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Emisión: 20 Diciembre 2006
Música:
Eleni Karaindrou, Jan Garbarek, Philip Glass y Ramón López
Título:
Solsticio de Invierno

El tren llegó hacia las once de la noche. Debía de ser el último que llegaba a aquella estación ya que incluso el puesto de información apagaba entonces sus luces. Recogió las maletas y salió del edificio. Esperaba encontrar un taxi que le acercara hasta el centro de la ciudad pero no había ninguno. Preguntó a un señor que se subía en ese momento a un coche y fue informado. Había huelga de taxistas pero, sin embargo, aquel señor no hizo ademán de invitarle a subir con él. Cerró la puerta con brusquedad y salió de allí a gran velocidad. Miró a su alrededor y no vio a nadie más. Incluso la estación estaba ya en penumbra. ¿Cuándo había pasado todo aquello? El aparcamiento de la estación pertenecía ya a la noche, sometido a los designios del juego de sombras de una fina niebla.

Dejó apoyadas las maletas sobre la pared del edificio y caminó indeciso de un lado a otro tratando de encontrar una solución. Alguien tenía que estar allí, alguien que le indicara cómo llegar a la ciudad o que le pudiera llevar. Pero de la estación no surgía sonido alguno, no brillaba ninguna luz, por pequeña que fuera, que diera esperanza a su problema. Le parecía extraño todo aquello, estaba sólo pero, sin embargo, se sentía observado, como si alguien le pusiera a prueba y estuviera escondido divirtiéndose a su costa.

Sacó del bolsillo derecho del abrigo el teléfono móvil y llamó al número de la policía local. Es lo primero que se le ocurrió pero, sin embargo, no recibió respuesta alguna, ni siquiera hubo señal de llamada. Miró extrañado la pantalla del teléfono y comprobó que todo estaba en orden. Marcó entonces el número de su casa para hablar con su mujer, para  informarle sobre el final del viaje y contarle la situación en la que se encontraba. Pero no pudo hacerlo, no hubo señal. Aquello empezaba a inquietarle. No tenía más ideas, estaba cansado y sentía el húmedo frío de la noche de diciembre calarle los huesos hasta lo más profundo. Necesitaba una ducha caliente, algo de cenar y dormir antes de la intensa jornada de trabajo que le esperaba al día siguiente.

Cogió las maletas y utilizó su intuición como brújula para caminar en una dirección. Cuanto más esperara más tarde llegaría la solución. Avistó un cartel que indicaba la dirección hacia el centro de la ciudad y respiró algo aliviado. Debería andar un rato pero, al menos, si conseguía llegar hasta la ciudad allí alguien podría llevarle a su hotel o al menos indicarle el camino. Menos mal que una de las maletas tenía ruedas porque la otra debía llevarla a hombros. Quizá hubiera suerte y algún coche parara en su auxilio. Detuvo la marcha y volvió a marcar el número de la policía. De nuevo no hubo respuesta, de nuevo no hubo señal. A su derecha un descampado y algo más lejos lo que parecía ser un polígono industrial. A su izquierda un bloque de viviendas en construcción al que la niebla convertía en una ciudad fantasma de la que repentinamente apartó la mirada.

Sentía el traqueteo de las ruedas de la maleta sobre las baldosas como un taladro dentro de sus oídos. No sabía si era el cansancio lo que le irritaba o que éste fuera el único sonido a su alrededor. ¿Dónde estaban los coches? Le hubiera encantado escuchar uno pero ninguno circulaba a esas horas o quizá fuera porque aquella zona estaba siendo todavía urbanizada. Ni rastro de más vida que la suya, a no ser porque frente a él, algo lejos todavía, se adivinaban las luces de las viviendas de la ciudad que se situaba en lo alto de una pequeña colina. Una situación defensiva en guerras pasadas que entonces le pareció ofensiva para su resistencia física. Volvió a marcar el número de la policía y volvió a fracasar. Alzó la vista y frenó en seco la marcha. ¿Dónde estaba la ciudad? Miró hacia atrás. La acera no había girado en ningún momento y la ciudad debía quedar frente a él. Pero no la veía. Le pareció absurdo frotarse los ojos pero lo hizo por si acaso; no era su vista la que fallaba, era la ciudad la que se había perdido en la noche y no era la niebla la culpable, apenas había. Quiso gritar su frustración pero entonces, en el momento en que comenzaba a maldecir su suerte, quedó completamente a oscuras, quedó ciego en la noche. Había resuelto una incógnita, la de la desaparición de la ciudad, pero se le abría una no menos importante: ¿cómo moverse a ciegas?

Se puso nervioso, dejó caer al suelo la maleta de su hombro y miró, miró lo más fijamente que supo pero no vio nada. Esperó a que su vista se acostumbrara a la noche pero no vio nada más que alguna estrella en el cielo que asomaba su luz entre la capa de fina niebla. Ni siquiera la luna estaba allí para ayudarle. Era ciego, un ciego circunstancial, pero un ciego novato que debía aprender a manejarse en la noche en un lugar que le era totalmente nuevo y desconocido. Gritó, pidió auxilio, pero sólo recibió como respuesta el lejano ladrido de unos perros cuya voz amplificaban los vacíos pisos por construir de la urbanización. Un terrible escalofrío recorrió su cuerpo en ese momento. Rebuscó en el bolsillo derecho de su abrigo y sacó el móvil. Apretó una tecla y entonces vio, vio su propio cuerpo por unos instantes y vio que la batería del móvil rozaba el final de la carga. Aquella no iba a poder ser la linterna que guiara su rumbo.

