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Hacía mucho tiempo que
no escuchaba una Jam Session. Como buen militante de la
causa antes acudía a cada concierto, conferencia o lo que fuere
que tuviera relación con el Jazz que se organizara en mi
ciudad. Era mi manera de reivindicar un espacio para esta música
y sus músicos; que no fuera por mi pereza por lo que dejaran de
programar actividades. Que viniera o no público parecía
importarme a mí más que a los propios interesados. Antes de
cada actuación no dejaba de mirar inquieto hacia las puertas de
entrada a la sala. El intermitente goteo de espectadores me ponía
nervioso, veía cómo el reloj corría y la mayoría de las
butacas continuaban vacías. Una vez que se apagaban las luces
procuraba distraerme de mi enfermedad contable pero si éramos
pocos no lograba deshacerme de una sensación de derrota que me
impedía disfrutar de la música. Sé que no tenía sentido, tenía
mi entrada y podía disfrutar de aquello por lo que había
pagado pero, por alguna extraña razón, consideraba cada
concierto una pequeña batalla dentro de una guerra que, en el
fondo, sabía perdida de antemano. A lo máximo que podía
aspirar el aficionado era a tener la posibilidad de acudir cada
muchos meses, a veces incluso más de un año, a un concierto
que tuviera la palabra “Jazz” impresa en el cartel. Ni
siquiera siempre aquello que así se anunciaba me interesaba
pero, ya lo he dicho, yo era un militante de la causa e incluso
aquello que me aburría como cualquier canción de la radio
formaba parte de la ineludible responsabilidad de aficionado al
Jazz.
No sé cómo llegué a engancharme y, ni siquiera hoy, tengo muy
claro qué es esta música. Con el paso de los años he
escuchado tantos discos, tantos conciertos, he leído tantas
cosas, que lo único que puedo afirmar al respecto es que no
tengo ni idea de qué puede definirse o no como Jazz. Claro que
mi confusión no llega hasta extremos de considerar a Alicia
Keys músico de Jazz, tal y como trató de convencerme un crítico
del género en un irónico ejercicio de nihilismo jazzístico.
Por otro lado el debate sobre qué es o no es Jazz es un
entretenimiento vacuo para aficionados, críticos y algún músico
mediocre que trata de justificar con lo teórico el vacío de su
hacer musical. Ya
que dedicamos una exorbitante cantidad de energía a discutir
sobre estupideces cómo no hacerlo sobre algo como esto aun a
riesgo (¿o quizá por ello?) de terminar resultando pedantes.
El Jazz tiene difícil definición, no sirve apelar a la
improvisación como esencia peculiar porque la improvisación no
es de su propiedad, la comparte con otras músicas de la antigüedad
y del presente que no se consideran a sí mismas Jazz. El Jazz
presume de libertad y sin embargo la mayoría de quienes dicen
ejercerla son réplicas, clones, aburridísimos estereotipos con
un instrumento entre manos. Entonces, ¿qué es el Jazz? No
tengo ni idea pero, de alguna manera, quien de verdad se
aficiona desarrolla un sexto sentido que le incita a seguir la
pista de algunos músicos y no de otros. Pura intuición que
nada tiene que ver con la Ciencia de la Música. Sólo la gran
literatura ha sabido poner palabras a su esencia, nunca un
diccionario.
Tengo una teoría al respecto de por qué el Jazz no es una música
popular. El verdadero músico de Jazz ofrece incertidumbre
mientras la música popular es predecible. La mayoría de la
gente odia la incertidumbre, necesita caminar sobre seguro
incluso en aquello que entra por sus oídos. Seguros de coche,
seguros para la vivienda, de viaje, de vida (¡!), de muerte...
¡¿cómo no iban a asegurar también la música?! La seguridad,
el control de las circunstancias que uno tiene cuando intuye (¡y
acierta!) qué viene en el siguiente compás, qué dirá la
letra, cómo acabará el romance, qué gritará ella al verse
traicionada por su novio. No soportamos que esa mujer que llora
el engaño pase a hablarnos de golpe sobre la belleza bucólica
de un paisaje y, poco después, antes de volver a llorar, del último
libro de Paulo Coelho. ¡Demonios! ¡¡Qué incoherencia!!
