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El primer registro
discográfico de un grupo de Jazz tuvo lugar en 1917. Era
un grupo de músicos blancos: la Original Dixieland Jazz
Band. En 1920 el considerado “Rey del Jazz” era un
músico blanco: Paul Whiteman. “Rey del Swing” fue otro
blanco: Benny Goodman (a pesar de que muchos
estadounidenses consideraban el swing como la gran
aportación negra a la música). Los músicos negros no
eran precisamente los más votados en las encuestas
publicadas a finales de la década de los treinta y
principios de la de los cuarenta en los semanarios de
Jazz. La revolución del Be Bop fue rechazada por la
plana mayor de la crítica de Jazz compuesta
fundamentalmente por críticos blancos. Textos publicados
en los cincuenta en pleno desarrollo del Cool Jazz citan
a Miles Davis como un mal imitador de un trompetista
blanco, Chet Baker. Los reyes de este estilo eran, a su
vez, blancos como el propio Baker: Gerry Mulligan o especialmente Paul Desmond.
Son ejemplos que extraigo de la lectura del ensayo
Blues People
del poeta, novelista, dramaturgo, activista y agitador
LeRoi Jones o Amiri Baraka (Newark, New Jersey, 1934)
que dan muestra de la cara más sutil del racismo al que
ha tenido que enfrentarse (¿todavía lo hace?) el negro
desde su llegada a Estados Unidos, primero como esclavo
procedente del África occidental, después como esclavo
norteamericano a todos los efectos (en el caso de los
nacidos ya en suelo americano), más tarde como liberto
(pero segregado) y finalmente como norteamericano con
(en teoría) los mismos derechos y deberes que quienes
primeramente lo esclavizaron. Son ejemplos del racismo
padecido por músicos negros ya que a la
Música negra en la
América blanca consagra el autor este ensayo
publicado en 1963 y rescatado ahora por la editorial
barcelonesa Nortesur (a partir de la traducción de
Carlos Ribalta para la edición de 1969 publicada por
Lumen).
Blues People es ante todo una historia social del
Blues y el Jazz como principales músicas negras en
Estados Unidos antes del estallido del Rock and Roll
(citado ya al final del texto). Una historia que indaga
en la condición del negro esclavo desde una doble
perspectiva: la del negro ante su propia condición de
esclavo y la de la percepción del blanco sobre el negro,
al que tanto tardó en conceder
humanidad. Es
a su vez la historia de las secuelas de la condición de
esclavo del negro
africano que pierde progresivamente contacto con su
continente de origen para encontrar en Estados Unidos
una nueva identidad: la de
negro
norteamericano. No es este un detalle menor para
comprender el origen y desarrollo de unas expresiones
musicales que si bien tenían su raíz en África - al ser
africano el origen continental de estos esclavos - son
expresiones estadounidenses porque se generan y
desarrollan allí a partir de la reacción e interacción
con un nuevo espacio geográfico y una sociedad
culturalmente extraña a sus ojos. Son expresiones que
nacen de una experiencia trágica y que existen como
tales porque se dieron esas particulares circunstancias.
Dicho de otro modo, es impensable concebir el nacimiento
del Blues y del Jazz sin la presencia negra en Estados
Unidos al igual que no hubieran surgido en África
occidental por sí mismas.
La cultura que le era propia al
negro africano
se diluye en tradiciones ajenas que hará propias. El
negro
norteamericano hablará en inglés o asumirá los ritos
cristianos, entre otras razones porque le son prohibidos
sus propios ritos. Una nueva lengua o una nueva religión
suponen una modificación de la relación con el entorno,
un cambio de visión del mundo. De las canciones
africanas que suspiraban por la vuelta a África se pasa
a los himnos que animan a
cruzar el Jordán y ver al Señor. De la aspiración de libertad con la
vuelta a casa a una vida de padecimiento para alcanzar
la salvación después de la muerte. En la “apropiación”
de los himnos religiosos blancos se advierte ya una
nueva expresión cultural. Son cantos que el negro adapta
a su tradición rítmica, entonación y sintáctica.
