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Emisión: 14 Junio 2006
Música:
Esbjörn Svensson & Nils Landgren, Wynton Marsalis, Oystein Sevag, Mary Gauthier, Thomas Newman, Tom Waits
Título:
Chaston*

 

Al entrar pude escuchar el eco de mis pasos. Fue una sensación extraña, como si yo no fuera el propietario de esos pies que hacían eco en las paredes. Como si aquel lugar, siempre impregnado por la música, hubiera dejado escapar su alma por la puerta cuando alguien se olvidó de cerrarla y ésta se hubiera fugado buscando otro cuerpo al que dar vida.

Sólo unas semanas antes, apenas unos días, aquel lugar seguía siendo como el cuarto de estar de la casa de nuestros sueños melómanos. Cada estantería tenía una sorpresa por descubrir y todo el tiempo del mundo por delante; al fin y al cabo si no era hoy ya sería mañana. Miles de discos que fijaban sus ojos en nosotros anhelantes de ser escuchados, esperando su oportunidad para dar a otros la opción de ocupar su espacio y darse a conocer.

Como el viajero que se aleja de casa durante meses o años y espera encontrar a su vuelta su vida donde la dejó, yo volvía allí cada cierto tiempo con la certeza de encontrar en su sitio aquel disco que la otra vez no pudo ser; otro se había interpuesto o quizá el tiempo se me había acabado sin llegar a poder darle su momento entre toda aquella pila de sonidos irresistibles.

Fue allí donde escuché Jazz por primera vez. Fui acompañado por mi padre, cuando empezaba a tocar la trompeta, y me regaló mi primer disco de Jazz, mi primero de Wynton Marsalis (¡cuántos vendrían después!). Como en algunas de las grandes aventuras que la vida ofrece a un niño el padre había acompañado al hijo hasta aquel lugar. Y el hijo perdió su mirada entre las paredes repletas de música que le guiñaban el ojo esperando volverle a ver pronto. ¡Cuánta música! Aquel disco sólo sería el primero. Ya conocía el camino al Santuario y no necesitaba la mano del padre.

Cuando por fin pude volver sólo, quienes allí habitaban, me descubrieron el más mágico de los rincones, el banco del piso de “Clásicos”. Era metálico, algo incómodo, como si advirtiera que sentarse en él era un privilegio del que no se debía abusar. Sin embargo cuando el niño se sentaba en él podía pasar horas enteras ignorando la advertencia, secuestrado por la sorpresa que cada una de aquellas cajas misteriosas le ofrecía. ¿Qué sería lo siguiente?

Mis dedos tanteaban caja por caja, los ojos leían nombres conocidos y otros por conocer. Algunos salían del sueño del olvido, otros eran unos recién llegados, pero juntos formaban una única pila que durante unos minutos me hacía soñar con el dinero que no tenía para llevarlos conmigo a casa. Pero eran míos en aquel banco metálico, algo incómodo, pero un sillón de palacio cuando los primeros compases comenzaban a sonar en mis oídos.

Se convirtió en mi segundo hogar, ese paraíso al que ir cuando la rutina carcomía las neuronas. Salía de casa y caminaba ansioso seguro de encontrar un motivo para sentirme inspirado. Y allí estaban ellos, los habitantes del Santuario, dispuestos a hacerme viajar por los calores africanos de Malí, por los profundos bosques noruegos o por la Ruta 66 de la mano de algún cantante de voz rasgada ignorado por todos. Viajaba sentado en el banco metálico de los “Clásicos” pero sin estar allí. Cerraba los ojos y cuando sentía sus pasos los abría para ver qué nuevos destinos me depararía el viaje. Me hacía presente durante un instante para volver a dejarme llevar allá donde la música quisiera.

Si tenía un sueño ellos me lo alcanzaban; Todos estaban allí. John con su “Amor Supremo”, Arto con su banda naval del país sin mar, Mary con su voz de motel, Alisdair con sus emociones de cuatro cuerdas, Tom con su ingenio cínico, Thomas con su mundo tintineante, Keith con su orgasmo a cuestas, Jan con sus leyendas nórdicas, Eleftheria, Dulce, los hermanos Allman, Jocelyn y otros tantos sueños que se convertían en realidad al salir de allí con ellos de vuelta a casa.

Ahora los “Amores Supremos”, las bandas navales, las voces de motel, las emociones de cuatro cuerdas, los ingenios cínicos, los mundos tintineantes, los orgasmos a cuestas, las leyendas nórdicas ya no están allí. Se han marchado por la puerta de un Santuario en el que ahora suena el eco del vacío para no volver quizá nunca más. Se han marchado apenas veintisiete años después de empezar a ser. Los mismos veintisiete años que he tardado yo en quedar huérfano y con miedo a no tener el derecho a seguir soñando.

*Para Jokin, Richard y Blanca

Carlos Pérez Cruz