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Apagó la radio y la
felicidad invadió sus sentidos. Una felicidad que armonizó el
desequilibrio que voces irritadas e irritantes habían producido
en su sistema nervioso. Fue consciente, a los dos segundos de
apagarla, de que esas voces – que consideraremos Ruido a partir
de este momento – le habían afectado de tal manera que la
velocidad de ingestión de la comida superaba la recomendada por
la Organización Mundial de la Salud y por cualquier persona con
un mínimo de sentido común. Precisamente de sentido carecían
muchas de esas voces – perdón, ruidos – que emitía la radio
hasta que decidió apagarla. Voces apocalípticas que proclamaban
el final de nuestro mundo tal y como lo conocemos. Una debacle,
el desequilibrio de nuestro bienestar. En realidad, pensó, el
mundo cambia diariamente. Con pocas variaciones en el corto
plazo, pero cambiante al fin y al cabo. Y no le parecía que el
mundo, o al menos su mundo, fuera muy diferente o peor de lo
habitual esos días. Pensó que quizá los desequilibrados fueran
ellos, los ruidos que cada hora suele programar la radio y a los
que a la hora del desayuno, la comida y la cena se les dedica
especial atención. ¿Por qué precisamente a esas horas? ¿Qué
beneficio podía tener esa exaltación del ruido en el ser humano
durante una de las actividades que más tranquilidad requiere?
Dejó pasar un minuto antes de volver a su tarea. Paladeó algo
extraño en su vida, el silencio. Dejó que el silencio envolviera
todos sus actos. En realidad todos sus actos se resumían en uno,
la quietud. La quietud más excitante que recordara haber
disfrutado en su vida. No movió ni un músculo durante el minuto
casi preciso que dedicó a ser consciente de la necesaria e
imprescindible función off del aparato de radio. La Nada más
hermosa invadió su pensamiento para hacer del silencio casi
total la mejor compañía. Sólo el ruido sordo de los
electrodomésticos y de la luz fluorescente de su cocina hizo
aparición consciente en la traducción cerebral de la información
que llegaba a través de los oídos. Pero le pareció el más
perfecto y cristalino silencio jamás disfrutado. Claro está que
quien acostumbra a verse envuelto por la vorágine de las voces –
perdón, ruido – puede llegar a sentir un cierto agobio en el
vacío, así que pasados los casi exactos sesenta segundos volvió
a hacer uso de la función on de su aparato de radio. Sin embargo
algo cambió cuando hizo uso de la rueda de sintonización de
emisoras. Encontró una, la única en todo el dial, que a esa hora
emitía música sin estridencias en la que, incluso, el locutor no
gritaba ni organizaba la fiesta del siguiente fin de semana si
no que se dedicaba a conversar con sus oyentes, aunque fuera a
través de monólogos. Esa emisora le acompañó durante el resto de
la comida.
Acabó de comer y decidió echar una cabezada antes de seguir con
sus labores. En la noche anterior no había conseguido establecer
una buena conexión con Morfeo así que el cuerpo le reclamaba un
cierto reposo. Cumplió con sus metódicas costumbres y, aunque
sólo fuera para media hora, se quitó la ropa y cubrió su
desnudez con un pijama. Se metió en la cama y observó cómo su
gata Pasionaria se subía para compartir sueño, aunque el de ella
se prolongaría seguramente más de la media hora que él
pretendía. La acarició unos instantes y se situó boca arriba,
con los brazos cruzados y apoyados sobre su pecho. Pasionaria se
hizo un hueco entre sus piernas.
Cerró los ojos e intentó que el silencio y la quietud volvieran
tal y como lo habían hecho en la comida durante ese inolvidable
minuto de paz. Luchó por eliminar de su cabeza las frenéticas
ideas literarias – escribía artículos de prensa y libros de
relatos - que invadían su pensamiento. Un batiburrillo de
personajes y situaciones que en su cabeza aparecían visualizados
como si de una película se tratara. ¿Por qué las mejores ideas
le venían siempre cuando apoyaba su cabeza sobre la almohada?
