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I
Se puso al volante con la única idea de
huir. Quería dejar la angustia diaria de una vida elegida a
medias entre la oportunidad y la necesidad. Durante mucho tiempo
intentó convencerse de que su día a día era el necesario
pasaporte para la felicidad en forma de verano en Ibiza o Semana
Santa en la montaña. Que todo lo que hacía - la temprana
interrupción del sueño, el excitado camino al trabajo, la comida
de plástico a mediodía, el sueño de las tempranas horas del
trabajo vespertino, el dolor de cabeza tras toda una vida – o al
menos eso le parece a las ocho de la tarde – delante de la
pantalla del ordenador, el atasco de ruidos y humo de vuelta a
casa – era para poder pagar el televisor que miraba entre
cabezadas durante las dos horas que su cuerpo aguantaba
recostado en el sofá antes de irse a dormir, para poder pagar
las bebidas narcotizantes del fin de semana o esas vacaciones
que, al final de las mismas, pensaba no habían sido tal.
Pensaba, mientras conducía, en las vacaciones. Se acordaba de
sus tiempos en el colegio cuando el verano significaba tres
meses de asueto, de total libertad, de juego sin fin sin mayor
preocupación que irse a dormir para seguir la diversión la
mañana siguiente. Solía ir cada verano con sus padres a un
pueblo en la costa mediterránea. Pasaba allí todo el mes de
julio y parte de agosto. Cada verano hacía un nuevo amigo con el
que pasaba días enteros corriendo, bañándose o rescatando algún
gato perdido – o que creía perdido, aunque posiblemente sólo
pasaba por allí – al que luego dejaba libre, no sin derramar más
de una lágrima infantil. Y sentía no sólo nostalgia al pensar en
ello, si no que sintió cómo la tristeza conquistaba cada rincón
sensible de su cuerpo pensando que quizá nunca más volvería a
sentir la sensación de infinita libertad y felicidad de esos
tres meses que daban sentido a la vida. ¿Qué sentido tenía la
vida que llevaba, ahora que no tenía la recompensa de esos tres
meses? ¿Podía llamar vacaciones al estrés de atascos y playas
atestadas de gente, a la comida basura – no muy diferente a la
que le mantiene vivo a diario – por la que debía pelearse
durante una hora con guiris y turistas patrios?
Cada kilómetro de carretera que le alejaba de su vida era un
puñetazo a su sentir. Otro recuerdo, otro reproche a su manera
de existir. Sentía haber abandonado el pulso vital de la
existencia. Sentía que cada movimiento de su mano, cada gesto en
su mirada, cada minuto despierto, resultaban ridículos e
inútiles. Inútil levantarse cada día para volver a la oficina de
luces fluorescentes y caras magulladas por el hastío. Inútil
cada inmenso atasco de ida y vuelta al lecho de su
supervivencia. Inútil cada estímulo de café en las primeras
horas de la tarde. Inútil cada enfado con el ordenador que
perdía la memoria del trabajo. ¿Qué valor tenía todo aquello en
comparación con la inmensidad del universo? ¿Acaso iba a cambiar
la historia de la humanidad o iba a dejar de salir el sol según
lo que él hiciera? ¿A quién le importaba? ¿Merecía la pena todo
aquel esfuerzo? Su cerebro comenzaba a interrogarle sobre el
valor de su propia existencia.
II
Tirado en la cuneta de la carretera. El cuerpo golpeado y
dolorido, ensangrentado. Pedía ayuda con sus escasas fuerzas
pero los coches que por allí pasaban le ignoraban. Parecía un
fantasma, alguien invisible ante los ojos de los demás. Se
esforzaba, movía los brazos exageradamente tratando de llamar la
atención de algún conductor. Pedía ayuda pero nadie paraba.
Creyó incluso ver a alguno mirándole de soslayo al pasar. Se le
iba la vida y a nadie parecía importarle. Se desangraba, se
desvanecía su alma mientras el cuerpo permanecía yacente. Su
cuerpo pasaría a formar parte del paisaje de rocas y árboles que
adivinaba entre la oscuridad. Una escultura del olvido dejada
por algún escultor decepcionado por su propia creación.
Un coche en la cuneta. Los cristales rotos y las ruedas
desinfladas. Lo había visto fugazmente al doblar una curva.
