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Un
nuevo encuentro de sus miradas. Breve, fugaz. La retira él con
indisimulado disimulo. Ella tarda más en desplazarla y continuar
la conversación con sus dos amigas. Él lo sabe porque uno de sus
amigos la observó de reojo. Da un nuevo sorbo a la cerveza
mientras se recrimina no haber mantenido fija su mirada. Al fin
y al cabo también ella le observaba. Ha de conseguir fijar sus
ojos, orientar sus pupilas hacia ella y vestirlas de confianza y
seguridad en sí mismo, quizá incluso con algo de frialdad no
exenta de incipiente deseo.
Levanta su mirada del vaso, sonríe una gracia no escuchada de
sus amigos y concentra de nuevo su campo visual en la mesa que
ocupa ella unos metros más allá. Ella no le mira pero sí una de
sus amigas. Una mirada escrutadora que reportará análisis y
opinión a la interesada, o a la que parece estarlo. Vuelve a
retirar su mirada de manera compulsiva y la dirige de nuevo
hacia la cerveza que ingiere con cierta celeridad. Convierte el
vaso en su refugio de timidez. Siente en cada sorbo de cerveza
el calmante de su ansia, el hogar del exiliado.
Sólo uno de sus amigos puede opinar. Los otros dos deberían
girarse indiscretamente para poder verla, así que deberá confiar
en su propio instinto y mirada dado que su única fuente de
información no tiene muy buena opinión de ella. “No tiene tetas”.
Ella se acaba de levantar de la mesa y sale fuera del local con
el teléfono móvil pegado a su oreja. Se despierta en él una
cierta frustración. En su vocabulario aparece una única palabra:
novio. Es él, su novio. Está convencido. Lo que consideraba una
mirada de interés no era si no de reproche a su indiscreción.
Vuelve a entrar en el local y aparece acompañada por otra joven.
Las otras dos se levantan y la reciben con dos besos en la
mejilla cada una. Mientras ella le ha dedicado otra rápida
mirada que él, de nuevo, apenas ha podido soportar. “No era mi
novio, era mi amiga que no sabía dónde estábamos”, deduce él
como mensaje de su breve encuentro visual.
Más tranquilo sonríe una nueva gracia no escuchada y agota la
primera cerveza de la noche. Necesita un nuevo vaso al que
agarrarse, más cerveza para su desinhibición. Pero para ello
debe levantarse y acercarse a la barra. Eso le expondrá ante
ella, puede ser un gesto definitivo para mantenerle el interés o
anularlo de golpe. Se incorpora y trata de precisar cada uno de
sus pasos. Su caminar ha de ser firme y sereno. Recuerda
levantar sus hombros, algo que siempre aborreció como consejo de
madre pero que ahora considera de verdadera utilidad. Llega a la
barra y con un gesto reclama la atención del camarero. Permanece
firme, con sus manos apoyadas en el mostrador, con los hombros
forzadamente erguidos. Recoge su cerveza e inicia el camino de
vuelta a la mesa. Éste requiere un mayor esfuerzo de
concentración. Ha de mantener la firmeza y serenidad del caminar
de la ida, los hombros erguidos y además evitar crear la
situación embarazosa que implicaría derramar el contenido del
vaso sobre alguien. Algo que no resultaría difícil, incluso para
una persona de habitual habilidosa, dado el abarrotado y
bullicioso aspecto del lugar.
El camino de retorno incluye eslalon de mesas y carrera de
obstáculos humanos con alteración etílica y euforia de fin de
semana. Además el elevado volumen de los altavoces no facilita
hacer notar su presencia para abrirse paso por lo que ha de
servirse de una de sus manos para llamar la atención, por lo que
ésta deja de servir de ayuda en la sujeción del vaso. Un riesgo
no consumado al llegar a su mesa con todo el contenido intacto,
si bien en los últimos metros olvidó mantener erguidos sus
hombros.
“Te han estado mirando”. La información se la facilita el amigo
con buena perspectiva de su mesa. Aprovecha la confianza que le
proporciona el tacto del vaso de cerveza y la ingestión de la
misma para reunir fuerzas y volver a mirarla pero, tal y como se
promete, deberá mantener la vista fija pase lo que pase. Tiene
que mirarla con atención para comprobar que el juego visual, los
nervios, su forzada elevación de hombros, incluso una cierta
ansiedad, merecen el físico de ella.
