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Caminaba semidesnudo
por las calles de la parte vieja de su ciudad. Calles estrechas,
adoquinadas, extrañamente luminosas y plateadas aquella tarde.
Volvía de hacer deporte y buscaba la ducha situada en una
pequeña plaza cerca de la Catedral. Llevaba puesta la
pantaloneta con la que solía ir a correr cada tarde y una toalla
al hombro para secarse tras la ducha.
La ducha se encontraba en un lateral de la plaza, junto a las
mesas de la terraza de un bar de verano. No quedaba un sólo
sitio por ocupar. Junto a la ducha había una mesa ocupada por
rostros conocidos para él. Amigos probablemente. Él sólo quería
ducharse tras la carrera. Abrió la cortina de entrada a la
ducha. Ahí estaba su albornoz esperándole en el colgador.
Empezó a bajarse la pantaloneta cuando un probable amigo, no
sabía quién, abrió la cortina y le dejó expuesto a la mirada de
los rostros conocidos y desconocidos de la plaza. Luchó por
cerrar la cortina pero la mano de fuera la sujetaba con fuerza
para impedírselo. Insistía pero la mano de fuera, también. No
supo cómo pero finalmente consiguió ducharse. Logró que la
cortina permaneciera cerrada ante la indiscreción de la plaza.
Se secó con la toalla que había traído al hombro y se colocó el
albornoz.
Al abrir la cortina la plaza presentaba un aspecto bien distinto
ante sus ojos. La terraza había desaparecido y la plaza estaba
tomada por un buen número de policías nacionales equipados hasta
los dientes con material antidisturbios. En un lateral decenas
de personas se amontonaban e intentaban derribar una valla que
les contenía. Radicales neonazis que portaban banderas
franquistas y esvásticas tatuadas en sus brazos y rostros.
Intentó buscar una salida alternativa a la plaza. Tres calles
confluían allí. Una ya estaba cortada por esa valla. De la otra
venía el ruido de gritos y carreras que huían de la carga
policial. Tenía una última opción. La tercera de las calles que
se situaba justo a su espalda, la más cercana a la ducha.
Dirigió sus pasos hacia aquella calle, estrecha, de casas sin
ventanas y paredes de un cemento amarillento. Iba a entrar en
ella cuando un grupo de radicales neonazis apareció ante sus
ojos con paso firme, armados con bates de béisbol, cadenas y
bolas de pinchos. No había escapatoria, estaba en el centro
mismo de la batalla, cubierto su cuerpo únicamente por un
albornoz y no podía salir. Su casa estaba a quince minutos
andando de allí pero no había ningún camino para llegar a ella.
Estaba en el medio de algo terrible de lo que podría salir
malherido o no salir.
El grupo de radicales neonazis seguía avanzando con paso firme,
con la firmeza de quienes avanzan motivados por un odio visceral
e irracional. Se acercaban, se acercaban cada vez más y la
policía no los veía. En el ambiente el sonido de los gritos y
disparos de defensa policial por calles anexas. Se acercaban y
él no tenía escapatoria. Su cuerpo temblaba, su cabeza se
nublaba. Los tenía encima.
Sonó el teléfono. Lo había dejado en su mesilla de noche como
siempre, encendido sólo para ella. Era su manera de decirle que
siempre estaría allí para escucharle, fuese la hora que fuese.
Sólo que ella nunca había hecho uso de ese privilegio. Salvo esa
noche. Eran las tres de la madrugada.
- ¿Si?
- Hola Javier.
- ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
- Bueno. ¿Qué hacías?
- Estaba teniendo una pesadilla. Algo horrible.
- ¿Otra vez soñando con broncas callejeras?
- Sí, algo parecido. Sólo que esta vez iba en albornoz y acababa
de ducharme en una plaza.
- Deberías ir al psicólogo.
- Será mi conciencia, que no descansa tranquila.
- Sí, bueno.
- ¿Por qué has llamado? ¿Estás bien?
- Bueno, no sé.
- ¿No podías dormir?
- En realidad no lo he intentado. Estaba pensando.
