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Emisión: 18 Enero 2006
Música:
Bobby Hutcherson, Marc Alan Johnson, Wynton Marsalis, Duke Ellington, Bela Fleck & The Flecktones, Mulatu Astatke y Henri Texier
Título:
Viaje en Tren

 

I

Para él la noche ha sido larga y corta. Corta de sueño, dado que se acostó a las cinco de la mañana y se levantó a las seis. Larga porque dedicó la madrugada a intentar robarle el corazón a su joven amiga. Tras una hora de sueño se ha despertado desorientado, camino de una ducha rápida para despejarse y poder manejarse en la complicada red de trenes de cercanías y metros que le acercarán a la estación ferroviaria de Madrid. A las siete y media parte el tren que le llevará de vuelta a casa, a su ciudad del Norte, a su vida en la costa.

Lo ha intentado de todas las maneras. Pero la respuesta la había recibido un par de años antes, cuando ella le dijo “No” sin decirlo. Pero por primera vez lo ha intentado sin mencionar el tema. Ha intentado enamorarle con su palabra, con su encanto, con sus gestos. Para ello se había servido de un par de botellas de vino con premio. Había hecho la cena, se había esmerado hasta conseguir su admirada aprobación. Había sido todo lo cariñoso que sabía ser y había confiado en la seducción de su mirada a la luz de las velas. Pero para ella él seguía siendo ese gran amigo, ese hermano que todo hombre odia ser cuando se es amigo por amor.

El motivo de su viaje no había sido ella. Pero ella llevaba viviendo en Madrid un par de años y cada vez que sus obligaciones le llevaban allí, trataba de verla un rato. En esta ocasión, por primera vez, durmió en su casa. Sin embargo, para su desesperación, tenía su cama y un sofá cama. Su deseo no confeso se vio defraudado por el completo mobiliario del hogar alquilado. Se consuela pensando que sigue siendo la persona más importante para ella, aunque teme el día en que alguien aparezca, le robe su corazón y el sofá cama mire aburrido.

Piensa en ello mientras camina por las vacías calles de la pequeña ciudad dormitorio anexa a Madrid donde vive ella. Hace frío y el sol de invierno todavía no asoma en el horizonte de cemento. Llega a la estación. Espera en el andén la llegada del tren. Sólo dos personas le acompañan en la espera. Se entretiene pensando y jugueteando con el vaho de su aliento. El tren llega, él sube y éste arranca de nuevo. Le sorprende ver cómo en las paradas de su trayecto a Madrid se suben decenas de personas. Es increíble la actividad de una gran ciudad a cualquier hora del día. Piensa en su pequeña ciudad costera. Seguro que a esas horas sólo circula el coche de reparto de la prensa y el pan. Pero no en Madrid. Madrid parece querer ser otra de esas ciudades que nunca duermen.

Se fija en los rostros de la gente. Son miradas cansadas, robadas de un cuerpo que todavía se oculta tras las sábanas. Permanecen absortas en la nada, aunque alguna pierde sus ojos en las noticias de un periódico todavía por arrugar. La voz de la megafonía agrede con cada anuncio de estación. El cuerpo y la mente todavía no están preparados a esas horas para aquel ajetreo, piensa él. Esos pensamientos le distraen de su fracasado objetivo nocturno. Esboza incluso una leve sonrisa pensando en el aspecto que debe tener ante los demás. No ha tenido casi tiempo de peinarse y seguro que sus ojos delatan el vino con premio y la hora de sueño. Pero para él es algo esporádico, no suele pisar la calle a esas horas por costumbre.

Cambia el tren de cercanías por el Metro. No disfruta especialmente bajo tierra y enlatado, pero aun así considera que es un buen medio de transporte. Le agobia compartir tan pocos metros con cientos de personas. Está de pié, apoyado en una de las puertas de salida del vagón, casi empotrado por el exceso de viajeros y maletas que delatan el destino común de muchos de los pasajeros. Son siete paradas. ¡Una hora para llegar de un sitio a otro! Nunca viviría en una gran ciudad como esta. Al menos no voluntariamente. Mira el reloj impaciente. Los cálculos de distancia son mucho más complicados en Madrid que en su ciudad. Un sudor frío recorre su frente viendo que las manecillas del reloj avanzan inexorables hacia las siete y media, la hora de salida de su tren. Sería un grave contratiempo no llegar a cogerlo. Cruza los dedos mentalmente. Su deseo se cumple. Son las siete y veinte minutos cuando el Metro se detiene en la séptima estación. Él, al igual que muchos otros pasajeros, abandona abruptamente el vagón y camina frenético sin tener en cuenta el riesgo de colisión con otras personas. Pero todo funciona de manera automática. Todos los frenéticos y dormidos cuerpos circulan en perfecto eslalon. Tendrá que pasar por el detector de metales, pero respira más tranquilo porque el acceso a las vías de tren de larga distancia está prácticamente vacío. Pasa el trámite, acude al mostrador con su billete y accede al andén a través de unas escaleras mecánicas. Prueba superada.

