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Un
lugar cálido, acogedor. El frío exterior invita a hacer uso de
sus confortables sillas y butacas. El pub, una pequeña caverna
por debajo del nivel de la calle, cuenta con mesas de madera.
Sobre ellas brilla la tenue luz de unas pequeñas velas que
comparten la misión lumínica con unas lamparitas situadas con
azarosa precisión para mantener un ambiente íntimo. La barra
del pub es pequeña, apenas ocupa espacio y permite al local
albergar un mayor número de mesas, algo dispersas para mayor
discreción de los clientes. A esta hora, cuando el sol se da
por vencido, somos unas treinta personas ocupando gran parte de
las sillas. La mayoría consumimos cerveza, servida en jarras de
medio litro, y sólo unos pocos se decantan por otro tipo de
bebida. Algunos cenan cumpliendo a rajatabla lo que mi pareja y
yo entendemos como “horario europeo”. Tras echar un vistazo
parece ser que nadie fuma. La música suena casi en lontananza.
Música griega. Su adecuado volumen estimula la conversación
pausada y sincera. Las voces se cruzan ininteligibles dibujando
una ligera niebla de palabras susurrantes. Nuestra conversación
pasa desapercibida incluso para los vecinos de mesa más próximos.
Palabras sobre sexo, cultura, aficiones, pasiones, emociones
intercambiadas entre sorbo y sorbo de la suave y sabrosa rubia
cebada. Nuestro reloj gastronómico suena para hacernos
conscientes de nuestro apetito. Lo apagamos con un par de pizzas
caseras, de fina masa y ligeros ingredientes. Entonces
adivinamos los compases de un sonero cubano que nos acompañará
hasta el final de nuestra cena, hasta el trago del último sorbo
de la tercera de medio litro. Pagamos, intercambiamos sonrisas
con la camarera y salimos del local. En la calle nos dirigimos
de nuevo la palabra. Es posible hacerlo. Nuestra voz sigue
existiendo y los oídos escuchando.
Casi la misma hora dos días después. El sol de nuevo cede en
su empeño y presta por unas horas la custodia del entorno.
Fuera la temperatura anuncia la inminente presencia de la
primavera aunque el interior sigue adecuado a un invierno
reciente. El espacio es pequeño y las mesas parecen establecer
una cruenta batalla por obtener el terreno de las otras. El
peculiar aprovechamiento del espacio produce conflictos
vecinales. Acudir al servicio obliga, en algunos casos, a
incorporarse del asiento ocupado para permitir el paso ajeno. A
pesar de las reducidas dimensiones del pub mi pareja y yo
contabilizamos unas treinta personas en el mismo. La mayoría
consumimos cerveza, servida en vasos de un cuarto de litro a
precio de medio. Opto por beber directamente de la botella para
evitar el contagio con los dedos que hicieron uso del vaso antes
de su escueto lavado. Algunos picotean unas patatas fritas
grasientas servidas en bolsas que limitan después el apoyo de
brazos y manos sobre sus mesas. Los altavoces gritan música de
consumo rápido. Grupos americanos y británicos, e incluso
alguno español. En vez de notas musicales nuestros oídos
reciben pequeños crochés boxísticos. La mayoría responde a
la agresión con una violencia verbal que dibuja una espesa
niebla de palabras que entremezclan cabreos futbolísticos y
burdas descripciones de ambiciones sexuales nunca practicadas.
El humo masivo del tabaco densa la niebla que pulula ante
nuestros ojos y en el interior de nuestros oídos y pulmones. Mi
pareja y yo tratamos de mantener una conversación íntima pero
terminamos obligándonos a rebajar nuestras iniciales
expectativas por contenidos de grueso calibre. Pedimos un par de
pinchos de tortilla de patata para responder la demanda de
nutrientes de nuestro cuerpo. Renunciamos a la conversación
para degustar un clásico de la supervivencia alimenticia que,
por su aspecto y textura, debe llevar unas cuantas horas en
servicio. Pagamos, no sin antes esperar algunos minutos hasta
que el camarero es consciente de nuestra demanda física y
verbal, y salimos del local. Iniciamos una breve conversación
que nos hace conscientes de una ronquera tan común como el rojo
de nuestros ojos.
Nota:
Ambas descripciones son reales. Una de ellas se desarrolla en un
local de España y la otra de la República Checa. Para evitar
conflictos diplomáticos evitaré especificar a qué país
corresponde cada una de las situaciones relatadas.
Carlos Pérez Cruz |