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Emisión: 22 Noviembre 2006
Música:
Dave Holland y John Abercrombie, Marc Johnson, Peter Erskine & John Surman
Título:
La Ventana

Lo hago siempre antes de acostarme. Me asomo durante unos instantes por la ventana y echo un vistazo a la noche. Hace ya tanto tiempo que lo hago que no puedo recordar cuándo empecé esta costumbre. No importa donde me encuentre, ya sea en mi propia casa o en un hotel, en la ciudad o en la montaña, incluso en la playa, necesito mi momento a solas con la noche antes de perderme en ella. Hablo de memoria pero me atrevería a asegurar que no ha habido noche en los últimos años en que haya dejado de asomarme a excepción, claro está, de aquella vez que viví en la noche y sólo pude asomarme de día y de esta última semana.

Si tuviera que describir lo que veo no sería muy diferente cada vez. Me asomo siempre a la una de la madrugada, cuando escucho las señales horarias de la radio del vecino. A esa hora apago siempre el ordenador y abro la ventana. Y ahí empieza mi ritual personal antes de irme a la cama. El tiempo que dedico a mirar depende de mi estado de ánimo o del frío que haga en la calle, pero hay veces que puedo llegar a quedarme media hora, a veces sólo unos segundos, lo justo para poder echar un breve vistazo y ver que todo sigue en su sitio.

Ya digo que no hay nada especialmente diferente cada vez, sólo los fines de semana se suele ver gente, normalmente jóvenes que van o vienen con unas copas de más y no piensan en el vecindario. Algunos gritan e incluso algunos han llegado a mear entre los coches. No es una calle muy transitada, está algo alejada del centro, así que se sienten con cierta libertad para hacer lo que quieran sin ser vistos. Aunque esa no es la realidad, yo suelo estar ahí presente para incomodarles, menos a un chico que pareció excitarle mi ojo censor.

Los mejores días para mí son los lunes, los martes y los miércoles. No hay un alma en la calle y ni siquiera se escucha un coche a lo lejos. Es la situación ideal para poder relajarme. Como no soy fumador aprovecho para fumar vaho en invierno, y sobre todo aprovecho para llenarme de silencio, para borrar de mis oídos el insufrible ventilador del ordenador y el incesante sonar del teléfono. Es un silencio tan sonoro que en ocasiones he creído escuchar el río que rodea la ciudad, pero eso probablemente era producto de mi imaginación. Más de una vez he pensado dormir de día y trabajar de noche, pero la ciudad es un hervidero de ruidos y me resultaría imposible descansar.

A veces al asomarme pierdo completamente la noción de lo que estoy viendo y si una persona camina ante mis ojos es como si no existiera, si un coche circula no llego a oírlo y si es noche de luna no soy capaz de darme cuenta. La mayor parte de las veces la noche ha sabido animarme tras un mal día, ha sabido darme las ideas necesarias para que el día siguiente merezca la pena; la mayoría de mis proyectos han nacido de ese instante en la ventana.

Durante estos años la ventana y la noche han sido mi antídoto contra la depresión. Dicen que la noche es el momento del día para los soñadores. Por eso he buscado tantas veces consuelo en ella y nunca me había fallado hasta que hace unos días al asomarme me invadió una terrible sensación de vacío y un enorme agujero se abrió en mi estómago. Cerré con un golpe la ventana y no me atreví a abrirla de nuevo. Me fui corriendo hacia la cama y como si fuera un niño pequeño me escondí debajo de las sábanas.

Esto me ocurrió hace una semana. Desde entonces, por primera vez en años y a excepción de aquella vez que viví de noche, no me he vuelto a asomar hasta hoy. Quizá ha sido por superstición, no lo sé, porque la semana ha sido horrible y necesitaba volver a intentar encontrar consuelo en lo que nunca me había fallado. Ha sido más fácil de lo que había imaginado y la noche me ha recibido como de costumbre. Por un momento me he sentido reconfortado, he olvidado la mierda de semana y he fumado un poco de vaho. Todo muy bien, como siempre, hasta que han aparecido dos señores vestidos con un buzo amarillo. Han cerrado la calle al tráfico y han empezado a repintar las líneas discontinuas de la calzada. Apenas hablaban entre sí. Me he quedado mirándoles mientras realizaban su trabajo; me ha parecido un tanto aburrido, rutinario, sin sentido incluso, creo que he llegado a bostezar más de aburrimiento que de cansancio de sólo pensar en mí haciendo aquello, hasta que uno de ellos se ha salido de la línea y, ante la mirada atónita de su compañero y la mía, ha dibujado un enorme interrogante blanco sobre el asfalto.

Carlos Pérez Cruz