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Emisión: 3 Mayo 2006
Música:
Ramón López
Título:
Chernóbil (Texto inspirado en las fotografías de la fotógrafa ucraniana Elena Filatova sobre Chernóbil publicadas en el número 1 del año 2006 de la revista de la ONG Greenpeace).

 

El aire es frío. Corta la piel de sólo imaginarlo. El sol apenas consigue hacerse notar entre la maraña de finas capas grises y blancas de la mañana. Apenas consigue arrancar un brote de sonrisa de unas ramas quemadas por algo más que el hielo. Siguen mirando expectantes hacia arriba como si esperaran una respuesta divina al desastre. Pero no habrá más respuesta que su propia muerte. Cada gota que desprenda la tristeza del cielo quemará la raíz hasta desintegrarla y darla por perdida.

El aire es frío. El tiempo parece haberse detenido ante mi presencia. Es probable que el reloj lleve veinte años parado, inconsciente de mi necesidad de situarme en el espacio y en el tiempo. Inconsciente yo del absurdo del espacio – tiempo cuando el espacio no tiene salida y el tiempo es una constatación de mi propio fin. Nadie pasa ya por aquí. Nadie camina hacia su propia muerte indiferente al riesgo de lo desconocido. Ya no queda nadie para regar las ilusiones que un día se desvanecieron de golpe.

El aire es frío. La carretera desaparece en el cielo. No puedo seguir caminando. Una portería de acero es la línea que separa a los valientes de los locos. Sólo quienes vienen a despedirse traspasan esa frontera invisible. Al cruzarla no giran sus miradas hacia atrás. No tienen nada que recordar, no tienen nada que sentir, sólo su propio desvanecimiento atrapados por la frialdad de un cielo inhóspito que no les concederá ningún calor futuro, ningún frío pasado. Les espera la nada del cielo. Pero nada tienen y nada les importa.

El aire es frío. No sé si el tiempo se detuvo o fui yo en el camino. El cartel de bienvenida al infierno me invita a abandonarle, a dejarle en soledad, ensimismado con su propia miseria. Ni siquiera un leve gesto de condolencia, ni siquiera una palmada de silencio amistoso para quien dibujó las palabras ennegrecidas por la vanidad humana. Nada. Permanece impertérrito desde hace veinte años sin esperar que nadie lo limpie, sin esperar que nadie grabe en él un mensaje oculto de felicidad, miedo o esperanza.

El aire es frío. Un frío que quema. La carretera se desvanece con la amenaza de una noche larga que pide el paso eterno. Las ramas sólo quieren perderse en la negritud, ruegan no volver a ver un amanecer que deslumbre la miseria. Que la noche lo inunde todo y cubra el rostro de la vergüenza. Que ni una sola mirada pueda volver a encontrarse con la muñeca que ardió abandonada en aquella escuela de Chernóbil.

Carlos Pérez Cruz