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Situemos
la acción. En realidad sería más adecuado hablar de inacción.
Una total parálisis. Ahí nos encontrábamos ambos, frente al
mostrador de facturación esperando a que alguien, no se sabe
muy bien quién o qué, pulse un botón y nuestras maletas
comiencen a circular camino de su destino. Pero la cinta
transportadora se encuentra totalmente estática. Detrás de
nosotros esperan todavía para facturar sus maletas unas decenas
de personas y la hora de embarque y despegue se acerca
peligrosamente. La persona encargada de facilitarnos la tarjeta
de embarque y de facturar las maletas - ¿cómo demonios se
denomina a quien ejercita dicho puesto? – descuelga su teléfono
para localizar a ese algo o alguien que ponga en marcha la
cinta. Por sus gestos, que no por su idioma, entendemos que
nadie se encuentra al otro lado del número que previamente ella
ha marcado en repetidas ocasiones. Permanecemos expectantes,
pendientes de nuestras maletas a las que no dejaremos solas
hasta que la dichosa cinta se ponga en marcha. Apreciamos
demasiado nuestras bragas y calzoncillos como para dejarlas a
expensas de algún pervertido o en su defecto de algún amigo de
lo ajeno.
Resulta curioso observar cómo la paranoia y la desconfianza en
los demás, que hemos ido gestando los humanos con apreciable
constancia en el día a día de nuestra evolución (¿?), son el
origen diariamente de escenas entre divertidas y patéticas, por
ejemplo en un aeropuerto. ¿Es posible un atasco en el servicio?
Es probable que en momentos puntuales de cada jornada una
veintena de hombres (pongamos que yo lo soy y conozco mejor la
dinámica de los servicios destinados a ellos / nosotros que los
destinados a ellas / que no nosotras) coincidan en el tiempo y
lugar con sus urgencias urinarias. Es muy probable que en varios
momentos del día se produzca la incómoda situación de ser el
propietario puntual de uno de los urinarios sobre el que se está
descargando en ese momento el deshecho líquido del organismo y
sentir la mirada amenazante de unos cuantos congéneres ansiosos
por ser ellos los dueños de tu pequeño reino temporal. Claro
que puestos a elegir prefiero ser el observado que el
observador, por una cuestión práctica, si bien a buen seguro
que el observado habrá pasado previamente por el estado de
observador. Aprovecharé por cierto esta ocasión que me brindo
para echar por tierra el extendido mito de la comparación
visual del tamaño de los miembros extractores masculinos por
parte de sus portadores. Lo habitual, al menos en mi persona y
creo que en los demás, por lo que deducen los rabillos de mis
ojos, es mantener la cabeza gacha fija o bien en el propio
extractor o en la pegatina de la araña que, todavía a día de
hoy – lo reconozco – sigue produciéndome una atracción
destructiva propia de psicoanálisis. Pero a lo que iba. Ese
atasco o retención en el tráfico del servicio puede tener su
cierta lógica pero hay otra que es producto de la paranoia y la
desconfianza cuando uno tiene que sortear las múltiples maletas
que sus dueños, temerosos del robo, obligan a entrar con ellos
en el servicio. Ello produce problemas circulatorios de entrada
y salida en el, de habitual, pequeño recinto y genera además
un problema desagradable y más frecuente que el hecho de que
alguien aproveche unos segundos de tu ausencia para apropiarse
de la ropa interior puesta de aquella manera en esa pesada
maleta... En fin, que lo más frecuente es que el suelo del
servicio esté sucio y húmedo, lo cual debiera ser una excepción
si todos mantuviéramos fija la vista sobre la pegatina de la
araña y apuntáramos a ella con el extractor... digo yo. El
caso es que estar húmedo y sucio lo suele estar por lo que al
dueño de la maleta o mochila se le genera un problema
inesperado: ¿dónde apoyarla? Créanme, he visto posiciones insólitas,
meritorias sin duda, a la hora de orinar... con el rabillo del
ojo.
