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El
escenario es gris. Miles de kilómetros de cemento se funden con
un cielo apestado de nubes y humo. Sólo los ribetes
blanquecinos, más bien amarillentos, de algunas nubes rompen la
pincelada gris de un cuadro monocorde y permiten distinguir la
tierra del cielo, el paraíso del purgatorio. Allí está él,
apoyados los brazos en la barandilla, en la azotea de un bloque
interminable de apartamentos que van a morir a sus pies. Su
perfil apenas se distingue, sólo el azulado y rancio color de
su camisa de cuadros le hacen presente. El gris de sus brazos,
de sus pantalones, de su rostro ajeno al sol, de su bigote
fumado, se confunde con la inmensidad del paisaje. Cuando pasan
unos lentos segundos absorbe el humo del cigarro, lo aspira
lentamente, saborea su cáncer terminal y vuelve a reposar su
brazo sobre la barandilla dejando que el humo sagrado del
cigarro se funda con la pesada atmósfera de la mañana.
Su rostro permanece inamovible, impermeable a las emociones
extremas. La boca cerrada a la espera de una nueva calada que
aspirará profundamente pero que sus sentidos no distinguirán
de la anterior, ni de la siguiente, ni de la que vendrá esta
tarde. Levantará el brazo, dirigirá el cigarro hacia la boca,
removerá el humo en la garganta, lo tragará y lo expulsará,
pero no sentirá nada. No será consciente siquiera de su propio
gesto, de su intención de fumar. Es una parte más de su ser
cotidiano, de sus actos, como levantarse o irse a dormir a la
misma cama desde hace quince años.
¿Qué miran sus ojos? Ven pero no miran. Permanecen perdidos en
la inmensidad del gris paisaje de la mañana. ¿Qué escuchan
sus oídos? Oyen pero no escuchan. Oyen el sonido de sirenas
perdidas entre la conspiración de ruidos sin vida. Bocinas de
desesperación camino de un destino despreciado. Gritos y lloros
de niños a los que han robado el sueño en medio de la noche.
Sus ojos escuchan por primera vez el brazo del niño flexible a
los empeños de una madre demasiado vieja para su edad.
La luz del día apenas dibuja la calle. Es estrecha, parte de un
laberinto inabarcable al caminante más tenaz. En ella los vivos
perdieron la batalla ante los muertos. Las cuatro ruedas
impusieron su ley sobre la calzada y la acera. La vida del
caminante corre un riesgo asumido de manera inconsciente, como
si el latir del corazón resultara irrelevante para quienes por
allí deambulan. Puede ver cómo los corazones caminan con gesto
rápido a esas horas del amanecer salvo el de aquel anciano que
parece perdido allí, con sus zapatillas de casa. Desaparece de
su vista y vuelve a aparecer con una bolsa. Está demasiado
lejos para conocer su contenido y es demasiado aburrido
imaginarlo. Chocará contra la madre del niño de brazo flexible
y su bolsa se caerá. Sobre el negro de la acera se dibujará
una mancha blanca que se irá extendiendo en pocos segundos. La
madre no se detendrá, ni siquiera sentirá el golpe brusco con
el anciano. El brazo del niño se alarga todavía más mientras
su rostro se gira para mirar curioso al anciano agachado,
recogiendo del suelo lo que la madre arrojó sin querer pero
también sin lamentar.
Incorpora su mirada y la vuelve a perder. ¿Qué sobrevuelan
aquellas gaviotas? Describen círculos cada vez más amplios
hasta que desaparecen engullidas por la ciudad. El sol asoma al
fondo. Parece avergonzarle la idea de regalar sus rayos allá
abajo y prefiere esconderse tras las nubes. Él vuelve a dirigir
su mano hacia la boca para aspirar la última calada de este
cigarro. Aspira con interés, es la última. Saborea, mueve el
humo entre los dientes y lo termina expulsando con fuerza. En su
mano permanece todavía humeante la colilla. Juguetea con ella,
la pasa entre los dedos en un ejercicio de malabarismo inútil,
la cambia de mano. Sus ojos miran absortos la colilla
hipnotizados por el movimiento mágico de los dedos que suben y
bajan, que interpretan en el aire el concierto de la agonía
diaria. De pronto detiene el juego.
La
colilla permanece unos instantes entre los dedos pulgar e índice.
Con gran lentitud, como parte de un ritual de extrema
delicadeza, retira el índice para que el corazón prolongue el
final de la magia. Alza su mirada al horizonte y emite un
quejido imperceptible entre la conspiración de ruidos de la mañana.
Comienza a girar su cuerpo. Va a entrar en casa después de
fumarse el primero del día, muy temprano. Antes de empezar a
caminar, el dedo pulgar chasquea el corazón e impulsa la
colilla humeante que comienza su larga caída hacia la calle, al
otro lado de la barandilla. El humo dibuja una estela
imperceptible en el trayecto entre los dedos de él y el suelo
de la calle estrecha, apenas iluminada por un sol que
definitivamente se avergonzó una mañana más. Camina con
desgana hacia la casa, se resiste a abandonar la azotea, no
quiere poner fin al glorioso estímulo del abandono de los
sentidos. La colilla se dispone a tomar tierra, él se dispone a
abrir la puerta. La colilla se posa en la gris calzada, él abre
la puerta. Una enorme explosión ilumina entonces la calle y
hace temblar los edificios. Él ha cerrado la puerta y apenas
percibe el temblor. Unos segundos después la calle se llenará
de gritos y lamentos, de bocinas y tragedia. Pero él ya no
estará allí para mirar ni para escuchar.
Carlos Pérez Cruz |