Debía llevar allí semanas, meses o quizá años. Perfectamente
visible incluso con la luz de la oscuridad de aquella noche. Él
lo había fotografiado con sus ojos a la perfección. De un color
rojo desgastado. Con la matrícula descolgada y el parachoques
abollado. Y sin embargo allí permanecía sin que nadie lo
retirara. Como si su presencia pasara desapercibida o, aún peor,
como si a nadie pareciera importarle. Esa visión le había
dibujado en su mente su propio final, en la cuneta, ignorado. ¿Y
si fuera un coche que sólo podían ver las personas, que como él,
se sentían rotas y desinfladas? Tuvo la sensación de que su
cuerpo era un cadáver vivo que convivía con otros cadáveres.
Personas a las que miraba y le miraban de soslayo. Porque, ¿eran
sus vidas mejores que la suya? Las caras magulladas e iluminadas
por la luz fluorescente de su oficina no parecían las de vidas
más felices. Ni siquiera los rostros que se cruzaba al salir a
la calle camino de su coche. Algunos esbozaban sonrisa de
máscara. La vida era un carnaval de falsas apariencias, pensó.
III
Al
llegar a aquel pueblo lo primero que le sorprendió era la
vitalidad que desprendía el ambiente. Un puñado de casas
rústicas, con paredes de piedras ancianas, componía en medio de
un profundo valle un lugar de ensueño. A pesar del frío, a pesar
de ser un lugar sin más aparente diversión que la supervivencia,
los rostros de sus habitantes mostraban la bella arruga de la
sonrisa. Se saludaban unos a otros al encontrarse aunque se
hubieran visto cinco minutos antes. El caminar de estas gentes
era ligero pero nunca acelerado. Él paseaba entre ellos que le
miraban y saludaban como a un igual, como si no fuera un extraño
en aquel remoto paraje. Unos quitaban la nieve del camino con
unas palas mientras otros charlaban amigablemente en la puerta
de un supermercado. Entró en él y vio, no sin admiración, cómo
la mayor parte de los productos que allí vendían se hacían en
ese mismo lugar, por las gentes del pueblo. Las verduras, las
galletas o los utensilios de cocina eran mano de obra local. El
resto procedía igualmente de otros pueblos del valle. Al salir
vio cómo unos niños jugaban con sus peonzas resguardados en los
porches del ayuntamiento. El ayuntamiento era una de las cuatro
paredes de una plaza con biblioteca, cine y una amplia taberna
en la que entró. Y aunque era mediodía el bullicio era enorme
dentro. La gente aplaudía a rabiar a un grupo de músicos locales
que animaba con piezas tradicionales. Alguien le invitó a
tomarse una cerveza sin ni siquiera interrogarle sobre su origen
o nombre. Simplemente le invitaba y le sumaba al bullicio de la
fiesta. Bebió, bailó y se divirtió como nunca lo había hecho, o
al menos desde aquellos veranos de tres meses en su infancia.
Siguió paseando por el pueblo y vio, detrás de una enorme
cristalera, lo que parecía un estudio de radio. Se acercó y pudo
ver que se trataba de una emisora que emitía para todo el valle.
Programaban música y hablaban de los temas que preocupaban a sus
habitantes. Cerca de allí un hombre anciano, pero robusto,
recogía los productos de su huerta protegida de la nieve por un
tejadillo. Todo parecía en perfecta armonía en aquel lugar. ¿Por
qué no quedarse allí? Seguro que le acogerían como a uno más de
la comunidad y le daría a su vida el sentido que hacía tiempo no
le veía. Podría tener su propio huerto y vivir de manera
humilde. Podría quedar cada día con los vecinos en la taberna,
bailar y beber con ellos y calentarse con la lumbre en las
largas noches de invierno. Además había visto en la taberna a
una hermosa joven con la que flirteaban algunos muchachos del
pueblo. Seguro que al ser él el nuevo le resultaría algo más
sencillo llamar su atención. Ya estaría cansada ella de ver
siempre las mismas caras.
Las primeras luces del día le desvelaron dentro de su coche.