- ¿Qué pensabas?
- Que quiero dejarte y no sé cómo.
Javier se incorporó en la cama. Apoyó su espalda en la pared.
- ¿Cómo dices?
- Que quiero dejarte y no sé cómo. Le he estado dando muchas
vueltas.
- Pero, ¿de qué me estás hablando?
- No sé, esto no funciona Javier. Yo no soy feliz y tu tampoco.
- No te entiendo Lucía. ¿Estás bien? Son las tres de la mañana.
¿Seguro que no te pasa nada?
- Sí, que quiero dejarte.
- Pero no puedes estar hablándome en serio.
- Es en serio Javier. Quiero que lo dejemos. No soy feliz y tu
tampoco y lo sabes.
- Pero si yo te quiero. Si sabes que estoy loco por ti.
- Bueno, pues lo siento.
- Pero, ¿qué es lo que te pasa? ¿He dicho algo hoy que te haya
molestado?
- No. En realidad eso es lo que me molesta. Que nunca dices nada
que me moleste. Siempre te preocupas por mí, por hacerme feliz.
- ¿Y eso es malo?
- No lo sé Javier. Pero no me hace feliz.
- Oye, ¿quieres que quedemos y lo hablemos? Puedes venir aquí o
si quieres voy yo.
- No Javier. No quiero volver a verte más.
Javier puso los pies en el suelo y permaneció sentado en la
cama.
- ¿Y desde cuándo te sientes así?
- Desde siempre. Desde el primer día que nos vimos. Supe que
quería dejarte.
Javier no supo qué contestar. Hubo unos segundos de silencio
hasta que ella volvió a hablar.
- Cuando me pediste que saliéramos juntos yo sabía que lo
nuestro acabaría más pronto que tarde.
- No puedes estar hablando en serio Lucía. No puedes estar
hablando en serio.
- Nunca he hablado tan en serio Javier. Quiero que lo dejemos.
- De verdad, no lo puedo entender. Dime qué he hecho mal.
- Ya te he dicho que nada. Eres tan bueno que me aburres.
- ¿Y qué quieres que haga? ¿Quieres que te pegue?
- No sé Javier. Quizá de vez en cuando.
- Pero, ¿de qué me estás hablando? Lucía, vete a la cama,
descansa y mañana hablamos.
- No quiero Javier. Ya te he dicho que no quiero volver a verte.
- ¡Pero yo sí quiero verte!
- Lo siento Javier.
- Dime, de verdad. ¿Qué está pasando? Esto no puede ser verdad.
- Es verdad Javier. Es la verdad que tenía que haberte dicho el
primer día cuando nos conocimos.
- Pero, ¿qué verdad es esa?
- Ya te lo he dicho. Que esto no podía durar. Lo supe en cuanto
te vi.
- Lo siento pero no puedes estar hablando en serio. Vete a la
cama Lucía.
- No me digas lo que tengo que hacer. Sólo quería que supieras
que lo nuestro se acabó.
- No puedes estar hablando en serio.
- Javier. No me llenas, no soy feliz.
- Pues eso no es lo que me dijiste el lunes. ¿Te acuerdas?
- Sí, bueno. Pero no puedes tomarte en serio las palabras.
- ¡Me dijiste que me querías! ¡Que no habías conocido a nadie
como yo!
- Javier, ya sé lo que dije.
- ¿Y era todo mentira?
- El lunes no. Hoy quizá sí.
- Lucía, deja que me vista y quedamos.
- ¡Te he dicho que no quiero volver a verte!
- Me dijiste que querías estar siempre conmigo.
- Y siempre estarás conmigo, en mi corazón.
- Pero, ¿de qué coño me estás hablando? ¿De qué me sirve a mí
eso?
- Eres un egoísta Javier. No toda la gente tiene un sitio en mi
corazón.
- No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. Esto no puede
estar pasando.
- Lo siento Javier, esto es lo que hay. Si quieres un sitio en
mi corazón adelante, si no, lo siento. Pero esto tiene que
acabar.
- Lucía, tu madre me dijo que nunca te había visto tan feliz
como conmigo.
