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Hecho
añicos el sentido común de la existencia decidió caminar en círculo.
Había sido sometido por decisión propia a la cruel tortura de
la opinión libre día sí y día también hasta que su
resistencia cedió y vio cómo lo que él había sido y soñado
se había borrado de un plumazo. No existía, que los demás le
vieran no era más que una ilusión óptica porque su presencia
podía haber sido la de cualquier otro.
Parecía suya la voz, pero no era sino un eco lejano de cuando
era suya. Los labios formaban palabras pero articulados por
miles de voces ajenas. Gritaba y gesticulaba como ellas pero a
solas era incapaz de mantener una sola de esas palabras sin caer
en el pozo de la ignorancia. Se asomaba y se buscaba pero nada
había en el eco.
¿Quién soy ahora? ¿Quién era y por qué he sido? Las
verdaderas preguntas se le acumulaban en el espacio que el
cerebro le reservaba. Llegó a tiempo, justo a tiempo, cuando el
hemisferio era casi una postilla reseca. A tiempo de volver a
preguntarse, ¿Quién soy ahora? ¿Quién era y por qué he
sido?
Caminaba en círculo. Un círculo enorme y disperso al que
distraía el pasado reciente todavía presente. Los grandes
titulares de la vida le inquietaban a cinco columnas, las catástrofes
morales le susurraban al oído que rompiera la esfera de sus
pasos, la sangre derramada en nombre del Dios de guardia buscaba
el odio en sus ojos. Caminaba en círculo, a pesar de todo.
¿Quién soy ahora? ¿Quién era y por qué he sido? Miró
en el billetero y encontró la primera respuesta. Rafael Martín
González. Su número terminaba en V. ¿Quién es Rafael
Martín González? ¿Qué es la V? ¿Y todos esos números?
Me llamo Rafael y tengo 54 años. Me llamo Rafael y tengo 54 años.
Soy. ¿Pero qué? ¿Qué quiero? ¿Qué pretendo? Me llamo
Rafael y tengo 54 años. ¿Qué he hecho en 54 años? ¿Qué voy
a hacer en los que me quedan?
Rafael estaba muerto. Había muerto hacía muchos años. En
su situación actual era una gran ventaja, al menos para un
muerto anónimo como él. Volver a nacer resultaba más fácil
para un muerto que para alguien vivo y con nombre. Podía
crearse a su propia imagen y semejanza. Nadie echa de menos a un
muerto anónimo que se llama Rafael Martín González y tiene 54
años.
La
noción de su propia muerte le fue de gran ayuda. Reanudó la
marcha con paso firme. En círculo, estrechando cada vez más la
esfera, más y más lejos de sus primeros pasos. Dibujando las
huellas de una espiral que se consume hasta llegar a su infinito
principio. Siguió caminando durante mucho tiempo, tanto que
llegó el día en que creyó volver a verse.
Carlos Pérez Cruz
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