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Emisión: 25 Mayo 2006
Música:
György Ligeti, Julien Pinol, Paolo Fresu, Lluis Vidal & Mark Feldman, Mephista, Ramón López, P.A.F. Trío, Agustí Fernández & William Parker, Tanya Kalmanovitch, Biosintes y Evan Parker
Título:
Las Cartas

 

Mañana, a las cinco de la tarde, gire su mirada hacia la esquina de la frutería y salude.

La anciana leyó estas palabras y sintió cómo su pulso se aceleraba. Su vecina, una joven viuda de unos cincuenta años, había introducido por debajo de la puerta de su casa la primera carta personal que ella había recibido en casi diez años. Por lo general su correspondencia estaba formada por alguna carta del banco e inútil propaganda que ella utilizaba para entretenerse en sus visitas al baño. Todavía recibía información de la empresa en la que había trabajado su marido, fallecido diez años atrás.

El sobre no tenía remitente. Ni siquiera su nombre aparecía como destinataria. Sólo la dirección de la calle, el portal y el piso. Ninguna información más. Podría tratarse de un error, de una carta dirigida a otra persona, ¿quién me va a escribir a mí?, pensó todavía temblorosa tras leer la única frase sarpullida en un medio folio blanco. La frase no sólo no tenía firma si no que estaba escrita en un ordenador. Era mediodía y faltaban todavía más de veinticuatro horas para que la anciana pudiera descubrir el misterio.

Sintió cómo un calor angustioso se iba adueñando de su cuerpo, como si tuviera en su estómago una bola de fuego que subía veloz hacia el cerebro. Con la mano derecha sujetaba el medio folio con esa única e inquietante frase. Lo dejó sobre la mesa del salón dirigiéndole de reojo una mirada de pánico y desconcierto. Se acercó a la ventana con la imperiosa necesidad de abrirla y poder sentir un poco de aire fresco para calmarse pero justo en el momento en que iba a abrirla el miedo la paralizó. ¿Y si ese alguien estuviera allí mirándome desde la calle? Retrocedió bruscamente y se sentó en su mecedora buscando en el ir y venir del movimiento algo de calma. Tenía que tranquilizarse, tenía que pensar y no dejar que el pulso acelerado le impidiera razonar y encontrar una explicación razonable a esas palabras.

¿Quién podía haber escrito aquello? Desde que su marido había muerto ella no había salido de casa más que en los primeros años tras su muerte. Desde entonces se había encerrado y aislado de un mundo que le parecía demasiado hostil sin él. No tenía familia, no tenía amigos y si los tuvo ya se habrían olvidado de ella. El único contacto con una voz ajena lo tenía a través del teléfono con el encargado de un supermercado que le enviaba la compra a domicilio. El resto del tiempo mantenía el teléfono descolgado para que nadie le importunara con el error de un número equivocado. Ni siquiera veía el rostro de quien le traía su compra cada semana. Ella pasaba el dinero por debajo de la puerta cuando el timbre anunciaba al recadista. El resto del tiempo lo dedicaba a soportar el lento paso de las horas mirando por la ventana a la gente pasar. Procuraba no exponerse demasiado y por ello no la abría sino que permanecía impasible mirando tras el cristal con rostro serio e insensible. Había desarrollado una habilidad especial para no retirar la mirada de los ojos de quienes espiaba cuando le descubrían y que fueran los espiados los primeros en apartarla y agachar la cabeza como si fuesen ellos los invasores de su intimidad. Así permanecía durante las largas horas de la mañana entre el desayuno y la comida y durante las largas horas de la tarde entre la comida y la cena. Por la noche intentaba dormir pero eran más las horas en vela que las de sueño efectivo. Cuando no lo conciliaba se dedicaba a mirar el techo de su habitación teñido del naranja de las luces de la calle. Y así completaba un ciclo diario al que había dedicado sus últimos años con perseverancia.

