cedido por una noche – y
después de una serie de comentarios
graciosetes de Lurie que molestaron a Perry
(¿Por qué
tengo la sensación de que me estás dibujando una
nariz de cerdo?), sin terminar la grabación,
antes de enfrentarse a su retrato, John Lurie
abandonó el estudio. Perry, abatido por la
imposibilidad de haber podido terminar su
programa piloto, recibió al poco una llamada
telefónica: era Lurie desde el vestíbulo. Se
había desplomado y necesitaba ayuda. Bajó
corriendo a socorrerle y fue entonces cuando
Lurie dijo ver en Perry una
mirada
intensa, perdida y como de un niño de su
amigo. Más tarde pensó que
en ese
momento él decidió que me iba a matar. A su
vez Perry encontró pronto motivos para, cuando
menos, alterarse más de lo que ya estaba:
descubrió que Lurie había comprado un combate de
boxeo en la televisión por cable esa misma
noche. ¿Se habría marchado del rodaje para
llegar a tiempo al combate? ¿Realmente se había
puesto enfermo? (Llegó a llamar al canal
televisivo para descubrir cuántos minutos del
combate había visto Lurie). La obsesión del uno
por el otro era ya inevitable, hasta el punto de
que todos los capítulos posteriores dan forma a
un culebrón que – este sí – cumpliría con todos
los cánones del éxito para atraer a una
audiencia televisiva sedienta de cotilleos. Un
culebrón de amor y desamor, insultos y amenazas
(con denuncias a la policía incluidas),
aderezado con los escenarios exóticos de la fuga
de Lurie (después reconocería que de no haber
sido por todo esto nunca habría visto las
ballenas en el Big Sur californiano).
Llegados a este punto, y dejando de lado la
alocada vida privada de ambos, la pregunta que
muchos aficionados a la música de Lurie y de The
Lounge Lizards nos hacemos es: ¿volverá a tocar
el saxo? El artículo de Tad Friend termina como
sigue:
Después de no haber tocado sus saxos desde 2001,
Lurie los ha reparado recientemente y, en los
buenos días, piensa en volver a casa y estudiar
para poner sus labios en forma de nuevo. “Juntar
una nueva banda e ir de gira… no sé”, dijo.
“Demasiado estrés y nunca más estaré lo
suficientemente protegido como para tratar con
la gente. Probablemente tocaré sólo en la calle.
Hay un lugar en Astor Place, junto a donde está
el cubo, entre Broadway y Lafayette, en el que
el sonido del saxo es increíble hacia las seis
en punto”.
Así que la respuesta a la
pregunta de si volveremos a escuchar a John
Lurie haciendo música – al menos fuera de Astor
Place – no tiene respuesta por ahora. Dado el
historial de este genio con el que tan difícil
parece convivir (y que difícilmente parece
soportarse a sí mismo) cualquier cosa es
posible. Muerto Marvin Pontiac y desaparecidos
los Lounge Lizards sólo queda esperar que de
esos soplidos a las seis en punto en Astor Place
surja otro artista de pasado hilarante capaz de
seducir a otros genios dispuestos a dejarse
embaucar… y de paso a unos miles de aficionados.
¡No a más! Entonces la música, quizá, dejaría de
ser honesta.
Carlos
Pérez Cruz
El artículo original de Tad Friend para The
New Yorker se puede consultar
en el siguiente enlace (previo pago).
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