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Desalojaron
la camilla y colocaron el cuerpo sobre la mesa. Ahí quedó el
cadáver, un cuerpo que no hace mucho tuvo vida, una vida que
había sido hombre durante apenas treinta y dos años. A pesar
de que su trabajo era aquel no terminaba de asimilar que ante
sus ojos se hallaba un cuerpo inerte, un cuerpo que habría
vivido ignorando el final de su camino antes de empezar a
desvanecerse poco a poco ante sus ojos. Horas antes habría
caminado, habría orinado y defecado, quizá hubiera follado,
era joven y de aparente buen ver, aunque la belleza desaparece
del cuerpo al morir, quizá de la mano del alma. Habría
desayunado, comido y cenado, y se habría vestido para el
trabajo, abogado le habían dicho. Era fácil imaginarle como
abogado con un traje y la corbata. Aunque ahora la imagen le
resultaba ridícula. Sólo los muertos y los niños visten con
naturalidad la desnudez.
Siempre observaba el cadáver unos instantes antes de rajarlo.
Sabía que no era bueno darle muchas vueltas a aquello, que
pensar en su víctima ya fallecida no solucionaba nada y
complicaba más aún una labor a la que todavía no sabía por
qué se dedicaba. Se lo preguntaba cada vez que tenía que
hacerlo pero se le olvidaba nada más abrir las entrañas del
extraño. Le resultaba inquietante pensar que él era quien veía
el cuerpo intacto por última vez, a menos que resultara un
cuerpo deformado por la violencia de las armas o algo así, pero
no era el caso. Este era un cuerpo casi perfecto, aunque el alma
lo había abandonado y el color se había enturbiado con las
horas. Por lo demás podría haber charlado horas antes con un
cuerpo así, pero vestido y con pulso.
¿Para qué servía aquello? Sí, sabía que su veredicto valía
millones en seguros y penas de cárcel pero para todos aquellos
cuerpos, incluido el del desnudo abogado, nada importaba ya,
nada ni nadie les iba a hacer volver a una vida que entonces era
muerte segura. Su decisión podía tener enormes consecuencias,
pero no para sus clientes. Sus clientes opinaban silencio y se
mostraban por última vez ante alguien antes de desaparecer para
siempre.
¿Por qué no empezaba ya a abrir aquel cuerpo? Los segundos que
de habitual dedicaba a observar se habían convertido en minutos
y una señora de sesenta y cinco años esperaba. Pero se sentía
paralizado, incapaz de ejercer su trabajo. Por primera vez en su
corta vida laboral se enfrentaba a un cuerpo que tenía el mismo
tiempo que el suyo y eso le había conmocionado. No recordaba
una sensación así desde la primera vez que se había
enfrentado a un muerto, un sudor frío que creía haber dejado
atrás en aquel primer cadáver pero que ahora se abría camino
entre los poros de su piel e inundaba de pánico su ánimo. Le
temblaba el pulso, algo que le pareció incluso gracioso porque
al fin y al cabo el muerto no se iba a quejar si abría en el
lugar equivocado. Además, aquel cadáver tenía como destino el
crematorio así que no estropearía el arte funerario.
Salió de su parálisis y rebuscó entre el instrumental la
herramienta adecuada para una primera incisión. Volvió a
constatar el temblor de sus manos, rebuscó entre los bolsillos
y encontró un pañuelo. Se secó la frente. Se acercó al
cuerpo de treinta y dos años y se detuvo unos segundos. Respiró
profundamente y en el momento en que iba a abrirlo la mano
derecha del muerto reaccionó y le agarró con fuerza el brazo
ejecutor.
-
¡Pero qué haces hombre!
El
muerto le había hablado. El muerto había detenido su acción y
le miraba directamente a los ojos.
-
¿En qué estabas pensando? ¿Ibas a abrir así
sin más a un colega? Vamos hombre, si no nos ayudamos entre
nosotros, ¿quién lo va a hacer? ¿Los vivos?
-
Pero... -, balbuceó.
-
¡No hay pero que valga! Por favor, mira que
intentar rajarme. ¿Te gustaría que yo te rajara a ti? No, ¿verdad?
Pues no jodas y deja el cuchillo en su sitio.
-
Pero...
-¿No
sabes decir otra cosa? Pero, pero, pero... ¡pero qué! Tienes
que rellenar la hoja, ¿no? No te preocupes, dámela que yo la
relleno. Es muy fácil. A ver, trae aquí. Nombre. ¡Ja!
Ni que les importara, si luego nos ponen un código de barras
como al detergente. Edad. Colega, esta me la sé. Treinta
y dos. Causa de la muerte. Esta les va a encantar. Empatía.
Comentarios. Déjame pensar... ¡Ja! Te va a gustar. Este
es el primer día del resto de su vida.
Carlos Pérez Cruz |