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DÍA
CERO
Tarde pero ha llegado la hora. Hace unos años solía ser antes,
pero las cosas ya no son como entonces y todo está cambiando.
La luz del verano sigue muriendo en el momento preciso pero la
temperatura se resiste a bajar y las lluvias remolonean su
descarga. El momento de partir hacia el Sur se ha retrasado una
vez más y serán menos las horas de luz para hacer el largo
viaje a África. Los días más cortos, pero el objetivo el
mismo: llegar y, a poder ser, llegar vivos.
SUECIA
Hâllbus y Magnus transitaban por una estrecha carretera entre
el bosque. Conducía Magnus y Hâllbus ojeaba el periódico del
día. Eran veintitrés kilómetros entre uno y otro pueblo y la
furgoneta iba cargada. Era una de esas mañanas interminables
que empiezan a las siete y finalizan cuando se llega al último
pueblo, así que el tiempo de trabajo dependía del tráfico, de
la climatología y de la celeridad con la que descargaran en las tiendas a las que abastecían. El tráfico
no era muy denso por esa carretera, peor sería más tarde
cuando tomaran la principal, y la climatología acompañaba una
vez más.
Magnus rompió el silencio y la lectura de Hâllbus para hacer
una observación. ¡Vaya día que va a hacer hoy! Hâllbus
no contestó, simplemente dejó caer el periódico sobre sus
piernas y miró por la ventanilla del coche hacia el cielo.
Azul, un azul radiante que sólo rompía la silueta de los árboles
que envolvían la carretera. Permaneció mirando unos instantes.
Tenía la mirada perdida. No es que le interesara demasiado el
cielo pero el cansancio por un nuevo madrugón le hacía
sentirse casi drogado y mover de nuevo los ojos le parecía un
ejercicio demasiado exigente.
Estaba prácticamente hipnotizado por el cielo azul cuando una
mancha negra le despertó de su letargo. Enfocó de nuevo la
vista y los vio. Una enorme bandada de pájaros en formación
volaba hacia el Sur. Fue entonces cuando Hâllbus se giró hacia
Magnus para contestarle. No por mucho tiempo.
MAR BÁLTICO
El zorro se convirtió en una flecha casi perfecta que se
desvaneció al poco formando un semicírculo. Al menos eso le
pareció ver a Nils en el cielo durante el pequeño respiro que
se tomó antes de seguir limpiando la cubierta del barco.
ALEMANIA
Hans regresaba a casa. Intentó serenarse antes de coger el
volante. Sabía que su estado no era el más adecuado para
conducir pero ¡qué son cinco kilómetros! Sólo tenía
que extremar la precaución, abrir sus grandes ojos y no
apartarlos de la carretera.
Era de noche y tenía algo de sueño, además de unos
cuantos litros de cerveza en el cuerpo. Encendió la radio local
que, como correspondía, emitía unas cuantas canciones festivas
con motivo de la Oktoberfest. Canturreó con la radio
mientras recorría los primeros metros de su camino. Se sentía
algo inseguro pero seguro de conocer la ruta. Además, era
demasiado tarde para que la policía no hubiera sucumbido a la
seducción de los barriles. ¡Coño, las luces! Las
encendió después de que retumbara en sus oídos el claxon de
un enorme camión que circulaba en sentido contrario al suyo.
Sintió entonces que todo el alcohol le había caído a los
pies. En parte porque el susto había hecho que se orinara
encima y las gotas de pis recorrían sus piernas hasta llegar a
los pies. En parte también porque sintió cómo la adrenalina
había recorrido su cuerpo hasta hacerle sentir casi sobrio. Venga,
un par de kilómetros y en casa. Respiró profundo y frenó
la velocidad de la marcha. Justo entonces, y tras doblar una
curva, vio que algo negro estaba en medio de la calzada. No supo
distinguir de qué se trataba pero trató de evitarlo. Giró el
volante más bruscamente de lo que necesitaba y el coche comenzó
a dar unas cuantas vueltas de campana. Unas pocas horas después
la policía encontró el cadáver de Hans, el coche destrozado y
las huellas del vehículo que se desviaban de su trayectoria un
metro antes del cuerpo de un pájaro muerto.