II

Coche número siete, asiento “5D”. Le corresponde ventanilla. Tampoco le importa demasiado, piensa dormir todo lo que pueda en el viaje. Lo único que desea es que el asiento de su izquierda permanezca vacío para poder tener más espacio. Deja en él su abrigo y un libro por si no consigue dormir. Esperará a que el tren inicie la marcha para intentarlo. Esperará a que la azafata de la bienvenida de rigor por megafonía con su atonal voz y presente con desgana el menú de películas que se proyectarán durante el trayecto. ¿Quién es capaz de ver una película a las ocho de la mañana? El tren comienza a descontar kilómetros muy lentamente. Avanza despacio rodeado de una compleja red de vías que parten de la misma estación con destinos muy dispares. Es entonces cuando la voz, prometida y cumplida atonal, anuncia el comienzo del trayecto, da la bienvenida y anuncia la película que se proyectará en primer lugar: “Dos tontos muy tontos 2”. Cine de calidad, piensa.

Apoya su cabeza en la ventanilla y es entonces cuando decide que su abrigo puede ser una buena almohada. No se ha recostado todavía cuando en el vagón entran dos chicas que deduce de su edad. Le llama la atención que una de ellas es muy alta pero, sobre todo, se fija en la más baja, una joven de piel morena, pelo moreno y unos ojos oscuros de noche sin luna. Viste de manera singular, con jersey verde y falda de mil colores que oculta muslos y rodillas. El resto permanece escondido tras unas medias de color rojo que desaparecen debajo de unas sandalias con una margarita por cierre. Ha sentido un flechazo instantáneo que le hace sentirse sonrojado y nervioso ante su presencia. Ambas se han sentado en los asientos “5A” y “5B”. Sólo el pasillo y el asiento “5C” le separa de ellas. Para su suerte visual Flor, que es como ha decidido bautizar a la chica, se sienta en el “5B”. Aunque de momento no se atreve a mirar demasiado. Siente todavía su rostro caliente por la emoción inesperada.



Procura dormir un poco. Pero las voces de “5A” y Flor le impiden conciliar el sueño. Además, su reciente interés por Flor le ha desvelado a pesar de la hora de cama y de lo temprano del viaje. Siempre había fantaseado con la idea de conocer a alguien en un tren, un avión o en cualquier circunstancia que no fuera un bar durante una noche del fin de semana. Pero su reconocida timidez le mantenía casi siempre atado a su propia vergüenza. Mira por la ventanilla buscando en la oscuridad de la mañana el reflejo de su compañera de viaje. Adivina su perfil pero no le resulta suficiente. Discretamente, o al menos eso quiere creer, gira su cabeza hacia la izquierda en un gesto de relajación del cuello. La mira brevemente. Siente de nuevo el rubor de la atracción. Se pregunta qué pasaría si por una vez en su vida rompiera sus esquemas para sorprenderse y le dirigiera la palabra. ¿Qué es lo peor que podría pasarle? Al fin y al cabo el viaje tenía un final y cada uno seguiría su camino hasta su lugar de destino. Pero claro, está “5A”. Su presencia es un problema para la discreción y, además, su altura de pivote de baloncesto le intimida.

