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El
tren llegó hacia las once de la noche. Debía de ser el último
que llegaba a aquella estación ya que incluso el puesto de
información apagaba entonces sus luces. Recogió las maletas y
salió del edificio. Esperaba encontrar un taxi que le acercara
hasta el centro de la ciudad pero no había ninguno. Preguntó a
un señor que se subía en ese momento a un coche y fue
informado. Había huelga de taxistas pero, sin embargo, aquel señor
no hizo ademán de invitarle a subir con él. Cerró la puerta
con brusquedad y salió de allí a gran velocidad. Miró a su
alrededor y no vio a nadie más. Incluso la estación estaba ya
en penumbra. ¿Cuándo había pasado todo aquello? El
aparcamiento de la estación pertenecía ya a la noche, sometido
a los designios del juego de sombras de una fina niebla.
Dejó apoyadas las maletas sobre la pared del edificio y caminó
indeciso de un lado a otro tratando de encontrar una solución.
Alguien tenía que estar allí, alguien que le indicara cómo
llegar a la ciudad o que le pudiera llevar. Pero de la estación
no surgía sonido alguno, no brillaba ninguna luz, por pequeña
que fuera, que diera esperanza a su problema. Le parecía extraño
todo aquello, estaba sólo pero, sin embargo, se sentía
observado, como si alguien le pusiera a prueba y estuviera
escondido divirtiéndose a su costa.
Sacó del bolsillo derecho del abrigo el teléfono móvil y llamó
al número de la policía local. Es lo primero que se le ocurrió
pero, sin embargo, no recibió respuesta alguna, ni siquiera
hubo señal de llamada. Miró extrañado la pantalla del teléfono
y comprobó que todo estaba en orden. Marcó entonces el número
de su casa para hablar con su mujer, para
informarle sobre el final del viaje y contarle la situación
en la que se encontraba. Pero no pudo hacerlo, no hubo señal.
Aquello empezaba a inquietarle. No tenía más ideas, estaba
cansado y sentía el húmedo frío de la noche de diciembre
calarle los huesos hasta lo más profundo. Necesitaba una ducha
caliente, algo de cenar y dormir antes de la intensa jornada de
trabajo que le esperaba al día siguiente.
Cogió las maletas y utilizó su intuición como brújula para
caminar en una dirección. Cuanto más esperara más tarde
llegaría la solución. Avistó un cartel que indicaba la
dirección hacia el centro de la ciudad y respiró algo
aliviado. Debería andar un rato pero, al menos, si conseguía
llegar hasta la ciudad allí alguien podría llevarle a su hotel
o al menos indicarle el camino. Menos mal que una de las maletas
tenía ruedas porque la otra debía llevarla a hombros. Quizá
hubiera suerte y algún coche parara en su auxilio. Detuvo la
marcha y volvió a marcar el número de la policía. De nuevo no
hubo respuesta, de nuevo no hubo señal. A su derecha un
descampado y algo más lejos lo que parecía ser un polígono
industrial. A su izquierda un bloque de viviendas en construcción
al que la niebla convertía en una ciudad fantasma de la que
repentinamente apartó la mirada.
Sentía el traqueteo de las ruedas de la maleta sobre las
baldosas como un taladro dentro de sus oídos. No sabía si era
el cansancio lo que le irritaba o que éste fuera el único
sonido a su alrededor. ¿Dónde estaban los coches? Le hubiera
encantado escuchar uno pero ninguno circulaba a esas horas o
quizá fuera porque aquella zona estaba siendo todavía
urbanizada. Ni rastro de más vida que la suya, a no ser porque
frente a él, algo lejos todavía, se adivinaban las luces de
las viviendas de la ciudad que se situaba en lo alto de una
pequeña colina. Una situación defensiva en guerras pasadas que
entonces le pareció ofensiva para su resistencia física. Volvió
a marcar el número de la policía y volvió a fracasar. Alzó
la vista y frenó en seco la marcha. ¿Dónde estaba la ciudad?
Miró hacia atrás. La acera no había girado en ningún momento
y la ciudad debía quedar frente a él. Pero no la veía. Le
pareció absurdo frotarse los ojos pero lo hizo por si acaso; no
era su vista la que fallaba, era la ciudad la que se había
perdido en la noche y no era la niebla la culpable, apenas había.
Quiso gritar su frustración pero entonces, en el momento en que
comenzaba a maldecir su suerte, quedó completamente a oscuras,
quedó ciego en la noche. Había resuelto una incógnita, la de
la desaparición de la ciudad, pero se le abría una no menos
importante: ¿cómo moverse a ciegas?
Se puso nervioso, dejó caer al suelo la maleta de su hombro y
miró, miró lo más fijamente que supo pero no vio nada. Esperó
a que su vista se acostumbrara a la noche pero no vio nada más
que alguna estrella en el cielo que asomaba su luz entre la capa
de fina niebla. Ni siquiera la luna estaba allí para ayudarle.
Era ciego, un ciego circunstancial, pero un ciego novato que debía
aprender a manejarse en la noche en un lugar que le era
totalmente nuevo y desconocido. Gritó, pidió auxilio, pero sólo
recibió como respuesta el lejano ladrido de unos perros cuya
voz amplificaban los vacíos pisos por construir de la
urbanización. Un terrible escalofrío recorrió su cuerpo en
ese momento. Rebuscó en el bolsillo derecho de su abrigo y sacó
el móvil. Apretó una tecla y entonces vio, vio su propio
cuerpo por unos instantes y vio que la batería del móvil
rozaba el final de la carga. Aquella no iba a poder ser la
linterna que guiara su rumbo.
