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ÉTICA DEL
'PÚBLICO'
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El diario español Público agoniza. La
editora del periódico ha solicitado esta semana
concurso voluntario de acreedores. Veremos. Sus
seguidores se han movilizado. Público se
había convertido en diario de referencia de una
izquierda social huérfana de medios con esa
orientación. Ayer, en la página 8 del diario, el
escritor Antonio Orejudo
reflexionaba a partir de la reacción de
algunos lectores que se han movilizado en un
intento de salvar la cabecera:
(...) He leído un montón de tuits esta semana
lamentando la posible desaparición del periódico
(...) De los propios lectores ha nacido
una conmovedora iniciativa para salvar el
periódico. Se trata por un lado de enviar una
petición a los editores y por otra de comprarlo.
Perdonadme la pregunta, pero… ¿no compraban ya
el periódico de papel todos esos fans que lloran
ahora su desaparición? Pues no, parece ser que
no. La mayoría debía de entrar, pinchar aquí y
allá (...) convencida de que un periódico
(...) brotaba espontáneamente del puro buen
rollo. Pues parece ser que no, queridos amigos
de la cultura gratuita en internet, parece ser
que hasta Público necesita dinero entre
otras cosas para pagar a los 160 profesionales
que ponen el periódico en la calle todos los
días y que en un acto que los honra, pero que no
puede durar mucho, han seguido trabajando pese a
no haber recibido su salario durante el mes de
diciembre. (...)
Asombroso. Parece que sí, que para poder editar
un periódico y que los profesionales puedan
ejercer su trabajo, se necesita que la gente
pague por ello. Obviamente nadie está obligado a
soltar la pasta por aquello que no quiere
comprar, pero resulta igualmente obvio que no es
ese aquí el quid de la cuestión.
Hay una opinión muy extendida (al menos así la
he percibido en múltiples conversaciones) que
considera que los medios de comunicación están
intoxicados por los mandamases empresariales que
los editan. Que son la voz de su amo. Que el
periodista no tiene independencia. Algunos de
quienes así opinan consultan ciertas páginas que
consideran independientes y merecedoras
de credibilidad pero que, ¡oh!, resultan en la
mayoría de los casos meros contenedores de
opinión. Y es que la opinión es muy barata, otra
cosa es la investigación y redacción, el oficio
del periodismo. ¿Habrá que pagar por conseguir
información? Puede, salvo que lo único a lo que
aspiremos sea a una vorágine de opiniones cada
vez menos fundamentadas. A una cacofonía de
prejuicios.
La verdad es que es un incordio que los
profesionales de ciertos ramos aspiren a vivir
de su trabajo, o al menos a no perder demasiado.
¡Con lo cómoda que resulta la gratuidad! ¡Ah!
Hermosa cantinela esa que dice que lo importante
para los músicos es el directo, no los discos
(Ayer mismo escuché a un músico que confesaba
disfrutar mucho más del estudio que del
escenario por cuestión de timidez. Pobre). Esa
conclusión circula como un mantra apaciguador de
la posible mala conciencia de quien no paga un
euro por escuchar música y, sin embargo
(¡magia!), dedica horas enteras a hacer uso de
ella (más que a escucharla, que eso es un arte).
Conste que nadie ha hecho una encuesta entre
músicos para concluir que el escenario sea su
aspiración y el estudio, un estorbo. Pero, como
dice el dicho, el cliente siempre tiene la razón
(que es una de las mayores soplapolleces de
sumisión por necesidad). Uno de los recursos de
ese cliente (que no paga, he ahí una hermosa
paradoja) es acogerse a la declaración
rimbombante de tal o cual músico (o cineasta, o
escritor, gremios ahora concomitantes en sus
desdichas) que decidió regalar la descarga de su
disco. (Y pensar que antes la descarga era una
forma musical). ¡Genial! A eso llamo yo libertad
individual, y a la conclusión interesada: pura y
dura imposición. La clásica confusión del todo
por las partes.
Resulta que sí, que el estudio de grabación
cuesta lo suyo, que el trabajo del técnico de
sonido es trabajo y no mero hobby. Y mira que me
cuesta entenderlo. ¿Por qué cobra el técnico del
estudio si tiene un concierto privado gratis?
Debe de ser la repanocha que encima te paguen
por escuchar. Pero, ¡espera!, que creo que me
estoy equivocando de enfoque. En realidad, como
lo importante son los conciertos, ¿para qué
grabar discos? ¡Todos al escenario! Va a haber
una ocupación de escenarios de tal calibre que
aquello va a ser lo más parecido a lo de las
'camas calientes' de los apartamentos de
inmigrantes explotados, que primero echas tú una
cabezada (tocas tú) y después voy yo (toco yo) y
más tarde el otro (toca él). Fascinante, un no
parar de conciertos. Escenarios calientes. Pero,
¿quién va a pagar tanta actuación?
Las opiniones calan por insistencia. Aquello de
la adaptación de la 'industria cultural' a la
'cultura digital', es una de ellas. Es que no se
adaptan a los tiempos modernos, se repite. Pero,
¿qué significa eso? Quedarán muchas cosas por
hacer, sin duda, pero, ¿no existen ya múltiples
plataformas para comprar música a precio de
saldo? ¿Incluso para, sin necesidad de
comprarla, escucharla gratis o pagando una cuota
mensual que cuesta menos que los cafés de un par
de días? Todo es tan barato que sospecho de la
viabilidad para el músico. Para esa inmensa
mayoría de músicos, los que no venden o venden
lo justito y a los que, sin embargo, se les
tacha de privilegiados (y subvencionados, ese
gran adjetivo despectivo). Son condenados por
los "pecados" de cuatro privilegiados (que lo
son, por cierto, gracias a la adoración
colectiva). Siempre he sospechado que en España
es tradición considerar afortunado al artista
por el mero hecho de serlo, con independencia de
su realidad cotidiana. Es el estatus
del arte como hobby que puebla el inconsciente
colectivo. El característico odio español hacia
quien ejerce una actividad a la que se le
presupone un placer, no una mera eficiencia
productiva. Esa es en España una verdadera
tradición.
Resulta enternecedora la campaña promovida por
algunos lectores de Público, que el
diario ha acogido bajo el lema La mejor forma
de apoyar a Público es comprarlo cada día.
Es tan evidente que las cosas son inviables si
no se paga por ellas (al menos con este sistema
económico vigente) que, llegar a la conclusión
de que pagar es la mejor ayuda para la
subsistencia del medio, es como descubrir por
asombrosa iluminación divina que beber puede
saciar la sed o comer apaciguar el hambre. Pero
claro, resulta tan cómodo hacer click y
que aparezca todo un periódico ante nuestros
ojos sin haber pagado nada... Bueno, sí, cada
mes soltamos una generosa pasta a la compañía
telefónica que nos sirve una conexión de mierda
a precio de caviar. Pero claro, como no nos
queda otra para entrar en internet que pasar por
el aro... ¿Y los artistas? Que paguen su
conexión a internet y que por ella esparzan su
arte para nuestro gozo y disfrute. Que de cobrar
por ellos ya se encargará a final de mes
Telefónica, Vodafone, Orange, Ono y otros, los
grandes camellos del siglo XXI, los que se
reparten los jugosos beneficios de nuestra
desesperada adicción a la gratuidad. Y es que
ahora los yonquis no usan aguja, usan ADSL.
Carlos
Pérez Cruz
(8 Enero 2012)
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