¿Por qué siempre se olvidaba de dejar una libreta de notas y un
bolígrafo en la mesilla de noche? Lo que no entraba en su cabeza
era la posibilidad de levantarse de la cama y buscar papel y
bolígrafo. Porque empezó a sentir un calor confortable que le
subía desde los pies hasta la cabeza y dedujo que el somnífero
del cansancio empezaba a hacerle efecto. Fue entonces, cuando la
transición de la realidad tangible a la realidad paralela del
sueño estaba a punto de consumarse, ese instante a la altura de
los mayores placeres del bienestar humano en que la
inconsciencia comienza a apoderarse del consciente y deja al
individuo en un estado de felicidad drogada, cuando el teléfono
móvil, que había olvidado apagar, sonó cruelmente para hacerle
recorrer el camino a la inversa, de la realidad paralela del
sueño a la realidad tangible. Sólo que ese camino de retorno se
produjo a una velocidad mucho mayor. Sin el coste temporal del
proceso inverso y eliminando, sin dejar ni rastro, ese instante
de felicidad drogada. Cogió con ostensible enfado el teléfono de
la mesilla y atendió con voz desganada.
Si algo le enfada especialmente cuando hace uso de su teléfono
es que, si atiende una llamada, ésta sea comercial. Una voz
humana pero mecánica que le quiera convencer de que esa compañía
telefónica le va a cobrar mucho menos que la suya o le pregunte
si alguna vez ha pensado en su jubilación. Se enfada cuando las
atiende despierto, así que en esta ocasión, en que el timbre –
que consideraremos ruido a partir de este momento – frustró su
intento de reposo, el mosqueo fue de órdago por lo que la
femenina voz humana pero mecánica del otro lado de la línea
recibió, por su osado trabajo, la recompensa del improperio. El
improperio culto y elevado, casi pedante, de quien domina de la
A a la Z cada página del diccionario.
Escogió la opción “Silencio” de su teléfono para evitar que de
nuevo el timbre – perdón, ruido – volviera a interrumpirle.
Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada y cerró los ojos. Su
cerebro dibujaba cinematográficamente todo tipo de escenas de
tortura en las que aparecía una mujer, la descripción imaginada
de la voz humana pero mecánica a la que había increpado por
teléfono. Intentó borrar esas ideas de su cabeza y recordó su
minuto de gloria en la comida para encontrar en su recuerdo un
nuevo somnífero. Infalible. Semejante momento de felicidad era
suficiente señuelo para que recuperara de nuevo el pulso de la
somnolencia. Algo que parecía no necesitar Pasionaria, que
permanecía impasiblemente dormida desde el segundo treinta de su
ascenso a la cama.
De nuevo el calor confortable. De nuevo desde los pies a la
cabeza situándole en el camino propicio para sumergirse en la
realidad paralela de los sueños. A ella llegó con cierta
facilidad. Se dibujaba en su imaginación la figura de una mujer
deslumbrante. Algo que identificaría más tarde como una
manifestación inconsciente de la ausencia de una en su vida. Más
tarde no significa, en todo caso, mucho más tarde porque el
timbre de su teléfono volvió a sonar. El timbre de los mensajes
de texto – al que igualmente consideraremos ruido a partir de
este momento – que le anunciaba la oferta increíble de un nuevo
teléfono móvil con el que sustituir al suyo. Y aunque no tomó
nota de la oferta quizá le convenga hacer uso de ella dado que
el teléfono quedó inservible tras arrojarlo con fuerza contra la
pared y desperdigarse varias de sus piezas. Un ruido que a
Pasionaria apenas inquietó.
Volvió a intentar dormir. Fue ese el momento en que descifró
como necesidad la visión anterior de la mujer deslumbrante.
