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I
Sonó el despertador cuando el reloj
estrenaba la hora siete del día. Él y su amigo se levantaron,
ducharon y desayunaron. Fue entonces, en el desayuno, cuando el
amigo llamó a su novia que, algo nerviosa y desesperada, le
comunicó que no iba a poder viajar con ellos porque seguía
pendiente de la llamada de teléfono para un posible trabajo. El
rostro de su amigo dibujó como respuesta a la conversación
telefónica la amargura en su rostro.
Organizaron ambos el equipaje, pagaron el hotel y cogieron el
coche para iniciar el camino de vuelta. Como ya esperaban, el
tráfico a aquellas horas de la mañana era muy intenso, con
constantes atascos. Tenían bastante claro, por lo reciente de su
llegada a Madrid, el camino que fuera dos días atrás de llegada
y ahora de salida. Así que se armaron de paciencia y le dieron
una cuantas caladas al cigarrillo de la polución. Él encendió la
radio para entretenerse y como solución a la falta de
conversación de su frustrado amigo.
Se dirigían hacia la salida de Madrid dirección Norte. Poco a
poco, muy poco a poco, el atasco se iba disolviendo por las
arterias que, generosa y democráticamente, distribuyen la
polución por los distintos barrios de la ciudad y el
extrarradio. El coche recordó su necesario aporte de gasolina
para poder continuar la marcha. Acordaron, en la que fue la
única conversación entre ellos en ese rato, parar a repostar una
vez hubieran salido de todo aquel caos monumental.
En la gasolinera un cartel, de evidentes dimensiones, solicitaba
a los clientes que apagaran los teléfonos móviles. Sin embargo
su amigo, mientras él se encargaba de saciar la sed del depósito
de gasolina, atendía una llamada de su novia. ¿Habría conseguido
el trabajo? Fue a pagar y al volver vio el rostro agriado de su
amigo. Un rostro que había sumado a la mueca de amargura y
frustración inicial una pizca de contrariedad.
II
“¿Qué te ha dicho?”,
preguntó. Y aunque las noticias recibidas tenían su lado
positivo, a su amigo no parecía alegrarle demasiado que tuvieran
que dar la vuelta, entrar de nuevo en Madrid y recoger a su
novia porque, definitivamente, el trabajo no había sido para
ella y podía viajar con ellos.
Armado de paciencia, aguantó el chaparrón de improperios de su
amigo que, si bien no tenía nada personal contra él, necesitaba
descargar su ira. Pero le conocía bien y no le sorprendió su
exagerada reacción. Su filosofía vital no incluye ni el más
mínimo cambio en el orden preestablecido de su agenda mental.
Cualquier variante de lo programado le produce un sarpullido
verbal de inocuas consecuencias.
Aún debieron avanzar en dirección Norte durante varios
kilómetros hasta encontrar una oreja por la que poder realizar
un cambio de sentido. Pero en Madrid un cambio de sentido no
resulta tan sencillo como hacer el giro y cambiar de
orientación. No. Para ello el coche hubo de incorporarse a la
lenta y larga fila de vehículos que trataban de incorporarse a
la saturada vía principal de acceso a la ciudad. Una veintena de
coches le precedían en la lucha por ser uno de los
“privilegiados” que, a cuentagotas, se incorporaba a ese mar de
chapa, cristal y neumáticos fumadores. Llegar a ser “el
siguiente” en acceder le tomó unos veinte minutos. Pero la
recompensa estaba a la altura. Un atasco de cuatro filas
informadas, por los paneles viales, de que era probable que se
encontraran cinco kilómetros más adelante con “retenciones de
tráfico”. ¡Demonios! ¿Qué era aquello entonces?.
No es que a él no le afectara al ánimo la situación pero quien
aprovechó la coyuntura para seguir expulsando su ira en forma de
palabras malsonantes fue su amigo, que intercalaba entre su
vasto conocimiento del vocabulario del insulto castellano
algunos vocablos en inglés, sin duda extraídos del cine en
versión original de su idolatrado Spike Lee.
Resignado como conductor y como compañero de un exaltado
copiloto, consiguió acercarse de nuevo a las inmediaciones de
Madrid. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas tratando de
encontrar el cartel que le indicara la salida apropiada para
acercarse hasta la casa de la novia de su amigo. Amigo en la
salud y en la enfermedad, en la conversación afable y en la ira,
pensó sarcástico.
La clave era no perderse por la M-30, la vía de circunvalación
de Madrid. Venía conduciendo por la entrada Norte y debía llegar
a la Oeste, la más próxima al barrio donde ella vivía. A pesar
de que por unos minutos el tráfico parecía ir
descongestionándose, la circulación volvió a ahumarse en lo que
sus pestañas tardaron en acompañar el movimiento de los párpados
- ese que durante apenas unas décimas, o centésimas, de segundo
impide la visión de quién lo ejercita - conocido como pestañear.
O al menos en tan breve tiempo le pareció a él que volvía a leer
una velocidad por debajo de los veinte kilómetros hora en el
cuentakilómetros de su coche.
