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Emisión: 22 marzo 2006
Música:
Charles Mingus, Yancy Korossy, Vinicio Caposella y Simone Guiducci.
Título:
Usos y Costumbres II

 

Situemos la acción. En realidad sería más adecuado hablar de inacción. Una total parálisis. Ahí nos encontrábamos ambos, frente al mostrador de facturación esperando a que alguien, no se sabe muy bien quién o qué, pulse un botón y nuestras maletas comiencen a circular camino de su destino. Pero la cinta transportadora se encuentra totalmente estática. Detrás de nosotros esperan todavía para facturar sus maletas unas decenas de personas y la hora de embarque y despegue se acerca peligrosamente. La persona encargada de facilitarnos la tarjeta de embarque y de facturar las maletas - ¿cómo demonios se denomina a quien ejercita dicho puesto? – descuelga su teléfono para localizar a ese algo o alguien que ponga en marcha la cinta. Por sus gestos, que no por su idioma, entendemos que nadie se encuentra al otro lado del número que previamente ella ha marcado en repetidas ocasiones. Permanecemos expectantes, pendientes de nuestras maletas a las que no dejaremos solas hasta que la dichosa cinta se ponga en marcha. Apreciamos demasiado nuestras bragas y calzoncillos como para dejarlas a expensas de algún pervertido o en su defecto de algún amigo de lo ajeno.

Resulta curioso observar cómo la paranoia y la desconfianza en los demás, que hemos ido gestando los humanos con apreciable constancia en el día a día de nuestra evolución (¿?), son el origen diariamente de escenas entre divertidas y patéticas, por ejemplo en un aeropuerto. ¿Es posible un atasco en el servicio? Es probable que en momentos puntuales de cada jornada una veintena de hombres (pongamos que yo lo soy y conozco mejor la dinámica de los servicios destinados a ellos / nosotros que los destinados a ellas / que no nosotras) coincidan en el tiempo y lugar con sus urgencias urinarias. Es muy probable que en varios momentos del día se produzca la incómoda situación de ser el propietario puntual de uno de los urinarios sobre el que se está descargando en ese momento el deshecho líquido del organismo y sentir la mirada amenazante de unos cuantos congéneres ansiosos por ser ellos los dueños de tu pequeño reino temporal. Claro que puestos a elegir prefiero ser el observado que el observador, por una cuestión práctica, si bien a buen seguro que el observado habrá pasado previamente por el estado de observador. Aprovecharé por cierto esta ocasión que me brindo para echar por tierra el extendido mito de la comparación visual del tamaño de los miembros extractores masculinos por parte de sus portadores. Lo habitual, al menos en mi persona y creo que en los demás, por lo que deducen los rabillos de mis ojos, es mantener la cabeza gacha fija o bien en el propio extractor o en la pegatina de la araña que, todavía a día de hoy – lo reconozco – sigue produciéndome una atracción destructiva propia de psicoanálisis. Pero a lo que iba. Ese atasco o retención en el tráfico del servicio puede tener su cierta lógica pero hay otra que es producto de la paranoia y la desconfianza cuando uno tiene que sortear las múltiples maletas que sus dueños, temerosos del robo, obligan a entrar con ellos en el servicio. Ello produce problemas circulatorios de entrada y salida en el, de habitual, pequeño recinto y genera además un problema desagradable y más frecuente que el hecho de que alguien aproveche unos segundos de tu ausencia para apropiarse de la ropa interior puesta de aquella manera en esa pesada maleta... En fin, que lo más frecuente es que el suelo del servicio esté sucio y húmedo, lo cual debiera ser una excepción si todos mantuviéramos fija la vista sobre la pegatina de la araña y apuntáramos a ella con el extractor... digo yo. El caso es que estar húmedo y sucio lo suele estar por lo que al dueño de la maleta o mochila se le genera un problema inesperado: ¿dónde apoyarla? Créanme, he visto posiciones insólitas, meritorias sin duda, a la hora de orinar... con el rabillo del ojo.

