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Me
he detenido frente a él. Primero lo he recorrido con la vista,
de arriba a abajo y de abajo a arriba. Así una y dos y tres
veces, cada vez más lentamente, para poder apreciar con mayor
definición cada detalle. He de reconocer que a primera, segunda
y tercera vista es un buen cuerpo. Algo maduro quizá, pero bien
conservado. Se nota que está bien cuidado.
En el rostro apenas una arruga, piel morena de un sol reciente.
Divino, no se me ocurre otra palabra. Es un rostro divino.
Dedicaría horas simplemente a admirarlo, a perpetuar mi mirada
y perderla en un cutis así.
¿Qué puedo decir del pelo? Sí, tiene algunas canas pero tan
bien puestas que dignifican su aspecto sano y brillante, casi
sedoso. Estaría todo el día acariciando las puntas con la
palma de mi mano. De adelante hacia atrás, de atrás hacia
adelante y así hasta el infinito. Perdería horas enteras en sólo
tocarlo hasta sentir un cosquilleo en la palma de mi mano.
He seguido mirándolo largo tiempo, el necesario para ver ese
perfecto torso, el pecho recubierto de un fino vello, ni mucho
ni poco, ya lo he dicho, perfecto. No sé por qué no me he
abalanzado sobre él. Quizá porque me detuve a tiempo de seguir
mirando esas largas piernas perfiladas por unos músculos que
deben ser resultado de un deporte moderado. ¡Tener tiempo para
el deporte! ¡Un lujo que regala un cuerpo así! ¿Cómo será
el culo?
He querido dejar para el final el pene. Sé que es una de las
mayores fuentes de inseguridad en el hombre y prefería
comprobar antes que el resto era perfecto para no desistir a la
primera. Pero no hubiera hecho falta porque aquel pene lucía
orgulloso de serlo, incluso la piel parecía invitar al tacto.
He de confesar que parecía algo excitado ante mi mirada, no podía
ser esa su figura en descanso. ¿Por qué habría de tener
problemas en la cama con semejante atributo?
Terminó
de leer aquel escrito y lo depositó sobre la mesa. Pensó que,
sin duda, el ejercicio de autoestima de su paciente había
funcionado. Quedó pensativo durante unos instantes. Apoyó los
codos sobre la mesa mientras los dedos de la mano derecha
jugaban lentamente con los pelos de su perilla. Lanzó un leve
suspiro y se incorporó de la silla. Dio unos pasos circulares
alrededor de la mesa mientras los dedos de la mano derecha
continuaban su juego. Al tiempo lanzó un suspiro algo más
sonoro y dirigió sus pasos hacia la otra punta de la consulta.
Abrió la puerta y pidió a su ayudante que no le molestaran. La
cerró y movió un pequeño mueble hasta bloquearla. Se dirigió
a la ventana y bajó la persiana. Sólo la luz del techo
iluminaba ya la estancia. Sólo él estaba allí. Sólo él y el
cuerpo que se desnudó ante sus irritados ojos.
Carlos Pérez Cruz |