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Emisión: 25 Enero 2006
Música:
Arto Tunçboyaciyan & Armenian Navy Band, Kenny Werner Trío, Henri Texier, Actis Band, Bill Frisell, Pat Metheny, Jan Garbarek, The Bad Plus y Carlo Actis Dato & Baldo Martínez
Título:
Ruidos

 

Apagó la radio y la felicidad invadió sus sentidos. Una felicidad que armonizó el desequilibrio que voces irritadas e irritantes habían producido en su sistema nervioso. Fue consciente, a los dos segundos de apagarla, de que esas voces – que consideraremos Ruido a partir de este momento – le habían afectado de tal manera que la velocidad de ingestión de la comida superaba la recomendada por la Organización Mundial de la Salud y por cualquier persona con un mínimo de sentido común. Precisamente de sentido carecían muchas de esas voces – perdón, ruidos – que emitía la radio hasta que decidió apagarla. Voces apocalípticas que proclamaban el final de nuestro mundo tal y como lo conocemos. Una debacle, el desequilibrio de nuestro bienestar. En realidad, pensó, el mundo cambia diariamente. Con pocas variaciones en el corto plazo, pero cambiante al fin y al cabo. Y no le parecía que el mundo, o al menos su mundo, fuera muy diferente o peor de lo habitual esos días. Pensó que quizá los desequilibrados fueran ellos, los ruidos que cada hora suele programar la radio y a los que a la hora del desayuno, la comida y la cena se les dedica especial atención. ¿Por qué precisamente a esas horas? ¿Qué beneficio podía tener esa exaltación del ruido en el ser humano durante una de las actividades que más tranquilidad requiere?

Dejó pasar un minuto antes de volver a su tarea. Paladeó algo extraño en su vida, el silencio. Dejó que el silencio envolviera todos sus actos. En realidad todos sus actos se resumían en uno, la quietud. La quietud más excitante que recordara haber disfrutado en su vida. No movió ni un músculo durante el minuto casi preciso que dedicó a ser consciente de la necesaria e imprescindible función off del aparato de radio. La Nada más hermosa invadió su pensamiento para hacer del silencio casi total la mejor compañía. Sólo el ruido sordo de los electrodomésticos y de la luz fluorescente de su cocina hizo aparición consciente en la traducción cerebral de la información que llegaba a través de los oídos. Pero le pareció el más perfecto y cristalino silencio jamás disfrutado. Claro está que quien acostumbra a verse envuelto por la vorágine de las voces – perdón, ruido – puede llegar a sentir un cierto agobio en el vacío, así que pasados los casi exactos sesenta segundos volvió a hacer uso de la función on de su aparato de radio. Sin embargo algo cambió cuando hizo uso de la rueda de sintonización de emisoras. Encontró una, la única en todo el dial, que a esa hora emitía música sin estridencias en la que, incluso, el locutor no gritaba ni organizaba la fiesta del siguiente fin de semana si no que se dedicaba a conversar con sus oyentes, aunque fuera a través de monólogos. Esa emisora le acompañó durante el resto de la comida.

Acabó de comer y decidió echar una cabezada antes de seguir con sus labores. En la noche anterior no había conseguido establecer una buena conexión con Morfeo así que el cuerpo le reclamaba un cierto reposo. Cumplió con sus metódicas costumbres y, aunque sólo fuera para media hora, se quitó la ropa y cubrió su desnudez con un pijama. Se metió en la cama y observó cómo su gata Pasionaria se subía para compartir sueño, aunque el de ella se prolongaría seguramente más de la media hora que él pretendía. La acarició unos instantes y se situó boca arriba, con los brazos cruzados y apoyados sobre su pecho. Pasionaria se hizo un hueco entre sus piernas.