Había llegado a aquel lugar de casualidad, por un golpe de
suerte de su conducción sin rumbo. Pero aquel lugar no parecía
el mismo ahora que el sol se lo mostraba tal y como era. Había
aparcado su coche en medio de la plaza de un pueblo de montaña
abandonado. Y la armoniosa convivencia de sus habitantes no
existía ahora que nadie lo habitaba. Sólo el silencio convive
con el viento que recorre los rincones de unas casas que
debieron ser nobles hace años. Bajó del coche y empezó a caminar
por el pueblo o por lo que ahora era sólo el recuerdo de lo que
un día debió ser un lugar hermoso y lleno de vida. Vio la huerta
de sus sueños, pero los frutos del presente eran malas hierbas
que habían ido corrompiendo la tierra tras la recogida de la
última cosecha. Ya no existía el hombre anciano y robusto para
recogerla, ni tejadillo que protegiera el cultivo de las
inclemencias del tiempo. Tampoco la música resonaba en la
taberna desnuda de ventanas. Sólo la percusión de una campanilla
en la entrada que anunciaba la llegada del único cliente que
frecuentaba el local ahora, el viento. Ningún niño jugaba, nadie
despejaba el camino de nieve y el supermercado vendía la
mercancía del olvido. Vivir allí le resultaba, ahora que la
imaginación del sueño no le engañaba, menos apetecible. No se
sentía con fuerzas para ser alcalde, agricultor, tendero y
camarero a la vez. Pero, ¿por qué aquel lugar ya no era más que
un recuerdo lejano de la vida? ¿Por qué ya no quedaba nadie
allí?
Su cabeza buscaba respuestas mientras escuchaba el eco de sus
pasos al caminar por el pueblo. Tardó en darse cuenta de que la
respuesta se encontraba en su propia vida. Todo aquello de lo
que huía constituía el sentido de aquel vacío. Aquel lugar,
lleno de vida durante años, se fue vaciando cuando las hermosas
muchachas y los jóvenes que las cortejaban se fueron yendo a la
ciudad en busca de las oportunidades que no veían en la tierra.
Dejaron allí a sus robustos ancianos recogiendo los últimos
frutos de un sudor de cientos de años para iniciarse en el nuevo
mundo. Seguramente sus compañeros de oficina eran hijos de la
joven de sus sueños o nietos de aquel amable tipo de la taberna
que le invitó a una cerveza. Él mismo podía serlo. Él y sus
compañeros encarnaban ese nuevo mundo. Un mundo que le parecía
ahora demasiado gris. Un mundo de músicas sin músicos, de
miradas recelosas, de saludos negados.
¿Por qué no dar ejemplo y deshacer el camino? De la ciudad al
pueblo. Se le iluminaban los ojos al pensarlo. Recuperó las
energías vitales y pensó que una locura así era la solución para
toda una vida. En una ocasión había visto por televisión un
documental sobre personas que habían recorrido ese camino y
vivían de la tierra y con la felicidad de la austeridad como
virtud de lo imprescindible. ¿Acaso vivía mejor por tener una
casa repleta de caprichos? Además, ¿cuándo podía disfrutar de
ellos si su vida estaba consagrada a aquella oficina de luces
fluorescentes?
Estaba decidido. Su vida iba a dar un giro completo. Vendería su
casa y se pondría manos a la obra para consagrarla a la
naturaleza. A una vida que le acercara a la esencia del hombre
antes de que la locura de la sociedad moderna acabara con él.
IV
Deshizo el camino y dejó atrás el pueblo. Lo miró y se despidió
con un mental “hasta luego”. Se sentía realmente inmenso e
ilusionado. Se cruzó de nuevo con el coche abandonado y sonrió.
Llegó tarde a su casa, a última hora de ese domingo en que su
vida daría un giro. Estaba cansado pero feliz. Lo tenía todo
planeado. Dormiría, se levantaría como cada lunes temprano y
llegaría a su trabajo para despedirse y dar por cerrada una
etapa de su vida de la que no se sentía orgulloso. Vería por
última vez las luces fluorescentes que iluminaban las caras
magulladas por el hastío y recuperaría el mando de una vida que
no controlaba.
V
Sonó el despertador.
Demasiado temprano, como hacía siempre. Lo miró con ojos
sobresaltados y agotados. Se incorporó inmediatamente de la cama
y se acercó a la ventana. Levantó la persiana y pudo ver cómo
llovía. Todavía era de noche. “Otro jodido lunes gris”. Se
duchó, desayunó y cogió el coche para sumarse al atasco de humos
y ruidos que le llevaría hasta su trabajo. “Otro jodido lunes
más”.
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