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Emisión: 6 Diciembre 2006
Música:
Miles Davis
Título:
Retrato Costumbrista

Sentada y con las piernas cruzadas parecía mirar. Su compañera canturreaba los villancicos aflamencados que sonaban por los altavoces mientras revestía con espumillón y luces de Navidad las cristaleras del bar. No lo hacía con especial gracia, ni cantar ni decorar, pero parecía distraída e incluso divertida intentando crear ambiente navideño en un local que más que decoración pedía empezar de cero. Apenas cuatro mesas para los clientes; apenas cinco clientes. Ella permanecía ajena a los cánticos, a la bulliciosa bienvenida a pastores, pastorcillos y niños Jesús que gritaban con aparente sentido musical las histriónicas voces sacadas de la misma grabación que el año anterior, y el anterior del anterior, y puede que muchos años anteriores más, habrían intentado contagiar un entusiasmo del que, desde luego, ella carecía.

Vestía camisa y falda negra. Al negro le faltaba la intensidad de antaño, la de lo que un día habrían sido una camisa y una falda nuevas a las que ahora le sobraban horas de cafés, cervezas de barril y tapas de la noche anterior. Había abandonado minutos atrás su puesto tras la barra ante la falta de clientes y de trabajo. Se había sentado en una silla, en un rincón del bar, y había prestado sus ojos al vano esfuerzo de su compañera por embellecer un minúsculo rincón sin gloria de la ciudad de Sevilla. Aunque sus ojos, en realidad, veían pero no miraban. Si hubiesen mirado quizá hubieran reprobado que el espumillón resaltara la caja del contador de la luz que debería haber permanecido oculta si aquel lugar pretendía resultar acogedor al visitante. Pero no podía ser ese el fin de un local cuyas paredes eran meros límites geográficos y la cristalera la única garantía para no quedar en penumbra.

El rostro lucía más años que los que el cuerpo tenía pero permitía adivinar la edad del alma. La piel, demasiado blanca para su morenez, era el dibujo rugoso de unos músculos que apenas dibujaban una sonrisa de compromiso al día y que se habían ido atrofiando por el peso de la inacción. Pero sobre todo los ojos; los ojos hablaban de una resignación tan cristiana como el fervor que profesaba cada Semana Santa a las imágenes dolientes que paseaban por delante de su bar; imágenes capaces de expresar con su dolor inerte la naturaleza profunda de su propia vida y a las que ella veneraba con un sentido que desconocía. Su fervor bebía de la misma fuente que su trabajo, del peso de la costumbre, del mismo automatismo que le permitía servir una cerveza a mediodía al trabajador que huía de su responsabilidad, de la misma pulsión mecánica que le permitía derramar una lágrima al paso de la Macarena sin pensar que esa escultura portada a hombros de los costaleros llora no por sí, sino por ella.

Carlos Pérez Cruz