Palabras europeas
vertidas en moldes gramaticales africanos, dice
Baraka. Más tarde la música de Nueva Orleans – ciudad
que, según el autor, no es la “cuna del Jazz” sino la
ciudad que permite
extraer conclusiones generales referentes a los
fenómenos sociales y culturales que condujeron a la
creación del jazz - encontrará sus referentes en
esos cantos, así como en los espirituales, la primera
música nativa norteamericana creada por los esclavos.

First reading of the Emancipation
Proclamation of President Lincoln
Francis Bicknell Carpenter
El final oficial de la esclavitud no es el final
del problema. La esclavitud – razón última de la
presencia del negro en Estados Unidos - es un
estigma que divide al
negro norteamericano. Unos buscan afirmarse desde su condición de
personas de piel negra y origen africano
mientras que otro sector trata de
asimilarse
al blanco en un intento por lograr la
equiparación social a costa de la propia
identidad (obviamente el color de la piel no
desaparece y la completa
asimilación no se logra en la dimensión
deseada). Será esencialmente la
clase
media negra la que aspire a lo segundo y la
que trate de ignorar una cultura que le enfrenta
a una realidad (la suya) que pretende olvidar.
Rechazan el Blues o el Be Bop, evolución esta
última del Jazz que recuperó muchos patrones
propios de la música africana (preponderancia
del ritmo o la subordinación de la melodía a
este, entre otros). Expresiones musicales que,
por otro lado, permitieron al músico negro por
primera vez el desarrollo de la expresión
individual frente a la tradición colectiva de la
música africana.
El desarrollo de la música negra en Estados Unidos
refleja la realidad cambiante del negro en el
país. No canta lo mismo quien trabaja las
tierras del Sur que quien, con la libertad, se
traslada a ciudades industriales del Norte como
Detroit, Chicago o Nueva York en busca de
trabajo (muchos Blues hacen referencia a la
fábrica de Ford, una de las primeras empresas en
dar trabajo a negros). El propio entorno urbano
es nuevo en la vida de quienes nunca habían
pisado asfalto, no se habían visto rodeados de
edificios tan altos ni conocían el tráfico. Las
letras reflejan nuevas preocupaciones así como
se adoptan nuevas formas musicales e
instrumentos. Por ejemplo, el negro que vive en
las barriadas más pobres de Nueva Orleans adopta
los instrumentos de viento de las bandas de
marchas francesas (la cultura francesa era la
predominante en la ciudad). Mientras los
criollos de Nueva Orleans (tanto blancos como
los mestizos nacidos de uniones ilegales entre
amos franceses y esclavas negras) reciben
formación instrumental, los negros tocan de
forma autodidacta y trasladan la tradición
“gritadora” de sus cantos a la voz instrumental.
Aunque en un principio su música era una
adaptación de las marchas militares, formaciones
de finales del siglo XIX como la del cornetista
Buddy Bolden se irán inclinando hacia el Blues,
lo que las convertía en bandas
jass o dirty (sucias).
Eran interpretaciones más emocionales y menos
puristas que las de las bandas de blancos o
criollos; es decir, eran pura expresión frente a
una concepción musical con voluntad de
refinamiento artístico. Algo que se puede
entender perfectamente si a la voz nos
referimos. No existía en África el concepto de
“educación” de la voz, al contrario que en
Europa. Un tenor clásico busca una belleza
formal que no pretende un cantante de Blues. En
Occidente
sólo el producto del trabajo artístico puede
tener belleza, la simple expresión no puede
tenerla. (…) Así vemos que un saxo alto como
Paul Desmond, que es blanco, produce con su
instrumento unos sonidos que casi pueden
llamarse clásicos, en tanto que el mejor saxo
alto negro, Charlie Parker, producía con el
mismo instrumento un sonido que algunos
calificaban de <<ronco o inculto>>, apunta
el texto de Amiri Baraka.

