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EL VUELO LIBRE
DE LA PALABRA JAZZ
(Reflexiones a partir de Nicholas Payton)
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El Jazz ha muerto. Nicholas Payton fecha esa
luctuosa noticia en 1959. Otros lo hicieron en
1967, el día en que John Coltrane falleció. Y
otros, el día en que Miles metió los dedos en el
enchufe. Este muerto está muy vivo y sigue dando
que hablar después de muerto. De quien hacía
mucho que no sabía nada era del propio Nicholas
Payton. Eso no quiere decir nada en su contra –
seguramente más bien en la mía – pero hace años
que no sé nada de su música ni lo he escuchado
en concierto (¿en 2002?). El caso es que hace
unos días me di de bruces con una especie de
texto-manifiesto del trompetista en su blog bajo
el título de
Sobre por qué el Jazz ya no es algo cool…
(On
why Jazz isn´t cool anymore…), publicado
el día 27 de noviembre y que empezaba con esa
contundente aseveración de que
El Jazz
murió en 1959. Palabras que han tenido su
continuación (hasta la fecha) en otros cuatro
textos escritos por Payton a partir de las
furiosas reacciones del personal. Es uno de los
riesgos de la continua interacción que promueve
la red de internet. Si uno entra al trapo de
todo lo que mueven sus palabras, corre el riesgo
de perder la contundencia de los argumentos,
como el gas de una botella abierta hace días. Es
difícil abstraerse de lo que en la mayor parte
de los casos no dejan de ser más que exabruptos
y eructos virtuales con los que se conforma una
parte no menor de internet. Y Payton no ha
podido contenerse. O no ha querido.
En una sociedad que informativamente vive de los
titulares breves (primero fueron los diarios
gratuitos, ahora la
twitterización de la información), un texto
como el publicado por Payton tenía todos los
condimentos para lograr cierta atención en la
disputa global por la (efímera) relevancia
informativa (siendo consciente de la
irrelevancia más absoluta de la información
jazzística; lo escrito por Payton fue una
hormiguita a lomos del elefante). Hoy es difícil
que un largo texto de reflexión alcance
notoriedad (ansiosos como estamos por abarcarlo
todo de un vistazo) y todas y cada una de las
frases de Payton en su primer artículo pueden
ser twitteadas sin problema. Sueltas pueden funcionar con cierta
autonomía y así generar “revuelo” con sentencias
necrológicas, como la citada
El Jazz
murió en 1959; sociológicas, como
El Jazz se
separó de la música popular americana; de
lectura interpretativa, como
El Jazz murió en 1959, eso es por lo que Ornette trató de liberar el
Jazz en 1960 (en el original “Free Jazz”,
título del disco de Ornette Coleman);
historicistas, como
Mis
antepasados no tocaban Jazz, tocaban música de
Nueva Orleans tradicional, moderna y de
vanguardia; de denuncia comercial, al decir
que El Jazz es una treta del marketing que sirve a una pequeña élite a
partir de lo cual concluye que
La música
es más un medio que una marca, etcétera.
Entre las más de cien frases cortas de Payton
algunas sugieren que ‘Jazz’ es un concepto fruto
de la
mentalidad colonialista padecida por la
población negra obligada
durante
siglos a agradecer las migajas. Una idea
racial de sometimiento que desarrollará cada vez
con mayor beligerancia en los textos
posteriores.
Payton se ha expuesto. Payton ha puesto su
trasero en
la diana y de la red han surgido los
suficientes dardos como para agujerearlo (más de
lo que ya está por naturaleza). Y Payton ha
reaccionado airado y soberbio. Tal ha sido el
grado de soberbia que incluso él mismo ha
evaluado su egolatría. Una valoración del ego,
como se pueden imaginar, en positivo.
El ego nos mantiene vivos, dice. El ego
es la razón de levantarse cada mañana de la cama. El ego hace que no
toleres que te pisoteen. Es cierto, una
razonable dosis de ego no es per se algo
negativo; al equilibrio personal bien le viene
una autoestima con defensas. El problema es que
el ego de Payton se desparrama con el desarrollo
de la discusión hasta adquirir un matiz
mesiánico con el que corre el riesgo de sepultar
los razonamientos “aprovechables” que se extraen
de toda la maraña de frases. Payton emite
sentencias (no tanto opiniones) en las que
incluso se arroga la exclusiva representación de
todo el espectro de la música negra americana a
través de su propia música (¡Nadie más que yo!,
se hincha Payton, que dice representar
desde la
tradición de Nueva Orleans hasta la de Chicago,
los lenguajes de Count Basie, Charlie Parker,
Thelonious Monk, Ahmad Jamal, el estilo de Miles
Davis, James Brown, Marvin Gaye, Stevie Wonder,
Earth Wind and Fire, George Clinton, Wayne
Shorter, Herbie Hancock, James Williams, Bobby
Watson, Donald Brown, Duck, Dilla…) o
defiende estar
intentando
salvar esta música y llevarla
de vuelta
a sus raíces. ¿Habrá perdido el norte,
Payton? Una cosa es una opinión con saludable
dosis de agitación y otra una boutade desmedida
y paranoica. Me viene incluso a la cabeza
aquella chulesca frase del futbolista Cristiano
Ronaldo sobre que se le tenía envidia porque era
bueno, guapo y con dinero. Vamos que, aunque
comparto la tercera aseveración, la credibilidad
se le va por la fuerza de la chulería. Un poco
de humildad (aunque uno mismo se crea el rey del
mambo) no viene mal.