Se sentó sobre la maleta con ruedas y esperó. Quizá fuera cosa de unos minutos. ¿Qué ciudad se puede permitir vivir sin electricidad? Era una noche demasiado fría como para dejar a miles de ciudadanos sin calefacción. Esperó. Sólo escuchaba su respiración, de vez en cuando el ladrido lejano y amplificado de esos perros y nada más. Se levantó y comenzó a saltar. Estaba tiritando. Si empezaba a correr corría el riesgo de despistar las maletas así que saltó sobre sí mismo. Saltar le ayudó a perder algo de frío pero no lo suficiente como para sentirse bien. Volvió a sentarse. Se fue impacientando por momentos, gritó de nuevo en busca de auxilio y recibió por respuesta los ladridos de los mismos perros que antes. Respiró profundo para calmarse pero sintió cómo un bloque de hielo entraba por sus fosas nasales. Se levantó, cogió la maleta al hombro y comenzó a caminar arrastrando la otra. Creía haber visto antes una larga línea recta hacia la ciudad, o al menos por unos cuantos metros más. Mientras sintiera el traqueteo de la maleta iría en buena dirección y, además, la luz no tardaría en volver según le dictaba la lógica y le hacía desear el miedo. Lo que fuera, pero quieto no podía permanecer, hacía demasiado frío.

Él, al que de habitual le ponía de los nervios el sonido de las ruedas de la maleta al caminar por aceras como aquella de baldosas talladas con pequeños cuadraditos, encontraba en aquella información sonora el único consuelo momentáneo a tanta desgracia. Sabía en su interior que con el tiempo se reiría de todo aquello pero entonces todo estaba por resolver, el final por conocer y la dimensión de la anécdota abierta todavía. De momento era un náufrago en tierra firme que intentaba encontrar algo de vida humana que le ayudara en su deriva.

Siguió caminando hasta que llegó el momento que tanto había temido. El discurso uniforme de las ruedas se rompió de pronto bruscamente. La maleta había bajado un peldaño, había bajado seguramente a la calzada; no lo sabía, nada se veía y todo era intuición; sonaba como sólo lo hace una maleta sobre la superficie rugosa del asfalto. Siguió andando hasta tropezar con un nuevo obstáculo. De nuevo una acera, de nuevo el traqueteo, pero le esperaba otro obstáculo. No había frente posible, al menos frente para la dirección de sus pies. Aquello era una valla, aquello era una acera que invitaba a derecha o a izquierda, pero no a su frente. El camino intuido había llegado a su fin, el apagón no. Miró al cielo sin saber muy bien qué buscaba; ¿la estrella polar?, pensó. No había estrellas, había niebla, o lo supuso de la negritud del cielo y de la horrible humedad que se abría paso entre la ropa. ¿Izquierda o derecha? ¿Derecha o izquierda? Pito pito, gorgorito... a la izquierda.

Apoyó su mano derecha en la valla. De vez en cuando se topaba con alguna columna y tenía que bordearla. Caminaba lento, muy lento según el sonido de la maleta, deseó ver pero era ciego, circunstancial pero ciego sin formación de ciego. Ni un coche, ni unos pasos, ni una linterna dentro de alguna casa cercana. Volvió a encender el móvil. Aunque fuera un segundo, necesitaba ver, comprobar que era su cuerpo el que caminaba, que todo era verdad aunque pareciera mentira. Se vio un instante y oyó la queja del teléfono que muere sin batería. Pero no vio más que su cuerpo envuelto por la niebla que todo lo había conquistado, o al menos a él.

Caminó y caminó, no mucho, era lento el paso, hasta volver a encontrar un final y un principio y la misma incertidumbre, y la misma angustia y la misma indecisión del
pito pito gorgorito y la luz que no existía y el tiempo que pasaba y ninguna voz se quejaba, sólo la suya pidiendo ayuda y recibiendo siempre la misma respuesta, o ninguna según se mire. Y siguió caminando hasta que sintió vano su intento, hasta que la frustración y el miedo agarrotaron sus pasos y los detuvieron en un punto indeterminado de la noche que sería concreto con la luz del día. Se arrodilló, palpó el suelo a su alrededor y sintió cada uno de los cuadraditos de las baldosas de la acera que habían sido su guía en el roce con las ruedas de la maleta. Buscó la cremallera que abriera la maleta que llevaba al hombro y encontró una toalla. La sacó y la extendió sobre el suelo. Abrió la otra maleta y rebuscó. Encontró un par de jerseys, los sacó. Se tumbó sobre la toalla, extendió uno de los jerseys sobre el tronco y otro sobre sus piernas. Se encogió y se sintió como el feto que un día fue, ahora sin el calor de su madre, perdido, angustiado y aterido de frío.

Abrió los ojos. Debía haberse quedado dormido, pensó. Estaba temblando de frío, nunca lo había sentido tan intenso pero... ¡podía ver! ¡Había luz a su alrededor y podía ver y mirar y describir su entorno! Era una luz mortecina, debía de estar amaneciendo. Se incorporó y miró. Miró y vio las maletas, una a su izquierda, otra a su derecha. La toalla bajo su cuerpo y los dos jerseys que ya no le cubrían. Le pareció absurdo frotarse los ojos pero lo hizo por si acaso; o su vista la fallaba o aquello era la habitación del hotel que no podía encontrar anoche, el hotel que no podía ver en aquella ciudad que se había perdido ante sus ojos antes de perderse él mismo en la noche más larga y fría de su vida.

Carlos Pérez Cruz