Banda de Buddy Bolden a principios del
siglo XX
Fotógrafo desconocido (colección de Willie
Cornish)
La referencia del formalismo Clásico europeo
conforma el molde desde el que comprende la
música la sociedad occidental. Un molde en el
que no encaja la música de origen africano pero
que en la historia de la música negra encuentra
algunos intentos de adaptación a éste que Amiri
Baraka denuncia. El Ragtime surge según el
ensayista de una paradoja:
música
creada por negros al imitar las imitaciones que
los blancos hacían de la música negra. (…) El
ragtime era música compuesta, identificándose en
este aspecto con los criterios europeos o
<<legítimos>> de la ejecución de las piezas
musicales. Baraka
es más
tajante incluso con el Swing. Para él el Swing
sencillamente no existe en la historia del
desarrollo de la música negra. Más allá de
que fuera un blanco el proclamado “rey del
swing”, Benny Goodman, el autor se justifica
afirmando que el swing – esa
florida
vaciedad – había eliminado los aspectos más
emotivos y expresivos de la cultura negra. Al
fin y al cabo las orquestas terminaron por dar
mucha importancia al arreglo, por lo tanto a la
lectura de la partitura (algo ajeno a la
tradición negra) por encima de la expresión
improvisada y el
factor
humano quedaba limitado a solventar las
dificultades que los músicos pudieran tener al
leer la partitura. El swing, para Amiri
Baraka, vació de contenido la música hasta
hacerla popular, parte de la
siniestra inanidad de la cultura general de Norteamérica. Fueron las
elegantes
comercializaciones <<blancas>> las que
aguaron la mayoría de las grandes bandas de
Jazz. Imitaciones de la orquesta de Fletcher
Henderson, el
primer conjunto de jazz verdaderamente importante. El sentido de la
expresión
comunitaria, tan característico de la tradición
musical afroamericana, y que se advertía en las
mejores orquestas con gran número de
instrumentos, como la de Basie y la de Ellington,
había desaparecido por completo en el periodo
del swing. Y dentro de este marco la expresión
individual tampoco era posible. Las
orquestas blancas de swing coparon las emisiones
radiofónicas que contribuyeron a la
popularización de un estilo que terminó por
confundirse con el de las orquestas de baile,
cuando según Baraka fue la orquesta de Fletcher
Henderson (con los arreglos de Don Redman) la
que
logró la conversión inversa.
Si la radio fue factor determinante en la
popularización de la música no menor fue el
impacto de los sellos discográficos. El
surgimiento de los “discos raciales” dirigidos
al consumidor negro (la Okeh Record Company
produce en 1920 la primera grabación de una
cantante negra, Mamie Smith) es un matiz más de
la segregación negra post esclavista pero se
convierte en factor decisivo para el desarrollo
de los diferentes estilos musicales, así como
conduce a la música negra a parámetros
comerciales y de profesionalismo casi inéditos
hasta entonces (de la música como elemento
funcional y folclórico a la música como placer y
entretenimiento ofrecido por profesionales de la
música). Las grabaciones convertían a
determinados intérpretes en referentes
estilísticos. Modelos que en el caso del Blues
encuentran sus primeros nombres en mujeres como
Gertrude Ma Rainey o Bessie Smith. Como ya he
comentado la
clase
media negra, la que busca
asimilarse
al blanco, renegaba de esa música hasta el punto
de que Harry Pace, el primer negro propietario
de una discográfica a principios de los años
veinte (Black Swan Records), recibió presiones
para que diera una imagen
seria de los negros y, por lo tanto, excluyera el Blues de su
catálogo. El cambio de dirección de la compañía
llevó a la caída de las ventas. Al fin y al cabo
el potencial comprador de “discos raciales” no
buscaba la
asimilación (a lo sumo la aceptación). La
discográfica fue comprada por la Paramount, una
empresa blanca, que retomó las grabaciones de
los más
rudos y menos dignos cantantes de blues,
como señala Baraka no sin ironía.

