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Nunca
estuve allí. No llegué nunca a dejarme llevar por su caos
mundial. Y sin embargo ahora estoy allí. Vivo por unos minutos
a miles de kilómetros de mis pies y mis sentidos. Me dejo
embriagar por el olor del desastre, por la finita mortandad del
centro de nuestro universo.
Me duele el sentido común de la existencia. Miro a mi alrededor
y sólo veo el final de un mundo que nunca llegué a conocer.
Bocinas de histeria colectiva abrasan mis oídos y queman mis
pies rodeados de gigantes de cemento que todo lo devoran.
Me miran las cámaras de mis ojos. Se mueven con el paso de mi
agónico caminar. Nunca estuve allí, y sin embargo todo me
resulta familiar. El mismo humo de la vuelta de la esquina se
multiplica y lo envuelve todo. La luz del sol asoma por la
esquina del gigante y dibuja señales de humo inverosímiles.
Son señales eléctricas. Son códigos de la distancia
comprimida. Penetran en mí con el eco del desasosiego
retumbando en mi cabeza. Trato de respirar pero me ahoga la
negritud impuesta. Asomo mi cabeza en cada esquina y sólo veo
sus miradas y sus mensajes. Me imponen el camino de mi muerte.
Miro a los demás. Viven en la paranoia colectiva de la inercia.
Soy uno de ellos. Soy un zombi, un autómata igual que ellos.
Ignoro el saludo negado. Sólo hay un destino al final de su
camino. El plástico que envuelve su comida para seguir
escribiendo el cero de más en la cuenta del piso de arriba.
Blanco, amarillo, blanco, amarillo, rojo… Pausa. Blanco,
negro, blanco, negro, personas. Rojo. Blanco, amarillo, blanco,
amarillo, rojo… Pausa. Blanco, negro, blanco, negro, personas.
El metrónomo no ceja en su empeño reiterado. Millones de
pinceladas iguales cada día en la cuenta atrás.
Ya
no estoy allí. Nunca estuve. Fue todo un sueño de la magia. Y
sin embargo de allí vuelvo. Lo he visto todo. Imagino su final.
El día de nuestro adiós. Sucios papeles pisados por pies que
nunca más existirán. La mierda de un perro que exhaló su último
aliento de sangre. Envenenado. Como todos nosotros.
Carlos Pérez Cruz |