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Acabé
con las labores diarias de supervivencia y me senté frente a la
hoja en blanco, anhelante de una idea genial, de una historia
divertida, del cuento definitivo. Sería cerca de la una de la
tarde cuando por fin pude sentarme en mi mesa, con el bolígrafo
en la mano derecha y todo el tiempo por delante para mancillar
el blanco impoluto del folio.
Desde que había escuchado en la radio que los libros eran uno
de los mayores delitos ecológicos de nuestro tiempo procuraba
no escribir una sola letra hasta estar convencido de que la idea
era lo suficientemente buena como para honrar al árbol caído
en batalla. Sin embargo la mayor parte de las veces el folio solía
acabar como las hojas del otoño, en el suelo y pisoteado.
¿Era verdad aquello? ¿Son los libros uno de los mayores
delitos ecológicos de nuestro tiempo? Si hacemos caso de los índices
de lectura de la población el abuso ecológico es evidente.
Demasiados libros, demasiadas hojas por lo tanto, permanecerán
expuestas en la estantería del olvido. Uno confía en que las
geniales y mediocres palabras sobrantes serán borradas para dar
paso a otras con mayor fortuna antes de que el ciclo del
reciclaje termine por agotar las ideas sobre el folio.
Podría utilizar el ordenador antes que malgastar folios y más
folios pero siempre me ha parecido que el contacto entre el
papel y la mano, con la mediación del bolígrafo, tiene una
sensualidad que el traqueteo del teclado no puede proporcionar.
El roce en el descenso de la mano por la hoja es el síntoma de
la productividad del escritor y en ocasiones produce mayor
excitación que la que esa misma mano ofrece descendiendo por la
piel del cuerpo de una mujer hasta llegar al epicentro de su
sensualidad.
La verdad es que empezar a la una de la tarde era empezar un
poco tarde. Pero precisamente mi mano había trabajado aquella
noche en la sensualidad de mi mujer y el sueño se había
resentido. Esa misma mano apagó el despertador y el despertar
natural terminó siendo más cerca de las once que de las diez.
¡Menuda noche! Pensé escribir sobre ella pero el pudor me
pudo. No hacía falta que utilizara nombres reales pero algo me
decía que contarlo era traicionarle a ella. Así que descarté
de primeras el contenido erótico para mi nueva historia.
¿Sobre qué podía escribir? Venga, ¡piensa!, me dije.
No tenía mucho tiempo hasta la hora de comer y conociéndome
sabía que era muy probable que en ese tiempo sólo pudiera
esbozar alguna idea en mi cabeza, pero poco más. Pero esa idea
era importante que llegara antes de llenar el estómago. Después
el cerebro se aletarga al ritmo de la digestión y el proceso se
complica. El olor del cocido que ya llegaba hasta mi nariz no
ayudaba mucho a la concentración. Cerré la puerta de mi
despacho pero el poder de las especias, que mi mujer domina como
un genio literato su pluma, lo había impregnado todo de manera
irremisible. Estaba abocado a ingeniármelas embriagado.
¡Piensa, piensa! Pero nada había en mi pensamiento que
no incluyera un poquito de perejil y de canela para el postre.
¡La cocina es todo un arte! Y además un arte que tiene una
función esencial, dar la vida. ¿Se puede sobrevivir sin el
arte culinario? Sin duda, pero se vive mejor con él. Lo que mi
mujer hacía para mí en casa y por las tardes en la cocina de
un hotel era arte del mejor, provocaba el éxtasis diario de
decenas de afortunados coleccionistas de hedonismo gastronómico.
En más de una ocasión recibía las felicitaciones entusiastas
de los comensales y en más de dos había recibido prestigiosos
premios por su... Arte.
Creo no traicionar su confianza si, sin entrar en mayores
detalles, os cuento que su manejo de las especias y otros
condimentos alimenticios era uno de los alicientes en nuestras
relaciones sexuales. La verdad es que sabía ponerle picante a
la vida y el punto exacto de sabor a nuestros cuerpos. ¡Menuda
noche! Nada, no podía quitarme de la cabeza la noche pasada y
la comida futura. Todos ellos placeres sensoriales que me impedían
concentrarme en mi trabajo, en la construcción de frases con
palabras que juntas tuvieran algún resultado digno de ser leído.
Esta vez no hubo suerte. La hora de la comida era, como de
costumbre, a las dos y cuarto. El tiempo estaba perfectamente
calculado para poder disfrutar ambos de su enésima gloria
culinaria antes de que ella tuviera que marcharse y yo me viera
abocado a la soledad del escritor sin ideas durante toda la
tarde.
La comida fue la continuación de los placeres de la madrugada. Cariño,
¿qué le has echado? Por supuesto no hubo respuesta. Una
sonrisa de satisfacción es lo máximo que ella responde celosa
de los secretos de su magia. No hubo mucha más conversación.
