|
I
Para él la noche ha sido larga y corta. Corta de sueño, dado que
se acostó a las cinco de la mañana y se levantó a las seis.
Larga porque dedicó la madrugada a intentar robarle el corazón a
su joven amiga. Tras una hora de sueño se ha despertado
desorientado, camino de una ducha rápida para despejarse y poder
manejarse en la complicada red de trenes de cercanías y metros
que le acercarán a la estación ferroviaria de Madrid. A las
siete y media parte el tren que le llevará de vuelta a casa, a
su ciudad del Norte, a su vida en la costa.
Lo ha intentado de todas las maneras. Pero la respuesta la había
recibido un par de años antes, cuando ella le dijo “No” sin
decirlo. Pero por primera vez lo ha intentado sin mencionar el
tema. Ha intentado enamorarle con su palabra, con su encanto,
con sus gestos. Para ello se había servido de un par de botellas
de vino con premio. Había hecho la cena, se había esmerado hasta
conseguir su admirada aprobación. Había sido todo lo cariñoso
que sabía ser y había confiado en la seducción de su mirada a la
luz de las velas. Pero para ella él seguía siendo ese gran
amigo, ese hermano que todo hombre odia ser cuando se es amigo
por amor.
El motivo de su viaje no había sido ella. Pero ella llevaba
viviendo en Madrid un par de años y cada vez que sus
obligaciones le llevaban allí, trataba de verla un rato. En esta
ocasión, por primera vez, durmió en su casa. Sin embargo, para
su desesperación, tenía su cama y un sofá cama. Su deseo no
confeso se vio defraudado por el completo mobiliario del hogar
alquilado. Se consuela pensando que sigue siendo la persona más
importante para ella, aunque teme el día en que alguien
aparezca, le robe su corazón y el sofá cama mire aburrido.
Piensa en ello mientras camina por las vacías calles de la
pequeña ciudad dormitorio anexa a Madrid donde vive ella. Hace
frío y el sol de invierno todavía no asoma en el horizonte de
cemento. Llega a la estación. Espera en el andén la llegada del
tren. Sólo dos personas le acompañan en la espera. Se entretiene
pensando y jugueteando con el vaho de su aliento. El tren llega,
él sube y éste arranca de nuevo. Le sorprende ver cómo en las
paradas de su trayecto a Madrid se suben decenas de personas. Es
increíble la actividad de una gran ciudad a cualquier hora del
día. Piensa en su pequeña ciudad costera. Seguro que a esas
horas sólo circula el coche de reparto de la prensa y el pan.
Pero no en Madrid. Madrid parece querer ser otra de esas
ciudades que nunca duermen.
Se fija en los rostros de la gente. Son miradas cansadas,
robadas de un cuerpo que todavía se oculta tras las sábanas.
Permanecen absortas en la nada, aunque alguna pierde sus ojos en
las noticias de un periódico todavía por arrugar. La voz de la
megafonía agrede con cada anuncio de estación. El cuerpo y la
mente todavía no están preparados a esas horas para aquel
ajetreo, piensa él. Esos pensamientos le distraen de su
fracasado objetivo nocturno. Esboza incluso una leve sonrisa
pensando en el aspecto que debe tener ante los demás. No ha
tenido casi tiempo de peinarse y seguro que sus ojos delatan el
vino con premio y la hora de sueño. Pero para él es algo
esporádico, no suele pisar la calle a esas horas por costumbre.
Cambia el tren de cercanías por el Metro. No disfruta
especialmente bajo tierra y enlatado, pero aun así considera que
es un buen medio de transporte. Le agobia compartir tan pocos
metros con cientos de personas. Está de pié, apoyado en una de
las puertas de salida del vagón, casi empotrado por el exceso de
viajeros y maletas que delatan el destino común de muchos de los
pasajeros. Son siete paradas. ¡Una hora para llegar de un sitio
a otro! Nunca viviría en una gran ciudad como esta. Al menos no
voluntariamente. Mira el reloj impaciente. Los cálculos de
distancia son mucho más complicados en Madrid que en su ciudad.
