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Las grabaciones para descargar (gratis), los
conciertos para ganar (pasta). Esa viene a ser
la armoniosa cantilena con la que los adalides
de la cultura libre (¿?) defienden el nuevo
estado de las cosas. Lo que no nos habían dicho
es que la fórmula a emplear para la vertiente
lucrativa iba a darle otro giro más a la tuerca.
A la ya de por sí emocionante aventura de
supervivencia inherente a la profesión de
músico, se le añade ahora un sutil toque de
morbo -aderezo de Gran Hermano televisivo-, en
el que tú, querido ciudadano, te conviertes en
responsable directo de la buena o mala suerte
del artista. De ti depende que salga airoso o
no, que gane el premio de su trabajo remunerado
o que se vaya por donde vino con los bolsillos
vacíos.
Os presentamos una temporada llena de
grandísimas propuestas, todas ellas
maravillosas, de cerca y de lejos, algunas más
conocidas que otras, pero todas con un
denominador común: todos los grupos y artistas
han apostado por el Auditorio Barañáin y por su
público fiel, y cobrarán lo que el público
decida con la compra de entradas. Más entradas
vendidas, más cobrarán. ¿Riesgo? Todo. Nadie les
asegura los viajes, ni los hoteles... ¡ni
siquiera el salario mínimo! Están en vuestras
manos, en tus manos. Ven al Auditorio y
disfruta. Contribuirás a que las Artes Escénicas
sigan en marcha.
Póngase voz profunda y morbosa,
fondo de música de terror y
acción, y se obtendrá un anuncio
más propio del lecho de residuos
morales que es Tele5 que de un
auditorio público, como es el
caso que nos ocupa. Así presenta
el auditorio de la localidad
navarra de Barañáin (ver
folleto) su calendario de
actividades entre febrero y mayo
de 2012.
¿Dónde está el límite? Lo que no
deja de ser una flagrante
dejación de obligaciones por
parte de una entidad pública, se
convierte, gracias al lenguaje
publicitario, en un divertido y
simpático juego de
supervivencia, en el que se
interpela al espectador como
benefactor condescendiente del
riesgo asumido por el artista.
¡Ni siquiera el salario
mínimo!, aúlla el texto,
como si celebrara con entusiasmo
la inhibición en el ejercicio de
sus competencias. ¡Claro que ni
siquiera el salario mínimo!
Entre otras cosas porque, ¿qué
músico autónomo de este país
conoce algo parecido? No salgo
de mi asombro. Una institución
pública hace propaganda a partir
del reconocimiento de la
indefensión legal y económica
del artista. ¿No es denunciable?
Por mucho que se declame en
verso, hay prosa escatológica en
esta promoción.
Ya hace unos meses se denunció
(con inquietante sordina) la
misma fórmula empleada por el
Festival de Jazz de Madrid. Un
organismo público que organiza
un festival con decenas de
participantes en el que,
oficialmente, ninguno de los
músicos cobra por su trabajo, ni
siquiera desplazamiento ni
alojamiento, y tan sólo percibe
lo que la taquilla genere (al
albur de tantas y tan variadas
circunstancias). Conozco el caso
de quien reunió a 400
espectadores (hablamos de Jazz,
oiga) y no le salió a cuenta.
Eso sí, el director de tan
fastuosa celebración anual
presumía en los micrófonos de
Radio Nacional (programa En
la nube, de Radio3) de haber
incrementado el número de
actuaciones respecto a otros
años (a la par que descalificaba
a Pablo Sanz, periodista que
había
publicado dicha denuncia en
la web del diario 'El Mundo').
Podría invocarse la unidad de
acción de los profesionales de
este país afectados por tan
inmorales prácticas (aunque se
revistan con luces de neón, las
sagradas escrituras de la
práctica más rigorista del
liberalismo económico tienen
siempre un reverso putrefacto),
pero la experiencia me demuestra
que pedir al colectivo
comportarse como tal jamás ha
funcionado en este país. Cada
uno por su lado, tratando de
sobrevivir al eterno naufragio.
Sólo que ahora las tablas de la
salvación están más astilladas
que de costumbre y hasta las
virutas tienen un coste.
Ambos casos reseñados no dejan
de ser el equivalente, en el
ámbito cultural, de la
precariedad que consagra la
reforma laboral aprobada por el
Gobierno de España. Esa reforma
que, en resumen, abre la puerta
de la calle bajo el pretexto de
esto es lo que hay y, si no
te gusta, ahí tienes la puerta.
Sólo que en el caso artístico no
hay ni siquiera indemnización
por despido, porque no existe
nómina o pago por los servicios
prestados. Simple y llanamente
hay un trabajo cuyo coste de
ejecución (desplazamiento,
alojamiento, actuación...) corre
a cuenta del trabajador que fía
su suerte a la asistencia de
público (¡ojo! No hablamos de un
artista o grupo alquilando una
sala, hablamos de una
programación oficial diseñada al
completo bajo estos parámetros).
He aquí la realidad de la
"privilegiada" prole de artistas
patrios.
Para culminar tan aciago
panorama, ayer mismo conocí que
el Club de Música y Jazz 'San
Juan Evangelista' de Madrid (el
conocido como Johnny)
no podrá organizar este año
su ciclo de Jazz es primavera
(después de 19 ediciones) ni
su Festival Flamenco por
Tarantos (después de 21). Su
patrocinador principal, la
cadena de centros comerciales
El Corte Inglés, se
descuelga y deja a la
institución imposibilitada
económicamente. Sale más
rentable lucir logo en eventos
masivos como Rock in Rio,
y las protestas de un sector
artístico tan minoritario no
restarán clientes en la sección
de perfumes o en la de
complementos. Pero, ¿no era el
sector privado el llamado a
ejercer el mecenazgo cultural en
esta legislatura? Sugiero a los
gestores del Johnny que
presenten la Medalla de Oro de
las Artes (otorgada a esta
institución el pasado año por el
Ministerio de Cultura) en alguna
de las numerosas tiendas que
gritan COMPRO ORO. Quizá
su fundición les salga a cuenta.
O eso, o seguir la fórmula de
fundición de músicos de Barañáin
y Madrid y contribuir a la gran
pira nacional de las artes
escénicas.
Carlos
Pérez Cruz
(16 Febrero 2012)
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