No fue por falta de temas, sino porque hablar no permite que los
sabores florezcan en la boca y sorprendan al paladar con cada
una de las cucharadas. No te preocupes, ya recojo yo. Vete
que llegas tarde. ¡Qué menos podía hacer después de
semejante regalo! Me prepararía un café y volvería a sentarme
frente al folio en blanco.
¡Mierda! Se me había olvidado pensar durante la comida.
Los sentidos habían anulado mi capacidad de razonar y me había
entregado por completo a dejarme invadir por el afrodisíaco
poder del plato. Si estuviera ella aquí ahora, pensó mi
cuerpo. ¡Ideas! ¡Necesitaba ideas! Ella tenía los
armarios siempre repletos de ideas, ¿pero yo? Un bolígrafo y
un papel en blanco, mis únicas herramientas junto al
diccionario. En realidad la respuesta a mis plegarias estaba en
el diccionario. Todas las palabras allí escritas y explicadas
pero necesitaba la clave para unirlas y darles sentido. Me puse
a leerlo. Era una de mis costumbres. Cada día procuraba leer
dos o tres páginas. No sé muy bien con qué motivo, si por
enriquecerme, por perder el tiempo o por encontrar una excusa
para mis textos. Fuere por lo que fuere no fallaba a mi cita
diaria con él.
Excremento: (Del lat. excrementum).
1. m.
Residuos del alimento que, después de hecha la digestión,
despide el cuerpo por el ano.
2. m.
Residuo metabólico del organismo.
3. m.
Residuo que se produce en las plantas por putrefacción.
Esa fue mi última palabra. Excremento. Me sumió en una cierta
depresión. Encontré muy triste ser consciente de que el
excremento, en definitiva la mierda, era la evolución natural
del trabajo de mi mujer. Todas las horas de estudio, de práctica
en la cocina y de preparación diaria se iban, literalmente, a
la mierda. Leer que el excremento era el residuo de las plantas
putrefactas no mejoró mucho mi estado de ánimo. Aunque en
realidad creo que mi depresión no tenía mucho que ver con mi
mujer y su reconocido arte culinario. Creo más bien que la
depresión tenía más que ver con otro tipo de mierda.
¿Para qué mierdas sirve escribir? Esa era mi verdadera depresión,
el sentido de mi propia vida se enfrentaba de nuevo al vacío de
la hoja en blanco. La mayoría de las veces mis hojas escritas
terminaban siendo excremento literario pero al contrario que con
el arte de mi mujer ese excremento no era la última fase de un
proceso placentero en el inicio, nutritivo en la continuación y
sólo residual en el final, sino que el proceso constaba de una
única y frustrante fase: el fracaso. Sí, había tenido algún
reconocimiento puntual por mis escritos pero cuando éste
llegaba yo ya había renegado de lo escrito y en el resto de las
ocasiones, la mayoría, no llegaba el éxito porque los folios
terminaban en la mierda; es decir, en el contenedor.
La hoja en blanco como un gran valle en el que el eco hace
irreconocible las palabras. Tenía la sensación de que la tinta
de mi bolígrafo se fundiría con el blanco del folio apenas lo
rozara con la punta. Por un momento lo vi todo blanco, mi vista
pareció fundirse en la profundidad de la nada, porque nada me
pareció tener sentido en lo que estaba haciendo. ¡Hágase
la luz!, dijo el electricista. ¡Abriré las aguas!,
el fontanero. Tenía hambre y me diste de comer, le dicen
a mi mujer. ¿Cuántas veces habría insistido mi padre? Hijo
mío, elige un oficio. La gente sólo lee los deportes. Pero
no me gustaban. ¡Escribe las recetas de tu mujer y harás
feliz a muchos! Quizá tenía razón. Hacer feliz a la gente
ya es como para estar feliz. Pero pensé que mi felicidad no
estaba ligada a frases del tipo 20 gramos de mantequilla y una
cucharada sopera de aceite. ¿Qué me hacía feliz? ¿Escribir?
Si tenía éxito lo aborrecía y como la mayoría de las veces
no era así mi fracaso no era motivo para estar exultante.
¡Una idea! ¡Necesito una idea! Mi vida por una idea. O
al menos mi día por una idea. Que el día no transcurriera en
vano. No pedía la idea de mi vida pero sí la idea del día.
Esa que me mantuviera abstraído de mis propias miserias, que me
hiciera inconsciente del insustancial valor del escritor. O lo
que es peor, del insustancial valor de mi propia existencia. ¿Para
qué servía yo? ¿Hacía feliz a mi mujer? Hombre, mal no lo
pasábamos pero al fin y al cabo nos veíamos lo suficientemente
poco como para que lo que yo le daba se lo pudieran dar unos
cuantos fontaneros o electricistas que, además, le serían útiles
para las chapuzas de la casa. Me entró un miedo atroz, pánico
al abandono por inútil. Esa noche le esperaría embadurnado en
canela... así no tendría tiempo para pensar en abandonarme.
