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Emisión: 31 Mayo 2006
Música:
Cuong Vu y Danilo Pérez
Título:
Gris

 

El escenario es gris. Miles de kilómetros de cemento se funden con un cielo apestado de nubes y humo. Sólo los ribetes blanquecinos, más bien amarillentos, de algunas nubes rompen la pincelada gris de un cuadro monocorde y permiten distinguir la tierra del cielo, el paraíso del purgatorio. Allí está él, apoyados los brazos en la barandilla, en la azotea de un bloque interminable de apartamentos que van a morir a sus pies. Su perfil apenas se distingue, sólo el azulado y rancio color de su camisa de cuadros le hacen presente. El gris de sus brazos, de sus pantalones, de su rostro ajeno al sol, de su bigote fumado, se confunde con la inmensidad del paisaje. Cuando pasan unos lentos segundos absorbe el humo del cigarro, lo aspira lentamente, saborea su cáncer terminal y vuelve a reposar su brazo sobre la barandilla dejando que el humo sagrado del cigarro se funda con la pesada atmósfera de la mañana.

Su rostro permanece inamovible, impermeable a las emociones extremas. La boca cerrada a la espera de una nueva calada que aspirará profundamente pero que sus sentidos no distinguirán de la anterior, ni de la siguiente, ni de la que vendrá esta tarde. Levantará el brazo, dirigirá el cigarro hacia la boca, removerá el humo en la garganta, lo tragará y lo expulsará, pero no sentirá nada. No será consciente siquiera de su propio gesto, de su intención de fumar. Es una parte más de su ser cotidiano, de sus actos, como levantarse o irse a dormir a la misma cama desde hace quince años.

¿Qué miran sus ojos? Ven pero no miran. Permanecen perdidos en la inmensidad del gris paisaje de la mañana. ¿Qué escuchan sus oídos? Oyen pero no escuchan. Oyen el sonido de sirenas perdidas entre la conspiración de ruidos sin vida. Bocinas de desesperación camino de un destino despreciado. Gritos y lloros de niños a los que han robado el sueño en medio de la noche. Sus ojos escuchan por primera vez el brazo del niño flexible a los empeños de una madre demasiado vieja para su edad.

La luz del día apenas dibuja la calle. Es estrecha, parte de un laberinto inabarcable al caminante más tenaz. En ella los vivos perdieron la batalla ante los muertos. Las cuatro ruedas impusieron su ley sobre la calzada y la acera. La vida del caminante corre un riesgo asumido de manera inconsciente, como si el latir del corazón resultara irrelevante para quienes por allí deambulan. Puede ver cómo los corazones caminan con gesto rápido a esas horas del amanecer salvo el de aquel anciano que parece perdido allí, con sus zapatillas de casa. Desaparece de su vista y vuelve a aparecer con una bolsa. Está demasiado lejos para conocer su contenido y es demasiado aburrido imaginarlo. Chocará contra la madre del niño de brazo flexible y su bolsa se caerá. Sobre el negro de la acera se dibujará una mancha blanca que se irá extendiendo en pocos segundos. La madre no se detendrá, ni siquiera sentirá el golpe brusco con el anciano. El brazo del niño se alarga todavía más mientras su rostro se gira para mirar curioso al anciano agachado, recogiendo del suelo lo que la madre arrojó sin querer pero también sin lamentar.

Incorpora su mirada y la vuelve a perder. ¿Qué sobrevuelan aquellas gaviotas? Describen círculos cada vez más amplios hasta que desaparecen engullidas por la ciudad. El sol asoma al fondo. Parece avergonzarle la idea de regalar sus rayos allá abajo y prefiere esconderse tras las nubes. Él vuelve a dirigir su mano hacia la boca para aspirar la última calada de este cigarro. Aspira con interés, es la última. Saborea, mueve el humo entre los dientes y lo termina expulsando con fuerza. En su mano permanece todavía humeante la colilla. Juguetea con ella, la pasa entre los dedos en un ejercicio de malabarismo inútil, la cambia de mano. Sus ojos miran absortos la colilla hipnotizados por el movimiento mágico de los dedos que suben y bajan, que interpretan en el aire el concierto de la agonía diaria. De pronto detiene el juego.

La colilla permanece unos instantes entre los dedos pulgar e índice. Con gran lentitud, como parte de un ritual de extrema delicadeza, retira el índice para que el corazón prolongue el final de la magia. Alza su mirada al horizonte y emite un quejido imperceptible entre la conspiración de ruidos de la mañana. Comienza a girar su cuerpo. Va a entrar en casa después de fumarse el primero del día, muy temprano. Antes de empezar a caminar, el dedo pulgar chasquea el corazón e impulsa la colilla humeante que comienza su larga caída hacia la calle, al otro lado de la barandilla. El humo dibuja una estela imperceptible en el trayecto entre los dedos de él y el suelo de la calle estrecha, apenas iluminada por un sol que definitivamente se avergonzó una mañana más. Camina con desgana hacia la casa, se resiste a abandonar la azotea, no quiere poner fin al glorioso estímulo del abandono de los sentidos. La colilla se dispone a tomar tierra, él se dispone a abrir la puerta. La colilla se posa en la gris calzada, él abre la puerta. Una enorme explosión ilumina entonces la calle y hace temblar los edificios. Él ha cerrado la puerta y apenas percibe el temblor. Unos segundos después la calle se llenará de gritos y lamentos, de bocinas y tragedia. Pero él ya no estará allí para mirar ni para escuchar.

Carlos Pérez Cruz