Un sudor frío recorre su frente viendo que las manecillas del
reloj avanzan inexorables hacia las siete y media, la hora de
salida de su tren. Sería un grave contratiempo no llegar a
cogerlo. Cruza los dedos mentalmente. Su deseo se cumple. Son
las siete y veinte minutos cuando el Metro se detiene en la
séptima estación. Él, al igual que muchos otros pasajeros,
abandona abruptamente el vagón y camina frenético sin tener en
cuenta el riesgo de colisión con otras personas. Pero todo
funciona de manera automática. Todos los frenéticos y dormidos
cuerpos circulan en perfecto eslalon. Tendrá que pasar por el
detector de metales, pero respira más tranquilo porque el acceso
a las vías de tren de larga distancia está prácticamente vacío.
Pasa el trámite, acude al mostrador con su billete y accede al
andén a través de unas escaleras mecánicas. Prueba superada.
II
Coche número siete, asiento “5D”. Le corresponde ventanilla.
Tampoco le importa demasiado, piensa dormir todo lo que pueda en
el viaje. Lo único que desea es que el asiento de su izquierda
permanezca vacío para poder tener más espacio. Deja en él su
abrigo y un libro por si no consigue dormir. Esperará a que el
tren inicie la marcha para intentarlo. Esperará a que la azafata
de la bienvenida de rigor por megafonía con su atonal voz y
presente con desgana el menú de películas que se proyectarán
durante el trayecto. ¿Quién es capaz de ver una película a las
ocho de la mañana? El tren comienza a descontar kilómetros muy
lentamente. Avanza despacio rodeado de una compleja red de vías
que parten de la misma estación con destinos muy dispares. Es
entonces cuando la voz, prometida y cumplida atonal, anuncia el
comienzo del trayecto, da la bienvenida y anuncia la película
que se proyectará en primer lugar: “Dos tontos muy tontos 2”.
Cine de calidad, piensa.
Apoya su cabeza en la ventanilla y es entonces cuando decide que
su abrigo puede ser una buena almohada. No se ha recostado
todavía cuando en el vagón entran dos chicas que deduce de su
edad. Le llama la atención que una de ellas es muy alta pero,
sobre todo, se fija en la más baja, una joven de piel morena,
pelo moreno y unos ojos oscuros de noche sin luna. Viste de
manera singular, con jersey verde y falda de mil colores que
oculta muslos y rodillas. El resto permanece escondido tras unas
medias de color rojo que desaparecen debajo de unas sandalias
con una margarita por cierre. Ha sentido un flechazo instantáneo
que le hace sentirse sonrojado y nervioso ante su presencia.
Ambas se han sentado en los asientos “5A” y “5B”. Sólo el
pasillo y el asiento “5C” le separa de ellas. Para su suerte
visual Flor, que es como ha decidido bautizar a la chica, se
sienta en el “5B”. Aunque de momento no se atreve a mirar
demasiado. Siente todavía su rostro caliente por la emoción
inesperada.
Procura dormir un poco. Pero las voces de “5A” y Flor le impiden
conciliar el sueño. Además, su reciente interés por Flor le ha
desvelado a pesar de la hora de cama y de lo temprano del viaje.
Siempre había fantaseado con la idea de conocer a alguien en un
tren, un avión o en cualquier circunstancia que no fuera un bar
durante una noche del fin de semana. Pero su reconocida timidez
le mantenía casi siempre atado a su propia vergüenza. Mira por
la ventanilla buscando en la oscuridad de la mañana el reflejo
de su compañera de viaje. Adivina su perfil pero no le resulta
suficiente. Discretamente, o al menos eso quiere creer, gira su
cabeza hacia la izquierda en un gesto de relajación del cuello.
La mira brevemente. Siente de nuevo el rubor de la atracción. Se
pregunta qué pasaría si por una vez en su vida rompiera sus
esquemas para sorprenderse y le dirigiera la palabra. ¿Qué es lo
peor que podría pasarle? Al fin y al cabo el viaje tenía un
final y cada uno seguiría su camino hasta su lugar de destino.
Pero claro, está “5A”. Su presencia es un problema para la
discreción y, además, su altura de pivote de baloncesto le
intimida.
¿Quién será Flor? ¿A qué se dedicará? ¿Vivirá en mi ciudad? Las
preguntas se acumulan en su cabeza. Decide ir al baño para, al
volver, poder mirar mejor su rostro y confirmar que su atracción
está justificada. Entra en el servicio. Se mira en el espejo y
se ve algo pálido, mal peinado y con ojeras. Estas están
justificadas, pero decide al menos solucionar en parte la
disposición aleatoria de sus cabellos. No tiene peine así que
decide mojarse los dedos y distribuir con ellos un orden más
atractivo del pelo. Se da el visto bueno y abre la puerta.
