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Emisión: 17 Mayo 2006
Música:
Stefano Di Battista, Joan Sanmartí, Paolo Fresu, Ike Quebec, Henri Texier, Gianluigi Trovesi, Gabriele Mirabassi, José Luis Gámez & Dani Pérez y Nando Michelín
Título:
Escribir

 

Acabé con las labores diarias de supervivencia y me senté frente a la hoja en blanco, anhelante de una idea genial, de una historia divertida, del cuento definitivo. Sería cerca de la una de la tarde cuando por fin pude sentarme en mi mesa, con el bolígrafo en la mano derecha y todo el tiempo por delante para mancillar el blanco impoluto del folio.

Desde que había escuchado en la radio que los libros eran uno de los mayores delitos ecológicos de nuestro tiempo procuraba no escribir una sola letra hasta estar convencido de que la idea era lo suficientemente buena como para honrar al árbol caído en batalla. Sin embargo la mayor parte de las veces el folio solía acabar como las hojas del otoño, en el suelo y pisoteado.

¿Era verdad aquello? ¿Son los libros uno de los mayores delitos ecológicos de nuestro tiempo? Si hacemos caso de los índices de lectura de la población el abuso ecológico es evidente. Demasiados libros, demasiadas hojas por lo tanto, permanecerán expuestas en la estantería del olvido. Uno confía en que las geniales y mediocres palabras sobrantes serán borradas para dar paso a otras con mayor fortuna antes de que el ciclo del reciclaje termine por agotar las ideas sobre el folio.

Podría utilizar el ordenador antes que malgastar folios y más folios pero siempre me ha parecido que el contacto entre el papel y la mano, con la mediación del bolígrafo, tiene una sensualidad que el traqueteo del teclado no puede proporcionar. El roce en el descenso de la mano por la hoja es el síntoma de la productividad del escritor y en ocasiones produce mayor excitación que la que esa misma mano ofrece descendiendo por la piel del cuerpo de una mujer hasta llegar al epicentro de su sensualidad.

La verdad es que empezar a la una de la tarde era empezar un poco tarde. Pero precisamente mi mano había trabajado aquella noche en la sensualidad de mi mujer y el sueño se había resentido. Esa misma mano apagó el despertador y el despertar natural terminó siendo más cerca de las once que de las diez. ¡Menuda noche! Pensé escribir sobre ella pero el pudor me pudo. No hacía falta que utilizara nombres reales pero algo me decía que contarlo era traicionarle a ella. Así que descarté de primeras el contenido erótico para mi nueva historia.

¿Sobre qué podía escribir? Venga, ¡piensa!, me dije. No tenía mucho tiempo hasta la hora de comer y conociéndome sabía que era muy probable que en ese tiempo sólo pudiera esbozar alguna idea en mi cabeza, pero poco más. Pero esa idea era importante que llegara antes de llenar el estómago. Después el cerebro se aletarga al ritmo de la digestión y el proceso se complica. El olor del cocido que ya llegaba hasta mi nariz no ayudaba mucho a la concentración. Cerré la puerta de mi despacho pero el poder de las especias, que mi mujer domina como un genio literato su pluma, lo había impregnado todo de manera irremisible. Estaba abocado a ingeniármelas embriagado.

¡Piensa, piensa! Pero nada había en mi pensamiento que no incluyera un poquito de perejil y de canela para el postre. ¡La cocina es todo un arte! Y además un arte que tiene una función esencial, dar la vida. ¿Se puede sobrevivir sin el arte culinario? Sin duda, pero se vive mejor con él. Lo que mi mujer hacía para mí en casa y por las tardes en la cocina de un hotel era arte del mejor, provocaba el éxtasis diario de decenas de afortunados coleccionistas de hedonismo gastronómico. En más de una ocasión recibía las felicitaciones entusiastas de los comensales y en más de dos había recibido prestigiosos premios por su... Arte.

Creo no traicionar su confianza si, sin entrar en mayores detalles, os cuento que su manejo de las especias y otros condimentos alimenticios era uno de los alicientes en nuestras relaciones sexuales. La verdad es que sabía ponerle picante a la vida y el punto exacto de sabor a nuestros cuerpos. ¡Menuda noche! Nada, no podía quitarme de la cabeza la noche pasada y la comida futura. Todos ellos placeres sensoriales que me impedían concentrarme en mi trabajo, en la construcción de frases con palabras que juntas tuvieran algún resultado digno de ser leído.

Esta vez no hubo suerte. La hora de la comida era, como de costumbre, a las dos y cuarto. El tiempo estaba perfectamente calculado para poder disfrutar ambos de su enésima gloria culinaria antes de que ella tuviera que marcharse y yo me viera abocado a la soledad del escritor sin ideas durante toda la tarde.

