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Debió
de haber llegado a primera hora de la mañana, muy temprano,
porque nadie recordaba haberle visto llegar. El joven empleado
de la panadería de la esquina ya le había visto a las seis de
la mañana cuando abrió el negocio. Estaba allí impasible,
sentado sobre sus piernas cruzadas, sobre una toalla de playa.
Se miraba las uñas, se las retocaba con pequeños mordisquitos,
de vez en cuando se rascaba la frente. El joven empleado de la
panadería estuvo a punto de acercarse para ver si necesitaba
ayuda pero la llegada del repartidor le distrajo de esa mundana
preocupación. El repartidor, al volver a su furgoneta, miró de
reojo a aquella persona sentada sobre sus piernas cruzadas,
sobre una toalla de playa, y pensó que se trataba de un loco
o de un borracho, o algo así. Se alejó.
En el momento en que su dedo meñique salía veloz de la breve
incursión en la fosa nasal izquierda de su nariz el guarda de
seguridad llegaba a su puesto en la sucursal bancaria. Era un
hombre fornido, algo entrado en carnes, con el pelo oscuro y
levemente grasiento. Ni siquiera prestó un instante su mirada a
aquella persona recostada ahora de medio lado sobre una toalla
de playa.
Sí le vio, poco más tarde, el miembro del servicio de limpieza
de la ciudad encargado de esa calle. Federico Jiménez,
licenciado en psicología sin trabajo en lo suyo, barría cada
mañana. Llevaba puestos los auriculares de un pequeño aparato
de radio con el que procuraba distraerse mientras realizaba una
labor a la que nunca pensó que se llegaría a dedicar, aunque
fuera mientras no encontrara un trabajo en lo suyo. Al acercarse
a la persona que, tumbada y con las rodillas flexionadas, se
encontraba sobre una toalla de playa, cambió el rumbo de sus
pasos y esquivó aquel inconveniente.
Un niño, aparentemente contento a pesar del madrugón y de
tener que ir al colegio, se acercó corriendo hacia aquella
persona que trataba de alcanzar con sus manos la punta de sus
pies sobre una toalla de playa. Su madre despertó de golpe de
su letargo matinal y corrió hacia él hasta agarrarle del brazo
y alejarle de aquel desconocido. El niño no había entendido
que entre los desconocidos a los que uno nunca debía de hacer
caso se encontraba aquel que se estirara sobre una toalla de
playa en medio de la calle. El encargado de la panadería de la
esquina pudo ver, desde su silla tras el mostrador, cómo la
madre abroncaba al hijo que trataba de entender la gravedad de
su acción.
Debían ser las diez de la mañana cuando la pareja de ancianos
que se dirigía hacia la sucursal bancaria se fijó en aquella
persona que realizaba ahora unas flexiones sobre una toalla de
playa. Primero se detuvieron y, sin decir ni una sola palabra,
continuaron su marcha. Después, justo al pasar a su lado, la
mujer espetó un sonoro ¡sinvergüenza! refrendado por
un no menos sonoro ¡esta juventud! de boca del hombre.
Así continuaron su evaluación de la juventud actual hasta
entrar en la sucursal y hacer consciente por primera vez al
guarda de seguridad de aquella presencia extraña en la calle de
una persona que ahora, apoyada sobre las manos y sobre una de
sus rodillas, estiraba una de las piernas hacia arriba sobre una
toalla de playa.
Hacia las once de la mañana la calle se pobló de pequeños
grupos de adolescentes que aprovechaban su tiempo de recreo para
engullir con cierta ferocidad los bocadillos maternos unos, las
chucherías de la tienda que se encontraba justo al lado de la
panadería, otros. Aunque algunos preferían fumar y, sobre
todo, que se notara que lo hacían. La presencia de aquel extraño,
de nuevo sentado sobre sus piernas cruzadas sobre una toalla de
playa, produjo un fenómeno no menos extraño. Por un instante
el vocerío propio de su habitual exaltación hormonal devino en
un momentáneo silencio, seguido de miradas ostensiblemente
asombradas entre ellos. El silencio espontáneo se vio roto por
notorias risitas nerviosas de algunos y la reanudación
alborotada de las conversaciones de las que sobresalían
palabras como flipao, gilipollas, pringao, chalado,
y otra serie de gruesos adjetivos. Uno de estos adolescentes
lanzó la bolsa de su bollo de repostería industrial hacia el
desconocido pero no llegó a alcanzarle.