Se sentó sobre la maleta con ruedas y esperó. Quizá fuera
cosa de unos minutos. ¿Qué ciudad se puede permitir vivir sin
electricidad? Era una noche demasiado fría como para dejar a
miles de ciudadanos sin calefacción. Esperó. Sólo escuchaba
su respiración, de vez en cuando el ladrido lejano y
amplificado de esos perros y nada más. Se levantó y comenzó a
saltar. Estaba tiritando. Si empezaba a correr corría el riesgo
de despistar las maletas así que saltó sobre sí mismo. Saltar
le ayudó a perder algo de frío pero no lo suficiente como para
sentirse bien. Volvió a sentarse. Se fue impacientando por
momentos, gritó de nuevo en busca de auxilio y recibió por
respuesta los ladridos de los mismos perros que antes. Respiró
profundo para calmarse pero sintió cómo un bloque de hielo
entraba por sus fosas nasales. Se levantó, cogió la maleta al
hombro y comenzó a caminar arrastrando la otra. Creía haber
visto antes una larga línea recta hacia la ciudad, o al menos
por unos cuantos metros más. Mientras sintiera el traqueteo de
la maleta iría en buena dirección y, además, la luz no tardaría
en volver según le dictaba la lógica y le hacía desear el
miedo. Lo que fuera, pero quieto no podía permanecer, hacía
demasiado frío.
Él, al que de habitual le ponía de los nervios el sonido de
las ruedas de la maleta al caminar por aceras como aquella de
baldosas talladas con pequeños cuadraditos, encontraba en
aquella información sonora el único consuelo momentáneo a
tanta desgracia. Sabía en su interior que con el tiempo se reiría
de todo aquello pero entonces todo estaba por resolver, el final
por conocer y la dimensión de la anécdota abierta todavía. De
momento era un náufrago en tierra firme que intentaba encontrar
algo de vida humana que le ayudara en su deriva.
Siguió caminando hasta que llegó el momento que tanto había
temido. El discurso uniforme de las ruedas se rompió de pronto
bruscamente. La maleta había bajado un peldaño, había bajado
seguramente a la calzada; no lo sabía, nada se veía y todo era
intuición; sonaba como sólo lo hace una maleta sobre la
superficie rugosa del asfalto. Siguió andando hasta tropezar
con un nuevo obstáculo. De nuevo una acera, de nuevo el
traqueteo, pero le esperaba otro obstáculo. No había frente
posible, al menos frente para la dirección de sus pies. Aquello
era una valla, aquello era una acera que invitaba a derecha o a
izquierda, pero no a su frente. El camino intuido había llegado
a su fin, el apagón no. Miró al cielo sin saber muy bien qué
buscaba; ¿la estrella polar?, pensó. No había estrellas, había
niebla, o lo supuso de la negritud del cielo y de la horrible
humedad que se abría paso entre la ropa. ¿Izquierda o derecha?
¿Derecha o izquierda? Pito
pito, gorgorito...
a la izquierda.
Apoyó su mano
derecha en la valla. De vez en cuando se topaba con alguna
columna y tenía que bordearla. Caminaba lento, muy lento según
el sonido de la maleta, deseó ver pero era ciego,
circunstancial pero ciego sin formación de ciego. Ni un coche,
ni unos pasos, ni una linterna dentro de alguna casa cercana.
Volvió a encender el móvil. Aunque fuera un segundo,
necesitaba ver, comprobar que era su cuerpo el que caminaba, que
todo era verdad aunque pareciera mentira. Se vio un instante y
oyó la queja del teléfono que muere sin batería. Pero no vio
más que su cuerpo envuelto por la niebla que todo lo había
conquistado, o al menos a él.
Caminó y caminó, no mucho, era lento el paso, hasta volver a
encontrar un final y un principio y la misma incertidumbre, y la
misma angustia y la misma indecisión del pito
pito gorgorito y la
luz que no existía y el tiempo que pasaba y ninguna voz se
quejaba, sólo la suya pidiendo ayuda y recibiendo siempre la
misma respuesta, o ninguna según se mire. Y siguió caminando
hasta que sintió vano su intento, hasta que la frustración y
el miedo agarrotaron sus pasos y los detuvieron en un punto
indeterminado de la noche que sería concreto con la luz del día.
Se arrodilló, palpó el suelo a su alrededor y sintió cada uno
de los cuadraditos de las baldosas de la acera que habían sido
su guía en el roce con las ruedas de la maleta. Buscó la
cremallera que abriera la maleta que llevaba al hombro y encontró
una toalla. La sacó y la extendió sobre el suelo. Abrió la
otra maleta y rebuscó. Encontró un par de jerseys, los sacó.
Se tumbó sobre la toalla, extendió uno de los jerseys sobre el
tronco y otro sobre sus piernas. Se encogió y se sintió como
el feto que un día fue, ahora sin el calor de su madre,
perdido, angustiado y aterido de frío.
Abrió
los ojos. Debía haberse quedado dormido, pensó. Estaba
temblando de frío, nunca lo había sentido tan intenso pero...
¡podía ver! ¡Había luz a su alrededor y podía ver y mirar y
describir su entorno! Era una luz mortecina, debía de estar
amaneciendo. Se incorporó y miró. Miró y vio las maletas, una
a su izquierda, otra a su derecha. La toalla bajo su cuerpo y
los dos jerseys que ya no le cubrían. Le
pareció absurdo frotarse los ojos pero lo hizo por si acaso; o
su vista la fallaba o aquello era la habitación del hotel que
no podía encontrar anoche, el hotel que no podía ver en
aquella ciudad que se había perdido ante sus ojos antes de
perderse él mismo en la noche más larga y fría de su vida.
Carlos Pérez Cruz
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