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Emisión: 22 Febrero 2006
Música:
Thad Jones, Art Blakey & The Jazz Messengers, Herbie Hancock, Arturo Sandoval, Lászlo Sáry, Omar Sosa y John Barry
Título:
Miradas

 

Un nuevo encuentro de sus miradas. Breve, fugaz. La retira él con indisimulado disimulo. Ella tarda más en desplazarla y continuar la conversación con sus dos amigas. Él lo sabe porque uno de sus amigos la observó de reojo. Da un nuevo sorbo a la cerveza mientras se recrimina no haber mantenido fija su mirada. Al fin y al cabo también ella le observaba. Ha de conseguir fijar sus ojos, orientar sus pupilas hacia ella y vestirlas de confianza y seguridad en sí mismo, quizá incluso con algo de frialdad no exenta de incipiente deseo.

Levanta su mirada del vaso, sonríe una gracia no escuchada de sus amigos y concentra de nuevo su campo visual en la mesa que ocupa ella unos metros más allá. Ella no le mira pero sí una de sus amigas. Una mirada escrutadora que reportará análisis y opinión a la interesada, o a la que parece estarlo. Vuelve a retirar su mirada de manera compulsiva y la dirige de nuevo hacia la cerveza que ingiere con cierta celeridad. Convierte el vaso en su refugio de timidez. Siente en cada sorbo de cerveza el calmante de su ansia, el hogar del exiliado.

Sólo uno de sus amigos puede opinar. Los otros dos deberían girarse indiscretamente para poder verla, así que deberá confiar en su propio instinto y mirada dado que su única fuente de información no tiene muy buena opinión de ella. “No tiene tetas”.

Ella se acaba de levantar de la mesa y sale fuera del local con el teléfono móvil pegado a su oreja. Se despierta en él una cierta frustración. En su vocabulario aparece una única palabra: novio. Es él, su novio. Está convencido. Lo que consideraba una mirada de interés no era si no de reproche a su indiscreción.

Vuelve a entrar en el local y aparece acompañada por otra joven. Las otras dos se levantan y la reciben con dos besos en la mejilla cada una. Mientras ella le ha dedicado otra rápida mirada que él, de nuevo, apenas ha podido soportar. “No era mi novio, era mi amiga que no sabía dónde estábamos”, deduce él como mensaje de su breve encuentro visual.

Más tranquilo sonríe una nueva gracia no escuchada y agota la primera cerveza de la noche. Necesita un nuevo vaso al que agarrarse, más cerveza para su desinhibición. Pero para ello debe levantarse y acercarse a la barra. Eso le expondrá ante ella, puede ser un gesto definitivo para mantenerle el interés o anularlo de golpe. Se incorpora y trata de precisar cada uno de sus pasos. Su caminar ha de ser firme y sereno. Recuerda levantar sus hombros, algo que siempre aborreció como consejo de madre pero que ahora considera de verdadera utilidad. Llega a la barra y con un gesto reclama la atención del camarero. Permanece firme, con sus manos apoyadas en el mostrador, con los hombros forzadamente erguidos. Recoge su cerveza e inicia el camino de vuelta a la mesa. Éste requiere un mayor esfuerzo de concentración. Ha de mantener la firmeza y serenidad del caminar de la ida, los hombros erguidos y además evitar crear la situación embarazosa que implicaría derramar el contenido del vaso sobre alguien. Algo que no resultaría difícil, incluso para una persona de habitual habilidosa, dado el abarrotado y bullicioso aspecto del lugar.

El camino de retorno incluye eslalon de mesas y carrera de obstáculos humanos con alteración etílica y euforia de fin de semana. Además el elevado volumen de los altavoces no facilita hacer notar su presencia para abrirse paso por lo que ha de servirse de una de sus manos para llamar la atención, por lo que ésta deja de servir de ayuda en la sujeción del vaso. Un riesgo no consumado al llegar a su mesa con todo el contenido intacto, si bien en los últimos metros olvidó mantener erguidos sus hombros.

