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Emisión: 28 Febrero 2007
Música:
Béla Fleck & The Flecktones
Título:
Retrato de una persona sentada en el medio de la calle

Debió de haber llegado a primera hora de la mañana, muy temprano, porque nadie recordaba haberle visto llegar. El joven empleado de la panadería de la esquina ya le había visto a las seis de la mañana cuando abrió el negocio. Estaba allí impasible, sentado sobre sus piernas cruzadas, sobre una toalla de playa. Se miraba las uñas, se las retocaba con pequeños mordisquitos, de vez en cuando se rascaba la frente. El joven empleado de la panadería estuvo a punto de acercarse para ver si necesitaba ayuda pero la llegada del repartidor le distrajo de esa mundana preocupación. El repartidor, al volver a su furgoneta, miró de reojo a aquella persona sentada sobre sus piernas cruzadas, sobre una toalla de playa, y pensó que se trataba de un loco o de un borracho, o algo así. Se alejó.

En el momento en que su dedo meñique salía veloz de la breve incursión en la fosa nasal izquierda de su nariz el guarda de seguridad llegaba a su puesto en la sucursal bancaria. Era un hombre fornido, algo entrado en carnes, con el pelo oscuro y levemente grasiento. Ni siquiera prestó un instante su mirada a aquella persona recostada ahora de medio lado sobre una toalla de playa.

Sí le vio, poco más tarde, el miembro del servicio de limpieza de la ciudad encargado de esa calle. Federico Jiménez, licenciado en psicología sin trabajo en lo suyo, barría cada mañana. Llevaba puestos los auriculares de un pequeño aparato de radio con el que procuraba distraerse mientras realizaba una labor a la que nunca pensó que se llegaría a dedicar, aunque fuera mientras no encontrara un trabajo en lo suyo. Al acercarse a la persona que, tumbada y con las rodillas flexionadas, se encontraba sobre una toalla de playa, cambió el rumbo de sus pasos y esquivó aquel inconveniente.

Un niño, aparentemente contento a pesar del madrugón y de tener que ir al colegio, se acercó corriendo hacia aquella persona que trataba de alcanzar con sus manos la punta de sus pies sobre una toalla de playa. Su madre despertó de golpe de su letargo matinal y corrió hacia él hasta agarrarle del brazo y alejarle de aquel desconocido. El niño no había entendido que entre los desconocidos a los que uno nunca debía de hacer caso se encontraba aquel que se estirara sobre una toalla de playa en medio de la calle. El encargado de la panadería de la esquina pudo ver, desde su silla tras el mostrador, cómo la madre abroncaba al hijo que trataba de entender la gravedad de su acción.

Debían ser las diez de la mañana cuando la pareja de ancianos que se dirigía hacia la sucursal bancaria se fijó en aquella persona que realizaba ahora unas flexiones sobre una toalla de playa. Primero se detuvieron y, sin decir ni una sola palabra, continuaron su marcha. Después, justo al pasar a su lado, la mujer espetó un sonoro ¡sinvergüenza! refrendado por un no menos sonoro ¡esta juventud! de boca del hombre. Así continuaron su evaluación de la juventud actual hasta entrar en la sucursal y hacer consciente por primera vez al guarda de seguridad de aquella presencia extraña en la calle de una persona que ahora, apoyada sobre las manos y sobre una de sus rodillas, estiraba una de las piernas hacia arriba sobre una toalla de playa.

Hacia las once de la mañana la calle se pobló de pequeños grupos de adolescentes que aprovechaban su tiempo de recreo para engullir con cierta ferocidad los bocadillos maternos unos, las chucherías de la tienda que se encontraba justo al lado de la panadería, otros. Aunque algunos preferían fumar y, sobre todo, que se notara que lo hacían. La presencia de aquel extraño, de nuevo sentado sobre sus piernas cruzadas sobre una toalla de playa, produjo un fenómeno no menos extraño. Por un instante el vocerío propio de su habitual exaltación hormonal devino en un momentáneo silencio, seguido de miradas ostensiblemente asombradas entre ellos. El silencio espontáneo se vio roto por notorias risitas nerviosas de algunos y la reanudación alborotada de las conversaciones de las que sobresalían palabras como flipao, gilipollas, pringao, chalado, y otra serie de gruesos adjetivos. Uno de estos adolescentes lanzó la bolsa de su bollo de repostería industrial hacia el desconocido pero no llegó a alcanzarle.