La comida fue la continuación de los placeres de la madrugada. Cariño, ¿qué le has echado? Por supuesto no hubo respuesta. Una sonrisa de satisfacción es lo máximo que ella responde celosa de los secretos de su magia. No hubo mucha más conversación. No fue por falta de temas, sino porque hablar no permite que los sabores florezcan en la boca y sorprendan al paladar con cada una de las cucharadas. No te preocupes, ya recojo yo. Vete que llegas tarde. ¡Qué menos podía hacer después de semejante regalo! Me prepararía un café y volvería a sentarme frente al folio en blanco.

¡Mierda! Se me había olvidado pensar durante la comida. Los sentidos habían anulado mi capacidad de razonar y me había entregado por completo a dejarme invadir por el afrodisíaco poder del plato. Si estuviera ella aquí ahora, pensó mi cuerpo. ¡Ideas! ¡Necesitaba ideas! Ella tenía los armarios siempre repletos de ideas, ¿pero yo? Un bolígrafo y un papel en blanco, mis únicas herramientas junto al diccionario. En realidad la respuesta a mis plegarias estaba en el diccionario. Todas las palabras allí escritas y explicadas pero necesitaba la clave para unirlas y darles sentido. Me puse a leerlo. Era una de mis costumbres. Cada día procuraba leer dos o tres páginas. No sé muy bien con qué motivo, si por enriquecerme, por perder el tiempo o por encontrar una excusa para mis textos. Fuere por lo que fuere no fallaba a mi cita diaria con él.

Excremento: (Del lat. excrementum). 1. m. Residuos del alimento que, después de hecha la digestión, despide el cuerpo por el ano. 2. m. Residuo metabólico del organismo. 3. m. Residuo que se produce en las plantas por putrefacción.

Esa fue mi última palabra. Excremento. Me sumió en una cierta depresión. Encontré muy triste ser consciente de que el excremento, en definitiva la mierda, era la evolución natural del trabajo de mi mujer. Todas las horas de estudio, de práctica en la cocina y de preparación diaria se iban, literalmente, a la mierda. Leer que el excremento era el residuo de las plantas putrefactas no mejoró mucho mi estado de ánimo. Aunque en realidad creo que mi depresión no tenía mucho que ver con mi mujer y su reconocido arte culinario. Creo más bien que la depresión tenía más que ver con otro tipo de mierda.

¿Para qué mierdas sirve escribir? Esa era mi verdadera depresión, el sentido de mi propia vida se enfrentaba de nuevo al vacío de la hoja en blanco. La mayoría de las veces mis hojas escritas terminaban siendo excremento literario pero al contrario que con el arte de mi mujer ese excremento no era la última fase de un proceso placentero en el inicio, nutritivo en la continuación y sólo residual en el final, sino que el proceso constaba de una única y frustrante fase: el fracaso. Sí, había tenido algún reconocimiento puntual por mis escritos pero cuando éste llegaba yo ya había renegado de lo escrito y en el resto de las ocasiones, la mayoría, no llegaba el éxito porque los folios terminaban en la mierda; es decir, en el contenedor.

La hoja en blanco como un gran valle en el que el eco hace irreconocible las palabras. Tenía la sensación de que la tinta de mi bolígrafo se fundiría con el blanco del folio apenas lo rozara con la punta. Por un momento lo vi todo blanco, mi vista pareció fundirse en la profundidad de la nada, porque nada me pareció tener sentido en lo que estaba haciendo. ¡Hágase la luz!, dijo el electricista. ¡Abriré las aguas!, el fontanero. Tenía hambre y me diste de comer, le dicen a mi mujer. ¿Cuántas veces habría insistido mi padre? Hijo mío, elige un oficio. La gente sólo lee los deportes. Pero no me gustaban. ¡Escribe las recetas de tu mujer y harás feliz a muchos! Quizá tenía razón. Hacer feliz a la gente ya es como para estar feliz. Pero pensé que mi felicidad no estaba ligada a frases del tipo 20 gramos de mantequilla y una cucharada sopera de aceite. ¿Qué me hacía feliz? ¿Escribir? Si tenía éxito lo aborrecía y como la mayoría de las veces no era así mi fracaso no era motivo para estar exultante.

¡Una idea! ¡Necesito una idea! Mi vida por una idea. O al menos mi día por una idea. Que el día no transcurriera en vano. No pedía la idea de mi vida pero sí la idea del día. Esa que me mantuviera abstraído de mis propias miserias, que me hiciera inconsciente del insustancial valor del escritor. O lo que es peor, del insustancial valor de mi propia existencia. ¿Para qué servía yo? ¿Hacía feliz a mi mujer? Hombre, mal no lo pasábamos pero al fin y al cabo nos veíamos lo suficientemente poco como para que lo que yo le daba se lo pudieran dar unos cuantos fontaneros o electricistas que, además, le serían útiles para las chapuzas de la casa. Me entró un miedo atroz, pánico al abandono por inútil. Esa noche le esperaría embadurnado en canela... así no tendría tiempo para pensar en abandonarme.

