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Camina
distraído, con el paso de quienes llegan a tiempo a su destino
pero tampoco tienen opción de detenerse. El tiempo justo para
llegar y punto. Camina a través de un parque de su ciudad, a
través de un estrecho camino de cemento entre la hierba en la
que juguetean algunos perros con sus dueños a esas horas de la
mañana. Su vista se alza y observa cómo la carretera que habrá
de cruzar para llegar a su destino está todavía lo
suficientemente lejos como para mantener sus ojos fijos sobre el
cemento, sin mayor preocupación.
Sigue avanzando, sigue aproximándose al paso de cebra de la
carretera que habrá de cruzar y vuelve a alzar la vista. Pero
en esta ocasión no lo hace interesado por su situación geográfica
en el camino y la distancia al paso sino que algo ha llamado su
atención. El sonar de varios cláxones le ha despertado de su
distraído letargo. Le sorprende una visión turbadora. Un
hombre cruza en ese momento la carretera con paso decidido.
Parece mantener su rostro perdido en el infinito del suelo. La
escena resultaría poco llamativa si no fuera porque ese hombre
está cruzando con el semáforo en rojo y los coches, que en ese
momento circulaban por allí, han tenido que detener bruscamente
su camino para no atropellarle. Aquel hombre no levanta ni un sólo
instante su mirada del infinito del suelo, como si fuera ajeno
al riesgo de su conducta, como si viviera con la convicción
plena de que nada le puede suceder a él. Con sus manos va
indicando a los conductores que se detengan. Las manos se mueven
al ritmo de su paso, contundente y firme, y parecen construir
una invisible barrera para protegerse del mortal peligro.
El hombre cruza sin problemas. Los peatones, que esperaban a que
el semáforo tornara en verde, se apartan hipnotizados ante el
paso del extraño, casi reverenciándole o, quizá, algo
asustados por su hazaña. Nuestro distraído caminante ya no lo
está tanto. Su mirada ha contemplado anonadada la escena y ya
no consigue apartarla de aquel hombre. Le quedan unos metros
para alcanzar el paso y entre el paso y él el extraño. Se fija
en su curioso aspecto. El hombre viste un elegante traje azul
marino oscuro. No es muy alto y lleva una camisa blanca algo
desabrochada y sin corbata. Su rostro suda abundantemente y el
pelo se encuentra algo enmarañado. La piel es de un color
oscuro y se funde con una abundante barba negra. Y sigue
caminado con la misma firmeza con que cruzó la carretera, con
aparente indiferencia a todo lo que le rodea. No sólo acompaña
con sus brazos el ritmo mecánico de su paso sino que emite a su
vez, acompasado, un sonoro gruñido. Al menos eso le parece a
nuestro caminante conforme se acerca a él, incapaz de descifrar
entre esos sonidos alguna palabra inteligible.
De pronto, el extraño hombre trajeado y sudoroso, detiene su
caminar. Se agacha y recoge del suelo un pedrusco de
considerables dimensiones. Al menos lo es para nuestro caminante
que, inmediatamente, siente un intenso frío de miedo recorrer
su cuerpo. ¡¿Por qué ha cogido esa piedra?! En ese instante
una única idea recorre su cabeza. Aquella piedra, aquel enorme
pedrusco, tiene un destinatario y es él. Ese hombre está fuera
de sus casillas y planea atacarle con ella. Se la va a lanzar a
su cabeza y una enorme brecha abrirá una vía a la sangre hasta
hacerle perder la conciencia. ¡Está loco!
El
extraño hombre reanuda su camino y al llegar a la altura de
nuestro caminante ignora su presencia. Él suspira aliviado. Ha
podido verle con claridad. De verdad su piel es oscura y la
barba abundante y negra. Pero lo que no ha conseguido descifrar
es el significado de sus gruñidos, o al menos se lo siguen
pareciendo. De pronto su cabeza une el rompecabezas y elabora un
retrato robot de su frustrado agresor. Todo encaja. La piel, la
barba, los gruñidos... ¡los gruñidos no eran tal, eran árabe!
Su memoria dibuja las imágenes del once de septiembre en Nueva
York, del once de marzo en Madrid, Londres, Bali... ¡De la que
se ha librado! Quizá era un terrorista de Al Qaeda. Un nuevo
escalofrío vuelve a recorrer su cuerpo para hacerle consciente
del miedo que, una vez se había tornado pánico, le había
dejado paralizado. Todavía escucha los gruñidos, ya árabe,
del extraño hombre alejándose. Se gira y observa al terrorista
cada vez más lejos mientras él sigue caminando hacia su
destino tras el paso de cebra, tras la carretera que nunca
llegará a cruzar por su propio pie, muerto al ser atropellado
por un coche al que no vio mientras seguía mirando alejarse al
extraño hombre.
Carlos Pérez Cruz |