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Penitente
de sí mismo. Arrodillado al borde del abismo. Aguarda la
respuesta divina a sus pecados terrenales. Busca el perdón de
su ofensa ante el Padre Nuestro de todos los Cielos.
Llueve. Con fuerza las gotas derraman las lágrimas del cielo
oculto sobre la tierra, anhelante de tiempos mejores, de verdes
pretéritos. Su rostro derrama lágrimas puras de impureza.
Arrastra el barro del rostro que reencuentra el suelo perdido.
Clama y grita. Grito sordo ahogado por el crujir seco de la
electricidad en movimiento. El polvo árido salta y rebota sobre
sí mismo. Demasiado seco para tragar. Demasiado muerto para
vivir. Bota y rebota hasta formar el río que morirá aplastado
en el fondo del abismo.
Silencio roto de relámpagos, silencio roto de gritos
angustiados. Penitente de sí mismo. Los pecados manan de unos
ojos rojos de la propia ira, de la inercia del odio. Ya no sabe
a quién odiar, si no es a sí mismo.
Horizonte dibujado de negras nubes. Paso veloz de vidas fugaces
camino de un final exprimido. Miradas ocultas tras las cortinas
del miedo. Palabras no dichas en puño cerrado sobre puño
cerrado. Lejos, muy lejos de la mirada del penitente de sí
mismo.
Brazos que amenazan sangre. Rostro que figura un estallido
desgarrado. Un alma en fuga. Busca infinito a su miseria,
perderse entre el horizonte de negras nubes y redimir en el
olvido.
Penitente
de sí mismo. Arrodillado al borde del abismo. Aguarda la
respuesta divina a sus pecados terrenales. Busca el perdón de
su ofensa ante el Padre Nuestro de todos los Cielos. Encuentra
la respuesta en el eco de su propia muerte. En el fondo del
abismo.
Carlos Pérez Cruz |