Las palabras escritas en la carta retumbaban en su cerebro. Tenían ya voz propia pero era la voz de su imaginación repitiendo la invitación para el día siguiente. De vez en cuando recogía de nuevo el medio folio y lo leía. Cada vez que lo hacía volvía a sentir la misma sensación angustiosa que había sentido la primera vez tras abrir el sobre. ¿Será una broma? Pero sus dudas volvían a encontrarse con la misma respuesta. ¿Una broma de quién, si no conozco a nadie? Decidió dar por seguro que se trataba de un error, de una carta mal dirigida, quizá una invitación a un gesto secreto entre amantes adolescentes. Pero, ¿por qué no tenía remite? Y, ¿por qué precisamente estaba dirigida al segundo izquierda de su portal y a nadie en particular? No conseguía quitarse de la cabeza todas estas preguntas y con las dudas y el miedo se olvidó de comer. Permaneció durante largas horas petrificada en la mecedora que estaba ahora detenida por el peso de su inacción.

El hambre ganó la batalla hacia las cinco de la tarde. Se refugió en su cocina y entre los fogones trató de aliviar la tensión del momento. Comenzó a cocinar de manera compulsiva, rescató del olvido cacerolas con una capa de polvo de años. Comía mientras guisaba pero no paraba de hervir, pelar, descongelar... No tenía muy claro cuál era el objetivo de todo ese frenesí gastronómico pero mientras permaneciera atenta a los fuegos se sentiría algo más relajada o al menos ocuparía sus pensamientos en algo más que en las malditas palabras de la carta. Una hora después de encender el primer fogón apagó el último. La cocina presentaba un aspecto que no había conocido desde hacía más de diez años cuando su marido traía a algunos amigos del trabajo a cenar a casa. Tras su muerte apenas encendía uno de los fogones y se sorprendió al ver que todavía funcionaban todos. Se sentó agotada en una silla y volvió a concentrarse en tratar de entender el sentido de aquellas palabras. No supo por qué pero algo le decía que no debía mirar aquella tarde por la ventana. Entró en su dormitorio y se tumbó. No volvería a levantarse hasta la mañana siguiente, muy temprano, tras una noche prácticamente en vela y atenazada por la incertidumbre.

Conforme avanzaban los minutos, más lentos todavía que de habitual, el pulso se le iba acelerando. Era jueves y, como todos los jueves, era el día en que llamaba al supermercado para hacer su encargo. La voz del otro lado del teléfono repetía cada una de las peticiones de ella como de costumbre. Su cesta no variaba demasiado de jueves en jueves y la conversación tampoco. Sin embargo en esta ocasión una pregunta de su interlocutor le hizo colgar bruscamente el teléfono. ¿Desea algo de la frutería? Sintió cómo su corazón se desbocaba cuando el dependiente mencionó la palabra frutería. ¿Qué tipo de broma es esta? Respiró profundo y trató de calmarse. Estás exagerando, se dijo. Descolgó el teléfono y se excusó ante el encargado. Se ha cortado. Media hora más tarde el timbre de la puerta sonó, introdujo el importe exacto por debajo y una vez se hubo ido el recadero la abrió y recogió las bolsas. Al levantarlas se encontró un nuevo sobre en el suelo. Lo cogió y vio aterrada que se trataba de un sobre semejante al del día anterior, no tenía remite e iba dirigido al segundo izquierda de su portal. Introdujo las bolsas con brusquedad y cerró la puerta con un golpe seco. Lo rasgó compulsivamente y al leer su contenido se quedó pálida.

Ayer te eché de menos por la tarde. ¿Estás bien? Espero verte a las cinco. No me falles.

De nuevo una bola de fuego ascendió desde el estómago hasta su cabeza, de nuevo la necesidad imperiosa de respirar aire fresco y el miedo paralizante que le llevó a intentar recuperarse en la mecedora. De nuevo un medio folio con letras escritas en un ordenador y sin firma. Quien fuera quien le había escrito esa carta había estado muy cerca de ella el día anterior y se había fijado en su ausencia en la ventana. Se sintió aterrada, indefensa en su propia casa y en un gesto instintivo cerró la puerta con llave y echó los dos pestillos de seguridad. Sin embargo se sentía cada vez más insegura y temerosa de que alguien entrara en cualquier momento. Cálmate, pronto sabrás de quién se trata.

