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El
aire es frío. Corta la piel de sólo imaginarlo. El sol apenas
consigue hacerse notar entre la maraña de finas capas grises y
blancas de la mañana. Apenas consigue arrancar un brote de
sonrisa de unas ramas quemadas por algo más que el hielo.
Siguen mirando expectantes hacia arriba como si esperaran una
respuesta divina al desastre. Pero no habrá más respuesta que
su propia muerte. Cada gota que desprenda la tristeza del cielo
quemará la raíz hasta desintegrarla y darla por perdida.
El aire es frío. El tiempo parece haberse detenido ante mi
presencia. Es probable que el reloj lleve veinte años parado,
inconsciente de mi necesidad de situarme en el espacio y en el
tiempo. Inconsciente yo del absurdo del espacio – tiempo
cuando el espacio no tiene salida y el tiempo es una constatación
de mi propio fin. Nadie pasa ya por aquí. Nadie camina hacia su
propia muerte indiferente al riesgo de lo desconocido. Ya no
queda nadie para regar las ilusiones que un día se
desvanecieron de golpe.
El aire es frío. La carretera desaparece en el cielo. No puedo
seguir caminando. Una portería de acero es la línea que separa
a los valientes de los locos. Sólo quienes vienen a despedirse
traspasan esa frontera invisible. Al cruzarla no giran sus
miradas hacia atrás. No tienen nada que recordar, no tienen
nada que sentir, sólo su propio desvanecimiento atrapados por
la frialdad de un cielo inhóspito que no les concederá ningún
calor futuro, ningún frío pasado. Les espera la nada del
cielo. Pero nada tienen y nada les importa.
El aire es frío. No sé si el tiempo se detuvo o fui yo en el
camino. El cartel de bienvenida al infierno me invita a
abandonarle, a dejarle en soledad, ensimismado con su propia
miseria. Ni siquiera un leve gesto de condolencia, ni siquiera
una palmada de silencio amistoso para quien dibujó las palabras
ennegrecidas por la vanidad humana. Nada. Permanece impertérrito
desde hace veinte años sin esperar que nadie lo limpie, sin
esperar que nadie grabe en él un mensaje oculto de felicidad,
miedo o esperanza.
El
aire es frío. Un frío que quema. La carretera se desvanece con
la amenaza de una noche larga que pide el paso eterno. Las ramas
sólo quieren perderse en la negritud, ruegan no volver a ver un
amanecer que deslumbre la miseria. Que la noche lo inunde todo y
cubra el rostro de la vergüenza. Que ni una sola mirada pueda
volver a encontrarse con la muñeca que ardió abandonada en
aquella escuela de Chernóbil.
Carlos Pérez Cruz |