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Lunes
15 de enero de 2007. A la misma hora en que comenzaba en el
Congreso de los Diputados de España el debate sobre política
antiterrorista mi gato Garfi se fijaba en un mosquito. El
mosquito veía la luz, contemplaba el espacio abierto ante él
hacia la libertad pero se topaba con la transparencia de un
cristal que le impedía la fuga. ¿Por qué no puedo volar
hacia la luz? Parecía preguntarse. Me hubiera gustado
decirle que ver la luz no siempre significa estar cerca de ella,
que aunque en ocasiones la libertad parezca estar ahí, a simple
vista, hay muros invisibles que se interponen, y que para llegar
a ella es preciso buscar el camino menos probable. Pero no supe
cómo y no pude evitar que el mosquito reincidiera en el error
una y otra vez dirigiendo su vuelo hacia el cristal.
A la misma hora en que el presidente del gobierno español
iniciaba su discurso mi gato Garfi desplegaba todas sus
habilidades, que no son muchas, para tratar de cazar al
mosquito. Podía no resultar un plato muy suculento pero al fin
y al cabo si el mosquito llegaba al plato iba a ser gracias a su
capacidad como cazador, no muy prestigiosa hasta la fecha. Me
hubiera gustado decirle que no era necesario su esfuerzo, que en
el tazón tenía como siempre había tenido la comida preparada
para cuando la necesitara y que no era necesario devorar a quien
sólo buscaba salvarse. Pero pronto caí en la cuenta de que
Garfi es, muy a su manera, un depredador y que necesita la
sangre ajena de vez en cuando, aunque sea la de una ligera mota
roja en el cristal de la ventana. Por fortuna para el mosquito y
para la higiene del cristal de mi ventana, Garfi hizo honor a su
deshonor como depredador.
A la misma hora en que el presidente del partido mayoritario de
la oposición de España empezaba su discurso de réplica mi
gato Garfi había asumido su fracaso. Me hubiera gustado decirle
que no tenía motivos para sentirse frustrado, que con haberlo
intentado ya era suficiente y que, además, había evitado una
muerte innecesaria pero caí en la cuenta de que hubiera
resultado inútil por mi parte hacérselo entender, que por
mucha bondad que hubiera en el acto para él el único consuelo
era haber derrotado a la víctima, que de lo que se trata en el
reino animal es de supervivencia y de supremacía de la raza. Lo
demás eran inocentes intentos por mi parte de convencerme de la
convivencia entre seres vivos cuando de lo que se trata es de
fortalecer la defensa y derribar al enemigo.
A la misma hora en que presidente y presidente se replicaban, en
que las bancadas aplaudían, abucheaban e insultaban, mi gata
Sue se despertó de una larga siesta y fue a buscar a Garfi.
Ambos comenzaron a corretear por el pasillo de casa, uno detrás
del otro, cada vez más deprisa. Se persiguieron hasta que uno
de ellos, no recuerdo cual, se abalanzó sobre el otro hasta
conseguir derribarlo. Creí que jugaban, creí que eran como dos
niños pequeños que no saben jugar a otra cosa que a pelear y
que luego descansarían juntos. Pero eso nunca había sucedido
ni sucedió esta vez. Tras enconarse el juego lo que quedaba era
una batalla por el poder del territorio, por el rincón del sofá
o la silla del salón. Y después cada uno por su lado.
Cuando
era noche cerrada y la radio analizaba sesuda la contienda del
congreso hice lo que todos los días hacía antes de dormir:
limpiar la caja de las piedras. Y entonces me di cuenta. Lo único
que Sue y Garfi compartían era la mierda.
Carlos Pérez Cruz
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