Una vez acababa de explicarle a mi pareja la compleja dinámica
de los servicios masculinos del aeropuerto la cinta
transportadora se ponía en marcha. La persona que nos ha
facturado la maleta – de la cual sigo sin saber el nombre de
su cargo – ha solventado el problema tras poder contactar con
ese algo o alguien que no respondía a sus llamadas telefónicas
pero sí a la llamada mediante un walkie talkie que su
compañera de mostrador le ha proporcionado. Podíamos irnos
tranquilos, el riesgo de robo lo sustituía el de pérdida de
equipaje por la compañía.
Pasamos el riguroso (¿?) control de seguridad compuesto en
primer lugar por una mujer policía de poco amistoso rostro que
con sus ojos ha determinado nuestro parecido físico al de la
foto del carné de identidad y en segundo por la dichosa
maquinita detectora de metales. Pasar por ella me recuerda a ese
sensual baile o rito, tan playero y veraniego, en el que quienes
participan han de pasar por debajo de una cuerda sin tocarla. El
detector se ha convertido en un acto de lo más sensual en el
que ver a una joven comenzar a quitarse el cinturón del pantalón
despierta mis instintos y depravaciones más primarias. Si a esa
visión le añades un cacheo posterior lo que se supone una acción
de disuasión se convierte en pura adicción. Que recuerde todavía
no he visto ninguna película porno que utilice la situación
como argumento. Por si fuere así doy permiso para trasladar mi
idea a la gran pantalla del porno – normalmente el televisor
casero o el monitor del ordenador -.
Seguros ya de no perder el avión o de que él nos pierda a
nosotros – depende del nivel de estima propia -, esperamos en
la sala de espera para embarcar en el avión que nos lleve de
vuelta tras unos días espléndidos en Praga. El tema estrella
de conversación es el de los nervios previos a nuestra
facturación. Estos no tienen tanto que ver con la parálisis de
la cinta transportadora como por el caos vivido en los minutos
anteriores desde nuestra llegada a la fila de facturación tras
un angustioso paseo previo en taxi por las atascadas arterias de
la ciudad.
Es lunes, el día ha amanecido frío pero soleado tras una
jornada previa de intensas nevadas. La nieve, condimento
extraordinario para la postal del recuerdo, había dejado
impracticables las pistas del aeropuerto con la consiguiente
suspensión de los vuelos de domingo. Para nuestra fortuna, o
no, los vuelos se han reanudado y podemos regresar. Al llegar a
nuestra terminal, tras un apurado paseo por largos pasillos
entre terminales, nos encontramos una escena inquietante. La ya
enunciada fila de facturación está formada por un infrecuente
y elevado número de personas deseosas de viajar a Madrid. No es
que la capital de España se haya convertido en sueño paradisíaco
de mentes ociosas si no que la suspensión de vuelos por la
nieve del día anterior ha citado a los perjudicados a nuestra
hora. Así que compartimos espera quienes portamos billete para
el vuelo de las diez de la mañana del lunes y quienes debían
haber volado el día anterior. Dicen haber sido convocados por
la compañía a nuestra hora.
La escena, dispuesta en una fila india no muy disciplinada, la
componen actores básicamente españoles de regreso a su patria
tras las vacaciones. Además, justo detrás de nosotros, tres
ciudadanos norteamericanos – uno de ellos con rasgos asiáticos
– y una joven checa que habla castellano - este último
detalle se pondrá de manifiesto en el transcurso de la acción
-. La acción se inicia cuando entre los pasajeros con billete
del día anterior comienza a extenderse el rumor de que no van a
poder volar en nuestro avión si no que será en uno posterior
por determinar. Nada mejor que la incertidumbre y la
desorganización para sacar al líder que lleva dentro todo español.
Inmediatamente, y aun no teniendo confirmación alguna de las
noticias que pertenecen todavía al ámbito de la rumorología,
surgen voces que se hacen presentes por su volumen y
gestualización indignadas por lo que consideran un agravio
producto de la ineficacia checa - Es aquí cuando comprobamos
con el progresivo enrojecimiento del rostro de la joven checa su
conocimiento del castellano -. Vociferan y muestran su malestar,
califican despreciativamente a los operarios del aeropuerto y
sugieren soluciones evidentes - al menos para quien no es
experto en aeronáutica o en gestión de aeropuertos. “¡Qué
pongan un vuelo para nosotros! ¿Qué más les da?”, dicen
algunas voces sin titubeo. Mi mente dibuja para esa idea un
espacio aéreo caótico de aviones surgidos de la espontánea
organización de los pasajeros agraviados de cada aeropuerto.
