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El
músico y musicólogo chileno Álvaro
Menanteau nos ofrece su particular visión
sobre la evolución del Jazz en Chile desde
el 11 de septiembre de 1973, sin olvidar los primeros
pasos de esta música en el país
sudamericano.
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1973-2003: 30 AÑOS DE JAZZ EN CHILE
Antes de entrar en el tema acerca del jazz en Chile
a partir del golpe de estado de 1973, debemos consignar
algunos antecedentes históricos.
El
jazz inició su existencia en Chile gracias a
la labor pionera de Pablo Garrido (1905-1982), compositor
docto, violinista, escritor e investigador musical quien,
en 1924, creó y dirigió la primera big
band local en Valparaíso, su ciudad natal. Garrido
estuvo 20 años dedicado a la promoción
de este lenguaje musical en el país: escribió
numerosos artículos de prensa, tradujo el libro
Le hot jazz de Hughes Panassié, compuso piezas
doctas que incorporaban elementos jazzísticos,
dirigió orquestas y formó varias agrupaciones
menores en las cuales él tocaba violín.
Desde estos inicios y hasta fines de los años
40 el jazz en Chile era música popular, es decir
una música masiva en función del baile
y eventualmente cantada. La denominación de “jazz
melódico” sirvió para identificar la vertiente
más masiva y comercial de esta música,
teniendo como contraparte el hot jazz, modalidad que
valoraba la improvisación y el vigor heredados
de la raíz negra (Armstrong, Ellington, Basie)
y algunos modelos blancos (Beiderbecke, Freeman).
Recién
en 1944 se realizó la primera grabación
de hot jazz en el país gracias a una gestión
del Club de Jazz de Santiago, institución que
en estos días celebra sus 60 años de existencia.
A partir de entonces (y una vez que el jazz dejó
de ser la música de moda), los jazzistas chilenos
tuvieron un comportamiento característico que
han mantenido hasta el día de hoy: renovarse
según los nuevos estilos de jazz que surgían
en la metrópolis. Cada vez que Estados Unidos
(y en menor medida Europa) exportaba al país
un estilo de jazz de vanguardia, los jazzistas locales
lo asimilaban e integraban a su práctica.
Aparte
de la labor constante de difusión del jazz que
ha realizado el Club de Jazz de Santiago, hasta 1973
existieron locales donde se podía tocar jazz;
se realizaron grabaciones (tanto de conjuntos de aficionados
como de músicos profesionales), hubo crítica
especializada, programas de radio, etc. En definitiva,
lo que podríamos llamar un circuito de difusión
que, si bien desde el bebop en adelante no resultó
ser una música del favor del gran público,
tuvo su circuito al fin al cabo.
Como
es lógico comprender, la sociedad chilena vió
bruscamente alteradas sus costumbres cotidianas y colectivas
producto de la dictadura militar que se impuso en septiembre
de 1973. El toque de queda se practicó durante
años, e hizo desaparecer la intensa vida nocturna
que se conocía hasta entonces. La censura derivada
de la represión política llevó
a los nuevos músicos a autocensurarse el empleo
de cualquier música vinculada al mundo izquierdista,
como Violeta Parra, la Nueva Canción Chilena
o incluso, la música altiplánica. Entre
otras cosas, esto dificultó cualquier intento
por integrar esas músicas con el lenguaje jazzístico.
Se llegó a dar el caso que si algún conjunto
de jazz deseaba versionar en vivo el tema Gracias a
la vida, primero debía solicitar un permiso a
la autoridad militar local.
A
mediados de los años 70 en Santiago de Chile
hubo escasos lugares donde se pudiera tocar jazz, y
aún menos espacios para sus expresiones más
modernas. Solo hubo un puñado de locales públicos
en donde se pudo tocar jazz con cierta regularidad,
dentro de las limitaciones horarias impuestas por el
gobierno militar. En ese contexto hubo espacios para
un jazz comercial y estandarizado, interpretado por
conjuntos pequeños y de formato acústico,
los cuales se debatían en una circuito muy estrecho
que incluía algunos locales top como el Hotel
Carrera, el Drugstore y el drive in Lo Curro.
