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Emisión: 8 Febrero 2006
Música:
Jorge Pardo, Roy Campbell, Rabih Abou-Khalil y Phil Grenadier
Título:
Círculo Polar

 

I

Sonó el despertador cuando el reloj estrenaba la hora siete del día. Él y su amigo se levantaron, ducharon y desayunaron. Fue entonces, en el desayuno, cuando el amigo llamó a su novia que, algo nerviosa y desesperada, le comunicó que no iba a poder viajar con ellos porque seguía pendiente de la llamada de teléfono para un posible trabajo. El rostro de su amigo dibujó como respuesta a la conversación telefónica la amargura en su rostro.

Organizaron ambos el equipaje, pagaron el hotel y cogieron el coche para iniciar el camino de vuelta. Como ya esperaban, el tráfico a aquellas horas de la mañana era muy intenso, con constantes atascos. Tenían bastante claro, por lo reciente de su llegada a Madrid, el camino que fuera dos días atrás de llegada y ahora de salida. Así que se armaron de paciencia y le dieron una cuantas caladas al cigarrillo de la polución. Él encendió la radio para entretenerse y como solución a la falta de conversación de su frustrado amigo.

Se dirigían hacia la salida de Madrid dirección Norte. Poco a poco, muy poco a poco, el atasco se iba disolviendo por las arterias que, generosa y democráticamente, distribuyen la polución por los distintos barrios de la ciudad y el extrarradio. El coche recordó su necesario aporte de gasolina para poder continuar la marcha. Acordaron, en la que fue la única conversación entre ellos en ese rato, parar a repostar una vez hubieran salido de todo aquel caos monumental.

En la gasolinera un cartel, de evidentes dimensiones, solicitaba a los clientes que apagaran los teléfonos móviles. Sin embargo su amigo, mientras él se encargaba de saciar la sed del depósito de gasolina, atendía una llamada de su novia. ¿Habría conseguido el trabajo? Fue a pagar y al volver vio el rostro agriado de su amigo. Un rostro que había sumado a la mueca de amargura y frustración inicial una pizca de contrariedad. 

II

“¿Qué te ha dicho?”, preguntó. Y aunque las noticias recibidas tenían su lado positivo, a su amigo no parecía alegrarle demasiado que tuvieran que dar la vuelta, entrar de nuevo en Madrid y recoger a su novia porque, definitivamente, el trabajo no había sido para ella y podía viajar con ellos.

Armado de paciencia, aguantó el chaparrón de improperios de su amigo que, si bien no tenía nada personal contra él, necesitaba descargar su ira. Pero le conocía bien y no le sorprendió su exagerada reacción. Su filosofía vital no incluye ni el más mínimo cambio en el orden preestablecido de su agenda mental. Cualquier variante de lo programado le produce un sarpullido verbal de inocuas consecuencias.

Aún debieron avanzar en dirección Norte durante varios kilómetros hasta encontrar una oreja por la que poder realizar un cambio de sentido. Pero en Madrid un cambio de sentido no resulta tan sencillo como hacer el giro y cambiar de orientación. No. Para ello el coche hubo de incorporarse a la lenta y larga fila de vehículos que trataban de incorporarse a la saturada vía principal de acceso a la ciudad. Una veintena de coches le precedían en la lucha por ser uno de los “privilegiados” que, a cuentagotas, se incorporaba a ese mar de chapa, cristal y neumáticos fumadores. Llegar a ser “el siguiente” en acceder le tomó unos veinte minutos. Pero la recompensa estaba a la altura. Un atasco de cuatro filas informadas, por los paneles viales, de que era probable que se encontraran cinco kilómetros más adelante con “retenciones de tráfico”. ¡Demonios! ¿Qué era aquello entonces?.

No es que a él no le afectara al ánimo la situación pero quien aprovechó la coyuntura para seguir expulsando su ira en forma de palabras malsonantes fue su amigo, que intercalaba entre su vasto conocimiento del vocabulario del insulto castellano algunos vocablos en inglés, sin duda extraídos del cine en versión original de su idolatrado Spike Lee.

Resignado como conductor y como compañero de un exaltado copiloto, consiguió acercarse de nuevo a las inmediaciones de Madrid. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas tratando de encontrar el cartel que le indicara la salida apropiada para acercarse hasta la casa de la novia de su amigo. Amigo en la salud y en la enfermedad, en la conversación afable y en la ira, pensó sarcástico.

La clave era no perderse por la M-30, la vía de circunvalación de Madrid. Venía conduciendo por la entrada Norte y debía llegar a la Oeste, la más próxima al barrio donde ella vivía. A pesar de que por unos minutos el tráfico parecía ir descongestionándose, la circulación volvió a ahumarse en lo que sus pestañas tardaron en acompañar el movimiento de los párpados - ese que durante apenas unas décimas, o centésimas, de segundo impide la visión de quién lo ejercita - conocido como pestañear. O al menos en tan breve tiempo le pareció a él que volvía a leer una velocidad por debajo de los veinte kilómetros hora en el cuentakilómetros de su coche.

