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Al
entrar pude escuchar el eco de mis pasos. Fue una sensación
extraña, como si yo no fuera el propietario de esos pies que
hacían eco en las paredes. Como si aquel lugar, siempre
impregnado por la música, hubiera dejado escapar su alma por la
puerta cuando alguien se olvidó de cerrarla y ésta se hubiera
fugado buscando otro cuerpo al que dar vida.
Sólo unas semanas antes, apenas unos días, aquel lugar seguía
siendo como el cuarto de estar de la casa de nuestros sueños
melómanos. Cada estantería tenía una sorpresa por descubrir y
todo el tiempo del mundo por delante; al fin y al cabo si no era
hoy ya sería mañana. Miles de discos que fijaban sus ojos en
nosotros anhelantes de ser escuchados, esperando su oportunidad
para dar a otros la opción de ocupar su espacio y darse a
conocer.
Como el viajero que se aleja de casa durante meses o años y
espera encontrar a su vuelta su vida donde la dejó, yo volvía
allí cada cierto tiempo con la certeza de encontrar en su sitio
aquel disco que la otra vez no pudo ser; otro se había
interpuesto o quizá el tiempo se me había acabado sin llegar a
poder darle su momento entre toda aquella pila de sonidos
irresistibles.
Fue allí donde escuché Jazz por primera vez. Fui acompañado
por mi padre, cuando empezaba a tocar la trompeta, y me regaló
mi primer disco de Jazz, mi primero de Wynton Marsalis (¡cuántos
vendrían después!). Como en algunas de las grandes aventuras
que la vida ofrece a un niño el padre había acompañado al
hijo hasta aquel lugar. Y el hijo perdió su mirada entre las
paredes repletas de música que le guiñaban el ojo esperando
volverle a ver pronto. ¡Cuánta música! Aquel disco sólo sería
el primero. Ya conocía el camino al Santuario y no necesitaba
la mano del padre.
Cuando por fin pude volver sólo, quienes allí habitaban, me
descubrieron el más mágico de los rincones, el banco del piso
de “Clásicos”. Era metálico, algo incómodo, como si
advirtiera que sentarse en él era un privilegio del que no se
debía abusar. Sin embargo cuando el niño se sentaba en él podía
pasar horas enteras ignorando la advertencia, secuestrado por la
sorpresa que cada una de aquellas cajas misteriosas le ofrecía.
¿Qué sería lo siguiente?
Mis dedos tanteaban caja por caja, los ojos leían nombres
conocidos y otros por conocer. Algunos salían del sueño del
olvido, otros eran unos recién llegados, pero juntos formaban
una única pila que durante unos minutos me hacía soñar con el
dinero que no tenía para llevarlos conmigo a casa. Pero eran míos
en aquel banco metálico, algo incómodo, pero un sillón de
palacio cuando los primeros compases comenzaban a sonar en mis oídos.
Se convirtió en mi segundo hogar, ese paraíso al que ir cuando
la rutina carcomía las neuronas. Salía de casa y caminaba
ansioso seguro de encontrar un motivo para sentirme inspirado. Y
allí estaban ellos, los habitantes del Santuario, dispuestos a
hacerme viajar por los calores africanos de Malí, por los
profundos bosques noruegos o por la Ruta 66 de la mano de algún
cantante de voz rasgada ignorado por todos. Viajaba sentado en
el banco metálico de los “Clásicos” pero sin estar allí.
Cerraba los ojos y cuando sentía sus pasos los abría para ver
qué nuevos destinos me depararía el viaje. Me hacía presente
durante un instante para volver a dejarme llevar allá donde la
música quisiera.
Si tenía un sueño ellos me lo alcanzaban; Todos estaban allí.
John con su “Amor Supremo”, Arto con su banda naval del país
sin mar, Mary con su voz de motel, Alisdair con sus emociones de
cuatro cuerdas, Tom con su ingenio cínico, Thomas con su mundo
tintineante, Keith con su orgasmo a cuestas, Jan con sus
leyendas nórdicas, Eleftheria, Dulce, los hermanos Allman,
Jocelyn y otros tantos sueños que se convertían en realidad al
salir de allí con ellos de vuelta a casa.
Ahora
los “Amores Supremos”, las bandas navales, las voces de
motel, las emociones de cuatro cuerdas, los ingenios cínicos,
los mundos tintineantes, los orgasmos a cuestas, las leyendas nórdicas
ya no están allí. Se han marchado por la puerta de un
Santuario en el que ahora suena el eco del vacío para no volver
quizá nunca más. Se han marchado apenas veintisiete años
después de empezar a ser. Los mismos veintisiete años que he
tardado yo en quedar huérfano y con miedo a no tener el derecho
a seguir soñando.
*Para Jokin, Richard y Blanca
Carlos Pérez Cruz |