Siempre me había costado comprender el concepto “atasco aéreo”
pero las propuestas espontáneas y la posterior respuesta
creativa de mi mente me aclaran el concepto. Imagino que el
atasco de coches en las ciudades debe ser la evolución
desencantada de pasajeros de autobús hastiados.
El caos en tierra me hace aterrizar de nuevo en la realidad al
ser consciente de que el avance del reloj no se corresponde con
el ídem de la fila. La hora límite se acerca y nosotros apenas
visualizamos a lo lejos el mostrador de facturación. Decido
acercarme a él para ver si algún trabajador del aeropuerto
puede facilitarnos alguna información sobre lo que está
sucediendo. Consulto con otro pasajero que me indica que una
mujer, apenas un par de metros más allá, es la adecuada para
responder mis dudas. Me informan de que habla castellano y que
trabaja en el aeropuerto. Está allí para resolver los
problemas de los pasajeros. Sólo su aspecto trajeado, que la
diferencia de nosotros – los pasajeros – que vestimos de
manera más informal, la hace sospechosa de pertenecer a la
empresa dado que no dispone de ningún elemento (tarjeta o
grabado) que la identifique. Al acercarme se encuentra rodeada
de tres jóvenes españolas iracundas que vociferan en torno a
ella que permanece impávida, haciendo gala de la pasividad y
pacifismo con el que previamente nos habían descrito a los
ciudadanos checos. Consigo hacerme un hueco verbal en la
marabunta de improperios y soluciones espontáneas de las tres jóvenes
para preguntar sobre nuestra situación, dado que la hora de
embarque se acerca y la fila no avanza. Pero para mi sorpresa la
respuesta no procede de la empleada allí puesta al efecto, si
no que de las tres voces jóvenes surge una que se impone sobre
el resto para preguntarme acerca de mi billete. Una vez aclarada
su duda y certificar que se trata de un billete para el vuelo
que está a punto de salir me tranquiliza asegurándome que yo sí
volaré pero que ellas no lo harán hasta las dos de la tarde en
otro vuelo, que es el que les han asignado en sustitución del
anulado el día anterior. Se me ocurre sugerirles que inciten a
todos sus “compañeros de ira” a apartarse de la fila para
poder agilizar el proceso de embarque de los que partimos de
inmediato pero, antes de que mi idea pueda ser trasladada al ámbito
verbal, la guerra de voces reanuda su actividad delante de la
impávida empleada que ni siquiera ha tenido la oportunidad de
traducir mi pregunta a su mente checa.
Vuelvo a mi posición, junto a mi pareja, delante de los tres
norteamericanos. El de rasgos asiáticos completa un crucigrama
y levanta ocasionalmente la mirada. ¿Cómo contemplará todo
aquello sin entender castellano? Puede que la escena le resulte
tan ridícula como ver a alguien bailar sin música. Ante sus
ojos un montón de personas cacareando y haciendo aspavientos
sin sentido. ¿Qué pensaría cuando, de repente, decenas de
pasajeros se apartaron de la fila de embarque? Porque al fin,
por iniciativa de alguno de los espontáneos líderes españoles,
lo que yo había tratado de sugerir minutos antes se convertía
en una idea no para el uso de mi lógica teórica si no para la
teoría llevada a la práctica. Práctica que nos llevó a
avanzar los suficientes metros hacia el mostrador como para
mantener nuestra esperanza intacta de embarcar a tiempo. Aunque
luego se pusiera de nuevo en duda con la parálisis de la cinta
transportadora.
Una
última duda surge en mi cabeza antes de embarcar: ¿por qué
hay que estar dos horas antes en el aeropuerto en los vuelos
internacionales? Al fin y al cabo la nuestra era una demostración
de que se podía facturar hasta pocos minutos antes del vuelo.
Dicen que lo hacen por las medidas de seguridad pero mi compañera
me saca del error: “lo hacen por si hay pasajeros españoles
en el vuelo”.
Carlos Pérez Cruz |