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Mañana,
a las cinco de la tarde, gire su mirada hacia la esquina de la
frutería y salude.
La anciana leyó estas palabras y sintió cómo su pulso se
aceleraba. Su vecina, una joven viuda de unos cincuenta años,
había introducido por debajo de la puerta de su casa la primera
carta personal que ella había recibido en casi diez años. Por
lo general su correspondencia estaba formada por alguna carta
del banco e inútil propaganda que ella utilizaba para
entretenerse en sus visitas al baño. Todavía recibía
información de la empresa en la que había trabajado su marido,
fallecido diez años atrás.
El sobre no tenía remitente. Ni siquiera su nombre aparecía
como destinataria. Sólo la dirección de la calle, el portal y
el piso. Ninguna información más. Podría tratarse de un
error, de una carta dirigida a otra persona, ¿quién me va a
escribir a mí?, pensó todavía temblorosa tras leer la única
frase sarpullida en un medio folio blanco. La frase no sólo no
tenía firma si no que estaba escrita en un ordenador. Era
mediodía y faltaban todavía más de veinticuatro horas para
que la anciana pudiera descubrir el misterio.
Sintió cómo un calor angustioso se iba adueñando de su
cuerpo, como si tuviera en su estómago una bola de fuego que
subía veloz hacia el cerebro. Con la mano derecha sujetaba el
medio folio con esa única e inquietante frase. Lo dejó sobre
la mesa del salón dirigiéndole de reojo una mirada de pánico
y desconcierto. Se acercó a la ventana con la imperiosa
necesidad de abrirla y poder sentir un poco de aire fresco para
calmarse pero justo en el momento en que iba a abrirla el miedo
la paralizó. ¿Y si ese alguien estuviera allí mirándome
desde la calle? Retrocedió bruscamente y se sentó en su
mecedora buscando en el ir y venir del movimiento algo de calma.
Tenía que tranquilizarse, tenía que pensar y no dejar que el
pulso acelerado le impidiera razonar y encontrar una explicación
razonable a esas palabras.
¿Quién podía haber escrito aquello? Desde que su marido había
muerto ella no había salido de casa más que en los primeros años
tras su muerte. Desde entonces se había encerrado y aislado de
un mundo que le parecía demasiado hostil sin él. No tenía
familia, no tenía amigos y si los tuvo ya se habrían olvidado
de ella. El único contacto con una voz ajena lo tenía a través
del teléfono con el encargado de un supermercado que le enviaba
la compra a domicilio. El resto del tiempo mantenía el teléfono
descolgado para que nadie le importunara con el error de un número
equivocado. Ni siquiera veía el rostro de quien le traía su
compra cada semana. Ella pasaba el dinero por debajo de la
puerta cuando el timbre anunciaba al recadista. El resto del
tiempo lo dedicaba a soportar el lento paso de las horas mirando
por la ventana a la gente pasar. Procuraba no exponerse
demasiado y por ello no la abría sino que permanecía impasible
mirando tras el cristal con rostro serio e insensible. Había
desarrollado una habilidad especial para no retirar la mirada de
los ojos de quienes espiaba cuando le descubrían y que fueran
los espiados los primeros en apartarla y agachar la cabeza como
si fuesen ellos los invasores de su intimidad. Así permanecía
durante las largas horas de la mañana entre el desayuno y la
comida y durante las largas horas de la tarde entre la comida y
la cena. Por la noche intentaba dormir pero eran más las horas
en vela que las de sueño efectivo. Cuando no lo conciliaba se
dedicaba a mirar el techo de su habitación teñido del naranja
de las luces de la calle. Y así completaba un ciclo diario al
que había dedicado sus últimos años con perseverancia.