III
¡Increíble! ¿Cómo era
posible que a pesar de seguir la indicación Oeste de la M-30 se
encontrara entonces en la Este viniendo, como venía, del Norte?
Hasta donde él había llegado a estudiar en el colegio existía
una diferencia diametralmente opuesta de direcciones entre Este
y Oeste. Y normalmente, hasta donde él había llegado a estudiar
en la autoescuela, los indicadores de Oeste debían guiarte en
dirección Oeste y los indicadores de Este en dirección Este.
¿Qué hacer? Si seguía esa dirección debía pasar por el Sur de
Madrid antes de llegar a Oeste. Retroceder significaba volver a
pasar por Norte para llegar a Oeste. Prefirió lo malo conocido y
decidió deshacer el camino porque, hasta donde había podido
experimentar, la M-30 era un batiburrillo de desvíos impropios
del círculo que se le supone y temía perderse.
Se incorporó a lo que adivinaba era la vía principal en
dirección Norte. Una adivinanza por deducción, dado el
aprovechamiento máximo del pavimento por parte de las centenas,
¿miles quizá?, de coches en circulación. Encontró
entretenimiento en el uso de vocablos argentinos malsonantes por
parte de su amigo. ¡Qué riqueza la suya! Su dominio del léxico
de la blasfemia no se limitaba al español castellano si no que
también incorporaba conceptos injuriosos en las ricas variantes
que ofrece el español por todo el mundo.
Vuelta a empezar. Le expuso a su amigo y copiloto sus
reflexiones al volante aunque éste parecía más bien absorto en
su mundo interior, exteriorizado verbalmente, y no le escuchaba.
“Bien, estamos de nuevo en la entrada Norte. Ahí pone “M-30
Oeste”. Luego si tomo esa dirección debe llevarme a la M-30
Oeste”. Y esta vez acertó. Más bien volvió a acertar. Porque la
circulación le llevaba hacia el Oeste, pero pasando previamente
por Este y Sur.
“Oye, ¿sabes insultos en arameo?”. De habitual él era una
persona que se tomaba las cosas con calma y sentido del humor.
Pero, por lo visto, no era el caso de su amigo que respondió a
la, en intención, fina ironía, con más juramentos aunque, para
decepción del interrogador, en latín y no en ninguna de las
lenguas arameas. La pedantería al servicio del lenguaje de las
palabrotas.
La visión turística del Madrid de extrarradio era pormenorizada
por aquella ruta. La permitía la velocidad de circulación que se
movía entre dos parámetros casi invariables: detención y veinte
kilómetros hora. Creyó ver incluso a una abuela con bastón
adelantarles a la par pero desechó la veracidad de la imagen al
creer ver también un burro con alas por encima de sus cabezas.
Debía ser cosa del calor de la calefacción.
Miró el reloj del coche. ¡Las doce y media! ¿Cómo era posible si
habían empezado viaje a las nueve de la mañana? “Esta ciudad
está enferma”, pensó. Pero toda espera tiene su recompensa.
Quizá no adecuada al nivel de exigencia previa para alcanzarla
pero tomó la visión del cartel de entrada Oeste como un regalo
de Madrid y los madrileños. Si bien era consciente de que entrar
a Madrid por la salida Oeste de la M-30 no era el final de
trayecto, si no que se iniciaba allí una aventura probablemente
peor. El caos del extrarradio trasladado al interior de la
ciudad podía tener consecuencias léxicas insospechadas en su
compañero.
Inició entonces una competición deportiva al volante que incluía
salto de obras y eslalon de coches en doble fila y peatones como
disciplinas más significativas. Pensó que, por su demostrada
destreza, tendría opciones de ser seleccionado para el equipo
que participara en el Campeonato del Mundo de Supervivencia
Urbana al Volante.
IV
“Lucía vive en aquella
casa, ¿no?”. Justo pronunciaba esas palabras cuando el teléfono
de su amigo sonó. Era Lucía. Su cara no cambió en exceso tras la
conversación. La única diferencia fue que giró su cabeza y le
miró a los ojos. Pronunció una única palabra. Un largo y
resignado “joder”. Él, que seguía conduciendo hacia la casa de
Lucía, pensó en una posible interpretación para ese “joder” de
su amigo. ¿Le habrían dado al final el trabajo? ¿Habría
renunciado la persona previamente seleccionada? Expuso
interrogativamente sus pensamientos. El amigo negó con la
cabeza. Pensó una segunda posibilidad. Quizá al final ella no
quería hacer el viaje deprimida por la negación del trabajo.
Expuso de nuevo sus pensamientos. Segunda negación. Quiso pensar
más posibles razones pero ya estaban a la altura del portal de
la casa de Lucía así que paró el coche y miró fijamente a su
amigo esperando una respuesta sin interrogación previa. Y ésta
llegó. Y, al hacerlo, él descubrió que su vocabulario también
era rico en esputos verbales, si bien, en su caso, ceñidos al
español castellano.
Lucía, para evitarles tener que atravesar Madrid, les esperaba
en la estación de autobuses del Este.
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