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La
ensoñación. Un remoto paraíso posiblemente inventado, real en el
pasado. Aparece con frecuencia en la imaginación de mi deseo. Un
deseo cubierto por el velo de lo anhelado e incógnito.
La niebla cubre el sueño iluminado por un sol en perpetua
decadencia, a ras de suelo. Un frío palpable con la vista, la
respiración que rompe el silencio sonoro de la naturaleza más
pura.
Ensoñación helada. Frío sediento de paz. Los árboles vigilan mi
paso, firme y sereno. Sólo su mirada, cogida de mi mano, puede
distraer mi atención de la infinita latitud. De sus kilómetros
de hielo en armonía.
Las hojas perennes bailan la quietud. Observan nuestro caminar
sobre hojas de peor fortuna. Incapaces de distinguir su finita
levedad de la nuestra. Ya nos vieron antes, en la piel de otros.
Reinventamos el camino del bosque helado. El sol eterno dibuja
sombras de mago. Bajo nuestras pisadas se queja la madera muerta
y algún ser inexplicable traza ajeno su propia ruta.
Se abre el camino. Un lago de agua insumisa al hielo salpica la
luz del Norte. Lejano horizonte de bosques imposibles de
abarcar. El final de nuestra vida soñada. Rendidos al silencio
en la cabaña del olvido. Juntos en el Círculo Polar.
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