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No
sabría decirte por qué pero enterarme de tu muerte ha removido
algo en mi interior. Ha sido de sopetón, al abrir la página
cincuenta del periódico, la de las necrológicas. Aparecían
dos nombres en ella y una única foto, que no era la tuya. La
doble columna de la izquierda, la de la foto, recordaba a quien
bautizaban como un “luchador antifranquista”. Da que pensar.
Todos los días mueren personas en el mundo y muy pocas, las
menos, ocupan un lugar en la memoria de la prensa. Ese espacio
está reservado para personas relevantes socialmente, para
hombres y mujeres cuya actividad tiene connotación pública. Y
toda una vida, llena de emociones, tristezas, alegrías,
proyectos, tiempos muertos, palabras leídas, duchas, comidas,
amigos, enemigos, atascos, atardeceres, conversaciones de bar...
se reduce a una esencia de titular: Luchador antifranquista. Eso
es todo. Mucho o poco ese es el recuerdo público del fallecido.
Todos los miles, millones, de matices que configuran a cada uno
de nosotros se reducen en la memoria colectiva a una idea. Si yo
me considerara antifranquista es probable que al leer el titular
del periódico y no conociera al fallecido me sintiera
identificado con el muerto e incluso que pudiera sentir
emotivamente la pérdida. Uno de nosotros se ha ido. Pero, ¿era
uno de los míos? Es decir, si le hubiera conocido, ¿hubiera
sido una persona de mi agrado? Puede que hubiéramos compartido
el sentimiento antifranquista pero puede también que no nos cayéramos
bien y su muerte me diera exactamente igual o incluso me
alegrara de ella. Imagínate a una persona a la que conocí y
con la que me relacioné en ocasiones y a la que tengo en buena
estima. Un día desaparece y leo en la prensa: Fulanito de tal,
luchador franquista. Desconocía esa faceta suya que ahora, una
vez conocida, me dice algo fundamental para la historia pública
de esa persona pero que en nada ha influido mi relación con
ella. ¿Rebajo mi aprecio y afección por su muerte? Me caía
bien, se portó bien conmigo... ¡pero era un franquista! A la
mierda, ahí se pudra.
A ti te conocí muy poco. Dicen quienes sí lo hicieron que
tampoco te conocían. Lo mío fue cosa de unos segundos y lo demás
un verte caminar por los pasillos de esos festivales de Jazz en
los que coincidimos. No te he leído mucho, pero hasta donde lo
hice comprobé que tenías una pluma inteligente y punzante.
Sinceramente, no sé cómo lo hacías. No sé cómo eras capaz
de desarrollar con acierto la crítica de un concierto que no veías,
que escuchabas paseando con tu bastón y tu petaca por los
pasillos del pabellón de Mendizorroza y del que te salías de
vez en cuando no sé si a buscar conversación o bebida.
Periodista bohemio y borracho, pondría el titular. Parecías un
borracho, un bohemio de mala vida maleducado y sin embargo tenías
dentro de esa apariencia todo un mundo de cultura y opinión más
formada e inconformista que la de ninguno de los que allí estábamos.
Desde mi mundo de recién llegado a esto del jazz y la crítica
de conciertos tu actitud era todo lo contrario a lo que creo que
debe ser. Donde yo prestaba atención tu prestabas aparente
indiferencia. Mientras yo tomaba notas tu quizá echabas un
trago de la petaca. Y sin embargo, cabrón, eras casi el único
profesional, entre todos los periodistas del Jazz que allí
estaban, dispuesto a decir lo que pensabas de lo que allí se oía,
el único al que le importaba una mierda que tu crítica le
gustara o no al director del Festival y que por ello tu
presencia fuera o no grata. Periodista de Jazz insurrecto, diría
el titular. Es el único al que respeta el director, me dijo un
día un compañero. ¿Respetado por decir lo que piensa?
Incluso, ¿por decir la verdad? Hasta donde he conocido no es un
valor de recompensas prácticas.
¿Sabes? Me he dado cuenta de que no tengo ni idea de qué coño
hacías en tu vida, de cómo eras ni si merecía la pena
conocerte de verdad. Xabier Rekalde, periodista y agitador
cultural, dice el titular. ¿Quién eras? Para empezar ahora me
entero de que tu nombre real era otro. Lo de firmar como Begoña
Lasa ya lo sabía. ¿Qué me dice de ti que firmaras con nombre
de mujer? Periodista, dice el titular. ¿Es ético acostarse con
dos a la vez? No lo sé, pero claro, para El Mundo eras
Xabier – hasta que te censuraron - y para Egin Begoña
y los dos se beneficiaban de tu preciada pluma. Así que, ¿quién
soy yo para juzgar la poligamia de tu pluma? Supongo que te
admiro por ello, porque tuvieras el ingenio de hacerlo pero, ¿qué
pensarían tus jefes al enterarse? Periodista embustero, diría
su titular... o no.
Agitador cultural, dice el titular. ¿Qué es un agitador
cultural? No creo que esa profesión se enseñe en ninguna
universidad pero, ¿sabes?, me parece una buena idea. No sé muy
bien qué significa agitador cultural pero me temo que lo
contrario es lo que impera en nuestros tiempos. ¡Qué bien
suena! Agitador cultural... Leo en la necrológica que trataste
de difundir la canción de autor, el folk, el jazz y las músicas
africanas. Vamos, que te interesaban aquellas músicas que la
mayoría desconoce y, parece a veces, no quieren conocer. Creo
que me empiezas a caer bien... Aunque cuando me conociste parecías
burlarte de mí. Sí, ya sé que era un pipiolo empezando en
esto del periodismo pero, ¿por qué esa mirada sarcástica? ¡Hey,
que soy uno de los tuyos! Supongo que te partirías de risa sólo
de pensarlo. ¿Yo uno de los tuyos? Bueno, quizá ni siquiera
gastaras una risa por mí, ¿quién era yo? Además, en el mundo
de los tuyos sólo parecías estar tu. Lo demás era, y sigue
siendo, un mundo de locos más dedicado a juzgarte por tu
aspecto que por lo mucho que sabías de África o de Oriente Próximo.
Imagino que esos ojos anónimos que te veían por el pabellón
sin saber que eras Begoña Lasa o Xabier Rekalde pensarían que
eras uno de esos tipos raros que se ven por los festivales de
Jazz. Por cierto, ¿qué hiciste en África y en Oriente Próximo?
Por lo que parece preparabas un disco-libro sobre la música
palestina.
¿Periodista y agitador cultural? ¿Qué pensará al leer esto
quien no te haya visto en la vida? Tu muerte viene sin foto en
el periódico. ¿Es la tuya la imagen de un periodista y
agitador cultural?
No
te conocí. Tras leer las palabras que anuncian tu muerte puedo
decir que te conozco un poco menos. Pasará este día y el periódico
quedará antiguo y sólo los que te vivieron se acordarán de
ti. Para mí eres ese excéntrico de buena pluma que un día me
miró sarcástico y del que sospecho no encajaba en este mundo
de reglas formales y prensa sumisa. No sé qué tal te llevabas
contigo mismo, si te odiabas o te amabas, aunque seguro que
fuera lo que fuera serías excesivo, como dicen lo era tu beber.
Aunque como se rumorea sólo los niños y los borrachos dicen la
verdad.
Carlos Pérez Cruz |