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Emisión: 15 Noviembre 2006
Música:
Paolo Fresu y Bojan Zulfikarpasic
Título:
Miedo

A mí las películas de terror me dan verdadero miedo, escuché en la radio una mañana mientras me duchaba. Estaba enjabonándome el cuerpo y aquella frase me sorprendió tanto que llegué a quedarme quieto antes de seguir cubriendo mi cuerpo de jabón. ¿Pueden dar miedo las películas de terror? Pensé que aquella no podía ser una respuesta verdadera porque el miedo es algo permanente, subyace en nosotros y determina nuestra vida. Una película de terror pierde su efecto al salir del cine, quizá lo prolongue unos minutos, unas horas, pero al final eso desaparece. Aquello no eran más que sobresaltos.

Otro oyente había dicho que la oscuridad de la noche le daba verdadero miedo. Miedo a quedarse solo en casa a esas horas en las que todo se oye y hasta la sombra que produce la puerta entornada del cuarto de estar sobre la pared del pasillo produce pánico. Pero aquello tampoco era verdadero miedo porque la luz del sol volverá a reconfortar al temeroso y los extraños sonidos se esconderán, una vez más, tras el anonimato del ruido hasta que vuelva a pasar el día. Aquello no podía ser más que temor, un temor infundado, pero no miedo. El miedo surge ante aquello que no tiene solución o, como poco, difícil salida. El miedo embarga la vida e impide hacer nada al respecto.

Resulta curioso cómo mucha gente implica a la noche en sus miedos. Como aquel señor que no podía volver a casa andando después de las diez de la noche por miedo a que alguien le atracara. O esa señora de setenta años y viuda que dejaba la radio encendida de madrugada por miedo a dormir y no despertar. O había quien, al contrario, tenía miedo de que la noche acabara y aquella muchacha de ojos preciosos fuera sólo un sueño.

Aunque pueda resultar paradójico existen miedos que hacen sonreír, como el de aquel niño que tenía miedo de no crecer nunca. Miedos soberbios, como el del adolescente que decía que si algo le daba miedo era que no le tenía miedo a nada. También miedos tontos, como el del grupo de turistas que se subió encima de la mesa cuando alguien gritó ¡una rata!. Miedos impropios, como los del matón que se puso a llorar antes de entrar al dentista. Miedos sacros, como el de la anciana que temía la ira de Dios. Miedos mudos, como el de la alumna que nunca preguntaba en clase para no hacerse oír. Y no nos olvidemos del miedo a la falta de miedo, como el del director de cine que temía que su película hiciera reír y no temblar... de miedo.

¿A qué tengo yo miedo? Pero miedo verdadero, miedo eterno y paralizante. No tardé mucho en ser consciente del mayor de mis miedos. Apenas cerré el grifo de la ducha supe aquello que verdaderamente determinaba mi vida, aquello que estaba permanentemente en mi interior. No tuve ninguna duda de que a lo que verdaderamente le tengo miedo es a perderle a ella. A que me abandone y termine conmigo. A eso sí que le tengo verdadero miedo.

Si ella me dejara ahora todo acabaría. Mis sueños de conocer mundo, mi risa, mis proyectos, mi voz y mi letra, mis preocupaciones y ocupaciones, mi manía de morderme las uñas, mis paseos al atardecer antes de que la maldita noche de algunos me duerma en sus brazos, mi tiempo perdido, mi café de las tres... todo acabaría. Incluso el miedo.

Carlos Pérez Cruz