Cerró los ojos e intentó que el silencio y la quietud volvieran tal y como lo habían hecho en la comida durante ese inolvidable minuto de paz. Luchó por eliminar de su cabeza las frenéticas ideas literarias – escribía artículos de prensa y libros de relatos - que invadían su pensamiento. Un batiburrillo de personajes y situaciones que en su cabeza aparecían visualizados como si de una película se tratara. ¿Por qué las mejores ideas le venían siempre cuando apoyaba su cabeza sobre la almohada? ¿Por qué siempre se olvidaba de dejar una libreta de notas y un bolígrafo en la mesilla de noche? Lo que no entraba en su cabeza era la posibilidad de levantarse de la cama y buscar papel y bolígrafo. Porque empezó a sentir un calor confortable que le subía desde los pies hasta la cabeza y dedujo que el somnífero del cansancio empezaba a hacerle efecto. Fue entonces, cuando la transición de la realidad tangible a la realidad paralela del sueño estaba a punto de consumarse, ese instante a la altura de los mayores placeres del bienestar humano en que la inconsciencia comienza a apoderarse del consciente y deja al individuo en un estado de felicidad drogada, cuando el teléfono móvil, que había olvidado apagar, sonó cruelmente para hacerle recorrer el camino a la inversa, de la realidad paralela del sueño a la realidad tangible. Sólo que ese camino de retorno se produjo a una velocidad mucho mayor. Sin el coste temporal del proceso inverso y eliminando, sin dejar ni rastro, ese instante de felicidad drogada. Cogió con ostensible enfado el teléfono de la mesilla y atendió con voz desganada.

Si algo le enfada especialmente cuando hace uso de su teléfono es que, si atiende una llamada, ésta sea comercial. Una voz humana pero mecánica que le quiera convencer de que esa compañía telefónica le va a cobrar mucho menos que la suya o le pregunte si alguna vez ha pensado en su jubilación. Se enfada cuando las atiende despierto, así que en esta ocasión, en que el timbre – que consideraremos ruido a partir de este momento – frustró su intento de reposo, el mosqueo fue de órdago por lo que la femenina voz humana pero mecánica del otro lado de la línea recibió, por su osado trabajo, la recompensa del improperio. El improperio culto y elevado, casi pedante, de quien domina de la A a la Z cada página del diccionario.

Escogió la opción “Silencio” de su teléfono para evitar que de nuevo el timbre – perdón, ruido – volviera a interrumpirle. Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada y cerró los ojos. Su cerebro dibujaba cinematográficamente todo tipo de escenas de tortura en las que aparecía una mujer, la descripción imaginada de la voz humana pero mecánica a la que había increpado por teléfono. Intentó borrar esas ideas de su cabeza y recordó su minuto de gloria en la comida para encontrar en su recuerdo un nuevo somnífero. Infalible. Semejante momento de felicidad era suficiente señuelo para que recuperara de nuevo el pulso de la somnolencia. Algo que parecía no necesitar Pasionaria, que permanecía impasiblemente dormida desde el segundo treinta de su ascenso a la cama.

De nuevo el calor confortable. De nuevo desde los pies a la cabeza situándole en el camino propicio para sumergirse en la realidad paralela de los sueños. A ella llegó con cierta facilidad. Se dibujaba en su imaginación la figura de una mujer deslumbrante. Algo que identificaría más tarde como una manifestación inconsciente de la ausencia de una en su vida. Más tarde no significa, en todo caso, mucho más tarde porque el timbre de su teléfono volvió a sonar. El timbre de los mensajes de texto – al que igualmente consideraremos ruido a partir de este momento – que le anunciaba la oferta increíble de un nuevo teléfono móvil con el que sustituir al suyo. Y aunque no tomó nota de la oferta quizá le convenga hacer uso de ella dado que el teléfono quedó inservible tras arrojarlo con fuerza contra la pared y desperdigarse varias de sus piezas. Un ruido que a Pasionaria apenas inquietó.