¡El físico! Ni siquiera ha levantado la mirada y en su interior
se inicia un debate casi ético. ¿Tan necesitado está como para,
sin ni siquiera conocer la personalidad de ella, descontrolarse
así? Porque es probable que toda esa fachada que le tiene
trastornado contenga un interior que desmonte todo el andamiaje.
¿Cómo sonará su interior? ¿Tendrá eco? Todo esto parecía
preguntárselo a su cerveza, agarrado el vaso con ambas manos,
totalmente abstraído de la conversación de sus amigos. Cayó en
la cuenta de lo estéril de su debate y, tras un buen sorbo de
cerveza, levantó su mirada y la fijó en ella.
Ella, morena, nariz algo afilada pero no excesiva, tez
blanquecina, vestía una camiseta a rayas, discreta, que ocultaba
un pecho con, ¡de acuerdo!, poca teta. Pero a él no le importaba
porque le tenían seducido esos ojos con los que se había
encontrado apenas décimas de segundo en los minutos anteriores.
Ojos oscuros, profundos y cautivadores. Charlaba animadamente
con sus amigas, ¡quizá hablaran de él! Quizá no, ¡seguro!
Durante apenas dos segundos las cuatro se habían girado hacia él
y le habían mirado fijamente, como si hubieran decidido dar su
último veredicto antes de que, ¡de que ella se levantara y se
encaminara hacia él!
Sí, ella se acaba de levantar de su asiento. Le pareció ver cómo
sus amigas le daban un último aliento de ánimo antes de iniciar
su conquista. Pero apenas pudo verlo porque de nuevo su visión
principal era el vaso de cerveza, ya casi vacío, y el sonido que
recibía era la indescifrable conversación de sus amigos y un
batiburrillo de voces en su cabeza que le tenían confundido y
atorado. ¿¡En qué follón se había metido!? Era de natural
bastante tímido y no muy dado a las conversaciones con seres
humanos del sexo opuesto y ahora se encontraba en una situación
excitante a la par que incómoda. Pero tenía que estar a la
altura ya que era ella la que iba a dar el primer paso. ¿Por qué
se sentía así? Debía sentirse halagado y eso tenía que darle la
confianza dado que, en ese momento, la que realmente se iba a
arriesgar era ella.
“Creo que viene hacía aquí”, le susurró el amigo. Una
información prescindible dado que ya era consciente de ello
desde hacía apenas unos segundos. Tenía el tiempo en que ella
tardara en abrirse paso entre la masa de eufóricos etílicos para
ordenar sus ideas y calmarse. Claro está que una primera
impresión marca mucho la percepción en el otro. Pero una duda se
abrió paso de pronto entre el alud de excitadas ideas: ¿y si
ella en realidad estaba yendo al baño? Éste se encontraba a
mitad de camino, entre la mesa de ellas y la de ellos, por lo
que no debía apresurarse en vano y esperar lo que ella hiciera.
Y sin embargo su mirada parecía estar clavada en él. ¿Sería una
provocación para que él también fuera al servicio?
¡No! No se había detenido en el baño. Definitivamente iba a por
él. Ahora sí que debía prepararse. Y el hecho de que no se
detuviera en el servicio hizo que de nuevo la tensión, los
nervios y la excitación afloraran de nuevo. Sintió enrojecer su
rostro. ¡No, eso no! No podía permitir transmitirle su
nerviosismo. El único remedio contra su timidez era disimularla
para traspasarle a ella la incomodidad y poder tener un cierto,
aunque sólo aparente, control de la situación.
