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Emisión: 1 Febrero 2006
Música:
Paolo Fresu, Antonio Serrano & Federico Lechner, Peter Janson, Mark Isham, Baldo Martínez & Carlo Actis Dato, Elemer Balázs Group & Charlie Mariano y UMO Jazz Orchestra
Título:
Huida con retorno

 

I

Se puso al volante con la única idea de huir. Quería dejar la angustia diaria de una vida elegida a medias entre la oportunidad y la necesidad. Durante mucho tiempo intentó convencerse de que su día a día era el necesario pasaporte para la felicidad en forma de verano en Ibiza o Semana Santa en la montaña. Que todo lo que hacía - la temprana interrupción del sueño, el excitado camino al trabajo, la comida de plástico a mediodía, el sueño de las tempranas horas del trabajo vespertino, el dolor de cabeza tras toda una vida – o al menos eso le parece a las ocho de la tarde – delante de la pantalla del ordenador, el atasco de ruidos y humo de vuelta a casa – era para poder pagar el televisor que miraba entre cabezadas durante las dos horas que su cuerpo aguantaba recostado en el sofá antes de irse a dormir, para poder pagar las bebidas narcotizantes del fin de semana o esas vacaciones que, al final de las mismas, pensaba no habían sido tal.

Pensaba, mientras conducía, en las vacaciones. Se acordaba de sus tiempos en el colegio cuando el verano significaba tres meses de asueto, de total libertad, de juego sin fin sin mayor preocupación que irse a dormir para seguir la diversión la mañana siguiente. Solía ir cada verano con sus padres a un pueblo en la costa mediterránea. Pasaba allí todo el mes de julio y parte de agosto. Cada verano hacía un nuevo amigo con el que pasaba días enteros corriendo, bañándose o rescatando algún gato perdido – o que creía perdido, aunque posiblemente sólo pasaba por allí – al que luego dejaba libre, no sin derramar más de una lágrima infantil. Y sentía no sólo nostalgia al pensar en ello, si no que sintió cómo la tristeza conquistaba cada rincón sensible de su cuerpo pensando que quizá nunca más volvería a sentir la sensación de infinita libertad y felicidad de esos tres meses que daban sentido a la vida. ¿Qué sentido tenía la vida que llevaba, ahora que no tenía la recompensa de esos tres meses? ¿Podía llamar vacaciones al estrés de atascos y playas atestadas de gente, a la comida basura – no muy diferente a la que le mantiene vivo a diario – por la que debía pelearse durante una hora con guiris y turistas patrios?

Cada kilómetro de carretera que le alejaba de su vida era un puñetazo a su sentir. Otro recuerdo, otro reproche a su manera de existir. Sentía haber abandonado el pulso vital de la existencia. Sentía que cada movimiento de su mano, cada gesto en su mirada, cada minuto despierto, resultaban ridículos e inútiles. Inútil levantarse cada día para volver a la oficina de luces fluorescentes y caras magulladas por el hastío. Inútil cada inmenso atasco de ida y vuelta al lecho de su supervivencia. Inútil cada estímulo de café en las primeras horas de la tarde. Inútil cada enfado con el ordenador que perdía la memoria del trabajo. ¿Qué valor tenía todo aquello en comparación con la inmensidad del universo? ¿Acaso iba a cambiar la historia de la humanidad o iba a dejar de salir el sol según lo que él hiciera? ¿A quién le importaba? ¿Merecía la pena todo aquel esfuerzo? Su cerebro comenzaba a interrogarle sobre el valor de su propia existencia.

II

Tirado en la cuneta de la carretera. El cuerpo golpeado y dolorido, ensangrentado. Pedía ayuda con sus escasas fuerzas pero los coches que por allí pasaban le ignoraban. Parecía un fantasma, alguien invisible ante los ojos de los demás. Se esforzaba, movía los brazos exageradamente tratando de llamar la atención de algún conductor. Pedía ayuda pero nadie paraba. Creyó incluso ver a alguno mirándole de soslayo al pasar. Se le iba la vida y a nadie parecía importarle. Se desangraba, se desvanecía su alma mientras el cuerpo permanecía yacente. Su cuerpo pasaría a formar parte del paisaje de rocas y árboles que adivinaba entre la oscuridad. Una escultura del olvido dejada por algún escultor decepcionado por su propia creación.

