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Una
y otra vez. Soy incapaz de borrar de mi memoria el recorrido de
sus brazos. La cintura, después el cuello. De la cintura al
cuello un movimiento de belleza eterna. Los brazos ascienden
lentamente y dibujan alrededor un escudo de invisibilidad. El
escudo del ciego, del que se convierte en el centro de todas las
miradas y, sin embargo, vive solo en ese instante, en ese
preciso momento en el que sus labios vuelven a buscarse para
perderse en una orgía irrefrenable de sentimientos que son la
Vida.
Fue cierto, el tiempo se detuvo en un instante. Ninguno de
nosotros existió en aquel reloj que debió de correr minutos,
en los que interpretaban el papel más real de sus vidas.
Vestidos sin la careta de lo cotidiano, entregados por completo
a la sinceridad de un baile de cuerpos cubiertos para nosotros,
con la coreografía de unos brazos que ascienden lentamente
hasta alcanzar el cuello, para poder sentirlo, para poder olerlo
antes de rozarlo con los labios, hacerlo suyo y producir un
escalofrío de felicidad en nuestros cuerpos.
Grabaron
sus siluetas en la pared de aquel callejón con salida. Dejaron
las huellas de un tango enamorado con cada paso improvisado de
la coreografía del deseo. Bailamos con ellos, fuimos ellos, cómplices
de un secreto a voces, testigos mudos de aquella despedida que
no fue, que se convirtió simplemente en un paso más en el
largo camino a casa de dos enamorados.
Carlos Pérez Cruz
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