Aprovechó la comida acumulada el día anterior para no tener que cocinar y comer. Fue un acto rutinario que inició sin desear. Comió por instinto y una vez hubo finalizado volvió al salón para descontar los minutos que faltaban para desvelar un misterio que había trastornado su aburrida existencia, un aliciente inesperado que deseaba no haber tenido.

La aguja del gran reloj de su salón avanzaba cada vez más lentamente. Los minutos aguijoneaban su estómago haciéndole sentir un profundo malestar físico. Estaba nerviosa. El tiempo era demasiado cruel cuando de descubrir el misterio se trataba. No encontró la manera de entretenerse. No tenía televisión para matar el tiempo. En realidad sí lo tenía pero había dejado de funcionar tres años atrás y no había hecho nada para remediarlo. Ojeó la propaganda pero desistió pronto, no se encontraba con ánimo para ello. Y al fin, aunque le pareciera imposible, la hora llegó.

El reloj resonó cruelmente con sus cinco campanadas. Sintió que esta era la música de su muerte, el anuncio del final de los tiempos. Se incorporó lentamente de la mecedora y trató de aproximarse hacia la ventana. Las piernas pesaban mucho más que de costumbre y le resultaba penoso caminar. Pareciera que la ventana estaba mucho más lejos que nunca, prohibida a su curiosidad. Llegó hasta ella y dirigió su mano derecha hacia la cortina. Si la movía podría resolver el misterio de las cartas. Dudó unos segundos y, tras estar a punto de echarse atrás, la apartó y miró ansiosa hacia la frutería de la esquina. En ese mismo instante unas cinco personas estaban frente a la puerta y se adivinaban otras dos en el interior. Le pareció que todos los ojos le estaban mirando y volvió a esconderse detrás de la cortina. El corazón le palpitaba enérgico y el sudor comenzó a aparecer por cada uno de los poros de su cuerpo. No había descubierto nada y no tenía el valor para volver a mirar.

Me gustó verte de nuevo pero se te olvidó saludar. Hazme un favor, ponte una camisa más alegre, de colores. Estás muy triste de negro. Te espero de nuevo a las cinco en la frutería.

La nueva carta llegó al día siguiente, de nuevo hacia el mediodía e impulsada por debajo de la puerta por su vecina. Abrió la puerta tan rápido que su vecina pudo verla por un instante pero no tuvo tiempo de saludarla porque la cerró con la misma velocidad con la que la había abierto. Había estado toda la mañana pegada a ella esperando que ese momento llegara. Al leer la nueva carta el impacto que sintió fue menor que con las otras dos. Parecía estar inmunizada a la sorpresa pero en realidad estaba en un permanente estado de ansiedad que le mantenía en tensión y alerta de todo. Sin duda esa persona misteriosa le había visto la tarde anterior. Aunque podía haberla visto cualquier día porque siempre vestía de negro, de luto por la muerte de su marido.

No supo por qué motivo pero hizo caso a la petición de la misiva y rescató de su armario una camisa en tonos naranjas. Recordó cómo la última vez que se la había puesto había sido en un viaje junto a su marido por unas islas griegas. Se encontró mirándose frente al espejo y se sintió repentinamente joven. Sin embargo la dejadez de su pelo no hacía juego con el juvenil vestir de la camisa y, sin ni siquiera llegar a plantearse el porqué, se vio poco después frente al espejo del baño intentando arreglarse el cabello y retocándose el rostro. Ahora sí que lucía un aspecto más adecuado. Al darse cuenta de ello se sintió algo ruborizada al pensar que estaba arreglándose para un perfecto desconocido del que desconocía sus intenciones. Sin embargo todo aquello despertó en ella una curiosidad que por momentos parecía dominar al miedo. ¿Y si sus miedos habían sido infundados y después de todo le esperaba una agradable sorpresa? Podía ser algún amigo del pasado que volvía a acordarse de ella o... ¿o qué? No se le ocurría nada más. A pesar de todo estaba dispuesta a lucir su nuevo yo rejuvenecido y coqueto a las cinco de la tarde desde la ventana de su casa.

