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Emisión: 15 marzo 2006
Música:
Anouar Brahem
Título:
Usos y Costumbres

 

Un lugar cálido, acogedor. El frío exterior invita a hacer uso de sus confortables sillas y butacas. El pub, una pequeña caverna por debajo del nivel de la calle, cuenta con mesas de madera. Sobre ellas brilla la tenue luz de unas pequeñas velas que comparten la misión lumínica con unas lamparitas situadas con azarosa precisión para mantener un ambiente íntimo. La barra del pub es pequeña, apenas ocupa espacio y permite al local albergar un mayor número de mesas, algo dispersas para mayor discreción de los clientes. A esta hora, cuando el sol se da por vencido, somos unas treinta personas ocupando gran parte de las sillas. La mayoría consumimos cerveza, servida en jarras de medio litro, y sólo unos pocos se decantan por otro tipo de bebida. Algunos cenan cumpliendo a rajatabla lo que mi pareja y yo entendemos como “horario europeo”. Tras echar un vistazo parece ser que nadie fuma. La música suena casi en lontananza. Música griega. Su adecuado volumen estimula la conversación pausada y sincera. Las voces se cruzan ininteligibles dibujando una ligera niebla de palabras susurrantes. Nuestra conversación pasa desapercibida incluso para los vecinos de mesa más próximos. Palabras sobre sexo, cultura, aficiones, pasiones, emociones intercambiadas entre sorbo y sorbo de la suave y sabrosa rubia cebada. Nuestro reloj gastronómico suena para hacernos conscientes de nuestro apetito. Lo apagamos con un par de pizzas caseras, de fina masa y ligeros ingredientes. Entonces adivinamos los compases de un sonero cubano que nos acompañará hasta el final de nuestra cena, hasta el trago del último sorbo de la tercera de medio litro. Pagamos, intercambiamos sonrisas con la camarera y salimos del local. En la calle nos dirigimos de nuevo la palabra. Es posible hacerlo. Nuestra voz sigue existiendo y los oídos escuchando.

Casi la misma hora dos días después. El sol de nuevo cede en su empeño y presta por unas horas la custodia del entorno. Fuera la temperatura anuncia la inminente presencia de la primavera aunque el interior sigue adecuado a un invierno reciente. El espacio es pequeño y las mesas parecen establecer una cruenta batalla por obtener el terreno de las otras. El peculiar aprovechamiento del espacio produce conflictos vecinales. Acudir al servicio obliga, en algunos casos, a incorporarse del asiento ocupado para permitir el paso ajeno. A pesar de las reducidas dimensiones del pub mi pareja y yo contabilizamos unas treinta personas en el mismo. La mayoría consumimos cerveza, servida en vasos de un cuarto de litro a precio de medio. Opto por beber directamente de la botella para evitar el contagio con los dedos que hicieron uso del vaso antes de su escueto lavado. Algunos picotean unas patatas fritas grasientas servidas en bolsas que limitan después el apoyo de brazos y manos sobre sus mesas. Los altavoces gritan música de consumo rápido. Grupos americanos y británicos, e incluso alguno español. En vez de notas musicales nuestros oídos reciben pequeños crochés boxísticos. La mayoría responde a la agresión con una violencia verbal que dibuja una espesa niebla de palabras que entremezclan cabreos futbolísticos y burdas descripciones de ambiciones sexuales nunca practicadas. El humo masivo del tabaco densa la niebla que pulula ante nuestros ojos y en el interior de nuestros oídos y pulmones. Mi pareja y yo tratamos de mantener una conversación íntima pero terminamos obligándonos a rebajar nuestras iniciales expectativas por contenidos de grueso calibre. Pedimos un par de pinchos de tortilla de patata para responder la demanda de nutrientes de nuestro cuerpo. Renunciamos a la conversación para degustar un clásico de la supervivencia alimenticia que, por su aspecto y textura, debe llevar unas cuantas horas en servicio. Pagamos, no sin antes esperar algunos minutos hasta que el camarero es consciente de nuestra demanda física y verbal, y salimos del local. Iniciamos una breve conversación que nos hace conscientes de una ronquera tan común como el rojo de nuestros ojos.

Nota: Ambas descripciones son reales. Una de ellas se desarrolla en un local de España y la otra de la República Checa. Para evitar conflictos diplomáticos evitaré especificar a qué país corresponde cada una de las situaciones relatadas.

Carlos Pérez Cruz