Son muchos los frentes que abre Payton y que se
podrían intentar analizar, replicar o acompañar
en el sentimiento, pero ciñámonos a algunos de
los más relevantes. Por ejemplo, la cuestión de
las etiquetas. ¿Es un problema llamar ‘Jazz’ a
determinado tipo de músicas? ¿Limita al músico
el ejercicio de su creación? ¿Es ‘Jazz’ un
término de naturaleza colonial equivalente al
insulto de
negrata para un negro?
Quizá la primera pregunta que habría que hacerse
es cuándo demonios aparece la palabra ‘Jazz’, y
creo que es una cuestión que dista de estar
resuelta. Estaremos de acuerdo en que la palabra
‘Jazz’ no deja de ser una convención que, como
mucho, guía, da pistas, sobre aquello que vamos
a escuchar. Que las etiquetas tienen vocación
mercantil no escapa a nuestra inteligencia, pero
que la palabra existe antes de que existiera un
mercado manejando las
mercancías
culturales,
también parece evidente. ¿Está el músico al
servicio de la etiqueta? Me temo que sólo de
forma individual se puede responder a esta
pregunta.
¿Para qué crea música el músico? A priori,
deberíamos encontrar tantas respuestas como
músicos (aunque la mayoría no pase de aquello de
que “los partidos duran noventa minutos”), pero
será la personalidad del artista la que dirima
fundamentalmente qué mueve su obra. Habrá quien
se quiera (o pueda) mover dentro de unos
parámetros de lo que le han dicho que es
determinada música y trate de manejarse con
ellos. Ahí encontramos un amplio espectro de la
comunidad musical que se limita a repetir una y
otra vez lo aprendido con apenas matices
diferenciales. Es una mayoría, pero que tiene su
explicación más allá del peso de la ‘marca’. No
todo el mundo es genial e hipercreativo. Y no,
no es una cuestión de autolimitación (Payton no
cree en las limitaciones), es simplemente que la
habilidad a veces no da para mucho más que para
manejar las herramientas con cierta soltura. La
facultad para la genialidad está al alcance de
relativamente pocos, e incluso quienes la tienen
ofrecen medianías a lo largo de su carrera.
El vuelo más o menos libre de la música suele
estar en consonancia con la construcción
personal e intelectual del individuo. Pocas
palabras tan indefinidas como ‘Jazz’. De esa
etiqueta se derivan tantas formulaciones
estéticas que corresponde al individuo encontrar
acomodo entre tantos mensajes con vocación de
juicio final. O incluso, puede tratar de hacer
volar por los aires cualquier intento de
santificación del término.
¡Claro que es absurdo llamar ‘Jazz’ a una música
que, bajo un mismo paraguas, se parece tan poco
entre sí las más de las veces! Pero el músico
libre, independiente, tiene en su mano hacer lo
que le dé la gana… que ya se encargará luego la
maquinaria mediática y social de ponerle un
nombre, esté o no el creador de acuerdo con él.
Si hay músicos que no se atreven a romper según
qué patrones que entienden sagrados es tan
problema suyo como una libre elección. No creo
que a nadie en último término le amenacen con un
látigo jazzístico para decirle lo que tiene que
tocar y cómo. Otra cosa es que en la vida uno se
encuentre con personajillos que desde sus
pedestales procuran conducir el rebaño. Pero,
insisto, en último término está en manos del
músico seguir su propio camino o amoldarse,
información no le falta hoy por hoy. Que en
determinadas circunstancias esto resulte más o
menos fácil es otro cantar. Puede suceder
(sucede, de hecho) que, para tocar en
determinado acontecimiento, el director de turno
te obligue a un repertorio y maneras concretas,
pero también sucede que el artista sometido a
ese dictado dispone de brazos conque ejercitar
el noble ejercicio del corte de mangas.