BÉLGICA
El anciano Wim paseaba muy temprano, como de costumbre, por
Bruselas. No dormía mucho y madrugar le permitía disfrutar de
la tranquilidad antes de que la ciudad se viera invadida por el
bullicio de turistas, coches y ciudadanos camino de cualquier
parte. Pasó como cada mañana por la Gran Plaza y se acercó
hasta la estatua del Manneken Pis. Un pájaro hacía equilibrios
sobre el pequeño pene monumental y bebía el líquido que de él
salía. Wim sonrió, pero sólo hasta que vio que el pájaro
dejaba un recuerdo de su paso por allí. Torció el gesto,
recogió una pequeña piedra y la lanzó hacia el visitante. La
piedra no llegó a alcanzar su objetivo ya que el pájaro alzó
el vuelo antes del impacto pero la piedra sí que alcanzó un
objetivo. Dibujó una pequeña herida en la frente del niño de
bronce.
FRANCIA
Henri paseaba con su padre Jean François por uno de los parques
menos transitados de París. Era domingo y el aroma de la ciudad
somnolienta lo impregnaba todo. El sol se filtraba a través de
la ligera niebla de la mañana y, aunque algo fresquita, la
temperatura invitaba a pasear. Jean François guardaba bajo el
brazo el periódico del día que ojearía en una cafetería a la
que siempre acudía los domingos. Henri, agarrado a la mano
izquierda de su padre, lo miraba todo con ojos algo caídos por
el sueño pero permanecía atento a cada detalle y siempre
dispuesto a preguntarle a su padre. De pronto un ave muerta
apareció ante ellos en medio del camino. Jean François cambió
el rumbo para esquivarla y, para evitar que su hijo la viera, le
indicó con el dedo que mirara a un perro que jugueteaba metros
más allá. Sin embargo Henri detuvo la marcha. Hizo ademán de
agacharse a coger aquel pájaro pero su padre le detuvo y le
recriminó. ¡Caca! ¡Eso es caca! El niño miró
fijamente a su padre, le quitó el periódico del brazo y recogió
con él el cadáver. Pisó la hierba, cogió una pequeña rama y
comenzó a escarbar el suelo hasta que hizo un agujero lo
suficientemente grande como para enterrar al muerto.
ESPAÑA
Cuando la bandada se disponía a dejar atrás el gran obstáculo
de los Pirineos fue recibida con una salva de disparos que acabó
con cinco de ellos.
OCÉANO ATLÁNTICO
Unas cincuenta personas se apilaban en una pequeña barcaza. El
cansancio, la sed, el hambre, la incertidumbre... todo eso
afectaba el ánimo inquieto de hombres, mujeres y niños que
apenas podían moverse en tan pequeño espacio. Al menos el mar
estaba en una relativa calma en las primeras horas de luz pero
el riesgo era grande para quienes sólo pretendían encontrar
algo mejor para sus vidas, un poco de esperanza y de dignidad.
Ndioro sujetaba en brazos a su hijo de meses que dormía ajeno a
todo bajo una manta que apenas cubría a la madre. Pronto
despertaría y rompería el sonoro silencio que todavía reinaba
en la embarcación. El mar, el cielo y los primeros rayos de sol
eran el único paisaje que Ndioro podía ver además de los
exhaustos rostros de sus compañeros de aventura. Miró una vez
más a su hijo dormido hasta que algo la distrajo. Era un sonido
que venía del cielo y se hacía cada vez más presente. Alzó
la mirada y vio sobre sus cabezas el dibujo de una flecha que se
dirigía allá de donde ella escapaba. Comenzó a llorar y
despertó al niño.
EN UN LUGAR DE ÁFRICA
El
pájaro parecía distraído en la rama del árbol. El niño
escaló hasta la rama y sin tiempo para que éste reaccionara
quedó atrapado entre sus manos. Saltó con él al suelo y lo
metió rápidamente en la jaula con la que le esperaba su
hermano. El ave revoloteaba furiosa dentro pero sólo conseguía
hacerse daño. Detuvo frustrado su intento de fuga. Los dos
hermanos corrieron con la jaula hasta llegar a la comisaría del
pueblo. El más pequeño se subió a los hombros de su hermano
que le dio después la jaula. Aún hubo de estirarse unos centímetros
hasta llegar a depositarla en la ventana de la celda en la que
se encontraba su padre, preso tras intentar huir del país.
Carlos Pérez Cruz |