A media mañana una señora de unos sesenta años que salía de la frutería en la esquina contraria a la de la panadería fue la primera en acercarse a la persona que permanecía ahora tumbada sobre una toalla de playa. Ese gesto llamó la atención de los ancianos que salían entonces de la sucursal bancaria. Vieron como aquella señora de unos sesenta años sacaba de su bolso de piel una cartera, de la cartera unas monedas y depositaba estas sobre la toalla del extraño. ¡Qué vergüenza! dijo él. ¡Esta juventud! refrendó ella.

Poco a poco se fue formando frente a la sucursal bancaria de la calle una pequeña concentración de personas atraídas por aquel extraño que se tumbaba ahora boca abajo sobre una toalla de playa. Clientes, vecinos, incluso Federico Jiménez, hablaban y observaban discretamente al extraño en un principio, menos discretamente cuanta más gente se reunía. El volumen de las palabras entrecruzadas fue subiendo, la intensidad de los gestos también. Se decidía allí la acción vecinal y social para poner fin a aquella incómoda presencia. Algunos defendieron la idea de acercarse todos juntos para intimidarle, otros, sin embargo, preferían llamar a la policía. Hubo quien incluso pidió que se dejara en paz a aquel muchacho pero fue rápidamente acallado no sin recibir, además, alguna descalificación menor. La dueña de la frutería, que había abandonado momentáneamente su puesto, sugirió que Federico Jiménez amenazara con su escoba a aquel joven que ahora se atrevía a ponerse de cuclillas e incorporarse en varias ocasiones sobre una toalla de playa. En el fragor de la discusión nadie se dio cuenta de que el extraño había recogido la bolsa del bollo de repostería industrial que un adolescente le había arrojado tiempo antes y que la había depositado en una papelera. Del salón de yoga anexo a la sucursal bancaria salió la profesora sorprendida por el ruido de voces y pronto se sumó a la conversación con especial vehemencia. Defendía la acción conjunta de todos contra aquel alborotador, a poder ser con Federico Jiménez y su escoba al frente.

Tal fue la movilización que veinte minutos después de iniciada la concentración vecinal y de viandantes estaba formada por unas treinta personas que discutían acaloradamente y apenas prestaban ya atención a la extraña persona que allí les había congregado. Incluso el guarda de seguridad de la sucursal bancaria salió a enterarse de lo que allí se decía aunque pronto se retiró cuando surgían voces que requerían la intervención de su porra contra el chaval de la toalla, que es como se había bautizado a aquel joven.

¡Ya no está! gritó alguien provocando un dramático silencio en la concentración. Todos giraron rápidamente sus cabezas hacia donde el extraño debía encontrarse y vieron cómo la toalla permanecía allí pero no la persona que desde muy temprano se había recostado y ejercitado sobre ella. La sorpresa dio lugar a la incertidumbre, el desconcierto e incluso la frustración de aquellos que hubiesen preferido saber el porqué de aquel acto tan extraño. Poco a poco la concentración se fue disolviendo. La frutera volvió a su puesto, la profesora de yoga a su clase, y el resto de ciudadanos a sus respectivos quehaceres laborales u ociosos. Sólo permaneció en su sitio Federico Jiménez, abrumado por el trabajo que todavía debía hacer. No sólo debía retirar la toalla allí abandonada sino que además debía limpiar toda la basura que la concentración había generado en unos pocos metros, especialmente por los cigarrillos arrojados al suelo.

Al acercarse hasta la toalla Federico Jiménez se llevó una sorpresa. Aquel extraño había dejado una nota escrita, sujeta por la moneda que la señora de unos sesenta años había depositado una vez salida de la cartera que llevaba en un bolso de piel. Federico cogió la nota y leyó:

Gracias. Han sido ustedes muy amables. A las cinco de la mañana me he despertado de una pesadilla. En la pesadilla mi propia existencia era producto de mi imaginación. Gritaba y gritaba pero nadie parecía darse cuenta de mi presencia. Por eso, al despertar, me he venido aquí. Para demostrarme que no era verdad mi sueño, para confirmar mi existencia y que los sueños a veces nos juegan una mala pasada.

Me voy contento, muy feliz de ver que puedo contar con todos ustedes cada vez que me crea invisible o directamente inexistente.

Bueno, me voy a la cama a ver si recupero el sueño.

Un saludo

Javier


Carlos Pérez Cruz