Volvió a intentar dormir. Fue ese el momento en que descifró como necesidad la visión anterior de la mujer deslumbrante. Deseó volver a encontrarse con ella en unos instantes y para ello dispuso su cabeza en la almohada y volvió a cruzar los brazos sobre el pecho, con su cuerpo boca arriba. Pero en esta ocasión ni siquiera tuvo la opción de disfrutar del intento ya que el vecino decidió que ese momento era el adecuado para hacer uso de su martillo – al que consideraremos ruido a partir de este momento -. El ruido golpeaba con fuerza la pared que se correspondía con la pared del cabezal de su cama, lo que convertía en misión imposible dormir. Aunque no para Pasionaria. Y entonces soñó, pero despierto. Soñó ser gato.

Renunció. La idea de una siesta quedó en eso, en una idea. A pesar de su evidente cansancio, caminó hacia el cuarto de trabajo, encendió el ordenador y abrió el programa de escritura. Tenía pendiente un encargo para un periódico que debía entregar al día siguiente. Temática libre. Su prestigio se lo permitía. Así que se encontró por enésima vez en su vida frente a una hoja en blanco, o frente a su representación electrónica. Acostumbraba a tener una escritura ágil y las ideas, aunque no con la misma celeridad que en la cama, surgían con cierta facilidad. Pensó que el Silencio podía ser un tema interesante. Lo pensó inspirado por su experiencia casi mística a la hora de la comida. Pensó que era lo suficientemente amplio como para encontrar rápida inspiración. Y en ello estaba cuando una escandalosa taladradora agujereó sus oídos. Vivía en un primer piso así que era fácil que los sonidos de la calle entraran sin pedir permiso en su hogar. Pero su calle era, de habitual, tranquila, y desde luego no esperaba que aquella tarde la taladradora – a la que también consideraremos ruido a partir de este momento – se ejercitara con aquella destructiva pasión. Se asomó por la ventana y espero a que el operario del ruido hiciera un breve paréntesis en su fervorosa acción de penetración en la tierra para gritarle una pregunta: ¿Hasta cuándo? Ni siquiera llegó a formulársela. No llegó más allá de un protocolario “Oiga señor, disculpe”. Por mucho que gritara, el operario, disfrazado con un ridículo buzo azul, se protegía con unos aparatosos auriculares de su propio ruido.

Cerró la ventana y bajó raudo a la calle con evidentes síntomas faciales de malestar e indignación. Se acercó al operario y renunciando al protocolo de la educación le llamó la atención con enormes aspavientos. Éste dejó de taladrar, se quitó los auriculares y, utilizando el idioma universal de los gestos, sin decir una palabra, hizo evidente la necesidad de una explicación por la interrupción de su quehacer. La explicación no se hizo esperar. “¿Hasta cuándo va a estar taladrando?” La respuesta tardó algo más en llegar. El operario volvió a colocarse los auriculares despaciosamente, se remangó la manga del buzo, miró detenidamente su reloj y usó su mano para responderle de nuevo con el idioma universal de los gestos. En una interpretación libre, pero casi seguro que certera, entiendo que el operario le hacía ver que la llevaba clara, vamos, que tenía para rato.

Renunció a la idea de escribir el artículo hasta la noche y aprovechó para darse un paseo y relajarse. Una intención, esta última, que se vio seriamente dificultada por el intenso tráfico de coches – a los que igualmente consideraremos ruido a partir de este momento – que acompañaba desde la carretera sus pasos por la acera. Consideró entonces un eufemismo la expresión “tomar el aire”. Claro que cayó en la cuenta de que la palabra Aire no implicaba por sí misma la pureza del mismo. ¿O sí? Consultaría el diccionario al volver a su casa. Algo que no tardó demasiado en hacer ya que el aire incluía, al menos en su definición práctica, algunas partículas que no le eran propias producto de la intensa circulación de ruido y que su nariz no toleraba especialmente bien.