Mamie Smith, grabó el primer disco de un
negro. ¿Puede
el blanco interpretar música negra? Amiri Baraka
no concibe la idea de un
blues
blanco en cuanto a que este es una expresión
reflejo de unas circunstancias sociales,
culturales, económicas y emocionales propias del
negro en Estados Unidos que bebe de unas
fuentes
secretas y oscuras que hacen del Blues
una
especie de rito etnohistórico tan básico como la
sangre. No sucede, en su opinión, lo mismo
con el Jazz que, por primera vez,
permitió
que una parte del auténtico sentimiento de la
música afroamericana pudiera ser imitada con
éxito. Mientras el Ragtime había sido un
prematuro intento de realizar aquella fusión sociocultural, el Jazz
permitiría
que se formularan expresiones emocionales
separadas y válidas que estaban basadas en
viejas tradiciones de la música
afronorteamericana y que, evidentemente, no
formaban parte de él. (…) El jazz es una música
capaz de representar no sólo a los negros y a la
América negra, sino también a la América blanca.
(…) El resultado de esta <<innovación>> cultural
no siempre fue la simple imitación. (…) el jazz
tiene una amplitud de significación emotiva que
permitía llegar a él por muchos y distintos
caminos, no todos ellos sometidos al
<<sangriento rito>> del blues. Aunque, por
supuesto, el
jazz interpretado por músicos blancos no era lo mismo que el jazz
interpretado por músicos negros, ni tampoco
había razón alguna para que lo fuera. La música
del músico de jazz blanco no nacía de la misma
circunstancia cultural y, a lo sumo, era un arte
aprendido. El blues, por ejemplo, que yo
considero música negra autónoma, tiene muy poca
influencia en la cultura blanca de la época
anterior al jazz. Pero el blues es una parte
extremadamente importante del jazz. Sin embargo,
la manera en la que el jazz utilizaba la
<<actitud>> del blues entrañaba una analogía
musical que los músicos blancos podían
comprender y, por ende, utilizar en su música a
fin de alcanzar un estilo de música de jazz. El
músico blanco comprendió el blues,
primordialmente como música y rara vez como
actitud, ya que la actitud o visión del mundo a
la que el músico blanco se debía era
necesariamente distinta.
Baraka cita dos trompetistas tan contrapuestos
estéticamente como el blanco Bix Beiderbecke y
el negro Louis Armstrong. Del primero dice que
tocaba
<<jazz blanco>> (…) como una música producto de
actitudes expresivas de una cultura determinada.
Amstrong, desde luego, tocaba un jazz que se
encontraba plenamente en las tradiciones de la
música afronorteamericana. Así, al igual que
la comparativa antes mencionada entre Paul
Desmond y Charlie Parker, Beiderbecke
representaba el
tono leve
y reflexivo y el lirismo impresionista como
ejemplo de
<<instrumento de arte al que se da expresión>>
en el campo del jazz frente a la sonoridad
metálica,
ancha y agresivamente dramática de Amstrong
muy basada
en la tradición vocal del blues, a fin de
amplificar la expresividad de su técnica
instrumental. La música de Amstrong era
una de las
más hermosas culminaciones de la tradición
musical afronorteamericana mientras
Beiderbecke era un
muchacho
de la clase media blanca con una
vida
emocional (…) basada en una consciente o
inconsciente desaprobación de casi todos los
ritos de su cultura. Así que ambos estaban
en una situación semejante a ojos de la
sociedad: aislados. Uno por causa de su
desviación de la masa mientras el otro por su condición de negro.