III

¡Increíble! ¿Cómo era posible que a pesar de seguir la indicación Oeste de la M-30 se encontrara entonces en la Este viniendo, como venía, del Norte? Hasta donde él había llegado a estudiar en el colegio existía una diferencia diametralmente opuesta de direcciones entre Este y Oeste. Y normalmente, hasta donde él había llegado a estudiar en la autoescuela, los indicadores de Oeste debían guiarte en dirección Oeste y los indicadores de Este en dirección Este. ¿Qué hacer? Si seguía esa dirección debía pasar por el Sur de Madrid antes de llegar a Oeste. Retroceder significaba volver a pasar por Norte para llegar a Oeste. Prefirió lo malo conocido y decidió deshacer el camino porque, hasta donde había podido experimentar, la M-30 era un batiburrillo de desvíos impropios del círculo que se le supone y temía perderse.

Se incorporó a lo que adivinaba era la vía principal en dirección Norte. Una adivinanza por deducción, dado el aprovechamiento máximo del pavimento por parte de las centenas, ¿miles quizá?, de coches en circulación. Encontró entretenimiento en el uso de vocablos argentinos malsonantes por parte de su amigo. ¡Qué riqueza la suya! Su dominio del léxico de la blasfemia no se limitaba al español castellano si no que también incorporaba conceptos injuriosos en las ricas variantes que ofrece el español por todo el mundo.

Vuelta a empezar. Le expuso a su amigo y copiloto sus reflexiones al volante aunque éste parecía más bien absorto en su mundo interior, exteriorizado verbalmente, y no le escuchaba. “Bien, estamos de nuevo en la entrada Norte. Ahí pone “M-30 Oeste”. Luego si tomo esa dirección debe llevarme a la M-30 Oeste”. Y esta vez acertó. Más bien volvió a acertar. Porque la circulación le llevaba hacia el Oeste, pero pasando previamente por Este y Sur.

“Oye, ¿sabes insultos en arameo?”. De habitual él era una persona que se tomaba las cosas con calma y sentido del humor. Pero, por lo visto, no era el caso de su amigo que respondió a la, en intención, fina ironía, con más juramentos aunque, para decepción del interrogador, en latín y no en ninguna de las lenguas arameas. La pedantería al servicio del lenguaje de las palabrotas.

La visión turística del Madrid de extrarradio era pormenorizada por aquella ruta. La permitía la velocidad de circulación que se movía entre dos parámetros casi invariables: detención y veinte kilómetros hora. Creyó ver incluso a una abuela con bastón adelantarles a la par pero desechó la veracidad de la imagen al creer ver también un burro con alas por encima de sus cabezas. Debía ser cosa del calor de la calefacción.

Miró el reloj del coche. ¡Las doce y media! ¿Cómo era posible si habían empezado viaje a las nueve de la mañana? “Esta ciudad está enferma”, pensó. Pero toda espera tiene su recompensa. Quizá no adecuada al nivel de exigencia previa para alcanzarla pero tomó la visión  del cartel de entrada Oeste como un regalo de Madrid y los madrileños. Si bien era consciente de que entrar a Madrid por la salida Oeste de la M-30 no era el final de trayecto, si no que se iniciaba allí una aventura probablemente peor. El caos del extrarradio trasladado al interior de la ciudad podía tener consecuencias léxicas insospechadas en su compañero.

Inició entonces una competición deportiva al volante que incluía salto de obras y eslalon de coches en doble fila y peatones como disciplinas más significativas. Pensó que, por su demostrada destreza, tendría opciones de ser seleccionado para el equipo que participara en el Campeonato del Mundo de Supervivencia Urbana al Volante. 

IV

“Lucía vive en aquella casa, ¿no?”. Justo pronunciaba esas palabras cuando el teléfono de su amigo sonó. Era Lucía. Su cara no cambió en exceso tras la conversación. La única diferencia fue que giró su cabeza y le miró a los ojos. Pronunció una única palabra. Un largo y resignado “joder”. Él, que seguía conduciendo hacia la casa de Lucía, pensó en una posible interpretación para ese “joder” de su amigo. ¿Le habrían dado al final el trabajo? ¿Habría renunciado la persona previamente seleccionada? Expuso interrogativamente sus pensamientos. El amigo negó con la cabeza. Pensó una segunda posibilidad. Quizá al final ella no quería hacer el viaje deprimida por la negación del trabajo. Expuso de nuevo sus pensamientos. Segunda negación. Quiso pensar más posibles razones pero ya estaban a la altura del portal de la casa de Lucía así que paró el coche y miró fijamente a su amigo esperando una respuesta sin interrogación previa. Y ésta llegó. Y, al hacerlo, él descubrió que su vocabulario también era rico en esputos verbales, si bien, en su caso, ceñidos al español castellano.

Lucía, para evitarles tener que atravesar Madrid, les esperaba en la estación de autobuses del Este.