Un coche en la cuneta. Los cristales rotos y las ruedas desinfladas. Lo había visto fugazmente al doblar una curva. Debía llevar allí semanas, meses o quizá años. Perfectamente visible incluso con la luz de la oscuridad de aquella noche. Él lo había fotografiado con sus ojos a la perfección. De un color rojo desgastado. Con la matrícula descolgada y el parachoques abollado. Y sin embargo allí permanecía sin que nadie lo retirara. Como si su presencia pasara desapercibida o, aún peor, como si a nadie pareciera importarle. Esa visión le había dibujado en su mente su propio final, en la cuneta, ignorado. ¿Y si fuera un coche que sólo podían ver las personas, que como él, se sentían rotas y desinfladas? Tuvo la sensación de que su cuerpo era un cadáver vivo que convivía con otros cadáveres. Personas a las que miraba y le miraban de soslayo. Porque, ¿eran sus vidas mejores que la suya? Las caras magulladas e iluminadas por la luz fluorescente de su oficina no parecían las de vidas más felices. Ni siquiera los rostros que se cruzaba al salir a la calle camino de su coche. Algunos esbozaban sonrisa de máscara. La vida era un carnaval de falsas apariencias, pensó.

III

Al llegar a aquel pueblo lo primero que le sorprendió era la vitalidad que desprendía el ambiente. Un puñado de casas rústicas, con paredes de piedras ancianas, componía en medio de un profundo valle un lugar de ensueño. A pesar del frío, a pesar de ser un lugar sin más aparente diversión que la supervivencia, los rostros de sus habitantes mostraban la bella arruga de la sonrisa. Se saludaban unos a otros al encontrarse aunque se hubieran visto cinco minutos antes. El caminar de estas gentes era ligero pero nunca acelerado. Él paseaba entre ellos que le miraban y saludaban como a un igual, como si no fuera un extraño en aquel remoto paraje. Unos quitaban la nieve del camino con unas palas mientras otros charlaban amigablemente en la puerta de un supermercado. Entró en él y vio, no sin admiración, cómo la mayor parte de los productos que allí vendían se hacían en ese mismo lugar, por las gentes del pueblo. Las verduras, las galletas o los utensilios de cocina eran mano de obra local. El resto procedía igualmente de otros pueblos del valle. Al salir vio cómo unos niños jugaban con sus peonzas resguardados en los porches del ayuntamiento. El ayuntamiento era una de las cuatro paredes de una plaza con biblioteca, cine y una amplia taberna en la que entró. Y aunque era mediodía el bullicio era enorme dentro. La gente aplaudía a rabiar a un grupo de músicos locales que animaba con piezas tradicionales. Alguien le invitó a tomarse una cerveza sin ni siquiera interrogarle sobre su origen o nombre. Simplemente le invitaba y le sumaba al bullicio de la fiesta. Bebió, bailó y se divirtió como nunca lo había hecho, o al menos desde aquellos veranos de tres meses en su infancia. Siguió paseando por el pueblo y vio, detrás de una enorme cristalera, lo que parecía un estudio de radio. Se acercó y pudo ver que se trataba de una emisora que emitía para todo el valle. Programaban música y hablaban de los temas que preocupaban a sus habitantes. Cerca de allí un hombre anciano, pero robusto, recogía los productos de su huerta protegida de la nieve por un tejadillo. Todo parecía en perfecta armonía en aquel lugar. ¿Por qué no quedarse allí? Seguro que le acogerían como a uno más de la comunidad y le daría a su vida el sentido que hacía tiempo no le veía. Podría tener su propio huerto y vivir de manera humilde. Podría quedar cada día con los vecinos en la taberna, bailar y beber con ellos y calentarse con la lumbre en las largas noches de invierno. Además había visto en la taberna a una hermosa joven con la que flirteaban algunos muchachos del pueblo. Seguro que al ser él el nuevo le resultaría algo más sencillo llamar su atención. Ya estaría cansada ella de ver siempre las mismas caras.