- Sí, pero estaba feliz porque sabía que esto acabaría algún
día. Por eso pude ser feliz contigo. Porque tenías un final y no
eras para siempre.
- Tu no estás bien Lucía.
- Por eso, por eso tenemos que dejarlo.
- Déjame ayudarte. Lo que necesites, podremos con esto.
- No.
- ¿Y vas a tirar a la basura los cinco mejores años de mi vida?
- De tu vida, no de la mía.
- Pero si me has dicho que eras feliz conmigo.
- Sí, pero ya te he dicho que no puedes tomarte en serio las
palabras.
- Lucía, no entiendo nada. No te reconozco.
- Quizá porque por fin estás conociendo a la verdadera Lucía. ¿A
que no te gusta?
- A mí me gustas tu Lucía. Estoy enamorado de ti. Sabes que
haría cualquier cosa por ti.
- No seas pesado Javier, lo nuestro es imposible y debes
asumirlo.
- Pero, ¿cómo quieres que asuma esto? ¿Cómo quieres que acepte
que todo por lo que he dado mi vida se viene abajo en una
llamada de teléfono? Esto no es justo.
- Nadie ha dicho que la vida sea justa. Pero si me quieres
aceptarás lo que yo quiero.
- Te quiero conmigo Lucía. No puedes hacerme esto.
- Eres un egoísta Javier. Eres un egoísta que sólo piensa en sí
mismo.
- Pero, ¿¡cómo me puedes llamar egoísta con todo lo que he hecho
por ti todos estos años!?
- Sabía que me lo echarías en cara. Qué egoísta eres Javier. Lo
que se hace por amor no se reclama. No me esperaba esto de ti.
- Es increíble. Lucía, ¿estás bien? Algo te pasa.
- ¡Déjame!
- ¿Cómo dices?
- Quiero que me dejes. Hazte el favor y déjame. No soy lo
suficientemente buena para ti. Déjame, por favor.
- Pero, ¿qué está pasando Lucía? Dime qué está pasando. No
entiendo nada.
- Tienes que hacerlo Javier. Tienes que dejarme. No puedes más y
yo quiero sufrir.
- No entiendo nada Lucía. ¿Cómo que tengo que dejarte y que
quieres sufrir?
- Debo sufrir. No soy buena para ti. Debes dejarme por tu bien.
- Vete a la cama Lucía. Tienes que descansar. Estás muy cansada.
- Ya he dormido suficiente en toda mi vida. ¡Déjame, por favor!
- No pienso dejarte Lucía. Yo te quiero.
- ¡Yo también! Por eso tienes que dejarme ya. ¡Porque yo te
quiero!
- ¡¡Si me quieres no puedo dejarte!!
- Pero, ¿no lo entiendes Javier? Nadie debe quererme. Quiero
sufrir en la vida.
- Lucía, creo que tienes fiebre. Deberías irte a la cama.
- ¡Estoy perfectamente! Te quiero.
- Yo también te quiero Lucía.
- Déjame, por favor.
- Pero, ¿por qué me estás haciendo esto?
- Es por tu bien y por mi mal.
- Lucía, no entiendo nada. Por favor, cuelga el teléfono y vete
a la cama. Necesitas descansar.
- ¿Sabes? En realidad nunca te he querido.
Javier se levantó de la cama. Pasó su mano izquierda por la
frente mientras cerraba los ojos. Su cabeza estaba a punto de
estallar. Después de la terrible pesadilla la realidad estaba
siendo peor que sus sueños. Empezó a caminar por el pasillo de
su casa. Sentía frío, pero no sabía si era por los nervios de la
llamada o porque en realidad lo hacía.
- Vamos a ver Lucía. Vamos a intentar aclarar todo esto. Por
favor, necesito que dejemos esto claro. ¿Qué está pasando?
¿Quieres que vaya a verte?
- Javier, no te reconozco. Siempre has sido cariñoso conmigo.
¿Por qué me haces esto?
- ¿Qué te estoy haciendo Lucía? ¿Qué te estoy haciendo?