Aún
así las cosas, hay que destacar que tanto el
músico como el público ligado al jazz
son personajes muy perseverantes. A pesar de todas las
dificultades objetivas para cultivar y practicar el
jazz en nuestro medio, igual se han conservado y conquistado
espacios. A principios de los años 80 se produjeron
dos instancias nuevas: debutó la enseñanza
formal del lenguaje jazzístico, y se consolidaron
propuestas que incursionaban en el jazz fusión.La
enseñanza formal del jazz había sido intentada
a principios de los 70 por el compositor docto, arreglador
y percusionista Guillermo Rifo, quien junto al jazzista
Mariano Casanova implementaron unos talleres de música
popular al interior de la Universidad Católica
de Chile; pero esa labor tuvo una breve existencia.
Luego, a fines de esa década, el prestigioso
multiinstrumentista Roberto Lecaros dio vida algunos
años a una academia privada, en donde se estudiaba
principalmente el lenguaje jazzístico y la improvisación.
Sin embargo, el primer jazzista que logró un
apoyo institucional para desarrollar la docencia fue
el saxofonista Patricio Ramírez, quien fue reclutado
por la academia Projazz para hacerse cargo de la cátedra
de saxofón.
Tal
como se expuso antes, la censura política impuesta
por la dictadura retardó la fusión entre
la música tradicional chilena y el lenguaje jazzístico.
El primer aporte concreto de esta fusión en dictadura
lo realizó Guillermo Rifo junto al grupo Hindemith
76, agrupación dominada por un enfoque docto
en sus integrantes, el cual se combinó con los
arreglos de Rifo y Nino García en cuanto a mezclarse
con rítmicas y armonías derivadas de la
música tradicional chilena (principalmente cueca
y tonada) y otras músicas latinoamericanas. El
aporte jazzístico en este grupo fue dado por
el experimentado baterista Orlando Avendaño,
quien impuso la amalgama entre el intenso swing rítmico
del jazz y los patrones rítmicos en 6/8, característicos
de la cueca y la tonada.
Posteriormente
a este trabajo de Hindemith 76, la intención
de integrar jazz con elementos del folclor chileno fue
continuada por la nueva generación de músicos
que cultivaban el jazz fusión heredado de Miles
Davis y Weather Report. Los conjuntos pioneros en este
estilo fueron Quilín y Cometa, aunque la fusión
criolla se consolidó con dos agrupaciones derivadas
de Cometa: el grupo Alsur (liderado por el guitarrista
Edgardo Riquelme) y La Marraqueta, trío inicialmente
formado por Pedro Greene en batería, Pablo Lecaros
en bajo eléctrico y Andrés Pollak en teclados.
Una
vez iniciada la transición a la democracia (luego
que Pinochet perdiera el plebiscito de 1988 que intentaba
prolongarlo en el poder), el panorama del jazz en Chile
durante los años 90 tuvo dos frentes: la consolidación
del jazz fusión que integró orgánicamente
el folclor nacional (ahora ampliado al uso de música
mapuche y altiplánica), y el surgimiento de una
pléyade de jóvenes jazzistas muy talentosos,
con un nivel técnico nunca antes visto en ninguna
generación anterior.
Una
nómina de la generación de los 90 es numerosa,
contando entre éstos a los guitarristas Jorge
Díaz, Ángel Parra, Federico Dannemann,
Emilio García, Pedro Rodríguez, Mauricio
Rodríguez, los pianistas Carlos Silva, Lautaro
Quevedo, los bateristas Pancho Molina, Cristóbal
Rojas, Félix Lecaros, los bajistas Chistian Gálvez,
Felipe Chacón, Igor Saavedra, los tromperistas
Cristián Cuturrufo, Sebastián Jordán,
los saxofonistas Ignacio González, Claudio Rubio,
Agustín Moya, las cantantes Claudia Acuña,
Rossana Saavedra, y varios que se nos quedan fuera.
Todos ellos han grabado, y forman parte de una especie
de ecumenismo jazzístico local, en el cual todas
las expresiones del jazz tienen su espacio en el medio
nacional.
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