Las palabras escritas en la carta retumbaban en su cerebro. Tenían
ya voz propia pero era la voz de su imaginación repitiendo la
invitación para el día siguiente. De vez en cuando recogía de
nuevo el medio folio y lo leía. Cada vez que lo hacía volvía
a sentir la misma sensación angustiosa que había sentido la
primera vez tras abrir el sobre. ¿Será una broma? Pero
sus dudas volvían a encontrarse con la misma respuesta. ¿Una
broma de quién, si no conozco a nadie? Decidió dar por
seguro que se trataba de un error, de una carta mal dirigida,
quizá una invitación a un gesto secreto entre amantes
adolescentes. Pero, ¿por qué no tenía remite? Y, ¿por qué
precisamente estaba dirigida al segundo izquierda de su portal y
a nadie en particular? No conseguía quitarse de la cabeza todas
estas preguntas y con las dudas y el miedo se olvidó de comer.
Permaneció durante largas horas petrificada en la mecedora que
estaba ahora detenida por el peso de su inacción.
El hambre ganó la batalla hacia las cinco de la tarde. Se
refugió en su cocina y entre los fogones trató de aliviar la
tensión del momento. Comenzó a cocinar de manera compulsiva,
rescató del olvido cacerolas con una capa de polvo de años.
Comía mientras guisaba pero no paraba de hervir, pelar,
descongelar... No tenía muy claro cuál era el objetivo de todo
ese frenesí gastronómico pero mientras permaneciera atenta a
los fuegos se sentiría algo más relajada o al menos ocuparía
sus pensamientos en algo más que en las malditas
palabras de la carta. Una hora después de encender el primer
fogón apagó el último. La cocina presentaba un aspecto que no
había conocido desde hacía más de diez años cuando su marido
traía a algunos amigos del trabajo a cenar a casa. Tras su
muerte apenas encendía uno de los fogones y se sorprendió al
ver que todavía funcionaban todos. Se sentó agotada en una
silla y volvió a concentrarse en tratar de entender el sentido
de aquellas palabras. No supo por qué pero algo le decía que
no debía mirar aquella tarde por la ventana. Entró en su
dormitorio y se tumbó. No volvería a levantarse hasta la mañana
siguiente, muy temprano, tras una noche prácticamente en vela y
atenazada por la incertidumbre.
Conforme avanzaban los minutos, más lentos todavía que de
habitual, el pulso se le iba acelerando. Era jueves y, como
todos los jueves, era el día en que llamaba al supermercado
para hacer su encargo. La voz del otro lado del teléfono repetía
cada una de las peticiones de ella como de costumbre. Su cesta
no variaba demasiado de jueves en jueves y la conversación
tampoco. Sin embargo en esta ocasión una pregunta de su
interlocutor le hizo colgar bruscamente el teléfono. ¿Desea
algo de la frutería? Sintió cómo su corazón se desbocaba
cuando el dependiente mencionó la palabra frutería. ¿Qué
tipo de broma es esta? Respiró profundo y trató de
calmarse. Estás
exagerando, se dijo. Descolgó el teléfono y se excusó ante el encargado. Se
ha cortado. Media hora más tarde el timbre de la
puerta sonó, introdujo el importe exacto por debajo y una vez
se hubo ido el recadero la abrió y recogió las bolsas. Al
levantarlas se encontró un nuevo sobre en el suelo. Lo cogió y
vio aterrada que se trataba de un sobre semejante al del día
anterior, no tenía remite e iba dirigido al segundo izquierda
de su portal. Introdujo las bolsas con brusquedad y cerró la
puerta con un golpe seco. Lo rasgó compulsivamente y al leer su
contenido se quedó pálida.
Ayer te eché de menos por la tarde. ¿Estás bien? Espero
verte a las cinco. No me falles.
De nuevo una bola de fuego ascendió desde el estómago
hasta su cabeza, de nuevo la necesidad imperiosa de respirar
aire fresco y el miedo paralizante que le llevó a intentar
recuperarse en la mecedora. De nuevo un medio folio con letras
escritas en un ordenador y sin firma. Quien fuera quien le había
escrito esa carta había estado muy cerca de ella el día
anterior y se había fijado en su ausencia en la ventana. Se
sintió aterrada, indefensa en su propia casa y en un gesto
instintivo cerró la puerta con llave y echó los dos pestillos
de seguridad. Sin embargo se sentía cada vez más insegura y
temerosa de que alguien entrara en cualquier momento. Cálmate, pronto sabrás de quién se trata.