“Te han estado mirando”. La información se la facilita el amigo con buena perspectiva de su mesa. Aprovecha la confianza que le proporciona el tacto del vaso de cerveza y la ingestión de la misma para reunir fuerzas y volver a mirarla pero, tal y como se promete, deberá mantener la vista fija pase lo que pase. Tiene que mirarla con atención para comprobar que el juego visual, los nervios, su forzada elevación de hombros, incluso una cierta ansiedad, merecen el físico de ella.

¡El físico! Ni siquiera ha levantado la mirada y en su interior se inicia un debate casi ético. ¿Tan necesitado está como para, sin ni siquiera conocer la personalidad de ella, descontrolarse así? Porque es probable que toda esa fachada que le tiene trastornado contenga un interior que desmonte todo el andamiaje. ¿Cómo sonará su interior? ¿Tendrá eco? Todo esto parecía preguntárselo a su cerveza, agarrado el vaso con ambas manos, totalmente abstraído de la conversación de sus amigos. Cayó en la cuenta de lo estéril de su debate y, tras un buen sorbo de cerveza, levantó su mirada y la fijó en ella.

Ella, morena, nariz algo afilada pero no excesiva, tez blanquecina, vestía una camiseta a rayas, discreta, que ocultaba un pecho con, ¡de acuerdo!, poca teta. Pero a él no le importaba porque le tenían seducido esos ojos con los que se había encontrado apenas décimas de segundo en los minutos anteriores. Ojos oscuros, profundos y cautivadores. Charlaba animadamente con sus amigas, ¡quizá hablaran de él! Quizá no, ¡seguro! Durante apenas dos segundos las cuatro se habían girado hacia él y le habían mirado fijamente, como si hubieran decidido dar su último veredicto antes de que, ¡de que ella se levantara y se encaminara hacia él!

Sí, ella se acaba de levantar de su asiento. Le pareció ver cómo sus amigas le daban un último aliento de ánimo antes de iniciar su conquista. Pero apenas pudo verlo porque de nuevo su visión principal era el vaso de cerveza, ya casi vacío, y el sonido que recibía era la indescifrable conversación de sus amigos y un batiburrillo de voces en su cabeza que le tenían confundido y atorado. ¿¡En qué follón se había metido!? Era de natural bastante tímido y no muy dado a las conversaciones con seres humanos del sexo opuesto y ahora se encontraba en una situación excitante a la par que incómoda. Pero tenía que estar a la altura ya que era ella la que iba a dar el primer paso. ¿Por qué se sentía así? Debía sentirse halagado y eso tenía que darle la confianza dado que, en ese momento, la que realmente se iba a arriesgar era ella.

“Creo que viene hacía aquí”, le susurró el amigo. Una información prescindible dado que ya era consciente de ello desde hacía apenas unos segundos. Tenía el tiempo en que ella tardara en abrirse paso entre la masa de eufóricos etílicos para ordenar sus ideas y calmarse. Claro está que una primera impresión marca mucho la percepción en el otro. Pero una duda se abrió paso de pronto entre el alud de excitadas ideas: ¿y si ella en realidad estaba yendo al baño? Éste se encontraba a mitad de camino, entre la mesa de ellas y la de ellos, por lo que no debía apresurarse en vano y esperar lo que ella hiciera. Y sin embargo su mirada parecía estar clavada en él. ¿Sería una provocación para que él también fuera al servicio?

¡No! No se había detenido en el baño. Definitivamente iba a por él. Ahora sí que debía prepararse. Y el hecho de que no se detuviera en el servicio hizo que de nuevo la tensión, los nervios y la excitación afloraran de nuevo. Sintió enrojecer su rostro. ¡No, eso no! No podía permitir transmitirle su nerviosismo. El único remedio contra su timidez era disimularla para traspasarle a ella la incomodidad y poder tener un cierto, aunque sólo aparente, control de la situación.

