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A
mí las películas de terror me dan verdadero miedo, escuché
en la radio una mañana mientras me duchaba. Estaba enjabonándome
el cuerpo y aquella frase me sorprendió tanto que llegué a
quedarme quieto antes de seguir cubriendo mi cuerpo de jabón.
¿Pueden dar miedo las películas de terror? Pensé que aquella
no podía ser una respuesta verdadera porque el miedo es algo
permanente, subyace en nosotros y determina nuestra vida. Una
película de terror pierde su efecto al salir del cine, quizá
lo prolongue unos minutos, unas horas, pero al final eso
desaparece. Aquello no eran más que sobresaltos.
Otro oyente había dicho que la oscuridad de la noche le daba
verdadero miedo. Miedo a quedarse solo en casa a
esas horas en las que todo se oye y hasta la sombra que produce
la puerta entornada del cuarto de estar sobre la pared del
pasillo produce pánico. Pero aquello tampoco era verdadero
miedo porque la luz del sol volverá a reconfortar al temeroso y
los extraños sonidos se esconderán, una vez más, tras el
anonimato del ruido hasta que vuelva a pasar el día. Aquello no
podía ser más que temor, un temor infundado, pero no miedo. El
miedo surge ante aquello que no tiene solución o, como poco,
difícil salida. El miedo embarga la vida e impide hacer nada al
respecto.
Resulta curioso cómo mucha gente implica a la noche en sus miedos.
Como aquel señor que no podía volver a casa andando después
de las diez de la noche por miedo a que alguien le
atracara. O esa señora de setenta años y viuda que dejaba la
radio encendida de madrugada por miedo a dormir y no
despertar. O había quien, al contrario, tenía miedo de
que la noche acabara y aquella muchacha de ojos preciosos fuera
sólo un sueño.
Aunque pueda resultar paradójico existen miedos que
hacen sonreír, como el de aquel niño que tenía miedo
de no crecer nunca. Miedos soberbios, como el del
adolescente que decía que si algo le daba miedo era que
no le tenía miedo a nada. También miedos tontos,
como el del grupo de turistas que se subió encima de la mesa
cuando alguien gritó ¡una rata!. Miedos impropios,
como los del matón que se puso a llorar antes de entrar al
dentista. Miedos sacros,
como el de la anciana que temía la ira de Dios. Miedos
mudos, como el de
la alumna que nunca preguntaba en clase para no hacerse oír. Y
no nos olvidemos del miedo
a la falta de miedo,
como el del director de cine que temía que su película hiciera
reír y no temblar... de miedo.
¿A qué tengo
yo miedo? Pero miedo verdadero, miedo eterno y paralizante. No
tardé mucho en ser consciente del mayor de mis miedos. Apenas
cerré el grifo de la ducha supe aquello que verdaderamente
determinaba mi vida, aquello que estaba permanentemente en mi
interior. No tuve ninguna duda de que a lo que verdaderamente le
tengo miedo es a perderle a ella. A que me abandone y termine
conmigo. A eso sí que le tengo verdadero miedo.
Si
ella me dejara ahora todo acabaría. Mis sueños de conocer
mundo, mi risa, mis proyectos, mi voz y mi letra, mis
preocupaciones y ocupaciones, mi manía de morderme las uñas,
mis paseos al atardecer antes de que la maldita
noche
de algunos me duerma en sus brazos, mi tiempo perdido, mi café
de las tres... todo acabaría. Incluso el miedo.
Carlos Pérez Cruz |