Deseó volver a encontrarse con ella en unos instantes y para
ello dispuso su cabeza en la almohada y volvió a cruzar los
brazos sobre el pecho, con su cuerpo boca arriba. Pero en esta
ocasión ni siquiera tuvo la opción de disfrutar del intento ya
que el vecino decidió que ese momento era el adecuado para hacer
uso de su martillo – al que consideraremos ruido a partir de
este momento -. El ruido golpeaba con fuerza la pared que se
correspondía con la pared del cabezal de su cama, lo que
convertía en misión imposible dormir. Aunque no para Pasionaria.
Y entonces soñó, pero despierto. Soñó ser gato.
Renunció. La idea de una siesta quedó en eso, en una idea. A
pesar de su evidente cansancio, caminó hacia el cuarto de
trabajo, encendió el ordenador y abrió el programa de escritura.
Tenía pendiente un encargo para un periódico que debía entregar
al día siguiente. Temática libre. Su prestigio se lo permitía.
Así que se encontró por enésima vez en su vida frente a una hoja
en blanco, o frente a su representación electrónica.
Acostumbraba a tener una escritura ágil y las ideas, aunque no
con la misma celeridad que en la cama, surgían con cierta
facilidad. Pensó que el Silencio podía ser un tema interesante.
Lo pensó inspirado por su experiencia casi mística a la hora de
la comida. Pensó que era lo suficientemente amplio como para
encontrar rápida inspiración. Y en ello estaba cuando una
escandalosa taladradora agujereó sus oídos. Vivía en un primer
piso así que era fácil que los sonidos de la calle entraran sin
pedir permiso en su hogar. Pero su calle era, de habitual,
tranquila, y desde luego no esperaba que aquella tarde la
taladradora – a la que también consideraremos ruido a partir de
este momento – se ejercitara con aquella destructiva pasión. Se
asomó por la ventana y espero a que el operario del ruido
hiciera un breve paréntesis en su fervorosa acción de
penetración en la tierra para gritarle una pregunta: ¿Hasta
cuándo? Ni siquiera llegó a formulársela. No llegó más allá de
un protocolario “Oiga señor, disculpe”. Por mucho que gritara,
el operario, disfrazado con un ridículo buzo azul, se protegía
con unos aparatosos auriculares de su propio ruido.
Cerró la ventana y bajó raudo a la calle con evidentes síntomas
faciales de malestar e indignación. Se acercó al operario y
renunciando al protocolo de la educación le llamó la atención
con enormes aspavientos. Éste dejó de taladrar, se quitó los
auriculares y, utilizando el idioma universal de los gestos, sin
decir una palabra, hizo evidente la necesidad de una explicación
por la interrupción de su quehacer. La explicación no se hizo
esperar. “¿Hasta cuándo va a estar taladrando?” La respuesta
tardó algo más en llegar. El operario volvió a colocarse los
auriculares despaciosamente, se remangó la manga del buzo, miró
detenidamente su reloj y usó su mano para responderle de nuevo
con el idioma universal de los gestos. En una interpretación
libre, pero casi seguro que certera, entiendo que el operario le
hacía ver que la llevaba clara, vamos, que tenía para rato.
Renunció a la idea de escribir el artículo hasta la noche y
aprovechó para darse un paseo y relajarse. Una intención, esta
última, que se vio seriamente dificultada por el intenso tráfico
de coches – a los que igualmente consideraremos ruido a partir
de este momento – que acompañaba desde la carretera sus pasos
por la acera. Consideró entonces un eufemismo la expresión
“tomar el aire”. Claro que cayó en la cuenta de que la palabra
Aire no implicaba por sí misma la pureza del mismo. ¿O sí?
Consultaría el diccionario al volver a su casa. Algo que no
tardó demasiado en hacer ya que el aire incluía, al menos en su
definición práctica, algunas partículas que no le eran propias
producto de la intensa circulación de ruido y que su nariz no
toleraba especialmente bien.
La noche llega rápida en invierno. Y eso implicaba que el
operario de la taladradora – perdón una vez más, me refería al
ruido – ya se habría marchado a casa. En efecto, lo comprobó al
asomarse por la ventana. ¡Silencio! Silencio para su
concentración y Silencio como tema para su artículo. Encendió el
ordenador, de tecnología especialmente silenciosa, abrió el
programa de escritura y volvió a encontrarse de nuevo frente a
la hoja en blanco, o frente a su representación electrónica.