Camina por el pasillo y mira fugazmente a Flor. Mirada fugaz
porque ha creído ver que sus ojos se encontraban. Sin llegar a
su asiento se recrimina haber retirado la mirada. Flor
reconocerá la falta de confianza de él y no se sentirá atraída.
Pero, ¿qué más da? Si seguro que tiene novio y le estará
esperando en la estación.
Apoya de nuevo su rostro sobre su abrigo. Al menos tratará de
dormir y de fantasear en sueños con Flor. Así es todo mucho más
fácil y seguro que en su imaginación ella se enamorará locamente
de él. Cierra los ojos. Trata de dejarse llevar por el traqueteo
del tren. Intenta acompasar su respiración con el sonido de las
vías en contacto con el vagón. El cansancio comienza a vencer a
la pasión y el calor del sueño empieza a subir por su cuerpo
hasta trasladarle a otro lugar muy lejos de allí. A otro tren,
con otro destino, pero junto a Flor. Un tren que camina despacio
entre paisajes idílicos llenos de palmeras que nacen entre la
arena. El mar se hace sentir con un olor que penetra por cada
uno de los rincones del tren. Se deja ver entre el oleaje de
palmeras acariciadas por el viento. Flor le mira directamente a
los ojos. La margarita de sus zapatos luce ahora hermosa en su
pelo. Sus labios, de un rojo intenso y brillante, se aproximan
directos a su boca.
Suenan unos pasos. Abre los ojos y ve a “5A” caminar en
dirección al baño. ¡Es su oportunidad! Se gira hacia Flor. Lleva
unos auriculares puestos y ojea una revista. ¡Demonios! ¡Es una
revista de baloncesto! Teniendo en cuenta que es su deporte
favorito, ver a Flor leer la revista “Gigantes” le parece toda
una señal. Claro que este dato le ha hecho sentirse algo más
nervioso. Parece que una simple atracción visual tiene visos de
tener mayor entidad. Quizá sea su alma gemela. Quizá en aquel
viaje consiga conocer a la mujer que le robará los sentidos. Se
acuerda de su noche pasada y sonríe pensando que quizá ésta no
ha sido en vano. ¿Qué podía decirle a Flor? ¡Claro! Podía
pedirle prestada la revista. Era una ocasión espléndida para
iniciar una conversación. Imaginaba que ella le interrogaría
curiosa sobre su afición al baloncesto. Y así todo vendría
rodado. Quizá ella se sentara a charlar con él en el vacío
asiento “5C” y empezarían a intimar y a conocerse y se darían
sus números de teléfono, quedarían en un par de días a tomar un
café... Pero, ¿si eso no pasaba? Puede que se sintiera
incomodada por interrumpirle la lectura o por hacerle parar la
música para poder oírle y así seguro que la relación no iniciada
llegaría ya a su fin. No, no podía ser. No podía ser que de
nuevo los nervios y la timidez le traicionaran. Tenía que
aprovechar su oportunidad. Ella estaba a solas en ese momento,
era guapísima y además leía una revista de baloncesto. ¿A qué
estaba esperando? Estaba esperando a que la gigantesca “5A”
volviera a ir al baño de nuevo. Porque justo en el momento en el
que creyó reunir fuerzas para hablar con Flor, “5A” volvía del
servicio.
III
- Hola, perdona. ¿Puedo sentarme contigo? -, le dijo Flor
mientras su mano le apretaba el brazo para despertarle.
- Sí, claro. Cómo no –, dijo él abriendo los ojos algo
desconcertado.
- Es que he visto que no has parado de mirarme durante todo el
viaje.
- Eeehhh -, consiguió balbucear él.
- Tranquilo, no te preocupes. No tienes por qué avergonzarte.
- Sí bueno. Es que me pareces muy guapa -, dijo él entre
sorprendido por oír esas palabras de su boca y avergonzado por
la embarazosa conversación.
- Yo pensé que era porque te gustaba el baloncesto -, dijo ella
sonriendo.
- Bueno, sí claro. El baloncesto -, su rostro enrojeció de
golpe.
- Tranquilo, era una broma -, dibujó una sonrisa mayor.
- No, no. Pero el baloncesto me encanta -, reaccionó él con
rapidez.
- Sí, bueno. Pero no he venido aquí a hablar de canastas.