Aprovechó la
comida acumulada el día anterior para no tener que cocinar y
comer. Fue un acto rutinario que inició sin desear. Comió por
instinto y una vez hubo finalizado volvió al salón para
descontar los minutos que faltaban para desvelar un misterio que
había trastornado su aburrida existencia, un aliciente
inesperado que deseaba no haber tenido.
La aguja del gran reloj de su salón avanzaba cada vez más
lentamente. Los minutos aguijoneaban su estómago haciéndole
sentir un profundo malestar físico. Estaba nerviosa. El tiempo
era demasiado cruel cuando de descubrir el misterio se trataba.
No encontró la manera de entretenerse. No tenía televisión
para matar el tiempo. En realidad sí lo tenía pero había
dejado de funcionar tres años atrás y no había hecho nada
para remediarlo. Ojeó la propaganda pero desistió pronto, no
se encontraba con ánimo para ello. Y al fin, aunque le
pareciera imposible, la hora llegó.
El reloj resonó cruelmente con sus cinco campanadas. Sintió
que esta era la música de su muerte, el anuncio del final de
los tiempos. Se incorporó lentamente de la mecedora y trató de
aproximarse hacia la ventana. Las piernas pesaban mucho más que
de costumbre y le resultaba penoso caminar. Pareciera que la
ventana estaba mucho más lejos que nunca, prohibida a su
curiosidad. Llegó hasta ella y dirigió su mano derecha hacia
la cortina. Si la movía podría resolver el misterio de las
cartas. Dudó unos segundos y, tras estar a punto de echarse atrás,
la apartó y miró ansiosa hacia la frutería de la esquina. En
ese mismo instante unas cinco personas estaban frente a la
puerta y se adivinaban otras dos en el interior. Le pareció que
todos los ojos le estaban mirando y volvió a esconderse detrás
de la cortina. El corazón le palpitaba enérgico y el sudor
comenzó a aparecer por cada uno de los poros de su cuerpo. No
había descubierto nada y no tenía el valor para volver a
mirar.
Me gustó verte de
nuevo pero se te olvidó saludar. Hazme un favor, ponte una
camisa más alegre, de colores. Estás muy triste de negro. Te
espero de nuevo a las cinco en la frutería.
La nueva carta llegó
al día siguiente, de nuevo hacia el mediodía e impulsada por
debajo de la puerta por su vecina. Abrió la puerta tan rápido
que su vecina pudo verla por un instante pero no tuvo tiempo de
saludarla porque la cerró con la misma velocidad con la que la
había abierto. Había estado toda la mañana pegada a ella
esperando que ese momento llegara. Al leer la nueva carta el
impacto que sintió fue menor que con las otras dos. Parecía
estar inmunizada a la sorpresa pero en realidad estaba en un
permanente estado de ansiedad que le mantenía en tensión y
alerta de todo. Sin duda esa persona misteriosa le había visto
la tarde anterior. Aunque podía haberla visto cualquier día
porque siempre vestía de negro, de luto por la muerte de su
marido.
No supo por qué motivo pero hizo caso a la petición de la
misiva y rescató de su armario una camisa en tonos naranjas.
Recordó cómo la última vez que se la había puesto había
sido en un viaje junto a su marido por unas islas griegas. Se
encontró mirándose frente al espejo y se sintió
repentinamente joven. Sin embargo la dejadez de su pelo no hacía
juego con el juvenil vestir de la camisa y, sin ni siquiera
llegar a plantearse el porqué, se vio poco después frente al
espejo del baño intentando arreglarse el cabello y retocándose
el rostro. Ahora sí que lucía un aspecto más adecuado. Al
darse cuenta de ello se sintió algo ruborizada al pensar que
estaba arreglándose para un perfecto desconocido del que
desconocía sus intenciones. Sin embargo todo aquello despertó
en ella una curiosidad que por momentos parecía dominar al
miedo. ¿Y si sus miedos habían sido infundados y después de
todo le esperaba una agradable sorpresa? Podía ser algún amigo
del pasado que volvía a acordarse de ella o... ¿o qué? No se
le ocurría nada más. A pesar de todo estaba dispuesta a lucir
su nuevo yo rejuvenecido y coqueto a las cinco de la tarde desde
la ventana de su casa.