¿Quién será Flor? ¿A qué se dedicará? ¿Vivirá en mi ciudad? Las preguntas se acumulan en su cabeza. Decide ir al baño para, al volver, poder mirar mejor su rostro y confirmar que su atracción está justificada. Entra en el servicio. Se mira en el espejo y se ve algo pálido, mal peinado y con ojeras. Estas están justificadas, pero decide al menos solucionar en parte la disposición aleatoria de sus cabellos. No tiene peine así que decide mojarse los dedos y distribuir con ellos un orden más atractivo del pelo. Se da el visto bueno y abre la puerta. Camina por el pasillo y mira fugazmente a Flor. Mirada fugaz porque ha creído ver que sus ojos se encontraban. Sin llegar a su asiento se recrimina haber retirado la mirada. Flor reconocerá la falta de confianza de él y no se sentirá atraída. Pero, ¿qué más da? Si seguro que tiene novio y le estará esperando en la estación.

Apoya de nuevo su rostro sobre su abrigo. Al menos tratará de dormir y de fantasear en sueños con Flor. Así es todo mucho más fácil y seguro que en su imaginación ella se enamorará locamente de él. Cierra los ojos. Trata de dejarse llevar por el traqueteo del tren. Intenta acompasar su respiración con el sonido de las vías en contacto con el vagón. El cansancio comienza a vencer a la pasión y el calor del sueño empieza a subir por su cuerpo hasta trasladarle a otro lugar muy lejos de allí. A otro tren, con otro destino, pero junto a Flor. Un tren que camina despacio entre paisajes idílicos llenos de palmeras que nacen entre la arena. El mar se hace sentir con un olor que penetra por cada uno de los rincones del tren. Se deja ver entre el oleaje de palmeras acariciadas por el viento. Flor le mira directamente a los ojos. La margarita de sus zapatos luce ahora hermosa en su pelo. Sus labios, de un rojo intenso y brillante, se aproximan directos a su boca.

Suenan unos pasos. Abre los ojos y ve a “5A” caminar en dirección al baño. ¡Es su oportunidad! Se gira hacia Flor. Lleva unos auriculares puestos y ojea una revista. ¡Demonios! ¡Es una revista de baloncesto! Teniendo en cuenta que es su deporte favorito, ver a Flor leer la revista “Gigantes” le parece toda una señal. Claro que este dato le ha hecho sentirse algo más nervioso. Parece que una simple atracción visual tiene visos de tener mayor entidad. Quizá sea su alma gemela. Quizá en aquel viaje consiga conocer a la mujer que le robará los sentidos. Se acuerda de su noche pasada y sonríe pensando que quizá ésta no ha sido en vano. ¿Qué podía decirle a Flor? ¡Claro! Podía pedirle prestada la revista. Era una ocasión espléndida para iniciar una conversación. Imaginaba que ella le interrogaría curiosa sobre su afición al baloncesto. Y así todo vendría rodado. Quizá ella se sentara a charlar con él en el vacío asiento “5C” y empezarían a intimar y a conocerse y se darían sus números de teléfono, quedarían en un par de días a tomar un café... Pero, ¿si eso no pasaba? Puede que se sintiera incomodada por interrumpirle la lectura o por hacerle parar la música para poder oírle y así seguro que la relación no iniciada llegaría ya a su fin. No, no podía ser. No podía ser que de nuevo los nervios y la timidez le traicionaran. Tenía que aprovechar su oportunidad. Ella estaba a solas en ese momento, era guapísima y además leía una revista de baloncesto. ¿A qué estaba esperando? Estaba esperando a que la gigantesca “5A” volviera a ir al baño de nuevo. Porque justo en el momento en el que creyó reunir fuerzas para hablar con Flor, “5A” volvía del servicio.

III

- Hola, perdona. ¿Puedo sentarme contigo? -, le dijo Flor mientras su mano le apretaba el brazo para despertarle.
- Sí, claro. Cómo no –, dijo él abriendo los ojos algo desconcertado.
- Es que he visto que no has parado de mirarme durante todo el viaje.
- Eeehhh -, consiguió balbucear él.
- Tranquilo, no te preocupes. No tienes por qué avergonzarte.
- Sí bueno. Es que me pareces muy guapa -, dijo él entre sorprendido por oír esas palabras de su boca y avergonzado por la embarazosa conversación.
- Yo pensé que era porque te gustaba el baloncesto -, dijo ella sonriendo.
- Bueno, sí claro. El baloncesto -, su rostro enrojeció de golpe.
- Tranquilo, era una broma -, dibujó una sonrisa mayor.
- No, no. Pero el baloncesto me encanta -, reaccionó él con rapidez.
- Sí, bueno. Pero no he venido aquí a hablar de canastas. También me interesan otro tipo de deportes.