Llegó la hora. Que tuviera curiosidad no fue óbice para que el miedo retardara sus movimientos e hiciera más pesado su caminar. Volvió incluso a dudar si retirar o no la cortina y cuando al fin se decidió a hacerlo se encontró una escena semejante a la del día anterior. Había alguna persona más y volvió a sentir todos los ojos clavados en ella. Aguantó algún segundo más pero, al contrario que de habitual, no podía soportar sentirse observada y descubierta. Volvió a esconderse detrás de la cortina. Nunca se había sentido tan protegida detrás de esa simple tela pero le pareció que era el único lugar seguro de toda la casa. Permaneció agarrada con fuerza a ella, tensándola de manera que estuvo a punto de descolgarla, pero volvió pronto a sentarse a intentar recordar alguna cara de las varias que parecían observarle desde la esquina de la frutería. Sin embargo ninguna la recordó conocida y ni siquiera tenía la certeza de haberlas visto con claridad. Seguía sumida en la más absoluta incertidumbre.

A la mañana siguiente continuó con su ceremonial de espera ansiosa de una nueva carta pero sin embargo esta vez no llegó. Eso desconcertó a la anciana más de lo mucho que ya lo estaba.
¿Ya está? ¿Esto es todo? No podía creérselo. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué habían significado esas cartas y esas citas? Aunque no fue consciente se sentía decepcionada por el pronto final de todo aquello. Cierto es que había pasado unos días terribles, de mucha tensión, pero ahora quería saber qué había sido todo aquello. Incluso había recuperado un punto de vanidad perdido con el tiempo y sentía ganas de coquetear con quien fuera que fuese el autor de aquellas cartas.

Para su decepción tampoco hubo carta al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente del siguiente y poco a poco, una vez superado el miedo, la ansiedad y la curiosidad se reencontró con su vida normal. Volvió a pasar sus mañanas, entre el desayuno y la comida, y las tardes, entre la comida y la cena, mirando por la ventana. Volvió a recuperar el control de las miradas sobre los observados aunque no dejó de dirigir su  mirada cada tarde, a las cinco, hacia la frutería por si algo la hacía sospechar. Pero nada parecía nunca fuera de lo normal ni nadie parecía mirar hacia su ventana. Todo recuperó el anodino cariz de los años anteriores a la
dichosa primera carta. La voraz rutina fue devorándolo todo hasta casi hacerle olvidar lo sucedido.

Perdóname. Me puse enfermo y he estado un mes de baja. Estabas mucho más guapa con esa camisa aunque te retiraste muy pronto de la ventana. Te espero mañana a las cinco en la frutería. Ven con la camisa naranja.

Cuando todo parecía haber quedado olvidado en el baúl polvoriento del pasado la rutina se vio alterada de nuevo por una carta exactamente igual, sin el nombre del remitente ni del destinatario, sólo con una dirección y medio folio escrito a ordenador en el interior. Un cúmulo de sensaciones ya olvidadas volvió a apoderarse de ella un mes después. Al leerla por primera vez no percibió ninguna novedad salvo el detalle de que, por primera vez, hacía referencia a circunstancias personales del remitente, la baja por enfermedad. Pero esa información revelaba únicamente el porqué de tan prolongada ausencia. Fue en la segunda lectura cuando se dio cuenta de que había un matiz diferente mucho más importante. La carta no le pedía que se dejara ver tras la ventana; esta vez le pedía que fuera ella hasta la frutería.