A punto del suicidio profesional recibí la llamada de mi
editor. ¿Cómo va eso? ¿Tienes algo para mí? No, la
pregunta es, ¿tienes tu algo para mí? ¿Alguna idea? Por
favooooorrr. Ilumíname. Sabes que te quiero, me dijo antes
de colgar. Sí, me quería, pero quería también a otros tantos
escritores sin duda mucho más inspirados que yo. La tiranía
del mercado, pensé. ¡Escribiré sobre ello! La tiranía del
mercado... Necesitaba tomar el aire. La tiranía de mi propia
incapacidad me tenía atenazado por lo que decidí dar un par de
vueltas a la manzana para calmarme. ¡Antonio! ¿Cómo va
eso? Va, es lo único que pude contestarle al tendero de la
esquina de mi calle. ¡Tendero! Toda la vida pensando en qué
aburrido sería serlo y ahora le envidiaba. ¿Tenía mala cara?
Nunca. Siempre sonreía, siempre hablando con todo el mundo y
contándose sus vidas. Una vida que tenía sentido: el
suministro. Qué gran hombre, gracias a él mi mujer tenía un
montón de ideas en los armarios.
Al volver a casa estuve pensando en él, en el tendero. ¿Sería
real su felicidad? Al fin y al cabo madrugaba todos los días y
tenía una jornada de trabajo de muchas horas. ¿Le quedaría
tiempo para algo más que para vender y mantener su negocio? ¿Para
leer? Me reí sólo de pensarlo. ¿No serán quizá todos sus días
iguales? Las mismas caras comprando las mismas cosas y diciendo
las mismas tonterías sobre el tiempo, las obras del vecindario
o la comunión de la niña del tercero. Y así cada lunes,
martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. ¡Los domingos!
Ese tenía que ser su día. ¿Un día de cada siete? No era
mucha recompensa. Descarté la idea de ser tendero. Tampoco me
pareció que la vida del electricista o del fontanero me fuera a
llenar, por mucho que éste último oficio gozara de una cierta
fama, más bien mito, erótica.
Me va a dejar. Hoy me deja seguro. Ella trabajaba miles
de horas para mantener mi capricho escritor y yo le iba a
corresponder aquel día con un folio en blanco. ¡Y quién
paga la luz!, me diría no sin razón. Y el folio se llenaría
de palabras que finalizarían con una firma de acuerdo de
divorcio. Y, ¿luego qué? Se acabaría el sueño y tendría que
buscar un trabajo de verdad, como decía mi padre. La lectura
es importante, es bueno leer. No hijo no, aquí lo importante es
comer. Y de comer daba precisamente mi mujer.
No puedo, lo siento pero no puedo. El folio permanecía
en blanco y eso significaba que el cheque también. Encendí la
televisión y fijé mis tristes ojos en ella. Concursos, daban
dinero. Noticias, informaban. Anuncios, vendían. Todo tenía
una función que yo no encontraba a mi vida.
Ella llegó mientras yo dormía. Suele aparecer por casa hacia
las dos de la madrugada pero viene tan alterada por su ritmo de
trabajo que necesita una hora para relajarse y conciliar el sueño.
No le oí entrar. Estaba profundamente sumido en mi único
momento creativo del día. Y no era mérito mío soñar. Fue una
risa suya la que interrumpió el sueño. Abrí los ojos. Allí
estaba, junto a mí en la cama. Apoyaba su espalda en el cabezal
y sujetaba unos folios con sus manos. Parecía distraída
leyendo algo. Sonreía. Le pregunté qué hacía pero no
respondió. Se levantó de la cama. Cariño, ¿dónde vas?
No hubo respuesta. Oí que abría los armarios de la cocina,
supuse que tenía hambre. Sin embargo regresó pronto. Se quedó
en la puerta de nuestro dormitorio mirándome. En la mano
derecha sujetaba un bote de canela. Me sentía algo
desconcertado. ¿Qué haces cariño?, pregunté. Se fue
acercando hacia mí con aire seductor, contorneando su cuerpo al
ritmo de unos pasos lentos pero decididos. ¿Así que le
pongo picante a la vida? ¿Quieres que le ponga el punto exacto
de sabor a tu cuerpo?
Creo
no traicionar a mi mujer si os cuento que pronto nuestros
cuerpos adquirieron un delicioso punto de sabor a canela. El
punto exacto para encontrar, por unos minutos, el sentido al
arte de escribir.
Carlos Pérez Cruz |