Ese comentario le turbó más si cabe. Tardó en asumir que, quizá, ella estaba flirteando con él. Que era posible que sus sueños se hicieran realidad y, además, gracias a la iniciativa de ella.

- ¿Qué más deportes te interesan?
- No sé, ¿tu qué crees? -, interrogó ella con la voz más pícara que él pudiera recordar.
- No lo sé, ¿ciclismo?
- Uhmm, en el ciclismo no hay pelotas. Me interesan los deportes de pelotas.
- ¿Cómo te llamas?

Cambió rápidamente el sentido de la conversación. Sentía que no sabía moverse demasiado bien por el terreno de una seducción claramente sexual. Se acordó de “5A”. Miró y la vio dormida. Incluso creyó oírle roncar.

- Flor, me llamo Flor.

¡No podía ser! ¿Cómo podía haber adivinado él un nombre tan poco común como ese? Eran demasiadas casualidades como para no ser una señal. El baloncesto, su nombre. ¿A qué estaba esperando para lanzarse sin miedo?

- ¿Sabes? No te lo vas a creer, pero te había imaginado con ese nombre -, le dice esperando dibujar en su rostro la sorpresa.
- No me sorprende. Desde el primer momento en que te he visto me he dado cuenta de que somos almas gemelas.
- ¡Pero tu nombre es poco común! ¿Cómo es posible que lo haya adivinado?
- Ya te digo que somos almas gemelas. Y las almas gemelas se conocen sin necesidad de hablar.
- Y, ¿dónde vives Flor?
- Ya lo sabes.
- ¿Cómo que lo sé?
- No hace falta que te lo diga. Busca en tu interior y lo sabrás.
- ¿Te importa si te pongo a prueba?
- ¿A prueba?
- Sí. Como dices que las almas gemelas se conocen sin necesidad de hablar, ¿podrías decirme mi nombre? -, dibuja una sonrisa complacida consigo mismo.
- No, vamos a hacer algo mucho mejor. Voy a apuntar tu nombre en un papel con mi número de teléfono. En otro solamente tu nombre. Los voy a guardar uno en cada bolsillo. Cuando lleguemos a la estación me dirás tu nombre y si lo he acertado te daré el papel con mi número.
- De acuerdo.

Está absolutamente emocionado y excitado. Tiene unas ganas enormes de besarla. Se siente desinhibido, capaz de hacer cualquier cosa. Está convencido de que ella adivinará su nombre y de que se llevará su número de teléfono para poder volver a verla.

- Quiero ir al baño. ¿Vienes? -, Flor y su rostro son pura perversión al decirlo.
- ¿Quieres? -, dice él algo desconcertado.

No hay respuesta. Ella le coge de la mano y le levanta de su asiento “5D”. El tacto de Flor es suave. La piel más suave, delicada y cálida que recuerda haber tocado en su vida. Siente cómo el nerviosismo se apodera de su cuerpo que tiembla al caminar.

- ¿Estás nervioso? -, le dice Flor guiñándole el ojo.
- No -, miente él.

Mira a “5A” que sigue durmiendo plácidamente. La revista “Gigantes” ocupa el asiento vacío de Flor. En el camino hacia el servicio se cruzan con el revisor que, para su sorpresa, le da un par de palmadas de ánimo en el hombro. Ella se gira hacia él y le guiña el ojo mientras sonríe lasciva. Con el dedo índice acaricia muy suavemente la palma de su mano provocándole un escalofrío interior lleno de placer. La ansiedad le hace sentir el camino hacia el servicio más largo de lo que debiera. Pero ella, juguetona, le lleva muy lentamente, con paso cansino pero ligero a la vez. Como si quisiera excitar la imaginación de él para hacerle estallar de pasión.


IV

Suena su teléfono móvil. ¡Por qué no lo habrá apagado!. Lo coge con la mano derecha. Es un mensaje de su amiga de Madrid. Lee: “Gracias por una noche inolvidable. Sabes que mi corazón te guarda un rincón muy especial. Que tengas un buen viaje y descansa. Un beso”.

Guarda el teléfono en su bolsillo y mira a su izquierda. “5A” y Flor se besan apasionadamente. Él cierra los ojos y trata de recuperar el sueño.


Carlos Pérez Cruz