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Así
las cosas, el día le regaló la posibilidad de una noche con
ella. Tímida, desapareció de su vista unas horas hasta que
irrumpió serena, mostrando la implacable belleza de su rostro
plateado. Bajo el faldón de su luz se inundó de noche el día
y dejó hipnotizadas a las criaturas del sol.
Pensó en ella. Quedó arrebatado por la belleza curva e
intangible de su mirada. Quedó prendado por sus infinitos
brazos capaces de serenar los cuerpos inquietos y agitar los
calmos. Por ella muchos perdieron la vida, pensó.
La
luz reflejada besó su rostro apenas unos segundos. El tiempo en
que tardó en volver a ignorar el ritmo de la vida y la invitación
a una noche con ella.
Carlos Pérez Cruz |