Louis
Armstrong y Bix Beiderbecke Louis
Armstrong fue precisamente el primer gran
solista del Jazz (en un estilo hasta entonces en
el que predominaba la improvisación colectiva)
así como Lester Young se convirtió en el gran
innovador del saxo al independizarlo de la
estricta sujeción al compás (según Baraka, su
tono ligero, fluido y etéreo fue imitado por los posteriores músicos de
Cool Jazz y sus innovaciones apenas superadas
por ellos) o la orquesta de Count Basie (ajena a
la corriente general del swing) una influencia
directa para los padres del Be Bop por las
estructuras de sus largos solos basados en la
armonía sugerida por los riffs. Riffs que se
adaptaban a la perfección a las pequeñas
agrupaciones que protagonizaron la revolución
del Be Bop que, entre otras cuestiones,
recuperaron el sentido de expresión comunitaria
que había perdido la música de swing así como
conceptos musicales “no occidentales” como el
restablecimiento de la hegemonía de la
polirritmia y la auténtica sumisión de la
melodía a estos ritmos. Charlie Parker,
Thelonious Monk, Max Roach y el resto de padres
del Be Bop lograron, igualmente, que
instrumentos como la batería o el piano
evolucionaran respecto de sus roles anteriores
(por ejemplo el piano se libera de la función de
acompañamiento rítmico). Además la improvisación
se realiza sobre las variaciones de acordes
sobre los que se construye la melodía, no tanto
sobre la melodía en sí como había sido costumbre
hasta entonces. Una revolución musical que lo
fue también sociológica ya que la actitud de los
boppers les aísla de la corriente cultural general.
Hasta
cierto punto, esta música era el resultado de
conscientes intentos de apartarla del riesgo de
disolución en la sociedad general, e incluso del
peligro de ser comprendida por ella. También
los
boppers blancos pudieron sumarse a esta
actitud de rechazo frontal de la corriente
general aunque esa separación era voluntaria en
su caso y no impuesta por motivos de la
consideración del negro por parte de la América
blanca, tal y como hemos visto en el caso de Bix
Beiderbecke y Louis Armstrong.

Charlie
Parker
El autor de
Blues people detecta dos movimientos en direcciones contrapuestas
como reacción al surgimiento del Be Bop. Por un
lado, un “revival de la música de Nueva Orleans”
entre las clases medias y, especialmente, en el
ámbito universitario. Un
retraso
cultural que según Baraka demostró que
buena
parte del mundo blanco había aprendido a gozar –
frecuentemente hasta el punto de participar de
modo activo – de una imitación de la música que
los negros norteamericanos tocaban veinte o
treinta años atrás. Por otro lado, también
como reacción, surge
la más
blanca de las músicas de Jazz, el “Jazz
progresivo” promovido por músicos como Stan
Kenton con un
vago
parecido con los compositores clásicos
contemporáneos. Un estilo en cierto modo
semejante a la “Tercera corriente” (Third
stream) que más tarde protagonizarían
músicos como Don Ellis sobre ideas y técnicas
formalistas de la música Clásica contemporánea.
Amiri Baraka considera que para que
el músico
de jazz pueda utilizar con la máxima
expresividad las técnicas formalistas clásicas
es absolutamente preciso que estas técnicas
queden subordinadas a las actitudes emocionales
y filosóficas de la música afronorteamericana, o
sea, es necesario que estas técnicas sean
utilizadas, no canonizadas. Para Baraka, en
la “Tercera corriente” la expresión ha sido,
casi siempre,
poco emocionante.
Amiri Baraka emite un severo juicio sobre el
Cool Jazz –
una música
para inteligencias mediocres -, o estilo
West Coast (ya que proliferó en la costa oeste estadounidense) que,
sin considerarlo el autor una reacción al Be Bop,
sí que entiende como una suavización o incluso
abandono de ciertos logros del Bop. Un abandono
en el que el Hard Bop – una música
simplemente paródica, o vulgar - ahondó con
su aparente vuelta a los orígenes, a las
melodías sencillas sobre ritmos menos complejos,
más extáticos y regulares. Al contrario que el
Rhythm and Blues,
forma
urbana y contemporánea de expresión del blues
[que]
fue la fuente de la nueva revitalización popular, y dio como producto el
rock and roll (que es
casi
siempre una flagrante comercialización del
rhythm and blues).