Respiró profundo, lo más profundo que se puede cuando los
nervios controlan a la persona, y, para su desesperación, vio
cómo era detenida en su caminar por una joven que debía
conocerla. ¡Demonios! ¿Hasta cuándo la retendría? Además, él
empezaba a sentir la llamada de su vejiga que exigía
contraprestaciones a la petición de paso de más cerveza. Pero ir
al baño le obligaba a cruzarse con ella. Debía decidirse ya
porque corría el riesgo de que la conversación entre ellas
finalizara y a sus nervios se sumara la angustia urinaria. Así
que se levantó, irguió los hombros y comenzó a caminar,
apartando eufóricos etílicos con sus manos, hacia el baño. Al
pasar junto a ella hubo de rozarle con su mano izquierda para
apartarla. Estaba de espaldas a él y creyó sentir como a ella le
había recorrido un escalofrío. No pudo escuchar su voz porque
entonces atendía a su conocida. Entró al baño y abrió
violentamente la puerta del designado para hombres. Sin llegar a
cerrar el pestillo levantó la tapa del urinario y, tras cumplir
los requisitos previos imprescindibles para ello, comenzó a
orinar con gran fuerza. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No
supo disfrutar de esa placentera reacción física porque
precisamente le recordó la que había creído sentir en ella y le
hizo dudar de su percepción. ¿Habría sido producto de su
imaginación? No quiso dedicar mucho tiempo a tratar de resolver
su duda porque debía volver cuanto antes a la mesa para poder
ser seducido.
Al salir del servicio comprobó que no llegaba tarde. Ella seguía
conversando. Esa visión y la relajación propia posterior al
orinado le calmaron en parte y le insuflaron ánimo para volver a
pasar junto a ella de camino a su mesa. Al hacerlo, volvió a
rozarla, esta vez con la mano derecha, y volvió a sentir la
misma sensación de alteración de su ánimo. Lo tenía claro, ella
reaccionaba a su roce. Sólo quedaba sentarse, esperar y preparar
el discurso.
Se sentía en cierto modo eufórico. En su visita al baño había
eliminado orina y nervios. Se atrevió incluso a bromear y
atender los comentarios, ajenos a la situación, de sus amigos.
¿Qué podía perder? Si a su físico se sumaba una personalidad
agradable la noche podía salir redonda. Podía ser una de esas
fechas señaladas con círculo por las parejas que recuerdan aquel
día en que, de casualidad, se conocieron.
¡Por fin! La conversación había terminado y ella reanudaba la
marcha. Se aproximaba lentamente, con dificultades. El tráfico
de eufóricos etílicos era intenso y nadie dirigía aquel caos.
Era cuestión de paciencia por su parte en la espera y de ella en
la aproximación. Además, ¿qué importaban unos segundos más o
menos cuando por delante tenían toda una vida juntos? Quizá
exageraba un poco, decidió relajar sus pretensiones pero tampoco
quiso restar iniciativa a la euforia. No todos los días se le
insinuaban guapas chicas de su gusto.
Había llegado el momento. Ella estaba ya sólo a un metro de él.
Disimuló distracción pero en su interior comprendía que ella
sería consciente de su farsa. Era parte del juego y él quería
mantener sus bazas a salvo. Y, en efecto, confirmó que no se
había equivocado, que ella tenía interés en él y que hacia él se
había acercado. Notó cómo la mano de ella se posaba suavemente
sobre su hombro para llamarle la atención. Giró la cabeza y la
miró. Ella pareció titubear un instante, algo que él percibió
como un éxito de su ficticia confianza. Se agachó y acercó el
rostro al de él para hacerse entender. Esto le pareció muy
excitante. Le gustó el olor de ella y también la voz, que le
pidió fuego. Buena táctica, pensó. Él no fumaba, pero sí su
compañero al que le robó el mechero. Se lo aproximó muy
lentamente. Quería disfrutar del olor y de su presencia tan
cercana. Incluso se permitió comprobar el correcto
comportamiento del mechero, un tanto de gentileza por su parte.
Procuró, al dárselo, el mayor roce posible con su mano, que
sintió delicada y cálida. Ella se incorporó en un gesto que él
imaginó para encender un cigarro. Lo entendió como un movimiento
inteligente de ella, una reacción a su órdago de aparente
serenidad. Debía buscar recuperar el control de la seducción
obligándole a esperar mientras ella lo encendía. Él, que era
radicalmente contrario al tabaco, pasó por alto esa adicción y
dejó que la pasión superara a la ética. Ya tendría tiempo por
delante para convertirla a su credo.
Pero quizá no fuera necesario convertirla porque el uso que ella
hizo del mechero fue diferente al imaginado. Su presunto cigarro
no existía y sí el que esperaba a ser encendido en la mano
derecha de un joven que ocupaba la mesa vecina y al que besó,
con algo más que los labios, antes de encendérselo.
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