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Cuando
compré el periódico al día siguiente leí en la portada que
un gato había muerto. No me hice vanas esperanzas, no imaginé,
si no fugazmente, esbozando una sonrisa, que la sensibilidad de
esta sociedad era tal que Mingus había ocupado un trocito de la
portada de un gran periódico. La muerte de un pequeño gran ser
vivo, de un buen amigo mío, lleno de una bondad tan poco
frecuente en la vida de los humanos. Esa bondad con la que
mimaba a su novia forzosa, Sue, aunque acabara de caer
inconsciente dos minutos antes anunciando el principio de su
final.
Llegó a mi vida una tarde perdida de agosto de 2004. La
televisión emitía uno de sus somníferos documentales de
animales cuando una idea despertó en mi cabeza y en la de amigo
José. ¡Un gatito! Dicho y hecho. Pocas horas después
comenzaba una relación que ahora se me antoja demasiado corta.
Tenía apenas cuatro meses cuando nuestra casa se convirtió en
su nuevo hábitat. Creo recordar que tardó poco tiempo en
acostumbrarse a cada uno de los rincones del hogar. Su
curiosidad, algo innato en su especie, no fue nunca acompañada
de una especial habilidad para las alturas o los rincones recónditos.
Quizá fuera por su pequeña cola, algo infrecuente, pero no
parecía tener el equilibrio suficiente como para conquistar
todo los rincones que le hubiera gustado.
La casa, un primer piso, tenía acceso a una terraza dentro de
un gran patio interior. Una vasta extensión de horrible cemento
conformada por las terrazas de otros vecinos y por los tejados
de algunos talleres y bajeras. Mi gran temor era que algún día
Mingus decidiera irse de paseo y no volviera. Mi inocencia hizo
que creyera que nunca podría saltar la valla que delimitaba
nuestra terraza. Algo que, en cuanto su fuerza y agilidad
permitió, hizo sin demasiados problemas. Pero nunca dejó de
volver. Siempre asomaba sus ojos en la distancia para comprobar
que seguíamos ahí, que al volver seguiría encontrando la
puerta de su casa abierta, la comida, su sofá, su pelota o el
cariño esperándole.
No fue el mismo los dos últimos meses de su vida. Su cuerpo
delgado, raquítico, poco se parecía al mismo que un día, con
plenas facultades, se lanzó directo hacia la ventana
confundiendo la limpieza con espacio abierto. Estaba poco
acostumbrado a que pasáramos el trapo por los cristales de la
ventana.
Si algo me ha parecido fascinante en todo este tiempo ha sido
que Mingus confiara en nosotros. Que un ser vivo de otra
especie, con otro idioma, llegara a percibir el respeto y cariño
como para no dudar que nada malo le iba a traer nuestra
conducta. Esa capacidad de entendimiento, esa necesidad del uno
hacia el otro ha sido una de las grandes lecciones que Mingus me
ha dado. Y es que mucho hemos hecho los humanos a lo largo de la
historia, en el día a día, para que tengan todos los motivos
del mundo para largarse corriendo. Pero él nunca lo hizo. Y eso
es un orgullo y una lección sobre cómo a través del respeto y
el cariño todos deberíamos ser capaces de, al menos, no
herirnos.
Para muchos sólo ha muerto un gato. Para mí un ser vivo con
sentimientos, con corazón. Un amigo. Desde el momento en que
enfermó sabía que no iba a encontrar la comprensión de todos
por mi preocupación y por mi tristeza. Pero a un ser, como el
humano, que es incapaz de respetar a sus congéneres por igual,
que considera inferiores a muchos de los suyos, es muy difícil
pedirle que entienda que para mí Mingus era uno más de la
familia porque es probable que todavía entienda que entre los
suyos hay inferiores y superiores. Los mismos que seguirán
considerando arte la tortura de otros seres vivos, como los
toros. Que seguirán jaleando la sangre del arpón o admirando
la bravuconería del asesino.
Por tu mirada moribunda, por el dolor inmenso de tus últimas
horas, por la compañía en los miles de minutos desaprovechados
de mi vida, por tu calor en sueños, por tu maullido de
bienvenida, por todo ello te prometo, Mingus, que nunca más
pisaré una plaza de toros. Sabes que nunca fui a ella por
voluntad propia. Pero a partir de ahora la obligación no será
tampoco excusa.
Mi hermana, en el exilio americano desde hace unos años, vino
de visita en Enero de 2005. Ella siempre ha tenido una habilidad
especial con los animales no humanos y un respeto inmenso por
ellos. Por eso encontró en Mingus a alguien capaz de hacerle
sobrellevar mejor la lejanía de Raksha, Cody y Micia que,
seguro, le lloraban impacientes en su ausencia. Recuerdo verles
compartir un yogur de sabores o juguetear con su pelota de tela,
que ahora ya no rueda. Ambos, mi hermana y Mingus, fueron
felices juntos y por eso ella le ha hecho el mejor regalo que
podía hacerle dos días después de su muerte. Ha traído al
mundo a su primer hijo, Ethan Eneko. Hasta en eso Mingus ha sido
bueno. Ha esperado el momento preciso para que la tristeza por
su adiós chocara de bruces con una inmensa alegría.
Sólo puedo recordarte. Ya no estás para tocarte, para hablarte
y contarte. Me encantaría que hubiéramos podido seguir jugando
juntos y que la hermosa Sue no se hubiera quedado sola, aunque
con nosotros. Pero tu cuerpo no podía más y merecías poder
descansar de tu dolor. Estoy seguro de que ahora vuelves a ser
el que eras. Con tus hermosos ojos azules y tu suave y brillante
pelo.
Abrí
la noticia del periódico y no eras tu. Era uno de los tuyos que
había muerto por gripe aviaria. Había hecho bien en no
ilusionarme. Ese gato era sólo un dato, no una vida.
Carlos Pérez Cruz |