Escribió primero el título: “Loa al silencio”. Loa que pareció
no compartir su vecino que encendía entonces a todo volumen el
televisor – también de la familia de los ruidos -. El mismo del
ruido en la pared compartía ahora las escabrosas historias de un
programa de sucesos con parte del vecindario. Intentó
abstraerse. Intentó pensar en el silencio, escribir sobre él,
desarrollar su idea laudatoria sobre este regalo de la
Naturaleza. ¡Veinticinco muertos en un pueblo por comer chuletas
de cerdo en mal estado! ¡Qué barbaridad! Cómo estaba el mundo.
Pero el mundo, al menos ese mundo, no era algo que le preocupara
demasiado en ese momento. Trató de hacérselo entender al vecino.
Llamó a su puerta, insistió, la golpeó, hizo sonar el timbre –
sí, claro, también considerado ruido – pero no se daba por
aludido. No respondió a su llamada y, por lo tanto, tampoco a su
requerimiento de buena vecindad. Además, su gata Pasionaria,
había aprovechado el hueco abierto de la puerta de la casa para
salir en estampida y subir hasta el octavo piso. Algo que a
Pasionaria le costó bastante menos que a quien pretendía ser
autor de “Loa al silencio”. La recogió, regañó y bajó de nuevo a
su casa cogida por el pescuezo.
Entró en casa de considerable mal humor. Acudió raudo al
ordenador y tecleó de manera compulsiva un nuevo título:
“Ruidos”. Lo archivó y apagó el ordenador. No podía concentrarse
con todas esas voces – o sea, ruidos – que procedían del ruido
del vecino.
¡A cenar! Se levantaría temprano y trataría de escribir. Hoy no
era el día. Pensó en hacerse unos huevos fritos. Encendió la
campana extractora. Ésta le impidió escuchar con claridad los
ruidos que, una noche más, proporcionaban contenido a dos horas
de radio. La cocina era testigo de la titánica lucha entre
campana extractora y radio. Dos representantes de la alta
sociedad del ruido. Apagó la segunda al cerrar la primera. Cena
en silencio. Un propósito que respetó incluso su vecino, que
debía permanecer absorto todavía frente al ruido.
Ese silencio de la cena le produjo tal bienestar mental que
decidió aprovechar la oportunidad que le proporcionaba la
relajación alcanzada para irse a la cama. Sí, era pronto, las
diez, pero el día había resultado agotador a pesar de su
improductividad y la pasada noche había sido problemática para
el sueño así que, ¿por qué no? Además, debía madrugar para
acabar con “Ruidos”, o más bien empezarlo y acabarlo.
Entró en su cuarto, se quitó la ropa, se puso el pijama y se
metió en la cama. Aprovechó para leer un rato. Escogió un mal
libro, que son los que le ayudan a conciliar el sueño, y cuando
se consideró suficientemente sedado lo depositó sobre la mesilla
y apagó la luz. Suspiró y se deseó en voz susurrante a sí mismo
“buenas noches”. Se tumbó boca arriba, cerró los ojos, cruzó los
brazos sobre el pecho y recordó a la mujer deslumbrante de su
frustrado sueño vespertino. Y entonces, ya casi en brazos de
Morfeo, la Naturaleza le regaló otro de sus maravillosos
espectáculos. Pasionaria entró en celo. Una escandalosa orgía de
gritos y alaridos felinos que acabó con Pasionaria volando por
la ventana a las seis de la mañana. Momento en que el artículo
volvió a cambiar de nombre: “Los Ruidos de la Madre Naturaleza”.
Notas al relato: Este relato
es ficticio. Todos los personajes, incluida Pasionaria, son
inventados. Cualquier parecido con la realidad es pura
coincidencia. La Sociedad Protectora de Animales da fe de que
ningún animal ha resultado en este relato.
Carlos Pérez Cruz
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