¡¡¡No tiene sentido!!! Esa mujer debería llorar y planear la
venganza, una venganza que, eso sí, por inocente nunca sería
capaz de llevar a cabo, sólo el Jazz lo haría. Pero, ¿qué
mayor coherencia que el discurso interrumpido? ¿Qué más
humano que la risa tras el lloro y el lloro tras la risa? ¿Qué
más terapéutico que la evasión ante el dolor para poder
volver a afrontarlo? Eso es el Jazz. La imprevisibilidad de la
vida expresada en música.
¡Ojalá el Jazz fuera eso! Hubo un día, no sé cuándo, en que
todo lo que empezó a llegar a mis oídos era completamente
previsible. ¡¡Y eran los grandes!! Los llamados a liderar la música
más libre que nunca se hubiera escuchado sobre la faz de la
tierra habían encontrado la fórmula para superar los obstáculos
que la armonía pone en el camino sin asfaltar de la partitura.
¡Y todos los saltaban con la misma pierna, con la misma
inclinación del tronco, caían igual al otro lado! Y daban
vueltas a la pista como en una competición de 10000 obstáculos.
Una y otra vez, y otra y otra, así hasta que uno y otro y otro
fueron cayendo y saliendo de la pista, mientras los más fuertes
continuaban con su carrera precisa, perfecta, circular, cada
quinientos metros un poquito más rápido, otro poquito más,
sin inmutar el rostro, sin mirar atrás, con la única ilusión
de ser el primero al final de la carrera. ¡¡Enhorabuena!! Has
ganado pero no lo he visto, hace tiempo que me fui.
Lo que hace especialmente insoportable al músico previsible
autoproclamado jazzman es que con su previsibilidad
fulmina una de las pocas cosas que hace de la escucha de Jazz
algo único. Lo que en la música (pop)ular es la clave del éxito
en esta música es la muerte, el aburrimiento, el tostón más
absoluto, el desprecio de los sentidos. El Jazz es música para
oyentes esforzados, orejas que ponen todos los sentidos a
disposición del creador (¡Qué enorme responsabilidad!) porque
necesitan ser zarandeados, recibir un croché directo al estómago
seguido de un beso en la mejilla, de un grito ahogado en
alcohol, de sexo desgarrador, de susurros entre el ruido del
viento, de caricias en la espalda, de un golpe sobre la mesa...
Son almas que necesitan encontrar mundos fuera de este, que
quieren ser agarradas por la solapa, que buscan despertar esas
sensaciones que la droga del día a día les ha arrebatado. ¡¡Quieren
morir habiendo vivido!! O al menos que alguien les recuerde de
vez en cuando que pudo haber sido de otra manera. Por eso me
aburres tú, impostor con un saxo bajo el brazo, virtuoso
escalador experto en piruetas, en fuegos de artificio que
estallan donde la computadora les ordenó. ¡¡Rompe tu
instrumento!! ¡¡¡Hazlo pedazos!!! Será tu gran gesto
heroico, tu salvación.
Hacía
mucho tiempo que no escuchaba una Jam Session. Y anoche recordé
por qué había dejado de acudir. Abrí la puerta de aquel
garito y pude oler el polvo que se había acumulado sobre los músicos
que una semana más, años después, seguían escribiendo los
mismos solos sobre los mismos standards mientras los recién
llegados copiaban hasta el último de los gemidos de Keith
Jarrett con la aspiración de que aquella tía buena de
la barra se fijara en lo bien que se contorsionaba mientras
soplaba Stella by Starlight con los ojos cerrados para
luego acercarse a ella y darse cuenta de que, en el fondo, no
estaba tan buena, de que todo había sido producto de la misma
imaginación por la que un día pensó que aquello que salía de
su instrumento era algo parecido al Jazz.
Carlos Pérez Cruz
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