Respiró profundo, lo más profundo que se puede cuando los nervios controlan a la persona, y, para su desesperación, vio cómo era detenida en su caminar por una joven que debía conocerla. ¡Demonios! ¿Hasta cuándo la retendría? Además, él empezaba a sentir la llamada de su vejiga que exigía contraprestaciones a la petición de paso de más cerveza. Pero ir al baño le obligaba a cruzarse con ella. Debía decidirse ya porque corría el riesgo de que la conversación entre ellas finalizara y a sus nervios se sumara la angustia urinaria. Así que se levantó, irguió los hombros y comenzó a caminar, apartando eufóricos etílicos con sus manos, hacia el baño. Al pasar junto a ella hubo de rozarle con su mano izquierda para apartarla. Estaba de espaldas a él y creyó sentir como a ella le había recorrido un escalofrío. No pudo escuchar su voz porque entonces atendía a su conocida. Entró al baño y abrió violentamente la puerta del designado para hombres. Sin llegar a cerrar el pestillo levantó la tapa del urinario y, tras cumplir los requisitos previos imprescindibles para ello, comenzó a orinar con gran fuerza. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No supo disfrutar de esa placentera reacción física porque precisamente le recordó la que había creído sentir en ella y le hizo dudar de su percepción. ¿Habría sido producto de su imaginación? No quiso dedicar mucho tiempo a tratar de resolver su duda porque debía volver cuanto antes a la mesa para poder ser seducido.

Al salir del servicio comprobó que no llegaba tarde. Ella seguía conversando. Esa visión y la relajación propia posterior al orinado le calmaron en parte y le insuflaron ánimo para volver a pasar junto a ella de camino a su mesa. Al hacerlo, volvió a rozarla, esta vez con la mano derecha, y volvió a sentir la misma sensación de alteración de su ánimo. Lo tenía claro, ella reaccionaba a su roce. Sólo quedaba sentarse, esperar y preparar el discurso.

Se sentía en cierto modo eufórico. En su visita al baño había eliminado orina y nervios. Se atrevió incluso a bromear y atender los comentarios, ajenos a la situación, de sus amigos. ¿Qué podía perder? Si a su físico se sumaba una personalidad agradable la noche podía salir redonda. Podía ser una de esas fechas señaladas con círculo por las parejas que recuerdan aquel día en que, de casualidad, se conocieron.

¡Por fin! La conversación había terminado y ella reanudaba la marcha. Se aproximaba lentamente, con dificultades. El tráfico de eufóricos etílicos era intenso y nadie dirigía aquel caos. Era cuestión de paciencia por su parte en la espera y de ella en la aproximación. Además, ¿qué importaban unos segundos más o menos cuando por delante tenían toda una vida juntos? Quizá exageraba un poco, decidió relajar sus pretensiones pero tampoco quiso restar iniciativa a la euforia. No todos los días se le insinuaban guapas chicas de su gusto.

Había llegado el momento. Ella estaba ya sólo a un metro de él. Disimuló distracción pero en su interior comprendía que ella sería consciente de su farsa. Era parte del juego y él quería mantener sus bazas a salvo. Y, en efecto, confirmó que no se había equivocado, que ella tenía interés en él y que hacia él se había acercado. Notó cómo la mano de ella se posaba suavemente sobre su hombro para llamarle la atención. Giró la cabeza y la miró. Ella pareció titubear un instante, algo que él percibió como un éxito de su ficticia confianza. Se agachó y acercó el rostro al de él para hacerse entender. Esto le pareció muy excitante. Le gustó el olor de ella y también la voz, que le pidió fuego. Buena táctica, pensó. Él no fumaba, pero sí su compañero al que le robó el mechero. Se lo aproximó muy lentamente. Quería disfrutar del olor y de su presencia tan cercana. Incluso se permitió comprobar el correcto comportamiento del mechero, un tanto de gentileza por su parte. Procuró, al dárselo, el mayor roce posible con su mano, que sintió delicada y cálida. Ella se incorporó en un gesto que él imaginó para encender un cigarro. Lo entendió como un movimiento inteligente de ella, una reacción a su órdago de aparente serenidad. Debía buscar recuperar el control de la seducción obligándole a esperar mientras ella lo encendía. Él, que era radicalmente contrario al tabaco, pasó por alto esa adicción y dejó que la pasión superara a la ética. Ya tendría tiempo por delante para convertirla a su credo.

Pero quizá no fuera necesario convertirla porque el uso que ella hizo del mechero fue diferente al imaginado. Su presunto cigarro no existía y sí el que esperaba a ser encendido en la mano derecha de un joven que ocupaba la mesa vecina y al que besó, con algo más que los labios, antes de encendérselo.