A media mañana una señora de unos sesenta años que salía de
la frutería en la esquina contraria a la de la panadería fue
la primera en acercarse a la persona que permanecía ahora
tumbada sobre una toalla de playa. Ese gesto llamó la atención
de los ancianos que salían entonces de la sucursal bancaria.
Vieron como aquella señora de unos sesenta años sacaba de su
bolso de piel una cartera, de la cartera unas monedas y
depositaba estas sobre la toalla del extraño. ¡Qué vergüenza!
dijo él. ¡Esta juventud! refrendó ella.
Poco a poco se fue formando frente a la sucursal bancaria de la
calle una pequeña concentración de personas atraídas por
aquel extraño que se tumbaba ahora boca abajo sobre una toalla
de playa. Clientes, vecinos, incluso Federico Jiménez, hablaban
y observaban discretamente al extraño en un principio, menos
discretamente cuanta más gente se reunía. El volumen de las
palabras entrecruzadas fue subiendo, la intensidad de los gestos
también. Se decidía allí la acción vecinal y social para
poner fin a aquella incómoda presencia. Algunos defendieron la
idea de acercarse todos juntos para intimidarle, otros, sin
embargo, preferían llamar a la policía. Hubo quien incluso
pidió que se dejara en paz a aquel muchacho pero fue rápidamente
acallado no sin recibir, además, alguna descalificación menor.
La dueña de la frutería, que había abandonado momentáneamente
su puesto, sugirió que Federico Jiménez amenazara con su
escoba a aquel joven que ahora se atrevía a ponerse de
cuclillas e incorporarse en varias ocasiones sobre una toalla de
playa. En el fragor de la discusión nadie se dio cuenta de que
el extraño había recogido la bolsa del bollo de repostería
industrial que un adolescente le había arrojado tiempo antes y
que la había depositado en una papelera. Del salón de yoga
anexo a la sucursal bancaria salió la profesora sorprendida por
el ruido de voces y pronto se sumó a la conversación con
especial vehemencia. Defendía la acción conjunta de todos
contra aquel alborotador, a poder ser con Federico Jiménez y su
escoba al frente.
Tal fue la movilización que veinte minutos después de iniciada
la concentración vecinal y de viandantes estaba formada por
unas treinta personas que discutían acaloradamente y apenas
prestaban ya atención a la extraña persona que allí les había
congregado. Incluso el guarda de seguridad de la sucursal
bancaria salió a enterarse de lo que allí se decía aunque
pronto se retiró cuando surgían voces que requerían la
intervención de su porra contra el chaval de la toalla,
que es como se había bautizado a aquel joven.
¡Ya no está! gritó alguien provocando un dramático
silencio en la concentración. Todos giraron rápidamente sus
cabezas hacia donde el extraño debía encontrarse y vieron cómo
la toalla permanecía allí pero no la persona que desde muy
temprano se había recostado y ejercitado sobre ella. La
sorpresa dio lugar a la incertidumbre, el desconcierto e incluso
la frustración de aquellos que hubiesen preferido saber el
porqué de aquel acto tan extraño. Poco a poco la concentración
se fue disolviendo. La frutera volvió a su puesto, la profesora
de yoga a su clase, y el resto de ciudadanos a sus respectivos
quehaceres laborales u ociosos. Sólo permaneció en su sitio
Federico Jiménez, abrumado por el trabajo que todavía debía
hacer. No sólo debía retirar la toalla allí abandonada sino
que además debía limpiar toda la basura que la concentración
había generado en unos pocos metros, especialmente por los
cigarrillos arrojados al suelo.
Al acercarse hasta la toalla Federico Jiménez se llevó una
sorpresa. Aquel extraño había dejado una nota escrita, sujeta
por la moneda que la señora de unos sesenta años había
depositado una vez salida de la cartera que llevaba en un bolso
de piel. Federico cogió la nota y leyó:
Gracias. Han sido ustedes muy amables. A las cinco de la mañana
me he despertado de una pesadilla. En la pesadilla mi propia
existencia era producto de mi imaginación. Gritaba y gritaba
pero nadie parecía darse cuenta de mi presencia. Por eso, al
despertar, me he venido aquí. Para demostrarme que no era
verdad mi sueño, para confirmar mi existencia y que los sueños
a veces nos juegan una mala pasada.
Me voy contento, muy feliz de ver que puedo contar con todos
ustedes cada vez que me crea invisible o directamente
inexistente.
Bueno, me voy a la cama a ver si recupero el sueño.
Un saludo
Javier
Carlos Pérez Cruz
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