Una vez acababa de explicarle a mi pareja la compleja dinámica de los servicios masculinos del aeropuerto la cinta transportadora se ponía en marcha. La persona que nos ha facturado la maleta – de la cual sigo sin saber el nombre de su cargo – ha solventado el problema tras poder contactar con ese algo o alguien que no respondía a sus llamadas telefónicas pero sí a la llamada mediante un walkie talkie que su compañera de mostrador le ha proporcionado. Podíamos irnos tranquilos, el riesgo de robo lo sustituía el de pérdida de equipaje por la compañía.

Pasamos el riguroso (¿?) control de seguridad compuesto en primer lugar por una mujer policía de poco amistoso rostro que con sus ojos ha determinado nuestro parecido físico al de la foto del carné de identidad y en segundo por la dichosa maquinita detectora de metales. Pasar por ella me recuerda a ese sensual baile o rito, tan playero y veraniego, en el que quienes participan han de pasar por debajo de una cuerda sin tocarla. El detector se ha convertido en un acto de lo más sensual en el que ver a una joven comenzar a quitarse el cinturón del pantalón despierta mis instintos y depravaciones más primarias. Si a esa visión le añades un cacheo posterior lo que se supone una acción de disuasión se convierte en pura adicción. Que recuerde todavía no he visto ninguna película porno que utilice la situación como argumento. Por si fuere así doy permiso para trasladar mi idea a la gran pantalla del porno – normalmente el televisor casero o el monitor del ordenador -.

Seguros ya de no perder el avión o de que él nos pierda a nosotros – depende del nivel de estima propia -, esperamos en la sala de espera para embarcar en el avión que nos lleve de vuelta tras unos días espléndidos en Praga. El tema estrella de conversación es el de los nervios previos a nuestra facturación. Estos no tienen tanto que ver con la parálisis de la cinta transportadora como por el caos vivido en los minutos anteriores desde nuestra llegada a la fila de facturación tras un angustioso paseo previo en taxi por las atascadas arterias de la ciudad.

Es lunes, el día ha amanecido frío pero soleado tras una jornada previa de intensas nevadas. La nieve, condimento extraordinario para la postal del recuerdo, había dejado impracticables las pistas del aeropuerto con la consiguiente suspensión de los vuelos de domingo. Para nuestra fortuna, o no, los vuelos se han reanudado y podemos regresar. Al llegar a nuestra terminal, tras un apurado paseo por largos pasillos entre terminales, nos encontramos una escena inquietante. La ya enunciada fila de facturación está formada por un infrecuente y elevado número de personas deseosas de viajar a Madrid. No es que la capital de España se haya convertido en sueño paradisíaco de mentes ociosas si no que la suspensión de vuelos por la nieve del día anterior ha citado a los perjudicados a nuestra hora. Así que compartimos espera quienes portamos billete para el vuelo de las diez de la mañana del lunes y quienes debían haber volado el día anterior. Dicen haber sido convocados por la compañía a nuestra hora.

La escena, dispuesta en una fila india no muy disciplinada, la componen actores básicamente españoles de regreso a su patria tras las vacaciones. Además, justo detrás de nosotros, tres ciudadanos norteamericanos – uno de ellos con rasgos asiáticos – y una joven checa que habla castellano - este último detalle se pondrá de manifiesto en el transcurso de la acción -. La acción se inicia cuando entre los pasajeros con billete del día anterior comienza a extenderse el rumor de que no van a poder volar en nuestro avión si no que será en uno posterior por determinar. Nada mejor que la incertidumbre y la desorganización para sacar al líder que lleva dentro todo español. Inmediatamente, y aun no teniendo confirmación alguna de las noticias que pertenecen todavía al ámbito de la rumorología, surgen voces que se hacen presentes por su volumen y gestualización indignadas por lo que consideran un agravio producto de la ineficacia checa - Es aquí cuando comprobamos con el progresivo enrojecimiento del rostro de la joven checa su conocimiento del castellano -. Vociferan y muestran su malestar, califican despreciativamente a los operarios del aeropuerto y sugieren soluciones evidentes - al menos para quien no es experto en aeronáutica o en gestión de aeropuertos. “¡Qué pongan un vuelo para nosotros! ¿Qué más les da?”, dicen algunas voces sin titubeo. Mi mente dibuja para esa idea un espacio aéreo caótico de aviones surgidos de la espontánea organización de los pasajeros agraviados de cada aeropuerto. Siempre me había costado comprender el concepto “atasco aéreo” pero las propuestas espontáneas y la posterior respuesta creativa de mi mente me aclaran el concepto. Imagino que el atasco de coches en las ciudades debe ser la evolución desencantada de pasajeros de autobús hastiados.