A punto del suicidio profesional recibí la llamada de mi editor. ¿Cómo va eso? ¿Tienes algo para mí? No, la pregunta es, ¿tienes tu algo para mí? ¿Alguna idea? Por favooooorrr. Ilumíname. Sabes que te quiero, me dijo antes de colgar. Sí, me quería, pero quería también a otros tantos escritores sin duda mucho más inspirados que yo. La tiranía del mercado, pensé. ¡Escribiré sobre ello! La tiranía del mercado... Necesitaba tomar el aire. La tiranía de mi propia incapacidad me tenía atenazado por lo que decidí dar un par de vueltas a la manzana para calmarme. ¡Antonio! ¿Cómo va eso? Va, es lo único que pude contestarle al tendero de la esquina de mi calle. ¡Tendero! Toda la vida pensando en qué aburrido sería serlo y ahora le envidiaba. ¿Tenía mala cara? Nunca. Siempre sonreía, siempre hablando con todo el mundo y contándose sus vidas. Una vida que tenía sentido: el suministro. Qué gran hombre, gracias a él mi mujer tenía un montón de ideas en los armarios.

Al volver a casa estuve pensando en él, en el tendero. ¿Sería real su felicidad? Al fin y al cabo madrugaba todos los días y tenía una jornada de trabajo de muchas horas. ¿Le quedaría tiempo para algo más que para vender y mantener su negocio? ¿Para leer? Me reí sólo de pensarlo. ¿No serán quizá todos sus días iguales? Las mismas caras comprando las mismas cosas y diciendo las mismas tonterías sobre el tiempo, las obras del vecindario o la comunión de la niña del tercero. Y así cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. ¡Los domingos! Ese tenía que ser su día. ¿Un día de cada siete? No era mucha recompensa. Descarté la idea de ser tendero. Tampoco me pareció que la vida del electricista o del fontanero me fuera a llenar, por mucho que éste último oficio gozara de una cierta fama, más bien mito, erótica.

Me va a dejar. Hoy me deja seguro. Ella trabajaba miles de horas para mantener mi capricho escritor y yo le iba a corresponder aquel día con un folio en blanco. ¡Y quién paga la luz!, me diría no sin razón. Y el folio se llenaría de palabras que finalizarían con una firma de acuerdo de divorcio. Y, ¿luego qué? Se acabaría el sueño y tendría que buscar un trabajo de verdad, como decía mi padre. La lectura es importante, es bueno leer. No hijo no, aquí lo importante es comer. Y de comer daba precisamente mi mujer.

No puedo, lo siento pero no puedo. El folio permanecía en blanco y eso significaba que el cheque también. Encendí la televisión y fijé mis tristes ojos en ella. Concursos, daban dinero. Noticias, informaban. Anuncios, vendían. Todo tenía una función que yo no encontraba a mi vida.

Ella llegó mientras yo dormía. Suele aparecer por casa hacia las dos de la madrugada pero viene tan alterada por su ritmo de trabajo que necesita una hora para relajarse y conciliar el sueño. No le oí entrar. Estaba profundamente sumido en mi único momento creativo del día. Y no era mérito mío soñar. Fue una risa suya la que interrumpió el sueño. Abrí los ojos. Allí estaba, junto a mí en la cama. Apoyaba su espalda en el cabezal y sujetaba unos folios con sus manos. Parecía distraída leyendo algo. Sonreía. Le pregunté qué hacía pero no respondió. Se levantó de la cama. Cariño, ¿dónde vas? No hubo respuesta. Oí que abría los armarios de la cocina, supuse que tenía hambre. Sin embargo regresó pronto. Se quedó en la puerta de nuestro dormitorio mirándome. En la mano derecha sujetaba un bote de canela. Me sentía algo desconcertado. ¿Qué haces cariño?, pregunté. Se fue acercando hacia mí con aire seductor, contorneando su cuerpo al ritmo de unos pasos lentos pero decididos. ¿Así que le pongo picante a la vida? ¿Quieres que le ponga el punto exacto de sabor a tu cuerpo?

Creo no traicionar a mi mujer si os cuento que pronto nuestros cuerpos adquirieron un delicioso punto de sabor a canela. El punto exacto para encontrar, por unos minutos, el sentido al arte de escribir.

Carlos Pérez Cruz