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No. No hace falta que
digas nada. No hace falta que trates de engañarme tal y como
hicieron contigo. No merece la pena el intento. ¿Cómo pudiste
ser tan inocente de creerle? No era de fiar. Alguien tan
corrupto, tan lleno de tristeza y lágrimas no es puro. Y él dejó
de serlo el primer día, en cuanto llegó a existir. Fue creado
por el manto de la falsa esperanza envuelto con papel de regalo
barato. Engalanado por lazos de mil idiomas y una palabra sin
sentido. ¿Cómo pudiste creerle?
¿Cómo pudiste hacer caso a quien engendró miles de muertos? La
tierra sembrada de cadáveres tras su blanca y afable sonrisa.
¿No supiste verlo o no quisiste? Me das pena. Pena por ver cómo
seguiste su mentira sin desmentir la vana esperanza. Recuperaste
su disfraz. Vestías sin pudor sus blancas galas manchadas por el
imposible lavado y te escondiste de los verdaderos focos que
descubrirían tu mentira. Aceptaste mostrarte en sus escaparates
con los ojos embaucadores del bienestar por cuatro perras. Y
sabías que era mentir. ¡Y sabes que mentir es pecado en el reino
de las conciencias!
Pero no sé por qué te digo todo esto. Ya no te queda nada. Vas a
morir y quedarás como un triste recuerdo de noches de confetis
barridas al amanecer. La pala del olvido te arrojará a la basura
de los anuarios de la sinrazón humana. Serás una moda pasajera,
un bluff, un papel de propaganda inservible, un boomerang sin
retorno. ¿No te das cuenta? No has servido de nada. Eres sólo un
hito en el largo camino del final, un punto insignificante hacia
el final de nuestros tiempos.
No hace falta que digas nada. No me engañes. Conozco mi destino
y no trato de vestirlo con galas de medianoche ni cotillones de
lujo como hiciste desentendido. Vestiré mi mejor desengaño
esperando que caiga el primero en cualquier lugar del mundo. Y
no tardará mucho, quizá unos segundos. Quizá, ni siquiera tanto.
Puede que caiga con el primer gong de medianoche pero nadie lo
notará. Será sólo una cifra más en la pérdida de la inocencia.
Una cifra sin sentimientos al igual que tu.
No espero que lo entiendas. No espero que seas consciente de que
eres sólo un número que se difuminará en horas y desaparecerá
como el eco de los valles para no volver. Te crees especial, una
fotografía para la portada de la vida, y sólo eres una nota a
pie de página, una columna en la página de “Sociedad”. Si creías
que tu presencia cambiaría algo sólo puedo decirte una cosa:
todo sigue igual, o peor, que es peor.
Yo no engaño. Quien quiera oírme está a tiempo. Pero dudo que
alguien lo haga, al igual que tu y tus oídos engalanados y
sordos. No ofrezco la salvación, no ofrezco la justicia, no
ofrezco la sonrisa. Mi único regalo será no engañar, mostrarme
como lo que soy, un momento en el tiempo, sólo eso. Ni bueno ni
malo. Sólo un momento que verá nacer historias y morir otras
muchas. Pero nadie querrá oírme en estos días mientras
descorchan el alcohol del olvido por llegar. Y luego será
demasiado tarde para no defraudarles. Y no será por mí. Yo ya lo
dije. Pero la mentira repetida se convierte en una falsa verdad
contra la que ni siquiera el tiempo puede luchar.
Carlos Pérez Cruz |