El caos en tierra me hace aterrizar de nuevo en la realidad al ser consciente de que el avance del reloj no se corresponde con el ídem de la fila. La hora límite se acerca y nosotros apenas visualizamos a lo lejos el mostrador de facturación. Decido acercarme a él para ver si algún trabajador del aeropuerto puede facilitarnos alguna información sobre lo que está sucediendo. Consulto con otro pasajero que me indica que una mujer, apenas un par de metros más allá, es la adecuada para responder mis dudas. Me informan de que habla castellano y que trabaja en el aeropuerto. Está allí para resolver los problemas de los pasajeros. Sólo su aspecto trajeado, que la diferencia de nosotros – los pasajeros – que vestimos de manera más informal, la hace sospechosa de pertenecer a la empresa dado que no dispone de ningún elemento (tarjeta o grabado) que la identifique. Al acercarme se encuentra rodeada de tres jóvenes españolas iracundas que vociferan en torno a ella que permanece impávida, haciendo gala de la pasividad y pacifismo con el que previamente nos habían descrito a los ciudadanos checos. Consigo hacerme un hueco verbal en la marabunta de improperios y soluciones espontáneas de las tres jóvenes para preguntar sobre nuestra situación, dado que la hora de embarque se acerca y la fila no avanza. Pero para mi sorpresa la respuesta no procede de la empleada allí puesta al efecto, si no que de las tres voces jóvenes surge una que se impone sobre el resto para preguntarme acerca de mi billete. Una vez aclarada su duda y certificar que se trata de un billete para el vuelo que está a punto de salir me tranquiliza asegurándome que yo sí volaré pero que ellas no lo harán hasta las dos de la tarde en otro vuelo, que es el que les han asignado en sustitución del anulado el día anterior. Se me ocurre sugerirles que inciten a todos sus “compañeros de ira” a apartarse de la fila para poder agilizar el proceso de embarque de los que partimos de inmediato pero, antes de que mi idea pueda ser trasladada al ámbito verbal, la guerra de voces reanuda su actividad delante de la impávida empleada que ni siquiera ha tenido la oportunidad de traducir mi pregunta a su mente checa.

Vuelvo a mi posición, junto a mi pareja, delante de los tres norteamericanos. El de rasgos asiáticos completa un crucigrama y levanta ocasionalmente la mirada. ¿Cómo contemplará todo aquello sin entender castellano? Puede que la escena le resulte tan ridícula como ver a alguien bailar sin música. Ante sus ojos un montón de personas cacareando y haciendo aspavientos sin sentido. ¿Qué pensaría cuando, de repente, decenas de pasajeros se apartaron de la fila de embarque? Porque al fin, por iniciativa de alguno de los espontáneos líderes españoles, lo que yo había tratado de sugerir minutos antes se convertía en una idea no para el uso de mi lógica teórica si no para la teoría llevada a la práctica. Práctica que nos llevó a avanzar los suficientes metros hacia el mostrador como para mantener nuestra esperanza intacta de embarcar a tiempo. Aunque luego se pusiera de nuevo en duda con la parálisis de la cinta transportadora.

Una última duda surge en mi cabeza antes de embarcar: ¿por qué hay que estar dos horas antes en el aeropuerto en los vuelos internacionales? Al fin y al cabo la nuestra era una demostración de que se podía facturar hasta pocos minutos antes del vuelo. Dicen que lo hacen por las medidas de seguridad pero mi compañera me saca del error: “lo hacen por si hay pasajeros españoles en el vuelo”.

Carlos Pérez Cruz