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Lo
hago siempre antes de acostarme. Me asomo durante unos instantes
por la ventana y echo un vistazo a la noche. Hace ya tanto
tiempo que lo hago que no puedo recordar cuándo empecé esta
costumbre. No importa donde me encuentre, ya sea en mi propia
casa o en un hotel, en la ciudad o en la montaña, incluso en la
playa, necesito mi momento a solas con la noche antes de
perderme en ella. Hablo de memoria pero me atrevería a asegurar
que no ha habido noche en los últimos años en que haya dejado
de asomarme a excepción, claro está, de aquella vez que viví
en la noche y sólo pude asomarme de día y de esta última
semana.
Si tuviera que describir lo que veo no sería muy diferente cada
vez. Me asomo siempre a la una de la madrugada, cuando escucho
las señales horarias de la radio del vecino. A esa hora apago
siempre el ordenador y abro la ventana. Y ahí empieza mi ritual
personal antes de irme a la cama. El tiempo que dedico a mirar
depende de mi estado de ánimo o del frío que haga en la calle,
pero hay veces que puedo llegar a quedarme media hora, a veces sólo
unos segundos, lo justo para poder echar un breve vistazo y ver
que todo sigue en su sitio.
Ya digo que no hay nada especialmente diferente cada vez, sólo
los fines de semana se suele ver gente, normalmente jóvenes que
van o vienen con unas copas de más y no piensan en el
vecindario. Algunos gritan e incluso algunos han llegado a mear
entre los coches. No es una calle muy transitada, está algo
alejada del centro, así que se sienten con cierta libertad para
hacer lo que quieran sin ser vistos. Aunque esa no es la
realidad, yo suelo estar ahí presente para incomodarles, menos
a un chico que pareció excitarle mi ojo censor.
Los mejores días para mí son los lunes, los martes y los miércoles.
No hay un alma en la calle y ni siquiera se escucha un coche a
lo lejos. Es la situación ideal para poder relajarme. Como no
soy fumador aprovecho para fumar vaho en invierno, y sobre todo
aprovecho para llenarme de silencio, para borrar de mis oídos
el insufrible ventilador del ordenador y el incesante sonar del
teléfono. Es un silencio tan sonoro que en ocasiones he creído
escuchar el río que rodea la ciudad, pero eso probablemente era
producto de mi imaginación. Más de una vez he pensado dormir
de día y trabajar de noche, pero la ciudad es un hervidero de
ruidos y me resultaría imposible descansar.
A veces al asomarme pierdo completamente la noción de lo que
estoy viendo y si una persona camina ante mis ojos es como si no
existiera, si un coche circula no llego a oírlo y si es noche
de luna no soy capaz de darme cuenta. La mayor parte de las
veces la noche ha sabido animarme tras un mal día, ha sabido
darme las ideas necesarias para que el día siguiente merezca la
pena; la mayoría de mis proyectos han nacido de ese instante en
la ventana.
Durante estos años la ventana y la noche han sido mi antídoto
contra la depresión. Dicen que la noche es el momento del día
para los soñadores. Por eso he buscado tantas veces consuelo en
ella y nunca me había fallado hasta que hace unos días al
asomarme me invadió una terrible sensación de vacío y un
enorme agujero se abrió en mi estómago. Cerré con un golpe la
ventana y no me atreví a abrirla de nuevo. Me fui corriendo
hacia la cama y como si fuera un niño pequeño me escondí
debajo de las sábanas.
Esto
me ocurrió hace una semana. Desde entonces, por primera vez en
años y a excepción de aquella vez que viví de noche, no me he
vuelto a asomar hasta hoy. Quizá ha sido por superstición, no
lo sé, porque la semana ha sido horrible y necesitaba volver a
intentar encontrar consuelo en lo que nunca me había fallado.
Ha sido más fácil de lo que había imaginado y la noche me ha
recibido como de costumbre. Por un momento me he sentido
reconfortado, he olvidado la mierda de semana y he fumado
un poco de vaho. Todo muy bien, como siempre, hasta que han
aparecido dos señores vestidos con un buzo amarillo. Han
cerrado la calle al tráfico y han empezado a repintar las líneas
discontinuas de la calzada. Apenas hablaban entre sí. Me he
quedado mirándoles mientras realizaban su trabajo; me ha
parecido un tanto aburrido, rutinario, sin sentido incluso, creo
que he llegado a bostezar más de aburrimiento que de cansancio
de sólo pensar en mí haciendo aquello, hasta que uno de ellos
se ha salido de la línea y, ante la mirada atónita de su compañero
y la mía, ha dibujado un enorme interrogante blanco sobre el
asfalto.
Carlos Pérez Cruz |