Llegó la hora. Que tuviera curiosidad no fue óbice para que el
miedo retardara sus movimientos e hiciera más pesado su
caminar. Volvió incluso a dudar si retirar o no la cortina y
cuando al fin se decidió a hacerlo se encontró una escena
semejante a la del día anterior. Había alguna persona más y
volvió a sentir todos los ojos clavados en ella. Aguantó algún
segundo más pero, al contrario que de habitual, no podía
soportar sentirse observada y descubierta. Volvió a esconderse
detrás de la cortina. Nunca se había sentido tan protegida
detrás de esa simple tela pero le pareció que era el único
lugar seguro de toda la casa. Permaneció agarrada con fuerza a
ella, tensándola de manera que estuvo a punto de descolgarla,
pero volvió pronto a sentarse a intentar recordar alguna cara
de las varias que parecían observarle desde la esquina de la
frutería. Sin embargo ninguna la recordó conocida y ni
siquiera tenía la certeza de haberlas visto con claridad. Seguía
sumida en la más absoluta incertidumbre.
A la mañana siguiente continuó con su ceremonial de espera
ansiosa de una nueva carta pero sin embargo esta vez no llegó.
Eso desconcertó a la anciana más de lo mucho que ya lo estaba.
¿Ya está? ¿Esto
es todo? No podía
creérselo. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué habían
significado esas cartas y esas citas? Aunque no fue consciente
se sentía decepcionada por el pronto final de todo aquello.
Cierto es que había pasado unos días terribles, de mucha tensión,
pero ahora quería saber qué había sido todo aquello. Incluso
había recuperado un punto de vanidad perdido con el tiempo y
sentía ganas de coquetear con quien fuera que fuese el autor de
aquellas cartas.
Para su decepción tampoco hubo carta al día siguiente, ni al
siguiente, ni al siguiente del siguiente y poco a poco, una vez
superado el miedo, la ansiedad y la curiosidad se reencontró
con su vida normal. Volvió a pasar sus mañanas, entre el
desayuno y la comida, y las tardes, entre la comida y la cena,
mirando por la ventana. Volvió a recuperar el control de las
miradas sobre los observados aunque no dejó de dirigir su
mirada cada tarde, a las cinco, hacia la frutería por si
algo la hacía sospechar. Pero nada parecía nunca fuera de lo
normal ni nadie parecía mirar hacia su ventana. Todo recuperó
el anodino cariz de los años anteriores a la dichosa primera carta. La
voraz rutina fue devorándolo todo hasta casi hacerle olvidar lo
sucedido.
Perdóname. Me puse
enfermo y he estado un mes de baja. Estabas mucho más guapa con
esa camisa aunque te retiraste muy pronto de la ventana. Te
espero mañana a las cinco en la frutería. Ven con la camisa
naranja.
Cuando todo parecía
haber quedado olvidado en el baúl polvoriento del pasado la
rutina se vio alterada de nuevo por una carta exactamente igual,
sin el nombre del remitente ni del destinatario, sólo con una
dirección y medio folio escrito a ordenador en el interior. Un
cúmulo de sensaciones ya olvidadas volvió a apoderarse de ella
un mes después. Al leerla por primera vez no percibió ninguna
novedad salvo el detalle de que, por primera vez, hacía
referencia a circunstancias personales del remitente, la baja
por enfermedad. Pero esa información revelaba únicamente el
porqué de tan prolongada ausencia. Fue en la segunda lectura
cuando se dio cuenta de que había un matiz diferente mucho más
importante. La carta no le pedía que se dejara ver tras la
ventana; esta vez le pedía que fuera ella hasta la frutería.
Empezó a toser. Era una tos nerviosa. Aquello era demasiado. ¡Salir de casa! Pero,
¡¿qué dice?! De
pronto se vio a sí misma agarrada a las cortinas de su ventana
que aguantaron de nuevo el peso de su incertidumbre. Pensó en
llamar a la policía pero, ¿qué iba a contarles? Oigan,
alguien me está mandando cartas y quiere quedar conmigo.