La noche llega rápida en invierno. Y eso implicaba que el operario de la taladradora – perdón una vez más, me refería al ruido – ya se habría marchado a casa. En efecto, lo comprobó al asomarse por la ventana. ¡Silencio! Silencio para su concentración y Silencio como tema para su artículo. Encendió el ordenador, de tecnología especialmente silenciosa, abrió el programa de escritura y volvió a encontrarse de nuevo frente a la hoja en blanco, o frente a su representación electrónica. Escribió primero el título: “Loa al silencio”. Loa que pareció no compartir su vecino que encendía entonces a todo volumen el televisor – también de la familia de los ruidos -. El mismo del ruido en la pared compartía ahora las escabrosas historias de un programa de sucesos con parte del vecindario. Intentó abstraerse. Intentó pensar en el silencio, escribir sobre él, desarrollar su idea laudatoria sobre este regalo de la Naturaleza. ¡Veinticinco muertos en un pueblo por comer chuletas de cerdo en mal estado! ¡Qué barbaridad! Cómo estaba el mundo. Pero el mundo, al menos ese mundo, no era algo que le preocupara demasiado en ese momento. Trató de hacérselo entender al vecino. Llamó a su puerta, insistió, la golpeó, hizo sonar el timbre – sí, claro, también considerado ruido – pero no se daba por aludido. No respondió a su llamada y, por lo tanto, tampoco a su requerimiento de buena vecindad. Además, su gata Pasionaria, había aprovechado el hueco abierto de la puerta de la casa para salir en estampida y subir hasta el octavo piso. Algo que a Pasionaria le costó bastante menos que a quien pretendía ser autor de “Loa al silencio”. La recogió, regañó y bajó de nuevo a su casa cogida por el pescuezo.

Entró en casa de considerable mal humor. Acudió raudo al ordenador y tecleó de manera compulsiva un nuevo título: “Ruidos”. Lo archivó y apagó el ordenador. No podía concentrarse con todas esas voces – o sea, ruidos – que procedían del ruido del vecino.

¡A cenar! Se levantaría temprano y trataría de escribir. Hoy no era el día. Pensó en hacerse unos huevos fritos. Encendió la campana extractora. Ésta le impidió escuchar con claridad los ruidos que, una noche más, proporcionaban contenido a dos horas de radio. La cocina era testigo de la titánica lucha entre campana extractora y radio. Dos representantes de la alta sociedad del ruido. Apagó la segunda al cerrar la primera. Cena en silencio. Un propósito que respetó incluso su vecino, que debía permanecer absorto todavía frente al ruido.

Ese silencio de la cena le produjo tal bienestar mental que decidió aprovechar la oportunidad que le proporcionaba la relajación alcanzada para irse a la cama. Sí, era pronto, las diez, pero el día había resultado agotador a pesar de su improductividad y la pasada noche había sido problemática para el sueño así que, ¿por qué no? Además, debía madrugar para acabar con “Ruidos”, o más bien empezarlo y acabarlo.

Entró en su cuarto, se quitó la ropa, se puso el pijama y se metió en la cama. Aprovechó para leer un rato. Escogió un mal libro, que son los que le ayudan a conciliar el sueño, y cuando se consideró suficientemente sedado lo depositó sobre la mesilla y apagó la luz. Suspiró y se deseó en voz susurrante a sí mismo “buenas noches”. Se tumbó boca arriba, cerró los ojos, cruzó los brazos sobre el pecho y recordó a la mujer deslumbrante de su frustrado sueño vespertino. Y entonces, ya casi en brazos de Morfeo, la Naturaleza le regaló otro de sus maravillosos espectáculos. Pasionaria entró en celo. Una escandalosa orgía de gritos y alaridos felinos que acabó con Pasionaria volando por la ventana a las seis de la mañana. Momento en que el artículo volvió a cambiar de nombre: “Los Ruidos de la Madre Naturaleza”.
 


Notas al relato: Este relato es ficticio. Todos los personajes, incluida Pasionaria, son inventados. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. La Sociedad Protectora de Animales da fe de que ningún animal ha resultado en este relato.

Carlos Pérez Cruz