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Sentada
y con las piernas cruzadas parecía mirar. Su compañera
canturreaba los villancicos aflamencados que sonaban por los
altavoces mientras revestía con espumillón y luces de Navidad
las cristaleras del bar. No lo hacía con especial gracia, ni
cantar ni decorar, pero parecía distraída e incluso divertida
intentando crear ambiente navideño en un local que más que
decoración pedía empezar de cero. Apenas cuatro mesas para los
clientes; apenas cinco clientes. Ella permanecía ajena a los cánticos,
a la bulliciosa bienvenida a pastores, pastorcillos y niños Jesús
que gritaban con aparente sentido musical las histriónicas
voces sacadas de la misma grabación que el año anterior, y el
anterior del anterior, y puede que muchos años anteriores más,
habrían intentado contagiar un entusiasmo del que, desde luego,
ella carecía.
Vestía camisa y falda negra. Al negro le faltaba la intensidad
de antaño, la de lo que un día habrían sido una camisa y una
falda nuevas a las que ahora le sobraban horas de cafés,
cervezas de barril y tapas de la noche anterior. Había
abandonado minutos atrás su puesto tras la barra ante la falta
de clientes y de trabajo. Se había sentado en una silla, en un
rincón del bar, y había prestado sus ojos al vano esfuerzo de
su compañera por embellecer un minúsculo rincón sin gloria de
la ciudad de Sevilla. Aunque sus ojos, en realidad, veían pero
no miraban. Si hubiesen mirado quizá hubieran reprobado que el
espumillón resaltara la caja del contador de la luz que debería
haber permanecido oculta si aquel lugar pretendía resultar
acogedor al visitante. Pero no podía ser ese el fin de un local
cuyas paredes eran meros límites geográficos y la cristalera
la única garantía para no quedar en penumbra.
El
rostro lucía más años que los que el cuerpo tenía pero
permitía adivinar la edad del alma. La piel, demasiado blanca
para su morenez, era el dibujo rugoso de unos músculos que
apenas dibujaban una sonrisa de compromiso al día y que se habían
ido atrofiando por el peso de la inacción. Pero sobre todo los
ojos; los ojos hablaban de una resignación tan cristiana como
el fervor que profesaba cada Semana Santa a las imágenes
dolientes que paseaban por delante de su bar; imágenes capaces
de expresar con su dolor inerte la naturaleza profunda de su
propia vida y a las que ella veneraba con un sentido que
desconocía. Su fervor bebía de la misma fuente que su trabajo,
del peso de la costumbre, del mismo automatismo que le permitía
servir una cerveza a mediodía al trabajador que huía de su
responsabilidad, de la misma pulsión mecánica que le permitía
derramar una lágrima al paso de la Macarena sin pensar que esa
escultura portada a hombros de los costaleros llora no por sí,
sino por ella.
Carlos Pérez Cruz |