Club de Jazz 22/08/2019
Clásicos del Siglo XXI (XXI)

Artículos, entrevistas, opinión...

A vueltas con la crítica
por Carlos Pérez Cruz

A vueltas con la crítica

Me dio en mano algunas de sus últimas publicaciones discográficas y me las regaló con una condición: “Si no te gustan, no escribas sobre ellas. Ignóralas”. Pensé inicialmente que determinada fama me precedía; pero no, en su caso se trataba de una reacción fóbica a la crítica.

Llevo unos cuantos años ya en esto como para ser consciente de la siempre frágil relación entre música y crítica, de la delgada línea amor-odio que se interpone entre quienes componen, interpretan, improvisan, graban… y quienes escuchan, se documentan, contrastan, vuelven a escuchar, reflexionan, escriben y publican. En realidad ambos ejercicios forman parte de un mismo ecosistema, sólo que sus funciones son diferentes. No trato de equiparar la importancia de unos y otros -¡faltaría más!-, pero sí entiendo que, frente al menosprecio que en ocasiones despierta la figura del crítico, la dialéctica crítica es necesaria y juega un papel en el impulso y desarrollo creativo, así como en la construcción de un oído analítico, de un público formado capaz de trascender el primer nivel de escucha: el me gusta o no me gusta. ¡Cuántas veces al inicial rechazo del gusto personal le ha seguido un aprecio gracias a la labor de discernimiento del crítico!

Parece evidente que el primer crítico de un trabajo es su autor, aunque la alegría con la que se publican grabaciones hoy en día parecen ejemplo de una excesiva autocomplacencia. No quiero decir con ello que la labor de intermediación entre el músico y el oyente que durante décadas han desarrollado las compañías discográficas sea lo deseable (a buen seguro se han quedado en el camino fabulosas e incomprendidas grabaciones; también se publicaron muchas por criterios de oportunidad y no de calidad), pero sí que el derribo de barreras críticas en el camino entre el músico y el oyente no necesariamente ha ido en beneficio de la calidad de la música a la que tenemos acceso. Si acaso se han elevado tantos árboles en la inmensidad del bosque de (auto)producciones discográficas que uno se puede perder por él con cierta facilidad. Perderse también es una forma de encontrar, pero seamos conscientes de los riesgos; igualmente, claro, de los que tienen los caminos excesivamente delimitados. Cuando lamentamos el cierre de una librería “de toda la vida” no lo hacemos porque vayamos a perder acceso a los libros, lamentamos la pérdida del conocimiento que atesoraban los libreros, la pérdida de su juicio crítico.

Al igual que las discográficas perdieron el control sobre la edición de música grabada, la crítica profesional ha perdido el monopolio de la opinión publicada. (Nota: en el caso de España, el apelativo “profesional” unido al concepto “crítica” en el ámbito del jazz se refiere a la virtud en el desempeño de la labor, no a las condiciones laborales del ejercicio de la actividad). Ahora todos opinamos en blogs, páginas y redes sociales de internet, pero no toda opinión es una crítica ni todo texto con propósitos críticos se sostiene profesionalmente. Al contrario que ciertos discursos escuchados en boca de algunos músicos -también de aficionados que mantienen o colaboran en espacios de jazz en la red-, el crítico no es aquel que escribe sobre lo que “le gusta” e ignora lo que “no le gusta”. El crítico ha de ser capaz de fundamentar su texto con independencia de sus gustos, porque no son ellos los que ha de defender ante el lector –ese primer nivel de la escucha-. La crítica profesional no tiene necesariamente que ver con el gusto ni su función depende de él. Quien así lo vea, está confundiendo divulgación con crítica. Y aunque ambas juegan su papel en el desarrollo de la afición, no son lo mismo. Si alguien busca compartir sus gustos, describir las sensaciones que le produce un disco, las imágenes que le sugiere y, en definitiva, contagiar su entusiasmo, que se olvide de la crítica (aunque la crítica no es alérgica al entusiasmo, claro).

“¿Para qué sirve la crítica?”, me inquiría el músico antes mentado. Yo creo que la (buena) crítica sirve de guía, proporciona pistas al aficionado y le ayuda a elegir en consonancia con sus propias inquietudes y conocimientos. Le provoca a ir más allá de lo que disfruta por costumbre: amplía sus posibles, ilumina sobre aspectos que pueden pasar desapercibidos, potencia el placer de la escucha tanto como ayuda a calibrar los méritos o deméritos de una obra –mucho más allá del gusto hay elementos, más o menos objetivos, para evaluar la calidad o la relevancia histórica y presente de un trabajo-. La (buena) crítica ofrece al músico una imagen de sí mismo en los demás, le fuerza a salir de su interior (y traspasar los círculos íntimos) para confrontarse públicamente (salvo raras excepciones eremitas, todo artista busca la relevancia y el reconocimiento a su trabajo). El (buen) crítico es a la comunidad musical lo que un (buen) profesor al alumno: alguien consciente de las cualidades y capacidades de su pupilo, al que ayuda y empuja para evitar que se duerma en los laureles de la complacencia. Y es que, al igual que las aguas estancadas son un posible foco infeccioso, las escenas cerradas, endogámicas y complacientes acaban por expulsar al aficionado o, cuando menos, lo pueden anestesiar.

Carlos Pérez Cruz

Nota: publicado originalmente en la revista 'Cuadernos de Jazz'.

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