La cuestión racial, colonial, opresora… de la
etiqueta ‘Jazz’ va adquiriendo mayor relevancia
en los diferentes textos de Nicholas Payton. Que
mediante el ejercicio (también limitador) de
denominar su música como
Música
Negra Americana (BAM!) esté tratando de
llamar la atención sobre la usurpación de la
negritud fundacional de esta música, no deja de
resultar un discurso anacrónico. No porque la
lucha por la igualdad social de negros, blancos,
amarillos, azules y verdes no siga teniendo
vigencia, sino porque no creo que nadie en su
sano juicio esté negando el origen negro de esta
música. El relato de los campos de algodón es de
sobras conocido por quienes ignoran el Jazz, su
historia y desarrollo, e incluso he comprobado
cómo músicos ajenos por completo a la dinámica
del Jazz imaginan su cara pintada de negro
cuando, por cuestiones laborales, tienen que
afrontar un repertorio (pseudo)jazzístico (lo
cual no deja de ser eco de aquellos vergonzantes
minstrels del siglo XIX).
Que la práctica jazzística inicial de los
músicos blancos pudiera ser la de quienes se
acercan con otras señas de identidad cultural a
otra cultura, puede ser más o menos discutible,
pero hace ya mucho tiempo que es un lenguaje
musical que ha ido creciendo y ramificándose por
la acción de músicos de todos los colores. Que
se deba llamar o no ‘Jazz’ a eso no deja de ser
una discusión colateral a la propia música, pero
no está claro que la ultra(ramificación) de
etiquetas (los
tags
son casi tan perniciosos como los
hashtags)
haya ayudado a discernir de qué hablamos cuando
hablamos de música. Y sin embargo difícilmente
prescindiremos de ellas, como difícilmente
dejará de escribirse sobre música aunque las
palabras no sirvan para escucharla.
Por otro lado, al denominar Payton su música
como
Música Negra Americana (algún día los
americanos no estadounidenses deberían luchar
por recuperar la palabra, ¡eso sí que es
racismo!) contribuye a la diferencia más que a
la igualdad social. Que su música pretenda
erigirse en representación de ese (supuesto)
espectro cultural no es sino devolver la música
al rincón del gueto (‘Nuestra’ música VS la
otra). La separación racial crea los mismos
estigmas que las etiquetas que denuncia Payton.
¿No debe el músico ser libre? ¿No debe ser
ilimitado en sus ambiciones? Ser un músico de
Música Negra Americana es tanto como decir que su música va a estar
definida por lo que socialmente se entienda como
tal. Al fin y al cabo, todas las clasificaciones
generan expectativas y no dejan de ser
convenciones sociales. Y tan libre es Payton de
elegir abarcar todo el espectro de lo que él
considera
Música Negra Americana, como lo es otro
músico de orientarse por los parámetros de lo
que entienda que es el Jazz a partir de su
propio bagaje. En fin, todo un galimatías
intelectual.
En definitiva, las etiquetas en ocasiones
orientan, en otras desorientan, y las más de las
veces no significan nada. La dimensión de su
significado depende de cada uno, de su bagaje,
de su amplitud de miras y de su intencionalidad.
Así nos encontramos festivales de ‘Jazz’ que
firmarían alborozados la sentencia de muerte del
Jazz en 1959, y otros que creen que tiene un
presente, una historia e, incluso, un futuro. Lo
mismo ocurre con algunos programas de radio o
revistas musicales y con cada uno de los músicos
y aficionados de este universo ‘Jazz’ en el que
algunos se sienten acogidos, otros turistas y
otros, como Payton, no quieren estar. Pero
clamar por el robo de la identidad racial que
supone la palabra ‘Jazz’ para la música negra es
tanto como poner el grito en el cielo porque no
se cite de forma expresa el fundamento irlandés
del Country o se llame
Americana
Music a una cierta idea de la música
estadounidense (repito, ¡rebélense los
americanos no estadounidenses!).
Romper los grilletes lingüísticos mediante
nuevas denominaciones es entrar en el juego, es
perpetuar el sistema de convenciones en el que
nos movemos. ¿Reduccionista? Sin duda.
¿Imperfecto? A más no poder. Pero al igual que
la Estrella Polar es un medio de orientación y
no el destino, ‘Jazz’ no deja de ser una luz que
guía los pasos de algunos profesionales y
aficionados. Y es de sobras conocido que todos
los caminos conducen a Nueva Orleans.
Carlos
Pérez Cruz

Carlos Pérez Cruz
y Nicholas Payton (JazzFermín 2001)
©
www.elclubdejazz.com
Los textos de Nicholas Payton que inspiran este
texto se publicaron
en su blog entre el día 27 de noviembre y el
7 de diciembre de 2011. Algunos de esos textos
los traduje y
publiqué en mi blog.
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