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Emisión: 1 Noviembre 2006
Música:
Paul Motian Band y Cincinnati Pops Orchestra
Título:
Forense

Desalojaron la camilla y colocaron el cuerpo sobre la mesa. Ahí quedó el cadáver, un cuerpo que no hace mucho tuvo vida, una vida que había sido hombre durante apenas treinta y dos años. A pesar de que su trabajo era aquel no terminaba de asimilar que ante sus ojos se hallaba un cuerpo inerte, un cuerpo que habría vivido ignorando el final de su camino antes de empezar a desvanecerse poco a poco ante sus ojos. Horas antes habría caminado, habría orinado y defecado, quizá hubiera follado, era joven y de aparente buen ver, aunque la belleza desaparece del cuerpo al morir, quizá de la mano del alma. Habría desayunado, comido y cenado, y se habría vestido para el trabajo, abogado le habían dicho. Era fácil imaginarle como abogado con un traje y la corbata. Aunque ahora la imagen le resultaba ridícula. Sólo los muertos y los niños visten con naturalidad la desnudez.

Siempre observaba el cadáver unos instantes antes de rajarlo. Sabía que no era bueno darle muchas vueltas a aquello, que pensar en su víctima ya fallecida no solucionaba nada y complicaba más aún una labor a la que todavía no sabía por qué se dedicaba. Se lo preguntaba cada vez que tenía que hacerlo pero se le olvidaba nada más abrir las entrañas del extraño. Le resultaba inquietante pensar que él era quien veía el cuerpo intacto por última vez, a menos que resultara un cuerpo deformado por la violencia de las armas o algo así, pero no era el caso. Este era un cuerpo casi perfecto, aunque el alma lo había abandonado y el color se había enturbiado con las horas. Por lo demás podría haber charlado horas antes con un cuerpo así, pero vestido y con pulso.

¿Para qué servía aquello? Sí, sabía que su veredicto valía millones en seguros y penas de cárcel pero para todos aquellos cuerpos, incluido el del desnudo abogado, nada importaba ya, nada ni nadie les iba a hacer volver a una vida que entonces era muerte segura. Su decisión podía tener enormes consecuencias, pero no para sus clientes. Sus clientes opinaban silencio y se mostraban por última vez ante alguien antes de desaparecer para siempre.

¿Por qué no empezaba ya a abrir aquel cuerpo? Los segundos que de habitual dedicaba a observar se habían convertido en minutos y una señora de sesenta y cinco años esperaba. Pero se sentía paralizado, incapaz de ejercer su trabajo. Por primera vez en su corta vida laboral se enfrentaba a un cuerpo que tenía el mismo tiempo que el suyo y eso le había conmocionado. No recordaba una sensación así desde la primera vez que se había enfrentado a un muerto, un sudor frío que creía haber dejado atrás en aquel primer cadáver pero que ahora se abría camino entre los poros de su piel e inundaba de pánico su ánimo. Le temblaba el pulso, algo que le pareció incluso gracioso porque al fin y al cabo el muerto no se iba a quejar si abría en el lugar equivocado. Además, aquel cadáver tenía como destino el crematorio así que no estropearía el arte funerario.

Salió de su parálisis y rebuscó entre el instrumental la herramienta adecuada para una primera incisión. Volvió a constatar el temblor de sus manos, rebuscó entre los bolsillos y encontró un pañuelo. Se secó la frente. Se acercó al cuerpo de treinta y dos años y se detuvo unos segundos. Respiró profundamente y en el momento en que iba a abrirlo la mano derecha del muerto reaccionó y le agarró con fuerza el brazo ejecutor.

- ¡Pero qué haces hombre! 

El muerto le había hablado. El muerto había detenido su acción y le miraba directamente a los ojos.

- ¿En qué estabas pensando? ¿Ibas a abrir así sin más a un colega? Vamos hombre, si no nos ayudamos entre nosotros, ¿quién lo va a hacer? ¿Los vivos?

- Pero... -, balbuceó.

- ¡No hay pero que valga! Por favor, mira que intentar rajarme. ¿Te gustaría que yo te rajara a ti? No, ¿verdad? Pues no jodas y deja el cuchillo en su sitio.

- Pero...

-¿No sabes decir otra cosa? Pero, pero, pero... ¡pero qué! Tienes que rellenar la hoja, ¿no? No te preocupes, dámela que yo la relleno. Es muy fácil. A ver, trae aquí. Nombre. ¡Ja! Ni que les importara, si luego nos ponen un código de barras como al detergente. Edad. Colega, esta me la sé. Treinta y dos. Causa de la muerte. Esta les va a encantar. Empatía. Comentarios. Déjame pensar... ¡Ja! Te va a gustar. Este es el primer día del resto de su vida.

Carlos Pérez Cruz