También me interesan otro tipo de deportes.
Ese comentario le turbó más si cabe. Tardó en asumir que, quizá,
ella estaba flirteando con él. Que era posible que sus sueños se
hicieran realidad y, además, gracias a la iniciativa de ella.
- ¿Qué más deportes te interesan?
- No sé, ¿tu qué crees? -, interrogó ella con la voz más pícara
que él pudiera recordar.
- No lo sé, ¿ciclismo?
- Uhmm, en el ciclismo no hay pelotas. Me interesan los deportes
de pelotas.
- ¿Cómo te llamas?
Cambió rápidamente el sentido de la conversación. Sentía que no
sabía moverse demasiado bien por el terreno de una seducción
claramente sexual. Se acordó de “5A”. Miró y la vio dormida.
Incluso creyó oírle roncar.
- Flor, me llamo Flor.
¡No podía ser! ¿Cómo podía haber adivinado él un nombre tan poco
común como ese? Eran demasiadas casualidades como para no ser
una señal. El baloncesto, su nombre. ¿A qué estaba esperando
para lanzarse sin miedo?
- ¿Sabes? No te lo vas a creer, pero te había imaginado con ese
nombre -, le dice esperando dibujar en su rostro la sorpresa.
- No me sorprende. Desde el primer momento en que te he visto me
he dado cuenta de que somos almas gemelas.
- ¡Pero tu nombre es poco común! ¿Cómo es posible que lo haya
adivinado?
- Ya te digo que somos almas gemelas. Y las almas gemelas se
conocen sin necesidad de hablar.
- Y, ¿dónde vives Flor?
- Ya lo sabes.
- ¿Cómo que lo sé?
- No hace falta que te lo diga. Busca en tu interior y lo
sabrás.
- ¿Te importa si te pongo a prueba?
- ¿A prueba?
- Sí. Como dices que las almas gemelas se conocen sin necesidad
de hablar, ¿podrías decirme mi nombre? -, dibuja una sonrisa
complacida consigo mismo.
- No, vamos a hacer algo mucho mejor. Voy a apuntar tu nombre en
un papel con mi número de teléfono. En otro solamente tu nombre.
Los voy a guardar uno en cada bolsillo. Cuando lleguemos a la
estación me dirás tu nombre y si lo he acertado te daré el papel
con mi número.
- De acuerdo.
Está absolutamente emocionado y excitado. Tiene unas ganas
enormes de besarla. Se siente desinhibido, capaz de hacer
cualquier cosa. Está convencido de que ella adivinará su nombre
y de que se llevará su número de teléfono para poder volver a
verla.
- Quiero ir al baño. ¿Vienes? -, Flor y su rostro son pura
perversión al decirlo.
- ¿Quieres? -, dice él algo desconcertado.
No hay respuesta. Ella le coge de la mano y le levanta de su
asiento “5D”. El tacto de Flor es suave. La piel más suave,
delicada y cálida que recuerda haber tocado en su vida. Siente
cómo el nerviosismo se apodera de su cuerpo que tiembla al
caminar.
- ¿Estás nervioso? -, le dice Flor guiñándole el ojo.
- No -, miente él.
Mira a “5A” que sigue durmiendo plácidamente. La revista
“Gigantes” ocupa el asiento vacío de Flor. En el camino hacia el
servicio se cruzan con el revisor que, para su sorpresa, le da
un par de palmadas de ánimo en el hombro. Ella se gira hacia él
y le guiña el ojo mientras sonríe lasciva. Con el dedo índice
acaricia muy suavemente la palma de su mano provocándole un
escalofrío interior lleno de placer. La ansiedad le hace sentir
el camino hacia el servicio más largo de lo que debiera. Pero
ella, juguetona, le lleva muy lentamente, con paso cansino pero
ligero a la vez. Como si quisiera excitar la imaginación de él
para hacerle estallar de pasión.
IV
Suena su teléfono móvil. ¡Por qué no lo habrá apagado!. Lo coge
con la mano derecha. Es un mensaje de su amiga de Madrid. Lee:
“Gracias por una noche inolvidable. Sabes que mi corazón te
guarda un rincón muy especial. Que tengas un buen viaje y
descansa. Un beso”.
Guarda el teléfono en su bolsillo y mira a su izquierda. “5A” y
Flor se besan apasionadamente. Él cierra los ojos y trata de
recuperar el sueño.
Carlos Pérez Cruz
|