Club de Jazz 14/12/2018
El nuevo cancionero...

Artículos, entrevistas, opinión...

Silencios
por Carlos Pérez Cruz

John Cage

Desde que Cage pusiera a prueba el silencio absoluto en una cámara anecoica -antes de dedicarle el mejor de los tributos musicales con 4’33’’-, sabemos que éste no existe como tal, que el silencio suena. Convendremos entonces que hay silencios más armoniosos que otros.

Desconozco por qué se impuso la costumbre de tener hilo musical permanente en cada bar, restaurante, supermercado y (probablemente) consulta de otorrinolaringología, pero lo extraño es encontrar un espacio común que les permita respirar a nuestros sentidos. No sólo el del oído, también el de la vista se ve agredido sin descanso por constantes reclamos que nos gritan a los ojos.

El hilo de música (siendo generoso con la acepción de la palabra) es una invitación a la anestesia sensorial, una huida hacia adelante, una adulteración de nuestras capacidades de concentración, decisión y acción. A más volumen, más se bebe. A mayor frenesí, más velocidad de piernas. Aseguran que todo está estudiado, que cada una de nuestras acciones y decisiones se puede estimular con luces y sonidos. Vamos, que lejos de practicar la libre improvisación, apenas superamos el tema y variaciones.

Hay personas que dicen tener capacidad de abstracción, que en determinado momento dejan de oír, pero las caras de hastío de muchos dependientes les desmienten. No hay oído sensible capaz de soportar horas de amores, desamores y sube la cadera enlatados. Y en breve llega la Navidad. Mis condolencias.

Sé que estoy en minoría en mi inclinación por el silencio, de lo contrario habrían ardido ya unas cuantas superficies comerciales y franquicias, esas que eliminaron las puertas (y de paso el sentido común de la conservación medioambiental y el ahorro energético) para hacernos forzosos partícipes de la fiesta dance de su interior. Además, está demostrado que el silencio nos aterra, de tal manera que en bares suelen simultanear televisión y música (siendo generosos, insisto) por lo que al ojo y al oído les es literalmente imposible mirar hacia adentro y escucharse. Algo terrible llevamos dentro para que no queramos escucharlo (tampoco al compañero de tragos).

Curioso: tantas parejas con problemas de comunicación que recuperan su locuacidad en la sala de cine, de conciertos o en un teatro. Dado que tampoco se chista demasiado, intuyo que estoy entre esa rara minoría que considera que la mejor forma de gozar de una película es estar en ella o que la mejor manera de entrar en la música es no saliéndose de ella. Por lo general, lo único que garantiza el ticket es el acceso a la sala, no necesariamente a la obra.

Hay tal pánico al vacío sonoro que, incluso después de una barroca descarga en Huesca del dúo de batería y guitarra eléctrica Ahleuchatistas -previa al ametrallamiento de Peter Brötzmann (Brötzmann y silencio en un mismo artículo)-, el técnico de sala sazonó el interludio con un tentempié hipercalórico de opereta chill out (una forma como otra cualquiera de describir aquello). La cara del germano, ya de por sí disuasoria, lo decía todo, y hube de mediar para evitar males mayores (mi inmolación, claro). Nos lo hizo pagar… con mucho gusto, por supuesto.

Para mi disgusto, hace meses cerró uno de los pocos espacios de mi ciudad en los que gobernaba el silencio. Era una librería. La ausencia de hilo musical permitía una fluida relación exterior e interior, sintonía perfecta entre la exposición de remedios literarios para el alma y la percepción de sus súplicas. En los últimos tiempos el templo fue profanado. El nuevo vecino, un gimnasio, fustigaba las calorías de más con chunda chunda a todo trapo. Hasta los libros adelgazaron.

Adelgaza el ruido un artista barcelonés conocido como Tres, que además de componer ‘conciertos para apagar’, apaga edificios. Los llama “blackouts” y consisten en “apagar gradualmente edificios con todas sus máquinas y luces hasta alcanzar el máximo nivel de silencio y oscuridad posible”. Un posible imperfecto porque, como declaró Cage, “el espacio y el tiempo vacíos no existen. Siempre hay algo que ver, algo que oír”. Que nos dejen, ya es otra cosa.

Carlos Pérez Cruz

Nota: publicada originalmente en 'Cuadernos de Jazz'.

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