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Emisión: 21 Junio 2006
Música:
Dream Session, Trio Lignum, [IKS], Christine Wodrascka y Nils Wogram
Título:
Paso de Cebra

 

Camina distraído, con el paso de quienes llegan a tiempo a su destino pero tampoco tienen opción de detenerse. El tiempo justo para llegar y punto. Camina a través de un parque de su ciudad, a través de un estrecho camino de cemento entre la hierba en la que juguetean algunos perros con sus dueños a esas horas de la mañana. Su vista se alza y observa cómo la carretera que habrá de cruzar para llegar a su destino está todavía lo suficientemente lejos como para mantener sus ojos fijos sobre el cemento, sin mayor preocupación.

Sigue avanzando, sigue aproximándose al paso de cebra de la carretera que habrá de cruzar y vuelve a alzar la vista. Pero en esta ocasión no lo hace interesado por su situación geográfica en el camino y la distancia al paso sino que algo ha llamado su atención. El sonar de varios cláxones le ha despertado de su distraído letargo. Le sorprende una visión turbadora. Un hombre cruza en ese momento la carretera con paso decidido. Parece mantener su rostro perdido en el infinito del suelo. La escena resultaría poco llamativa si no fuera porque ese hombre está cruzando con el semáforo en rojo y los coches, que en ese momento circulaban por allí, han tenido que detener bruscamente su camino para no atropellarle. Aquel hombre no levanta ni un sólo instante su mirada del infinito del suelo, como si fuera ajeno al riesgo de su conducta, como si viviera con la convicción plena de que nada le puede suceder a él. Con sus manos va indicando a los conductores que se detengan. Las manos se mueven al ritmo de su paso, contundente y firme, y parecen construir una invisible barrera para protegerse del mortal peligro.

El hombre cruza sin problemas. Los peatones, que esperaban a que el semáforo tornara en verde, se apartan hipnotizados ante el paso del extraño, casi reverenciándole o, quizá, algo asustados por su hazaña. Nuestro distraído caminante ya no lo está tanto. Su mirada ha contemplado anonadada la escena y ya no consigue apartarla de aquel hombre. Le quedan unos metros para alcanzar el paso y entre el paso y él el extraño. Se fija en su curioso aspecto. El hombre viste un elegante traje azul marino oscuro. No es muy alto y lleva una camisa blanca algo desabrochada y sin corbata. Su rostro suda abundantemente y el pelo se encuentra algo enmarañado. La piel es de un color oscuro y se funde con una abundante barba negra. Y sigue caminado con la misma firmeza con que cruzó la carretera, con aparente indiferencia a todo lo que le rodea. No sólo acompaña con sus brazos el ritmo mecánico de su paso sino que emite a su vez, acompasado, un sonoro gruñido. Al menos eso le parece a nuestro caminante conforme se acerca a él, incapaz de descifrar entre esos sonidos alguna palabra inteligible.

De pronto, el extraño hombre trajeado y sudoroso, detiene su caminar. Se agacha y recoge del suelo un pedrusco de considerables dimensiones. Al menos lo es para nuestro caminante que, inmediatamente, siente un intenso frío de miedo recorrer su cuerpo. ¡¿Por qué ha cogido esa piedra?! En ese instante una única idea recorre su cabeza. Aquella piedra, aquel enorme pedrusco, tiene un destinatario y es él. Ese hombre está fuera de sus casillas y planea atacarle con ella. Se la va a lanzar a su cabeza y una enorme brecha abrirá una vía a la sangre hasta hacerle perder la conciencia. ¡Está loco!

El extraño hombre reanuda su camino y al llegar a la altura de nuestro caminante ignora su presencia. Él suspira aliviado. Ha podido verle con claridad. De verdad su piel es oscura y la barba abundante y negra. Pero lo que no ha conseguido descifrar es el significado de sus gruñidos, o al menos se lo siguen pareciendo. De pronto su cabeza une el rompecabezas y elabora un retrato robot de su frustrado agresor. Todo encaja. La piel, la barba, los gruñidos... ¡los gruñidos no eran tal, eran árabe! Su memoria dibuja las imágenes del once de septiembre en Nueva York, del once de marzo en Madrid, Londres, Bali... ¡De la que se ha librado! Quizá era un terrorista de Al Qaeda. Un nuevo escalofrío vuelve a recorrer su cuerpo para hacerle consciente del miedo que, una vez se había tornado pánico, le había dejado paralizado. Todavía escucha los gruñidos, ya árabe, del extraño hombre alejándose. Se gira y observa al terrorista cada vez más lejos mientras él sigue caminando hacia su destino tras el paso de cebra, tras la carretera que nunca llegará a cruzar por su propio pie, muerto al ser atropellado por un coche al que no vio mientras seguía mirando alejarse al extraño hombre.

Carlos Pérez Cruz