Semejante deriva post Bop encuentra al final del texto
de Amiri Baraka (que recuerdo que fue publicado
en 1963) esperanza de fuerza y renovación en el
entonces incipiente Free Jazz. Músicos que
Baraka, a
falta de un término mejor, califica de
músicos de
avant-garde. Nombres como los de Ornette
Coleman, Cecil Taylor, John Coltrane, Sonny
Rollins que comienzan a explorar nuevos
territorios musicales que retoman algunos de los
logros de un Bop ya superado (incluso
los
improvisadores mejor dotados comenzaron a sonar
de un modo aburrido) como los ritmos
irregulares, el Blues como forma básica y la
improvisación como elemento central. Potencian
la expresividad (tono, timbre, melodía) de la
música sobre restricciones armónicas o
imposiciones formales del compás y del rigor
metronómico. Una música prácticamente atonal
que libera
al improvisador para que cante su propia canción
(cita del libro
Ornette Coleman and tonality de George Rusell recogida por Amiri
Baraka). Se superan las
barreras
de los más gastados conceptos musicales de
Occidente a
la vez que se recuperan las características
imitaciones de la voz humana propias de la
música negra. Coleman, Coltrane y Rollins
chillan y
jadean literalmente en sus imitaciones de la voz
humana, y muchas veces suenan igual que los
espontáneos gritadores primitivos.
Expresiones musicales que Baraka avala por un
inconformismo que comparte con otras
manifestaciones artísticas contemporáneas como
la escritura de la
generación
beat o incluso la pintura de Jackson Pollock
(una de cuyas obras viene reproducida en la
funda del disco
Free Jazz
de
Ornette Coleman). Una música recibida con el
mismo rechazo con el que fue recibido el Be Bop
en los cuarenta y que
entraña
unos cambios y unas reevaluaciones <<radicales>>
de las actitudes sociales y emocionales ante el
entorno general. Sin embargo, no creo que esta
música sea en sí misma un desarrollo más
radical, más ilógico, de la energía filosófica
que ha dado forma a la música negra desde su
nacimiento en Norteamérica. En el contexto de la
forma cultural norteamericana, la música negra
es siempre radical.

Radical
es, desde luego, la escritura de este
Blues
people. Una radicalidad comprensible si nos
atenemos al momento histórico en que está
publicado (en plena efervescencia de la lucha
por los derechos civiles y tan sólo dos años
antes del asesinato de Malcolm X) así como por
la personal historia de este combativo escritor
que en 1968 abandonaría su
nombre de
esclavo, LeRoi Jones, por el de Amiri Baraka
(príncipe
bendecido) en su conversión al islam. Casi
cincuenta años después de su publicación
original,
Blues people se mantiene plenamente vigente.
Su incisiva luminosidad sirve no sólo de
refresco memorístico de las circunstancias que
dieron origen a la fascinante historia del
Blues y del Jazz sino que fulmina con hondura
las simplificaciones y clichés habituales sobre
la esclavitud negra en Estados Unidos. Con
materia abundante para la discusión (al fin y al
cabo es un ensayo, no un texto sagrado) la
lectura de
Blues people resulta apasionante y
enriquecedora. Hoy, a sus 76 años, Amiri Baraka
permanece en activo, tal y como comprobaron el
pasado año 2010 en Barcelona con motivo de su
actuación junto al pianista Cecil Taylor.
Carlos
Pérez Cruz
Libro publicado por la editorial barcelonesa
Nortesur dentro de su colección
Musikeon.
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