Club de Jazz 21/05/2019
Amirtha Kidambi

Artículos, entrevistas, opinión...

Agustí Fernández & Peter Evans
por Carlos Pérez Cruz

Agustí Fernández y Peter Evans

El espectador que acude a un concierto entiende que éste ha sido preparado y ensayado de antemano; el aficionado al jazz sabe que la improvisación va a fundamentar gran parte de lo que prevé escuchar, pero que esa improvisación se sustenta a su vez sobre unos contenidos previamente trabajados y pactados. Lo que a muchos todavía les cuesta comprender es que existan conciertos que no se ensayen, conciertos en los que ni siquiera los músicos sepan qué van a tocar más allá, claro, de sus respectivos instrumentos.

No es una cuestión de dejadez e irresponsabilidad, todo lo contrario: es un ejercicio de responsabilidad quizá mayor todavía que el de quien tiene prevista desde la primera hasta la última nota. Porque el compromiso que adquiere este músico es con el aquí y con el ahora, con la música que sólo podrá existir en este momento, en este lugar, con este público, con el músico o músicos con los que va a tocar. Para el espectador es un privilegio porque lo que va a escuchar nadie más lo ha escuchado ni lo escuchará. No han quedado para ensayar pero los músicos llevan preparando este concierto toda su vida.

Un concierto de música improvisada es una enorme incógnita, una gran sorpresa: para el público, porque le ofrece la oportunidad de comprobar cómo un edificio (multiforme, poliédrico, mutante) puede llegar a levantarse sin planos e incluso sostenerse firme sin necesidad de pilares inmutables; para el músico, porque la acción-reacción se cifra en apenas décimas de segundo, una sola nota puede hacer que la música gire sobre sí misma, le empuja a descubrirse a sí mismo y a abrir caminos por los que nunca nadie transitó. Un silencio lo puede llegar a decir todo. Un susurro puede ser un grito de felicidad. Un grito desgarrado puede ser más hermoso que el silencio.

Un concierto de improvisación no es un acto de azar, no es una carambola, no es arte aleatorio. Un concierto como el que nos van a ofrecer Agustí Fernández y Peter Evans es, si acaso, un lujo. Dos músicos de continentes, experiencias y generaciones diferentes capaces de reunir millones de pequeñas ideas en un mismo puzle sónico que nace del silencio y a él vuelve. El veterano pianista mallorquín y el joven trompetista estadounidense son exploradores de límites: los suyos, los de sus propios instrumentos y los del sonido, la música. Agustí, torrencial e íntimo, lírico y acerado, sabio y paciente oyente del momento. Peter, técnica estratosférica, vértigo soplador, visceral, hace fácil lo insólito. Juntos…

Escuchen.

Carlos Pérez Cruz

Nota: Texto publicado como notas al programa de mano de la actuación del dúo en el Teatro Victoria Eugenia de Donostia - San Sebastián del 25 de noviembre de 2014.

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