Empezó a toser. Era una tos nerviosa. Aquello era demasiado.
¡Salir de casa!  Pero, ¡¿qué dice?! De pronto se vio a sí misma agarrada a las cortinas de su ventana que aguantaron de nuevo el peso de su incertidumbre. Pensó en llamar a la policía pero, ¿qué iba a contarles? Oigan, alguien me está mandando cartas y quiere quedar conmigo. Lo descartó. Lo mejor era quedarse en casa encerrada. Ni siquiera miraría por la ventana, así esa persona del demonio dejaría de molestarla.

No fue fácil aquella noche para ella. No consiguió conciliar el sueño y cada sombra dibujada en su habitación le parecía un peligro inminente. Sin embargo era muy difícil que nadie hubiera entrado porque ella permanecía con la puerta cerrada bajo llave y con los dos pestillos puestos. Además todas las ventanas estaban, como siempre, cerradas.

Al levantarse por la mañana lo decidió. No iba a mirar por la ventana y además bajaría las persianas para que nadie pudiera ver nada de su casa. Ahora sólo le quedaba esperar y dejar que pasara el día en la oscuridad de su hogar y cruzar los dedos para que todo aquello acabara y no llegaran más cartas.

Cuando el reloj estaba a punto de marcar las cinco sucedió algo insólito. Como si de una autómata se tratara, la anciana se levantó de la mecedora y se dirigió hacia la puerta de su casa. Quitó los dos pestillos, giró la llave dos vueltas en la cerradura y la abrió. Salió a la escalera del edificio y cerró la puerta con fuerza tras de sí. El cierre produjo un gran estruendo pero estaba tan ensimismada que no pareció alterarse por el sonido. Bajó al portal y salió decidida a la calle. Se encontró rodeada de otras personas pero no se detuvo a pensar en ello; dirigió los pasos firmes hacia la frutería. Eran las cinco de la tarde, no llevaba la camisa de tonos naranjas pero no importaba, tenía que conocer a quien fuera que fuese quien le enviaba las cartas. Cruzó la calle con el semáforo en rojo. Un conductor hizo sonar el claxon del coche y la insultó pero ella pareció no inmutarse. Estaba a punto de llegar a la frutería y el corazón amenazaba con estallar pero se veía incapaz de frenar. Su suerte estaba echada, fuera la que fuera. Y de repente allí estaba. En la esquina de la frutería, frente a la puerta de acceso, girando sobre sí misma esperando una palabra, un saludo de la persona desconocida, una sorpresa que resolviera el terrible misterio.
Perdone, ¿tiene hora? Las cinco y un minuto. Gracias. Miró a izquierda y derecha, dio más vueltas sobre sí misma pero nada, nadie la saludó, nadie la cogió del brazo para gritarle ¡sorpresa!

En el momento exacto en que decidió arrojar la toalla llegó la mayor sorpresa de su vida. No es que nadie la saludara al fin y resolviera el misterio de las cartas sino que cuando miró hacia la ventana de su casa vio un rostro. El pánico más absoluto invadió su cuerpo. Estuvo a punto de gritar pero el miedo agarraba con fuerza sus cuerdas vocales y le impedía pedir auxilio. Empezó a sentir un sudor frío y su rostro perdió el poco color que ya tenía. Una persona que por allí pasaba se preocupó al verla en ese estado pero ella ni siquiera fue consciente de su preocupación. ¿Se encuentra bien señora? Sin tiempo para responder comenzó a caminar hacia su casa. Intentó echar a correr pero el peso del terror parecía retenerla con fuerza haciendo que su caminar tuviera un cierto aire cómico, el de alguien que quiere avanzar cuando una fuerza opuesta le trata de retener. No perdía de vista la ventana. Ahí seguía el rostro, impasible pese a ser descubierto, irreconocible por la distancia.

La anciana empezó a cruzar la calle sin perder de vista ni un sólo instante la ventana. De pronto quedó paralizada en medio de la carretera. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. ¡¿Cómo es posible?!, gritó tras recuperar la voz. La cara que miraba desde la ventana de su salón era la suya. Su rostro en la ventana fue lo último que consiguió ver antes de morir atropellada por un camión de frutas.

Carlos Pérez Cruz