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Emisión: 8 marzo 2006
Música:
Charles Mingus
Título:
Mingus

 

Cuando compré el periódico al día siguiente leí en la portada que un gato había muerto. No me hice vanas esperanzas, no imaginé, si no fugazmente, esbozando una sonrisa, que la sensibilidad de esta sociedad era tal que Mingus había ocupado un trocito de la portada de un gran periódico. La muerte de un pequeño gran ser vivo, de un buen amigo mío, lleno de una bondad tan poco frecuente en la vida de los humanos. Esa bondad con la que mimaba a su novia forzosa, Sue, aunque acabara de caer inconsciente dos minutos antes anunciando el principio de su final.

Llegó a mi vida una tarde perdida de agosto de 2004. La televisión emitía uno de sus somníferos documentales de animales cuando una idea despertó en mi cabeza y en la de amigo José. ¡Un gatito! Dicho y hecho. Pocas horas después comenzaba una relación que ahora se me antoja demasiado corta.

Tenía apenas cuatro meses cuando nuestra casa se convirtió en su nuevo hábitat. Creo recordar que tardó poco tiempo en acostumbrarse a cada uno de los rincones del hogar. Su curiosidad, algo innato en su especie, no fue nunca acompañada de una especial habilidad para las alturas o los rincones recónditos. Quizá fuera por su pequeña cola, algo infrecuente, pero no parecía tener el equilibrio suficiente como para conquistar todo los rincones que le hubiera gustado.

La casa, un primer piso, tenía acceso a una terraza dentro de un gran patio interior. Una vasta extensión de horrible cemento conformada por las terrazas de otros vecinos y por los tejados de algunos talleres y bajeras. Mi gran temor era que algún día Mingus decidiera irse de paseo y no volviera. Mi inocencia hizo que creyera que nunca podría saltar la valla que delimitaba nuestra terraza. Algo que, en cuanto su fuerza y agilidad permitió, hizo sin demasiados problemas. Pero nunca dejó de volver. Siempre asomaba sus ojos en la distancia para comprobar que seguíamos ahí, que al volver seguiría encontrando la puerta de su casa abierta, la comida, su sofá, su pelota o el cariño esperándole.

No fue el mismo los dos últimos meses de su vida. Su cuerpo delgado, raquítico, poco se parecía al mismo que un día, con plenas facultades, se lanzó directo hacia la ventana confundiendo la limpieza con espacio abierto. Estaba poco acostumbrado a que pasáramos el trapo por los cristales de la ventana.

Si algo me ha parecido fascinante en todo este tiempo ha sido que Mingus confiara en nosotros. Que un ser vivo de otra especie, con otro idioma, llegara a percibir el respeto y cariño como para no dudar que nada malo le iba a traer nuestra conducta. Esa capacidad de entendimiento, esa necesidad del uno hacia el otro ha sido una de las grandes lecciones que Mingus me ha dado. Y es que mucho hemos hecho los humanos a lo largo de la historia, en el día a día, para que tengan todos los motivos del mundo para largarse corriendo. Pero él nunca lo hizo. Y eso es un orgullo y una lección sobre cómo a través del respeto y el cariño todos deberíamos ser capaces de, al menos, no herirnos.

Para muchos sólo ha muerto un gato. Para mí un ser vivo con sentimientos, con corazón. Un amigo. Desde el momento en que enfermó sabía que no iba a encontrar la comprensión de todos por mi preocupación y por mi tristeza. Pero a un ser, como el humano, que es incapaz de respetar a sus congéneres por igual, que considera inferiores a muchos de los suyos, es muy difícil pedirle que entienda que para mí Mingus era uno más de la familia porque es probable que todavía entienda que entre los suyos hay inferiores y superiores. Los mismos que seguirán considerando arte la tortura de otros seres vivos, como los toros. Que seguirán jaleando la sangre del arpón o admirando la bravuconería del asesino.

Por tu mirada moribunda, por el dolor inmenso de tus últimas horas, por la compañía en los miles de minutos desaprovechados de mi vida, por tu calor en sueños, por tu maullido de bienvenida, por todo ello te prometo, Mingus, que nunca más pisaré una plaza de toros. Sabes que nunca fui a ella por voluntad propia. Pero a partir de ahora la obligación no será tampoco excusa.

Mi hermana, en el exilio americano desde hace unos años, vino de visita en Enero de 2005. Ella siempre ha tenido una habilidad especial con los animales no humanos y un respeto inmenso por ellos. Por eso encontró en Mingus a alguien capaz de hacerle sobrellevar mejor la lejanía de Raksha, Cody y Micia que, seguro, le lloraban impacientes en su ausencia. Recuerdo verles compartir un yogur de sabores o juguetear con su pelota de tela, que ahora ya no rueda. Ambos, mi hermana y Mingus, fueron felices juntos y por eso ella le ha hecho el mejor regalo que podía hacerle dos días después de su muerte. Ha traído al mundo a su primer hijo, Ethan Eneko. Hasta en eso Mingus ha sido bueno. Ha esperado el momento preciso para que la tristeza por su adiós chocara de bruces con una inmensa alegría.

Sólo puedo recordarte. Ya no estás para tocarte, para hablarte y contarte. Me encantaría que hubiéramos podido seguir jugando juntos y que la hermosa Sue no se hubiera quedado sola, aunque con nosotros. Pero tu cuerpo no podía más y merecías poder descansar de tu dolor. Estoy seguro de que ahora vuelves a ser el que eras. Con tus hermosos ojos azules y tu suave y brillante pelo.

Abrí la noticia del periódico y no eras tu. Era uno de los tuyos que había muerto por gripe aviaria. Había hecho bien en no ilusionarme. Ese gato era sólo un dato, no una vida.

Carlos Pérez Cruz