- Me haces daño. Me llamas y dices que quieres dejarme. Yo te
quiero Javier.
- ¡Lucía! ¡Me has llamado tu! ¿Qué te está pasando? ¿Quieres que
vaya?
- Esto duele mucho Javier. No es posible. No entiendo por qué me
estás gritando. Yo siempre te he querido. No me dejes Javier.
¡No me dejes!
- ¡Pero si yo no te quiero dejar! Por favor Lucía, vete a la
cama y descansa, no estás bien.
- Le estoy oyendo Javier. Le estoy oyendo.
- ¿A quién estás oyendo Lucía?
- Sé que ella está en tu cama. Le he oído toser.
- ¿Quién es ella?
- Siempre lo he sabido. Pensé que podría soportarlo pero no
puedo Javier.
- ¿De qué me estás hablando Lucía? Aquí no hay nadie conmigo.
- Le oigo toser Javier. Le estoy oyendo ahora mismo.
Javier también lo oía pero el sonido venía del otro lado del
teléfono, venía de casa de Lucía.
- Lucía, están tosiendo en tu casa. Aquí no hay nadie. Será tu
madre.
- Ya no tengo madre, ¡no tengo madre!. Sólo me quedas tu Javier.
Dile que se vaya, ¡dile que se vaya de tu cama por favor!
- No hay nadie en mi cama Lucía. No hay nadie. Espérame. Llego
en quince minutos a tu casa.
- ¡No puedes venir! Ella duerme.
- ¿Quién duerme Lucía? ¿Quién es ella?
- Dile que se vaya. ¡Dile que se vaya!
Ella había empezado a llorar. Sonaba totalmente fuera de sí.
Javier miraba por la ventana de su cuarto de estar. Fuera estaba
oscuro y soplaba un viento feroz.
- Cálmate Lucía. Por favor, cálmate. Todo se va a arreglar. Todo
va a ir bien.
- ¡Dile que se vaya! ¡Dile que se vaya!
- Está bien Lucía, está bien. Ya se ha ido.
- ¿Se ha ido, de verdad?
- Sí, ya está. Se acaba de ir. ¿Estás contenta?
- Ahora ya podemos dejarlo.
- Pero, ¡qué coño está pasando!
No hubo respuesta. Primero escuchó un golpe, como si Lucía
hubiera dejado el teléfono sobre una mesa. Después empezó a
escuchar voces que no entendía pero que reconoció por el timbre.
Era la madre de Lucía y la propia Lucía.
- ¿Hola?
No hubo respuesta. Se hizo el silencio al otro lado del
teléfono. Ya no se oían las voces, sólo silencio. Javier empezó
a vestirse mientras mantenía el teléfono pegado a su oreja. Se
puso los calzoncillos del día anterior, cogió los vaqueros y
empezó a ponérselos. Dejó un momento el teléfono y se puso una
camisa. Justo en ese instante oyó que alguien le decía algo por
el teléfono.
- Javier, ¿estás ahí?
- Sí, sí. Perdona Ana. Me estaba vistiendo. Voy ahora mismo para
allá.
- ¿Venir aquí?
- Tengo que hablar con Lucía. No sé que le pasa está muy rara.
- No te preocupes, está solucionado. Ya está en la cama.
- Pero, ¿está bien? Me ha dicho cosas muy raras.
- No te preocupes Javier. Es lo de siempre. Ya está en la cama.
- ¿Lo de siempre? ¿Qué es lo de siempre?
- Qué va a ser. Ya sabes que es sonámbula.
- ¿Lucía estaba dormida? ¿Estaba dormida cuando hablaba conmigo?
- Sí Javier. Anda, vete a la cama. Es muy tarde.
Javier colgó el teléfono y se sentó en la cama completamente
vestido. Estaba muy nervioso por lo que había pasado. Tenía
miedo de volverse a dormir. Sabía que iba a resultarle muy
difícil conseguirlo y que, si lo lograba, los neonazis volverían
a aparecer para acabar su faena. Se puso los zapatos, cogió las
llaves y salió de casa.
Carlos Pérez Cruz |