Lo descartó. Lo mejor era quedarse en casa encerrada. Ni
siquiera miraría por la ventana, así esa persona del
demonio dejaría de
molestarla.
No fue fácil aquella noche para ella. No consiguió conciliar
el sueño y cada sombra dibujada en su habitación le parecía
un peligro inminente. Sin embargo era muy difícil que nadie
hubiera entrado porque ella permanecía con la puerta cerrada
bajo llave y con los dos pestillos puestos. Además todas las
ventanas estaban, como siempre, cerradas.
Al levantarse por la mañana lo decidió. No iba a mirar por la
ventana y además bajaría las persianas para que nadie pudiera
ver nada de su casa. Ahora sólo le quedaba esperar y dejar que
pasara el día en la oscuridad de su hogar y cruzar los dedos
para que todo aquello acabara y no llegaran más cartas.
Cuando el reloj estaba a punto de marcar las cinco sucedió algo
insólito. Como si de una autómata se tratara, la anciana se
levantó de la mecedora y se dirigió hacia la puerta de su
casa. Quitó los dos pestillos, giró la llave dos vueltas en la
cerradura y la abrió. Salió a la escalera del edificio y cerró
la puerta con fuerza tras de sí. El cierre produjo un gran
estruendo pero estaba tan ensimismada que no pareció alterarse
por el sonido. Bajó al portal y salió decidida a la calle. Se
encontró rodeada de otras personas pero no se detuvo a pensar
en ello; dirigió los pasos firmes hacia la frutería. Eran las
cinco de la tarde, no llevaba la camisa de tonos naranjas pero
no importaba, tenía que conocer a quien fuera que fuese quien
le enviaba las cartas. Cruzó la calle con el semáforo en rojo.
Un conductor hizo sonar el claxon del coche y la insultó pero
ella pareció no inmutarse. Estaba a punto de llegar a la frutería
y el corazón amenazaba con estallar pero se veía incapaz de
frenar. Su suerte estaba echada, fuera la que fuera. Y de
repente allí estaba. En la esquina de la frutería, frente a la
puerta de acceso, girando sobre sí misma esperando una palabra,
un saludo de la persona desconocida, una sorpresa que resolviera
el terrible misterio. Perdone,
¿tiene hora? Las cinco y un minuto. Gracias. Miró a izquierda y derecha, dio más vueltas sobre sí misma pero nada,
nadie la saludó, nadie la cogió del brazo para gritarle ¡sorpresa!
En el momento
exacto en que decidió arrojar la toalla llegó la mayor
sorpresa de su vida. No es que nadie la saludara al fin y
resolviera el misterio de las cartas sino que cuando miró hacia
la ventana de su casa vio un rostro. El pánico más absoluto
invadió su cuerpo. Estuvo a punto de gritar pero el miedo
agarraba con fuerza sus cuerdas vocales y le impedía pedir
auxilio. Empezó a sentir un sudor frío y su rostro perdió el
poco color que ya tenía. Una persona que por allí pasaba se
preocupó al verla en ese estado pero ella ni siquiera fue
consciente de su preocupación. ¿Se
encuentra bien señora?
Sin tiempo para responder comenzó a caminar hacia su casa.
Intentó echar a correr pero el peso del terror parecía
retenerla con fuerza haciendo que su caminar tuviera un cierto
aire cómico, el de alguien que quiere avanzar cuando una fuerza
opuesta le trata de retener. No perdía de vista la ventana. Ahí
seguía el rostro, impasible pese a ser descubierto,
irreconocible por la distancia.
La
anciana empezó a cruzar la calle sin perder de vista ni un sólo
instante la ventana. De pronto quedó paralizada en medio de la
carretera. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. ¡¿Cómo
es posible?!, gritó
tras recuperar la voz. La cara que miraba desde la ventana de su
salón era la suya. Su rostro en la ventana fue lo último que
consiguió ver antes de morir atropellada por un camión de
frutas.
Carlos Pérez Cruz |