Las primeras luces del día le desvelaron dentro de su coche. Había llegado a aquel lugar de casualidad, por un golpe de suerte de su conducción sin rumbo. Pero aquel lugar no parecía el mismo ahora que el sol se lo mostraba tal y como era. Había aparcado su coche en medio de la plaza de un pueblo de montaña abandonado. Y la armoniosa convivencia de sus habitantes no existía ahora que nadie lo habitaba. Sólo el silencio convive con el viento que recorre los rincones de unas casas que debieron ser nobles hace años. Bajó del coche y empezó a caminar por el pueblo o por lo que ahora era sólo el recuerdo de lo que un día debió ser un lugar hermoso y lleno de vida. Vio la huerta de sus sueños, pero los frutos del presente eran malas hierbas que habían ido corrompiendo la tierra tras la recogida de la última cosecha. Ya no existía el hombre anciano y robusto para recogerla, ni tejadillo que protegiera el cultivo de las inclemencias del tiempo. Tampoco la música resonaba en la taberna desnuda de ventanas. Sólo la percusión de una campanilla en la entrada que anunciaba la llegada del único cliente que frecuentaba el local ahora, el viento. Ningún niño jugaba, nadie despejaba el camino de nieve y el supermercado vendía la mercancía del olvido. Vivir allí le resultaba, ahora que la imaginación del sueño no le engañaba, menos apetecible. No se sentía con fuerzas para ser alcalde, agricultor, tendero y camarero a la vez. Pero, ¿por qué aquel lugar ya no era más que un recuerdo lejano de la vida? ¿Por qué ya no quedaba nadie allí?

Su cabeza buscaba respuestas mientras escuchaba el eco de sus pasos al caminar por el pueblo. Tardó en darse cuenta de que la respuesta se encontraba en su propia vida. Todo aquello de lo que huía constituía el sentido de aquel vacío. Aquel lugar, lleno de vida durante años, se fue vaciando cuando las hermosas muchachas y los jóvenes que las cortejaban se fueron yendo a la ciudad en busca de las oportunidades que no veían en la tierra. Dejaron allí a sus robustos ancianos recogiendo los últimos frutos de un sudor de cientos de años para iniciarse en el nuevo mundo. Seguramente sus compañeros de oficina eran hijos de la joven de sus sueños o nietos de aquel amable tipo de la taberna que le invitó a una cerveza. Él mismo podía serlo. Él y sus compañeros encarnaban ese nuevo mundo. Un mundo que le parecía ahora demasiado gris. Un mundo de músicas sin músicos, de miradas recelosas, de saludos negados.

¿Por qué no dar ejemplo y deshacer el camino? De la ciudad al pueblo. Se le iluminaban los ojos al pensarlo. Recuperó las energías vitales y pensó que una locura así era la solución para toda una vida. En una ocasión había visto por televisión un documental sobre personas que habían recorrido ese camino y vivían de la tierra y con la felicidad de la austeridad como virtud de lo imprescindible. ¿Acaso vivía mejor por tener una casa repleta de caprichos? Además, ¿cuándo podía disfrutar de ellos si su vida estaba consagrada a aquella oficina de luces fluorescentes?

Estaba decidido. Su vida iba a dar un giro completo. Vendería su casa y se pondría manos a la obra para consagrarla a la naturaleza. A una vida que le acercara a la esencia del hombre antes de que la locura de la sociedad moderna acabara con él.

IV

Deshizo el camino y dejó atrás el pueblo. Lo miró y se despidió con un mental “hasta luego”. Se sentía realmente inmenso e ilusionado. Se cruzó de nuevo con el coche abandonado y sonrió. Llegó tarde a su casa, a última hora de ese domingo en que su vida daría un giro. Estaba cansado pero feliz. Lo tenía todo planeado. Dormiría, se levantaría como cada lunes temprano y llegaría a su trabajo para despedirse y dar por cerrada una etapa de su vida de la que no se sentía orgulloso. Vería por última vez las luces fluorescentes que iluminaban las caras magulladas por el hastío y recuperaría el mando de una vida que no controlaba.

V

Sonó el despertador. Demasiado temprano, como hacía siempre. Lo miró con ojos sobresaltados y agotados. Se incorporó inmediatamente de la cama y se acercó a la ventana. Levantó la persiana y pudo ver cómo llovía. Todavía era de noche. “Otro jodido lunes gris”. Se duchó, desayunó y cogió el coche para sumarse al atasco de humos y ruidos que le llevaría hasta su trabajo. “Otro jodido lunes más”.